sábado, 11 de abril de 2015

Blackhat- Amenaza en la red

La sinopsis y el tráiler, mucho más cautivador que toda la película, nos dicen que un avispado hacker está realizando un ataque masivo a las redes poniendo en peligro la seguridad nacional de China y Estados Unidos que deben colaborar para hacerle frente y atraparle, por tanto, ya vas sobre aviso de encontrar lenguaje técnico y explicaciones arduas que no entenderás del todo y donde te conformarás en captar, más o menos, por dónde anda la cosa y cómo se maneja todo el cotarro; sin embargo, lo que no esperas es el absurdo y lelo caos narrativo montado que queda en vacío inútil, juego estéril en cuanto a emoción, motivación y seducción donde, el cacao mental proporcionado, al elevar la temperatura, y la audacia de adentrarse en su resolución van al son del despropósito de un argumento que pierde la atención del espectador, quiera o no, porque se esfuerza tanto en presentar algo interesante, incógnita hábil de desenlace sólo accesible para expertos que, la verdad, se la coman ellos solos porque 133 minutos de cinta para cuatro tiros, un cutre robo y mucho galimatías que encierra originalidad cero/nada de ingenio ni gracia es mucho pedir a la paciencia, sobretodo cuando a los diez minutos, tu subconsciente ya te está advirtiendo que la cosa no pinta bien y que tiene apariencia de chamuscada gansada camuflada de altivez sofisticada.
Y que, para ofrecer un mísero y burdo robo de plata y efectivo mejor dame a Jeremy Irons y "La jungla de cristal" que tanto número en pantalla, en lugar de 
papel contante y sonante, cansa y, al menos éstos iban directos a lo que iban, entretenían y le ponían ganas, no como esta pretendida guerra de ratas, que se mueven a través de cables de ordenador, manejando sus diestras teclas para no entusiasmar un ápice y aburrir al personal que mira desde fuera.
Porque, si se busca mostrar la facilidad de acceder a todo tipo de información, la sencillez de provocar un colapso económico, la agudeza de desestabilizar naciones con un sólo tic, el poder de crear pánico en los mercados, la fuerza de desequilibrar la estructura de don poderoso capitalismo..., aparte de que ya se ha visto en anteriores ocasiones con más arte y atractivo, la pregunta incontestable es ¿en qué estabas pensando Michael Mann?
Porque esto, de toda la vida, se llama venderte la moto, tomarte el pelo, que te la cole un chino -nunca mejor dicho-, has intentado alcanzar un nivel presuntuoso y te se ha ido la olla, buscabas la grandeza y has perdido la pinza que sujetaba toda lógica, prometías langosta de primera calidad de Galicia, con denominación de origen, y por el camino 
cambiaste a copia falsa china -nunca mejor dicho, me repito-, sin sabor ni gusto, timo de excesiva duración que, dada su banalidad e inconsistencia, te podrías haber ahorrado la invitación; cierto es que, siempre está la opción de no asistir pero, ¡tienen tanta habilidad y perspicacia para presentar cena tan suculenta de degustación de platos exquisitos!
"No quiero tu lástima. Yo soy dueño de mi tiempo, no las instituciones. Todo el tiempo allí dentro lo dedicas a tu cuerpo y tu mente..."discurso muy bonito, de calado mensaje metafísico, sobre cómo superar las penurias e incovenencias que huele a fruta madura de segunda mano del mercadillo, bola de frases categóricas que comprar, de nuevo, en los chinos -¿casualidad?-, sólo que el espectador es inocente de recibir tan injusta condena, tan ingrata pena por haber creído, como ingenuo visitante, que la 
excursión valía la pena y que, los encargados de dicho tour, se molestarían en aportar sustancia y diversión válida y no este montaje direccional que sale por donde le apetece y donde ya da igual quién sea el terrorista, cómo lo haya logrado, qué quiere, si le atrapan..., simplemente, has agotado toda esperanza y energía y anulado cualquier resquicio de inspiración para escribir dignamente sobre ella.
Aunque, claro, si al responsable de "Collateral" se le acabaron, a medio camino, las brillantes ideas -¿las tuvo desde el principio?-, su inquisitva pregunta sería ¿qué hago para rematar este puzzle de escaso contenido y desgastada apetencia?..., tampoco hace falta pensar tanto, tengo a Thor de protagonista, que luzca melena rubia, cuerpo musculado, que finja saber lo que dice y hace y tape deficiencias..., pero es que ¡son muchas debilidades!, de un guión que se come su propia cola al quedar encerrado en su personal trampa y tanto estropicio no se arregla con urgente portazo, explosión inesperada, melancolía fingida y ¡enfrentamiento final a lo Steven Seagal!
No mates mi espíritu revulsivo que me cuesta alimentarlo, mantenerlo en forma y ¡con vitalidad!



