miércoles, 11 de noviembre de 2015

Ant man

Armado con la asombrosa capacidad de reducir su tamaño a la dimensiones de un insecto, el estafador Scott Lang debe sacar a relucir al héroe que lleva dentro y ayudar a su mentor, el doctor Hank Pym, a proteger de una nueva generación de amenazas el secreto que se esconde tras el traje de Ant-Man, con un casco que le permite comunicarse con las hormigas. A pesar de los obstáculos aparentemente insuperables que les acechan, Pym y Lang deben planear y llevar a cabo un atraco para intentar salvar al mundo.


La hormiga que trató de conquistarnos.


Duda escatológica, que duele en la ilusión y el alma, e impiden darle una deseosa nota alta.
Acaba la película y aún dudas sobre lo percibido, sobre tus sensaciones respecto la misma, te mueves en un terreno complicado de sentimientos, ambivalencia que dificulta aclarar tu postura y reflexión sobre la misma.
Por un lado genial Paul Rudd, todo un acierto escogerle como héroe protagonista, valiente anónimo que tendrá que perfeccionar su caótica técnica y controlar su temeraria voluntad, y obvia su participación en la escritura y desarrollo del guión pues, como excelente actor humorista que se mueve con exquisita soltura en el género de la comedia, borda la ironía e ingenio del personaje, simpatía que va aderezada por un sólido Michael Douglas y la bella acompañante Evangeline Lilly para formar un trío ameno, cordial, de apetecible invitación a su fiesta sorpresa, sólo que el resto de participantes de tan memorable noche se compone del dúo sacapuntas y su nula cabeza pensante, cuya aportación no es carismática ni
sabrosa; que sí, están bien y se aceptan como decoración superflua del primer plato principal pero, el pulpo nunca será animal de compañía por mucho que se quiera ser amable y condescendiente con el responsable del juego planteado.
¡Y si fuera lo único!, porque el pupilo vuelto codicioso, que ostenta superar e ir contra su respetado y admirado mentor, como que le falta malicia, poder y enganche para tentar la opción apetitosa de cruzar al lado oscuro y ¡como colofón de lo extraño!, pues no sabes si encanta o aturde, gusta o palidece por absurdo, son su fiel ejército de hormigas teledirigidas mentalmente para construir puentes de acceso, trasladarte volando, morder al
villano o abrazarle en masa hasta conseguir de él ¡un ataque coronario!
Porque, entonces, ant man ¿qué haces tú?, lucir traje arcaico -comparado con tus colegas de Marvel-, aprovechar tu talento labial para relajar el ambiente, bromear con lo guay que eres de insigne superhombre hecho migas y ofrecer tu atractiva sonrisa que encandila junto ¡tu presencial salero!
Se agradece el desmarque del prototipo clásico, y explotado hasta la saciedad, visto hasta ahora, esa ocurrente inclinación por la gracia y su guasona alegría, agudeza de confiar más en los personajes y en lo que pueden aportar, no tanto en deslumbrar únicamente a la vista y nutrir, también, la olvidada mente y su solicitud de inteligencia dialéctica, pero no te olvides de confeccionar una historia más rotunda, sobria y contundente, digna por su pasión,
nervio y fuerza como rocambolesca aventura que te lleve al límite de la tensión y de su respiración entrecortada; al fin y al cabo es un blockbuster, se busca vibrar de emoción y adrenalina y quedar perplejo e impresionado por lo ideado, y los efectos especiales mostrados para hacer posible tan increíble invención.
Peyton Reed presenta un cariño, he encongido al primer desesperado que encontré por la calle, salido de la cárcel y urgente necesitado de cobijo y amparo, pretendo sea un aprendiz de Ethan Hunk reducido, sin menospreciar la fase de William Katt, el añorado súper héroe americano -quien no recuerda sus descabellados intentos de despegue, vuelo y aterrizaje- donde se busca la torpeza e ignorancia patética del ¡novato aprendiz!, para que colabore con sus hermanas de tamaño y traje y traiga los deberes hechos a casa.
“No dejes que tu pasado condicione tu futuro”, y este jellowjacket no lo hace, para nada, pretende superar las normas del hombre, las leyes de la naturaleza
para crear las suyas propias mientras se enfrasca en una singular -y atractiva de manera curiosa-, pelea a tamaño natural/ahora enano, mientras de todo lo visto, los verdaderos artificieros de todo el complot y estallido son estos diligentes himenópteros, capaces de levantar 50 veces su peso ¡ahí te has quedao!
Es divertida y sugestiva, pero su diversión y entretenimiento no es convincente con firmeza y convicción, garbo de agradar por visionar algo peculiar y diferente pero, como cuando te dan a probar un helado nuevo de sabor genuino y novedoso, te gusta, no está mal pero, tu cabeza y corazón te están diciendo, por lo bajito, prefiero el de nata y chocolate de toda la vida, ¡el clásico, vamos!; pues algo similar pasa en este caso, el asombro de lo
visionado no logra calar hondo más allá de la inicial sorpresa.
Y realmente no es voluntaria intención hacerlo, este nuevo y original formato tiene puntos agudos y refrescantes que valen la pena, que son un gozo que logró evitar perderse en el pozo, pero ¡remata la faena!, no cojas velocidad y luego te arrepientas de la aceleración y ¡pongas el freno de mano!; se aplaude la sencillez de la idea pero ¡transformala en algo grande, potente y suculento!, que seduzca la vista y cautive la razón, que encandile los oídos por su sagacidad expresiva e inquiete la piel por la fascinación de la hazaña emprendida, que no deje con el interrogante de si el personal está contento y satisfecho o a medio gas entre ambos.
Con seguridad vas a sonreír, hechar más de una carcajada, cómoda distensión que no evitará presencies también escenas más desafortunadas y menos agraciadas, compendio que unas veces luce/otras se apaga lamentablemente, tristeza de incomprensión que afecta al veredicto final que se tiene sobre ella; con todo sirve de forma estupenda como recreo y regocijo, sólo que la sombra de lo magnífico que pudo haber sido no deja de pasear por el ambiente, disminyendo la sensacional intensidad de lo recibido.
Ant man, hombre hormiga, ahora cuando vayas caminando tendrás cuidado de dónde pisas, no se si lograrás hacer saga de tu poder y talento; en caso afirmativo será grato volver a verte, en caso contrario, la experiencia bien vale su tiempo y espacio.