viernes, 10 de abril de 2015

Calabria, mafia del sur

Una demostración de poder, de tensas y cortantes apariencias de quien se siente agraviado, por un compromiso no requerido, roto en mil pedazos.
Hay películas que van a determinar qué clase de público eres, lo quieras o no, aunque lo que revelen no te guste es definición legítima y veraz de lo que tu cuerpo, razón y sentimientos han vivido durante la proyección de la misma y, "Alma negra" -un título mucho más clarividente que el traducido- es un ejemplo perfecto de ello pues, tras admitir la fantástica ambientación, recreación dura y áspera de interpretaciones solemnes y frías, hermetismo tirante de enorme sobriedad que se desenvuelve con la lentitud del profundo respirar en cada escena, pausa armoniosa que camina con paso seguro, congelada calidez que devora un espíritu quebrado e irradia la eterna espera de quien no desespera, en un tiempo muerto, hasta el momento apropiado..., puede que descubras que, ante tanta aplaudida técnica, eres de los que acabó bostezando, de forma inevitable, por una pesadez autónoma que quiere vincularse al relato pero a quien vence el cansancio ya que, el desapego y la desgana hicieron su aparición sin pedir permiso, sin avisar y golpeando con rotundidad.
Porque, sabes que estás ante un argumento gélido y calculador de las emociones, rencillas, cuentas pendientes de una mafia italiana para consigo mismo porque aquí, el debate y juego acusador, de memoria pasada no resuelta, tiene que ver con la propia familia, no con terceros que sólo son peones que encienden la mecha de una bomba de fabricación casera, largo tiempo en espera, para explotar; mina antipersona de un hermano mayor cabrero que nada quiera saber de la herencia patriarcal, un racional hermano segundo que obtiene los beneficios del negocio de padre y, un último hermano, el peligroso benjamín de la casa, con pájaros en la cabeza, floja la mano que sujeta el arma y mucho espíritu a lo John Wayne todo barruntado por un nuevo candidato, joven sobrino que se acelera con facilidad y actua sin pensar ni calcular los costes que pondrá en marcha, sin pretenderlo, la máquinaria de una cuenta atrás para estallido final.
Su visión es austera, rígida y seca, mucha seriedad y protocolo para poca acción de escaso movimiento, pocas palabras en un guión de gran desdén y menosprecio, gotas del espíritu de un clan que son desvelados a través del no solicitado encuentro, inesperado asesinato, sentida muerta, formal entierro y rezo de acompañamiento para un ceremonioso, digno y santo proceder fúnebre al tiempo que se negocia y discute el dónde, cuándo y cómo de la vendetta y, esperando tal decisión, aparece el primer ataque imprevisto que te lleva a distraer la mente y la mirada de la pantalla para volver, obligado por tu empeño y fuerza de voluntad pero donde, inexorablemente, tienes que admitir que has perdido interés, que tu atención a sucumbido a la fatiga visual y desaliento mental y que, la querida motivación, que hace acto de presencia, se escapa sin pedir permiso por la salida de emergencia, puerta trasera que no deseas tomar pero, la verdad, un poco te estás aburriendo; es definitivo, la desidia y desinterés han tomado el mando y poco más se puede hacer.
Francesco Munzi realiza un trabajo exhaustivo y concienzudo por el interior del alma negra de esta parentela cuyo honor ha sido retado y su dominio terrenal puesto a prueba, luto severo en una procesión lenta donde priman las formas y tradiciones de un saber estar con elegancia, comportarse con rigor, respeto por el dolor y a la espera de esa orden, mandato que inicie la revuelta, guerra/venganza que sorprende por quien la encabeza y sufre pero, para entonces, los suspiros que ha padecido tu alma tienen el efecto de contar ovejas y producir una somnolencia y desánimo por lo narrado que, aunque no quieras admitirlo, definirán qué clase de público eres y, aunque hubieras anhelado apreciar con consistencia lo visionado, disfrute más contundente de la amargura contenida, de la pasión controlada, de la hostilidad no manifestada, de la rabia nunca desmadrada..., ¿has bostezado?, entonces, ¡bienvenido!, yo soy de esas; delito imperdonable dada la categoría de la escenificación, performance, actuación, dirección, fotografía pero..., en esta ocasión, ¡bostecé!, yo soy de esas.



jueves, 9 de abril de 2015

Ojalá estuviera aquí

Zach Braff, escritor-director-productor-actor protagonista, después de 10 años de su triunfo "Algo en común", su paso eterno por "Scrubs" y con el apoyo incondicional de su hermano, vuelve a intentar emular lo un día realizado con arte y gloria sólo que, en esta ocasión, topa con su propio ego que anda perdido , mareando la perdiz y al personal.
Porque es lo que vas a sentir todo el rato, un personaje y argumento que juegan a moverse como bola del pin ball, sin excesivo criterio, que se mueve de lado a lado por oposición y sin llegar a sitio alguno, entre padre e hija conservadora y mujer y hermano liberal, enmedio de crisis personal de identidad donde cuestiona su propósito de alcanzar su proyecto ideal de vida y ser más práctico, empezar a ganar dinero para cubrir las deudas y dar de comer a sus hijos, todo ello envuelto en continuo chorro de chistes judíos -"Pero, ¿qué hay de mis sueños? ¿Dios no quiere mi felicidad? No, quiere que mantengas a tu familia"- y cuestionamiento sobre la finalidad de la existencia, con decoración perfeccionista basada en destacar las diferencias, escenas de contrastres rebuscados y excesivo simbolismo donde se busca la antítesis de marcar un estilo de andadura llamativa y pintoresca, como si no creyera en la fuerza interior de su mensaje y tuviera que envolver, su cifrado caminar de adorno cómico, con pinceladas trágicas que evolucionan hacia drama con tintes chistosos.
Su objetivo es la unidad familiar, el apoyo incondicional de tus seres queridos, la resistencia de ser uno mismo no importa las dificultades, perseguir tu sueño y nunca abandonar ni dejar desfallecer a tu espíritu emprendedor, optimista y voluntarioso, peonza que puede bailar porque tiene el soporte y la seguridad de quien le ama y vela por ella sólo que, tanta vuelta y vuelta, de lado a esquina como coche de choque cuyo conductor no sabe definirse y simplemente se deja llevar por inercia, pierde el respaldo del espectador y todo su amparo, tendencia e inclinación a su degustación apetitosa; porque, como ese chaval, en el patio del colegio, que no se decide a elegir bando y con quien jugar y acaba sentado en el banquillo, este inventivo que incentiva en demasía su idea, presenta una algarabía de tortilla de patatas y cebolla que ni siquiera tiene la gracia de ser sabrosa y deliciosa.
Su mayor apoyo y baza es su grupo de actores que le acompañan quienes tapan, con su cercanía, afectuosidad y calidez, muchas de las carencias del hula hoop ofrecido, un desfilar que intenta revivir, sin éxito, el porte maravilloso de su obra prima pero que, acá, sólo parece confirmar que no confía en la consistencia de su proyecto, fuerza de su contenido, en su modesta presencia y sinceridad de palabras para comunicarse como expresión suficiente que atrape y mantenga la atención del vidente.
"Tal vez seamos gente corriente, gente a la que se salva"; el conocido como Dr John "JD" Dorian, siempre será cotidiano individuo que resiste y supera, como puede, el día a día y la natural suerte caótica del destino -al tiempo que intenta ser feliz-, héroe anónimo no pretendido que encuentra razones para volver a sonreír tras mucho llorar y, aunque el susodicho director es meticuloso en las escenas, en los más pequeños detalles de presentación y el guión está lleno de perlas exquisitas al estilo Woody Allen, diálogos punzantes de doble sentido, ese doble querer decir y mostrar que se esconde trás cada cuidado fotograma no acierta plenamente con sus malabarismos, funambulista que se desvanece por pretensión no alcanzada y se queda en intento que no hechiza la curiosidad del público; Andrew Largeman -"Algo en común"- ya se ha hecho mayor, ha crecido y es padre de familia pero a perdido su toque y distinción en el proceso, evolución de una década esperada no tan lograda ni suculenta como se esperaba, el sol de sus gustosas ocurrencias, esta vez, no ha logrado brillar como solía.
"Se que no crees en Dios pero, quizás, puedas creer en la familia", el mundo es un lugar maravilloso, los malos no ganarán, los buenos triunfarán, nos rodea gente estupenda, encuentra tu alegría y no te desprendas de ella..., pero querer gustar a todos es no alcanzar a ninguno, perder a los nuevos y a los que te esperan con ilusión, ganas y esperanza que se quedan observando la pantalla, con todas sus expectativas en descenso, conforme evoluciona una historia cuya epifanía que la despertó no ha funcionado ni ha dejado contentos a nadie, sólo un pasar el rato que no alcanza para reír, tampoco para lamentar, simplemente no sabes muy bien donde estás, que te está vendiendo y, como aquel chaval en el patio del colegio que tiene dudas ante la oferta que sus ojos ven, no sabes elegir bando y acabas, nublado/espeso/perplejo, en el banquillo.
Un mirar sin sentir que apabulla, no tienta. 



miércoles, 8 de abril de 2015

Un patio de París

La sencillez, propiedad exquisita cuya presencia es muy deseosa y alabada en ocasiones, aquí se convierte en límite de todas sus posibilidades, de su excelsa magnitud y plena consistencia.
Un patio de París, anónimo espacio desapercibido que cobra vida, un conserje nuevo que busca refugio tranquilo y apartado donde trabajar y no pensar y, simplemente, ver la vida pasar mientras sobrelleva una depresión de la que huye y por la que deja su vida de músico y, vecinos característicos que volverán su presente más activo de lo pretendido, en un principio, debido a su buena fe, bondad sin maldad y calma desprendida que les aporta relajada comprensión y desahogo de acceso necesitado por momentos varios.
Gustave de Kervern, excelente conductor de una existencia que sobrevive con la aceptación de su evidente desgana y escasez de motivación por todo y que encaja, perfectamente, con una Catherine Deneuve obsesiva, dependiente y asustada que no encuentra relajación mental que la invite a descansar y superar el maldito insomnio más, la decoración de un impotente marido que no entiende a su desconocida y, anímicamente ausente, mujer, un lumbreras del negocio futuro de las bicibletas cuya carrera de éxito profesional como futbolista fue arruinada por un abuso de las drogas, de las cuales, 
hace todavía evidente ostentación, uso y abuso, el incordio de vecino perfeccionista que todo lo ve, lo presiente y soluciona para rectitud de una vida pulcra y sana, el maravillado por la secta de la luz que indica la llegada del Salvador..., envoltura de drama, con pinceladas sutiles de gracia y humor tenue para una historia que resulta leve en su conjunto, que sabe a poco dado el agradable entendimiento y fácil acople a su devenir, gustoso observar de gran aprecio que, Pierre Salvadori, no sabe potenciar a su máximo, en toda su magnífica probabilidad ofreciendo sólo breves retazos de toda la candidez que se cuece.
Delicado, encantador y elegante en su formato, presentación y pasos/insuficiente la sustancia contenida, la devoción por este fantástico vagabundo emocional de una realidad observada desde fuera, sin querer participar en ella pero que es arrastrado y forzado a inmiscuirse en ella por cariño, empatía y tolerancia hacia sus inquilinos de arriba es fácil, su sentida armonía con la angustiosa vecina es sentida y querida, apreciación que se extiende a todo el edificio pero su modestia y simpleza es una baza que juega en su contra pues se demanda más de ellos, se requiere mayor incursión, se solicita mayor grado de involucración y batida y no un frágil, insatisfecho y tenue paseo por la villa.
No busca regocijarse en el melodrama, su objetivo no es la explotación cómica, no desea vivir de la angustia vigente, ni merodear por los entresijos del cotilleo curioso, ni grandes sacrificios, ni ir a ninguna parte, simplemente muestra como la llegada de un extraño inapetente, que no busca ni pide nada, se acopla a la perfección con las necesidades ocultas de sus convecinos que les carcomen y devoran en silencio y que no se atreven a salir y manifestarse por pudor y vergüenza pero que, al lado del recién llegado, fluyen por si solas como agua de afluente desesperado que busca el mar naciente que le da vida o río alternativo que le mantenga a flote.
Cómodo desconcierto que no explosiona, pausado andar que no se corona, se intuye una cumbre apetecible que se queda en superfluo placebo de inocua consistencia, ligereza que se estima pero no causa adicción, turismo leve por un patio de París que ofrece discreto recorrido que combina incertidumbre, relajación y delicadeza sin saciar aunque, tampoco desespera en su espera; no sucumbe a la tentación de rebuscar en su interior, sólo notas de una superficie acorde, linda, humilde, de buen gusto y sintonía, extraña y desconcertante en su composición que nunca tuvo la pretensión de destapar toda su capacidad.
Elaboración sin complicaciones para vidas complicadas que viven su suplicio y padecimiento en sigilo sólo que..., la sencillez, propiedad cuya presencia es alabada en ocasiones, aquí se convierte en límite a su plena consistencia, barrera a su suculencia aunque..., ¿alguna vez tuvo intención de realizar dicha excursión? 