Lo mejor, su opcional espíritu que trata de desamarcarse de la común norma.
Lo peor, no cuida por igual todas sus partes.
Nota 6



martes, 10 de noviembre de 2015

Golpe de Estado

Una familia estadounidense, recién llegada a un país del Sudeste Asiático por motivos laborales, se encuentra atrapada en medio de un violento golpe de Estado. Desesperadamente intentarán escapar de un ambiente en el que los extranjeros, como ellos, son inmediatamente ejecutados.


Un golpe de Estado fallido

¡Hay si el espíritu de John McCain pudiera!, ¡te daba dos guantazos Owen Wilson!, por el esquivo intento, de vigor y estilo, con el que representas a ilustres que hicieron de héroes con categoría, dignidad y apremio; sino ¡mira a quién tienes al lado!, en su día fue uno de ellos, ahora ex-Bond resacoso y con achaques fallidos de volver a ser algo de lo que fue, cuyos intentos tienen su consideración y mérito, aunque de poco acierto y tino en su fructífero beneficio.
Pero hay que trabajar y Pierce Brosnan lo hace, ya sea en comedia, acción o drama, lo que surga, como se pueda, siempre entregando todo su condimento y experiencia, cosa distinta es que el guión anule toda posibilidad de crédito de que tan esforzada contribución elabore un plato exquisito y sabroso.
Porque aquí el guión no existe, se llama sinopsis a lo que únicamente es llegada a destino y salida de allí zumbando que los americanos son el enemigo y ¡hay que matarlos!, y la supuesta frenética carrera para salvar la vida no tiene emoción, robustez, ni espíritu, ni decente adrenalina que la salve de la quema en la

memoria, su aceleración apenas da para empuje fugaz, para evocar una mínima tensión mientras permanecen ocultos y el monstruo asiático pasa cerca pero sin encontrarlos; y si lo hacen, surge el as escondido en la manga para acompañar a una familia que no entusiasta ni fascina en su límite entre la vida y la muerte.
Cámara lenta para reflexionar sobre el horror que se está viendo/rapidez a la escena cuando se trata de correr y escapar, una pequeña gota de charla aclaratoria de por qué todo y por qué a ellos, un minúsculo receso de tregua para la parte sentimental y dramática y, vuelta a la noria de las pruebas hasta hallar la salida del laberinto; ahora, de nuevo, vuelven a quedarse solos pero con la clara convicción de un plan y de poder sacarlo adelante, y John McCain, descalzo por el pasillo de su hotel, con su
divertida cháchara y su cara de loco querido ¡era la bomba!, sin necesidad de tanto recorrido por las malditas calles de Tailandia.
Que sí, que me repito, que qué pesadita con la jungla pero, es que al menos su cristal no dejaba dudas de su contundente temperamento y profunda eficacia para entretener y eclipsar tu tiempo y mente, aquí el golpe de estado sólo aturde y atrapa los diez minutos últimos, el resto es un estado comedido de observar como dan golpes sin mucho más que sentir, captar o motivar.
“No estés triste papi. No lo estoy, cariño”, pero si un poco desilusionada, decepcionada si se quiere, que suena más rotundo porque, John Erick Dowdle, abandonas el cine de terror ¿para qué?, ¿para crear pavor, miedo y estupor por conservar la vida?, ¿osadía de hacer lo impensable por cuidar y proteger
a la familiar?, pero ¿realmente lo logras con remate de eficiencia sentida? o ¿miras y escuchas pero tu pulso cardíaco no eleva su ritmo?
Si se trataba de superar obstáculos hasta llegar a lugar seguro, tantos como quisieras podrías haber imaginado y, en vez de 101 minutos, dos horas de duración si hubiera sido tu deseo haber presentado pero, no cambiaría el hecho de que tanto movimiento de ficha no anima la partida, ni que con más sangre, muertos y heridos, el personal más se conmueve; ligera en cuanto a su martirio, superficial en cuanto a su atrape, teneu en cuanto a contenido, se que hay que evitar el estrés y nerviosismo, que no son buenos para el cuerpo pero ¡tampoco no hallarlos cuando se solicitan y se va en su búsqueda!
Atrapado como extranjero, con tu familia a cuestas,
en ciudad en medio de un conflicto civil y bélico, aterrador pensamiento que acongoja el alma, atura la razón y pone la piel de gallina por las desastrosas consecuencias que de ello se pueden derivar; el presente director estuvo a punto de vivir una situación similar si no fuera por la precaución que tuvo de anular su viaje a tierra tan hermosa y explotada; y de tan horrible peligro, que estuvo a un paso de suceder, surgió la idea de esta película sólo que..., desde 2006, que pudo haber tenido lugar tan fatídica casualidad, hasta el presente 2015 se le secaron las ideas, el susto se le apaciguó y toda la potencia y energía que se podía haber sacado de tan alarmante probabilidad perdió su fuelle, consistencia y gas hasta conformarse en cinta para pasar el rato que no caldea ni eleva la temperatura, tendrá que ser el marchoso del grupo quien aporte la vivacidad y locura, desmadre y pujanza a la noche, o si te has hinchado de palomitas ¡eso que te has ganado!
Por cierto, entre Tailandia y Vietanm está Laos, la solución final presentada sólo podría venir de los mismos que ¡quemaron fallas en la semana santa de Sevilla!, ¡bravo por el conocimiento que se tiene del resto del mundo!, a mirarse menos el ombligo ¡que existe google!
De la distancia sideral, en la traducción, entre “No escape” y “Golpe de estado” mejor ni hablamos; los de aquí también tiene sus propias torpezas.