martes, 7 de abril de 2015

Perdiendo el norte

"El que olvida su historia está condenado a repetirla", y aquí, esta historia no es nueva, ni original, ni grandiosa, es puro tópico de "Vente a Alemania, Pepe" pero tiene la habilidad de la modestia, del encanto y la lindeza, de dejarse sentir con facilidad sabrosa y dejar recuerdo apetecible con placer y delicia, cariño y gratitud pues su huella y estela provocan los efectos deseados, sonrisa relajada, muecas alegres y más de una risa inesperada pero recibida con entusiasmo y gusto; observada con sencillez y armonía destaca por ser cotidiana, corriente, de los nuestros y ser, agradecidamente, lo que esperas, fortuna de un humor sincero y natural, nada forzado ni exagerado que funciona con cordialidad instantánea gracias a sus personajes cómicos que sustentan el menor redondeo de la pareja romántica más, un veterano abuelo -protagonista espléndido en la referencia mencionada- que los respalda de forma magnífica.
Guión fresco y ligero que alcanza su nivel rápidamente para mantener, sus constantes vitales, a buen ritmo durante todo el trayecto, diálogos medios e insignificantes, de gags y bromas conseguidas sin alarde, que provocan la gracia y alegría con avidez y soltura, escenas cliché de argumento prototipo, no importa, pues distrae, divierte y entretiene con firmeza y resolución y, un elenco de actores -encabezado por el brillante Julián López quien, sin ruido, despacio y con mucho mérito, va logrando hacerse un sitio respetado en nuestro cine, apoyado por Miki Esparbé, necesario lelo intermediario entre el drama y la comicidad y, rematado por un, siempre increíble, José Sacristán que ya lo tiene todo demostrado-, que forman una famiia avenida, acorde y estupenda, que sabe captar al espectador y conseguir su afecto y aplauso, aprobación y disfrute, fácil simpatía que se concede con voluntad y nada de esfuerzo.
"La generación perdida..., generación que iba a vivir mejor que sus padres y a acabado peor que sus abuelos", donde se repite que "...emigrar y engañar a la familia viene a ser lo mismo", pero cuya máxima intenta ser "...vive la vida que quieras, no la que puedas", todo ello envuelto con papel de antaño, de un himno no oficial, recitado por la, nunca olvidada para amantes de tiempos lejanos, Cecilia, memoria de una querida España, esa España mía, esa España nuestra, a quien despierta versos de poeta de su santa siesta buscando sus ojos, sus manos, su cabeza para, eternamente, seguir siendo mi querida España, esa España mía, esa España nuestra cuyo centro y eje, siempre será, el revivir un espíritu añejo de identidad y cultura que parece nos hechiza y acompaña allá donde vamos.
Aquí, no caben medias tintas, o Nacho G. Velilla consigue endulzar tu espíritu, calmar tu reprobación y reposar a una razón que sabe la necedad tópica que está observando pero no puede evitar la carcajada y comodidad de su goce o, tomas el camino de la rigidez severa y la condenas por floja, vulgar y boba; la determinante pregunta, a tan simple incógnita, es..., ¿te has reído o preguntado de que se reían los demás?
Perdiendo el norte..., aunque lo intenta, no da para tanto pero sí lo suficiente para acomodarse, pasar un buen rato, salir contento y grato, tiempo muerto bien empleado de donde sales más complacido que cuando entraste y, donde se confirma que lo mejor de su herencia es hablar bien de ella a conocidos y amigos pues, es el fidedigno boca a boca, su mejor aliado y veredicto.



lunes, 6 de abril de 2015

Cenicienta

Este intento de veracidad y sensatez ni es próspero, ni dichoso, ni supera la infinitud de una estimable fantasía.
Es como ver a Kent ligando con la Nancy -cortejando, ¡por favor!, que hay que ser finos-, en la corte de un baile fastuoso pero inapetente por presuntuoso, exagerado y poco convincente en su seducción pues su explotación es tan cursi que pierde todo posible contento que urga asomar su nacimiento.
Si el relato previo de dibujos, que no viene a petición, ya sobra, no digamos la esperada narración posterior del cuento donde Keneth Branagh, en un intento de maestra coherencia -que podía haberse ahorrado-, en una autenticidad que asesina la magia, en una originalidad vacua, se retrotrae a la infancia feliz de, por entonces, Ella, para detallar exiguamente, con todo el infructuoso regodeo, todo el proceso, paso a paso a cual más estéril, por el cual la bella y amada hija se convierte en Cenicienta, la sirvienta; opta por un camino lento, pausado y concienzudo para conocer mejor a los personajes, hacerlos más accesibles y cercanos, sensibles y humanos con tan poca gracia, encanto y ensoñación que, ¡más vale que le hubiera dado cuerda y hubiera cogido el metro! pues el interminable viaje agota, empalaga y fastidia, carente de emoción ni entusiasma, ni apasiona, ni encandila, ni deja recuerdo que no sea añoranza distante por versiones más apetecibles que este soporífero discurrir sin bienestar para el sentimiento, ni condimento para el espíritu, ni energía para el corazón, ni imaginación con la que poder figurar e idealizar.
Cate Blanchett ya puede presumir de ser la última actriz en incorporarse al gremio de brujas malvadas -la lista ya empieza a ser larga-, con un trabajo excelente que cae en saco roto, con tan poco provecho y beneficio que todo su esfuerzo se ve perdido por una joven que no fascina, un príncipe que no enamora, una carroza que brilla para nada, un palacio que cuenta con excesivas escaleras, diálogos sin seducción ni afecto y, en general, un reino que ni siendo generosa ni teniendo valor, aprueba.
"Dije que tendría valor pero ya no creo en nada", yo tampoco ya que, todo tiene un límite y la paciencia los minutos contados cuando entras con la ilusión e inocencia de una niña y sale con el aburrimiento y cansancio de un adulto, ni para ir en familia/ni en pareja/ni con niños/ni sin ellos, el susodicho director irlandés ha tenido el maravilloso don de realizar la adaptación más desganada, desilusionada e infértil, hasta el momento, de tan bella fábula -Disney estará contenta aunque, a mí, todavía me dura la pataleta por tan ruinosa velada-, toda una habilidad que contrasta enormemente con sus increíbles trabajos anterior -en un tiempo lejano, ya por casi todos olvidados pero, excelente para los que conserven su memoria- donde revivir la esencia de su enamorado 
Shakespeare; aquí sólo da muestras de meticulosa pesadez, relajamiento indeseado, pasividad eterna y un alargar por alargar lo que podía haberse resuelto, en un plis plas, con la varita mágica de un hada madrina que, no sólo debía transformar la calabaza, los lagartos y el cisne sino la impericia del encargado de tan pobre proyecto que no luce ni deslumbra -aparte del magnífico color del vestido- por muchos focos extra que se añadan pues carece de glamour, carisma y emblema, y la cosa se pone peor si tu mente rebusca, como socorro de velada tan agotadora, hermanas mayores más hermosas, alentadores y dignas y, ¡me vale cualquiera!, ¡imagina el desespero!
"Se generosa, ten valor", querida, no se si podré ser tan amable y bondadosa de concederte tan altivo, costoso e inmerecido deseo pues, visto lo visto, ni soy tan generosa ni tengo tanto valor y, lo siento, pero no perdono tan incompetente, neutro y apático resultado.
Soñar..., imaginar, generalmente con placer, una cosa que es improbable que suceda, que difiere notablemente de la realidad existente o que sólo existe en la mente pero que, pese a ello, se persigue o anhela.
¡Déjanos soñar e imaginar, anhelar e inventar y no vuelvas la fantasía veraz y realista que fastidias todo su atractivo, valor y hechizo!
Buscaba embrujo/halle nulidad, acudí con esperanza/salí devastada, deseaba dulce canto de pájaros que permitiera volar a mi alma/tuve que conformarme con complacer a una vista -los oídos, extenuados de palabras remilgadas, ni caso- cuya deliciosa fotografía y colorido vestuario tampoco compensa el robo imperdonable de un hermoso cuento infantil vuelto pesadilla de ornamentación de oro pero contenido de paja.



domingo, 5 de abril de 2015

El amor no es lo que era

"En la parábola parece que las trayectorias nunca vuelvan a unirse pero, en un punto lejano, siempre vuelven a acercarse; el comportamiento en la hipérbole es distinto, los cuerpos nunca volverán a su punto de origen".
Resumen matemático perfecto y magnífico de la realidad plasmada, clave estratégica para entender la presentación y andadura de las tres parejas protagonistas; dos parábolas, una joven y recién creada/otra veterana y muy curtida que, a pesar de sus contratiempos y reticencias, lograrán encontrar el punto del camino que les lleve a encontrarse y andar juntos y, una hipérbole, estática, inerte e insustancial, sin nada que compartir ni expresar que nunca lograrán, por falta de apetencia, energía y esfuerzo, volver al maravilloso punto de encuentro que un día les enamoró.
"La diferencia entre mirar y ver es sólo un estado de ánimo" y, estados de ánimo es lo que ofrecen estos seis personajes cotidianos, nada especiales pero únicos en su exclusivo y sensible armazón, en transitiva soledad acompañada que buscan encauzar sus historias, paso a paso, con humildad y al son que les marque la vida.
Todos conectados por seis grados de separación/todos separados por kilómetros de distancia emocional, la sencillez de mostrar la andadura de una pareja joven, ingenua y con toda la esperanza por delante que se inicia, con sus miedos y dudas, osadía y valentía, la parada invernal y estacionaria, que no entra en calor ni despierta, de quien lleva tiempo junto a un extraño conocido, cuya ausencia, no se nota y, cuya presencia, molesta por disminuir el espacio de una marcha que, a esas alturas, ya se ha hecho individual y, el renacer de un encuentro jubilado que activa sensaciones con la seguridad de los errores cometidos y la firmeza de saber lo que no se quiere, todo ello ofrecido con tranquilidad y reposo, serenidad y complacencia de expresar con sutileza, confiando más en la sabiduría de las imágenes que en la torpeza explicativa de las palabras innecesarias cuando el silencio incómodo de un sofá compartido lo dice todo o, la entrega de unas llaves es mensaje claro de acogida y bienvenida
Grabriel Ochoa marca un tempo cotidiano, rutinario y familiar de vida en pareja donde el amor se encuentra y florece con fuerza y resistencia o, simplemente, se aparca en el cajón de la mesita para cuando sea más oportuno pues, ahora, no se tiene tiempo para dicho cansancio y estorbo forzado, cuando el abrazo es necesitado y espontáneo/cuando la caricia es estudiada e impuesta, cuando los sentimientos pertenecen más a un pasado querido que a un alejado presente, cuando una nueva o última oportunidad llama a tu puerta y no dudas en subirte al vagón de ese inesperado tren, vaya donde vaya, mesa para uno o mesa para dos o, lo que es peor, mantel compartido por costumbre sin nada que decirse y a centímetros abismales de distancia uno del otro, cuando el mínimo detalle importa/cuando no importa nada, cuando la pasión deja paso a la desgana, cuando la oportunidad surge en medio del conformismo, cuando, cuando, cuando..., cuando vendrás para no marcharte jamás o es la bola de cristal de Alaska que quedó en el bonito recuerdo de un pasado más llevadero y agraciado.
Puedes pensar que es llana y aburrida, plana y estéril pues no pasa nada o captar, con la delicadeza, armonía y discreción de no alterar el panorama, que todo pasa y cambia pues, un pequeño retoque, altera y modifica la distribución de la estancia, el paisaje en el horizonte, el sentir del alma y el devenir del camino de la persona, pasividad y que la vida decida o determinación de ir a por ella, pase lo que pase, unidad que bifurca o bifurcación que se funde en una.
"Hay trayectorias en parábola y otras en hipérbole, unas se unen/otras se separan"; el amor ya no es lo que era, o renace con ilusión o se torna molestia.



sábado, 4 de abril de 2015

La promesa

Un Nicholas Sparks del siglo XVII que no alimenta, ni seduce ni conmueve donde se promete lo que no ofrece y sólo reporta vacío injustificable.
Dos partes, la primera..., tentativa promesa de caer en la trampa preparada, de no resisitir el precioso mantel que decora tan apetitosa mesa, dejarse llevar por la gratitud del comensal invitado, lentitud de pasos inevitables que acercan la miel a la mosca, irresistible deseo de probar esa tarta de chocolate guardada con recelo a tan cercano alcance, ímpetu ferviente de una conmovedora música hechicera que nubla la razón y acelera el corazón; una segunda parte... de promesa de vuelta para saborear las mieles de tan deliciosa trampa, soñar con degustar y hacer efectivo tan rico y ardiente deseo añorado, un regresar para recoger los frutos de lo prometido, lo nunca olvidado en ese diario enamorado que ni la distancia ni el tiempo pueden aplacar..., todo ello contado con una pasividad de gestos, delicadeza de miras y galantería de habla que intenta recordar y revivir el espíritu sutil, artificioso y pulcro del siglo mencionado, pasado dramático de amor imposible que resiste la desventuras, fatalidades y dificultades que el cruel destino tenga a bien ponerles a prueba.
Teoría muy digna que muere, lamentablemente, en su práctica pues este relato a lo Jane Austen supura melosidad pastelera por todos sus fueros, parsimonia de un observar aburrido que no encuentra pasión ni frenesí en lo compartido por los protagonistas, mucha galantería de habla, formas, performance, vestuario..., decoración suntuosa que no esconden la ínfima consistencia del material ofrecido con el que revivir un ánimo que se apaga conforme avanza el relato, sin sustancia, condimento o placer que vaya más allá de observar a dos esforzados actores intentando crear una calidez emoción que, en primera estancia, choca con su ausencia de química como pareja de amor secreto prohibido y, a lo que le sigue, un mover ficha sin entusiasmo ni gancho adictivo en una mezcla fatídica, de quien espera y desespera, para obtener un castro beso final que no convence ni a defensores fundamentalistas de la moral y decencia intachables.
Patrice Leconte ofrece un relato que, siendo muy benevolente, tiene cierto pase en esa incógnita inicial de saber cuándo tastara la sabrosa miel, cuándo el joven lobezno, manipulado por experto jefe oso, tendrá el coraje de tomar lo que tanto desea y anhela y, aún así, es mucha condescendencia ofrecida pues, su pasividad virginal, que vive únicamente de escenas perfectas de fotografía preparada y laborioso esfuerzo de sus intérpretes, no logra llegar muy lejos en mantener tu alma sedienta, tu espíritu atento a una pantalla de ínfimo/casi nulo atractivo apetente; si luego le añades la absurda presentación de la promesa y el soporífero reflejo del tiempo y su eterna distancia, la motivación cae en picado.
Está bien promulgar la exquisitez, publicitar la sutileza, reflejar con delicadeza el arte magnífico y arrebatador del enamoramiento, deseo, atracción y lujuria irrefrenable, bella intimidad de tenues sentimientos compartidos en breves pero apreciados momentos pero..., da algo de alimento comestible que ¡el cuerpo es carne que necesita chicha!..., tanto mirar cuello, endulzar oídos, oler las teclas del piano, completar puzzles y ¡hablar por hablar!, un poco de acción, ¿no?, ¡si el menos jugaran el ajedrez que entretiene más!
Promesa sobrevalorada, caballero.



viernes, 3 de abril de 2015

Convicto (Starred up)

"Promovido..., significa que eres líder", un lider sin historia previa ni posterior, sólo un actual contigo/sin ti, disyuntiva martirizante en la que se encuentra este feroz animal, enjaulado en su propia cárcel anímica, que no logra encontrar la libertad de su peculiar idiosincrasia.
"Orgulloso de ser tu padre", orgulloso de sobrevivir en la jungla penitenciaria donde los golpes llegan por todos lados, cuadrilátero donde se libra un combate continuo por seguir de pie, por no perder la dignidad, por no desesperar, donde no hay amigos/todos posibles enemigos, observar y ser observado, vigilar los movimientos, estudiar a tus contrincantes, conocer el terreno, preparar estrategia, crearse un nombre que sea respetado, ocultar la angustia, mostrar fortaleza, resisitir a toda costa, usar la violencia, dejarse llevar por la ira..., no poder más y pobrar a confiar en alguien, no renegar de todo, el respaldo imprevisto, temor constante, demonio de una mente que no es capaz de razonar ni descansar, cordura que va y viene, guerra psicológica con una mismo y los demás, ayuda nunca requerida/puños inesperados que te defienden, caos físico y cerebral en carrera incesante hacia el estallido, rígida tensión que nunca desaparece y no permite la relajación en una contrarreloj punzante y expectante que no pretende llegar a destino alguno, no informa de pasado, no mira hacia futuro, su único propósito es la exhibición de esa realidad, mal corrosivo que se encuentra una vez se cierran las puertas de la prisión y quedas a merced de un interior hermético con sus propias reglas donde todo vale, todo se permite, todo puede ocurrir.
Son muchas las historias que han narrado la vida carcelaria, el doloroso sufrimiento padecido entre sus muros pero, David Mackenzie, tiene el don de destacar por su habilidad de unir la frialdad y extenuación de la supervivencia con el intenso y severo drama familiar, crear un ambiente de destrucción y ruina dirigido a un protector no solicitado que aparece ahora pero que, en su momento, le abandonó a su suerte, rencor, desprecio inevitablemente acompañado de ofensivo cariño no querido, pero sí sentido, que se rebelan a un espíritu en apabullante lucha emocional el cual expresa con su rebeldía corporal y brusquedad de la mirada.
Excepcional Jack O'Connell que consigue atrapar tu interés, incertidumbre, sinsentido, espanto, resquemor, congoja..., con facilidad palpable para un relato indigesto, incómodo, desesperante, complicado de ver y seguir por la dificultad de entender a sus protagonistas, por su despavorida escenificación, impactantes imágenes, por esa algarabía de sentimientos contradictorios y escenas escabrosas que manan sin pausa, control ni permiso, proteínas en ebullición e in crescendo que parecen no tener límite ni fin, venenosa existencia que se autoconsume cuyo origen no está en el lugar de estancia sino en la compañía encontrada, ese impuesto referente que ahora quiere ejercer unas funciones a las que en su día renunció.
Conflicto familiar entre rejas de gran adrenalina y velocidad, brutalidad incesante que molesta y engancha al tiempo como ese accidente de coche desagradable que no quieres mirar pero que tus ojos no dejan de buscar y curiosear, desenfreno, dureza y crueldad siempre presentes que esconden una rabia, sin razón, impotencia y odio que se topa, de frente y cara a cara, con su progenitor cuya mano tendida es rechazada y memospreciada, escalofriante y enloquecido devenir que pertuba tu paz y ánimo pero cuya atención y observación le siguen allá donde vaya, compañía tirante, insociable, agria, áspera e incómoda que no desfallece ni tú con ella.
No apta para todo tipo de sensibilidades.



jueves, 2 de abril de 2015

Tres mundos

"Morir es lo único que no puedo hacer por ti, Heidegger"
De la alegría a la desgracia hay un segundo, de la felicidad a la amargura un paso incorrecto y de una sonrisa espontánea a lágrimas de por vida, menos de lo que esperas.
"Es narcisista querer controlar la vida de los demás", eso contando con que se pueda controlar algo de lo que hacemos, nos pasa o sucede alrededor porque, sin darte cuenta y en un abrir y cerrar de ojos, todo estalla provocando una cadena de revueltas y desenlaces que desemboca en crisis personal y social definitiva, un abrupto y agónico caos martirizante pero necesario para la llegada de la necesitada calma que permita respirar, dejar de ahogarse en cada suspiro y lograr estar en paz con uno mismo.
El fin de tres mundos/el principio de lo que queda, esencia de un argumento apetecible, latente y frenético que evoluciona positivamente hacia una tensión, precipitación y enredo cautivante de quien ha perdido el rumbo y se encuentra en un mar de miseria, tres personajes enlazados por un accidente que les cambia la vida sin pedir permiso ni vuelta atrás, todos inocentes/todos culpables, difícil dictar sentencia cuando las buenas personas realizan actos impuros, cuando la moralidad de un testigo no es capaz de distinguir al agresor del agredido, cuando la desconsolada viuda se convierte en acusadora que reclama y cuando la dureza, impunidad, cobardía, miedo, tormento, desconcierto, pena, remordimiento..., se entremezclan en una justicia imposible de lograr, se haga lo que se haga.
Un acto fortuito desencadena las dudas de las buenas intenciones, el martirio de una conciencia culpable, la incertidumbre de los sentimientos, el desasosiego de ayudar y salir herido, la desesperación de no poder arreglar lo roto, la confirmación de que nadie volverá a ser el mismo, la pérdida de la persona conocida y el enfrentamiento con el nuevo yo, ese mirarse en el espejo interior de cada uno y vivir con aquello que se encuentre, nueva conciencia que puede, siempre estuviera allí, por muy escondida y maquillada que se retenga.
Vergüenza, sufrimiento, desprecio en un triángulo doloroso que suplica por perdón, misericordia y entendimiento, comprensión de actos humanos que causan daños irreparables, caerse de la torre de marfil construida y nadar entre la propia inmundicia, ayudar para empeorar las cosas, un precipitado, enérgico viaje desde el coche de lujo al tren de cercanías, del pelo engominado a la barba de tres días, de carrera acelerada hacia meta propuesta -¡vamos, sólo quedan 10 días!- a la calma de deambular sin meta a la vista, familiar fotografía urbana para un relato tenso y atractivo, de marcadas interpretaciones, en un trío armonioso y bienavenido -Raphaël Personnaz excelente como comandante de la parte de adelante, creíble Clotilde Hesme reflejo de la corrosiva duda que no es capaz de elegir y, Arta Dobroshi, como desamparado saco de boxeo que devuelve los golpes- que, con fervor y sencillez, muestra la profunda soledad de vivir rodeado de personas, torpedo de emociones varias en diferentes seres de misma alma humana que atrapa y cohibe con soltura para seguir su discurrir con sinceras ganas.
Catherine Corsini presenta una historia de acción emocional, un loable viviendo deprisa, de futuro éxito garantizado, que topa con la fatalidad de un destino caprichoso que marca las pautas a seguir, con voluntad participativa o sin ella, para acabar en un vivir muriendo, partida de billar a tres bandas de carambola no pretendida y sugerente estímulo para una historia modesta, de sentimientos encontrados, confundidos y en vorágine constante que sabe seducir sin presión pero con firmeza.
Tres mundos que se funden en uno, que divergen a sus propios caminos para, por siempre, estar unidos.



miércoles, 1 de abril de 2015

La dictadura perfecta

Moral, de término latino, proviene de la palabra "moris", costumbre, conjunto de creencias, valores y normas de una persona, grupo o comunidad social que funciona como una guía para obrar, orienta acerca de qué acciones son correctas y cuáles incorrectas; autonomía de la ley moral, de imperativo categórico, que tiene su origen en la razón, no en la inclinación..., déjate de andar chingando pendejo, "¡la moral es un chingue árbol que da moras!".
"Tú y yo sabemos que la tele todo lo puede" y, ni en "El Padrino" hay tantas muertes, ni en el congreso tanto sarcasmo, ¡ni en el anfiteatro tanta guasa y payasada!; comedia satírica, fábula irónica lanza misiles de sinceridad punzante, reconstruida a partir de similitudes muy verídicas con la realidad mexicana del momento de su realización, diversión acomodada a la extravagancia de su despropósito que pierde el rumbo y los papeles conforme avanza, desmadre surrealista in crescendo que ¡ni els ninots de las fallas, ni el café con leche en plaza Mayor!, que invita a reflexionar sobre la porquería que dirige y comanda el susodicho país, de no tan humor negro ni mordacidad plena como "La ley de Herodes", del mismo director, sino más bien con aires suaves y digestivos de bufonada guasona, excentricidad desproporcionada en formato de telenovela, cachondeo despreciable de vomitivo ultraje para audiencia genérica en horas muertas que busca entretenimiento ocasional con pellizcos de ingenio y sagacidad, perspicacia y juerga argumental que no refrena sus ansias de desquiciados avances y catastróficas uniones de resultado estrambótico para revelar infames verdades sobre la corrupción política y de los medios de comunicación en México.
El presidente de la nación, delante del embajador norteamericano de la administración Obama, y con una sola frase "Nosotros hacemos el trabajo que los negros no quieren hacer", desencadena todo un esperpéntico rosario de acciones, a cual más ridícula y vergonzante, para despistar a la audiencia con programadas noticias ficticias o adornadas en su fabricación televisiva y recuperar la popularidad del inepto político corrupto del momento, la fabricación de la caja china emitida a través de la caja tonta que adormecerá a las masas de reclamar una justicia innecesaria siempre que puedan entretenerse con el drama lagrimero de familia descompuesta, con oportuno secuestro de hijas, infidelidad del cónyuge, deudas de dinero, extorsión amenazante y lo que se nos ocurra para lograr un 25% de share que ni "Cristal" en su mejores tiempos.
Luís estrada, con personajes mexicanos conocidos y con escondido doble sentido en el parecido, habla y exposición del montaje circense con el que decora el teatro de pantalla que llegará al hogar -sólo entendible para mexicanos que capten, al instante, esa virulencia burlona de doble voluntad- ofrece un cuento de tebeo de Jaimito donde caben todas las temeridades, barbaridades y disparates que se intenten adjuntar para recelar de la basura de traje y corbata, cargo y postín que encierran las instituciones de sus compatriotas así como los, siempre a la venta del mejor postor, medios televisivos de la información más falsa y errónea que se pueda crear para beneficio personal y de la cadena.
"En esta historia, todos los nombres son ficticios, los hechos sospechosamente verdaderos, cualquier parecido o semejanza con la realidad no es mera coincidencia", observa el desquicio escénico magníficado, la incredulidad de que pueda tener sombras fidedignas en la realidad y, aunque no vas a reír a carcajadas en este patriótico desastre de mandamases, al cual peor, donde los malos ganan/los buenos al paradón, es cine denuncia con abrigo cómico destartalado y agudo abrazo socarrón de serie de máxima audiencia que no deja de atronar con sus estrafalarios malabarismos revestidos de verdades nunca dichas/conocidas por todos.
Hay cine cuya pasión, fuerza e importancia, salero y gracia de sus chistes y burlas, ocurrencias descaradas sólo son captadas por los habitantes de la región, nación de la que proceden quienes, de antemano, conocen del fondo y contenido a que hacen referencia, para los demás no deja de ser un dicharachero, gracioso, divertido y grotesco mirar "La que se avecina" de tejemanejes políticos y televisivos sobre el poder, la sinvergonzonería y la corrupción.



Cymbeline

"La aspiración más gloriosa es la más cierta para tener un resultado miserable"
Si no conoces la historia de Cimbelino, de Shakespeare, más vale que te informes y vuelvas a ver la película, si tienes valor y coraje, porque dudo que ¡te hayas enterado de algo!
Y, mencionando el nombre de tan ilustre, diestro, avispado y ocurrente escritor, leyenda por los tiempos de los tiempos, ¿qué demonios has hecho con su texto, Michael Almereyda?, ¿cómo se puede realizar tal estropicio estéril, inapetente, sin estímulo o algo que se le parezca a palabras tan ingeniosas combinadas con exclusivo talento exquisito?
Verdad es que los textos son libres de interpretación, pensamientos plasmados en tinta sobre papel para que cada cual los haga suyos, los adopte temporalmente y les de la forma más acertada a su imaginación posible pero es que..., aquí la creatividad se estampa contra una pretenciosa imagen, caótica narración, torpes diálogos, ostentosa fanfarronería andante y un alboroto de ruido sin acierto en su deambular que es difícil perdonar tal galimatías de osadía inútil pues no logra transmitir ni un sólo sentimiento; ya no pasión, ira, engaño, venganza, traición, amor, lealtad..., con las que convivía una imaginativa mente extraordinaria que creaba relatos tan emocionantes como fascinantes que, aún con el paso del tiempo y cambio de época, siguen causando ferviente devoción y admiración, es que ¡ni siquiera consigue despertar un mínimo de curiosidad o apetencia por ver qué sale de todo esto o por dónde transcurre tan aciago e inepto director!
Deja que te ayude..., Cimbelino, rey que descubre que su hija, Imogena, se ha casado en secreto con Leonato, protegido suyo, recogido de niño, huérfano y criado en familia al tiempo que su ambiciosa mujer trama contra su persona para provocar una guerra de bandos que enfrente a los territorios mientras su hijo, hermanastro de Imogena, sueña hacer realidad, como sea, la promesa de mano de la damisela; por otro lado, Lachimo pondrá en duda el honor y virginidad de Imogena retando a Leonato, desterrado en Italia, a una apuesta que desmuestre su amor y lealtad hacia él; engañado, Leonato ordena a su criado dar muerte a su infiel amada, orden nunca llevada a cabo y sustituida por falsa muerte de la joven mancillada que permita desnudar la verdad; también entran en escena Morgan, caballero exiliado que secuestro a los hijos del rey y los cría y el médico que engaña a la reina a la hora de proporcionarle veneno para sus argucias y experimentos, todo combinado con arte y sutiliza para crear una suculenta trama de emocionantes guiños continuos.
Ahora, intenta hallar en lo visto algo de gracia, sabiduría o acierto, algo de sentimiento, similitud en lo expuesto que no sea desdén y parsimonia por la movida, sin vergüenza ni pudor ante la falta evidente de calidad y sentido, presentada.
Un desperdiciado Ethan Hawke que ni él mismo se cree la insolencia y altanería de su engaño, un Ed Harris apenas aprovechado que no tiene muy claro por donde para su reino o cómo gobernar en él, Dakota Johnson más tirando a Julieta que a lo que le toca, Milla Jovovich intentando encontrar malvada solidez en su personaje, el agraviado marido honrado pero en demasía lerdo e insustancial, de la guerra territorial del soberano ni te enteras, la apuesta ¡ni niños jugando a canicas!..., y una carencia generalizada que ofende a la mirada y hiere de muerte, muerte sentida amargamente por el alma que, incrédula, aún espera algo de sabiduría para la mente, gozo para los oídos, placer enrevesado de trama suculenta que se supone anticipaba la cita; en cambio, ésta ha resultado ser soporífera, ofensiva y absurda.
El atrevimiento es bravo, la originalidad...,rasgo a cuidar, el talento...,deseo a mantener, las ideas...,exquisitez a nunca perder, la innovación...,puerta siempre abierta a la provocación..., ahora, no me lleves a gran pantalla un intento de obra de instituto de jóvenes transgresores con ideas nuevas que, en ellos, sería perdonado, llevando tu firma, no tiene disculpa por mucho que sea una de las obras más endebles, básicas y rutinarias del mencionado escritor, no tiene disculpa por lo mucho que te esfuerzas en vender lo poco que consigues que, lamentablemente, es muy poco.
No tendremos aquí al nuevo Keneth Brangh shaskespeariano, que en su momento, con uno ¡ya hubo bastante!