Lo mejor, su duración.
Lo peor, es muy básica incluso limitando lo que se espera de ella.

Nota 4,5



lunes, 9 de noviembre de 2015

El corredor del laberinto. Las pruebas

Thomas (Dylan O'Brien) y los demás clarianos tendrán que enfrentarse al mayor desafío de sus vidas: buscar pistas sobre la misteriosa y poderosa organización "CRUEL". Esta aventura los llevará a "La Quemadura", un apocalíptico lugar lleno de inimaginables obstáculos. Aliados con miembros de la Resistencia, tendrán que descubrir quiénes son los dirigentes de la secta y cuáles son sus planes.



Un “Walking dead” de mucho correr.
Se que es “runner”, y por tanto que van a correr, pero ¡que hagan algo más interesante que estirar las piernas, con aceleración intensiva, y repetir carrera pero cambiando el paisaje!
Y no me valen la sucesión de zombies infectos que surgen por todas partes pues, la mencionada serie ¡ya los explotó bastante!
Tampoco es muy original la devastación de la metrópolis de “El día de mañana” pues, a la vista le suenan en exceso esas ruinas esparcidas que ya aparecen en previos con hambre de juego; y tampoco se puede decir que el enfrentamiento Cruel/Brazo derecho, sinónimos poco estimulantes del mal contra el bien, sirvan mucho de invención despierta pues, para ello retrocedemos a la resistencia de “V” contra los lagartos y tenemos el mismo tipo de escape y planteamiento.
Huida para buscar cobijo y hermanos de lucha que ayuden a entender y enfrentarse al invasor, aquel que solicita el cuerpo y sangre de inocentes en busca
de la panacea que les otorgue la gloria, el poder y su pertinente imperio, y por el camino tantas tribus y clanes como el guión disponga.
La parte sentimental, que siempre se espera, apenas existe ni está muy trabajada, prefieren centrarse en la velocidad de las extremidades, y sus rápidas zancas, para ponerse en forma y continuar saliendo pitando de todas partes, más disparar a mansalva para llenar con ruido el espacio atravesado.
El héroe sigue siendo valiente y honesto, más aún cuando las cosas se ponen feas y sus compañeros necesitan de su fortaleza; el malo, como siempre, con su discurso sobre el beneficio y bienestar que otorga a la humanidad entera que, aunque procede de cara atractiva con elegante traje, siempre suena a
trampa ya desfasada; los oportunos, osados auxiliares y torpes caciques, entre medias y ya tenemos los ingredientes para la cena de dicha velada, algunos asistentes serán baja durante la noche, hay que ir reduciendo comensales para que el gran colofón venidero sea lo más íntimo y personal que se pueda; no te preocupes, también surgen nuevos para que el interés siga al alza.
Separar la paja del trigo para ver quién vale realmente la pena y posee el plasma inmune que tanto obsesiona y se anhela, ese regalo de la biología y la evolución que no es para todos, poder interno de los jóvenes para ser extraído y hallar la cura que salve al mundo; recital propagandístico que no se
diferencia de hermanos, de diferente nombre y apellido, pero raíz similar y que cubre las necesidades medias para un entretenimiento decente y válido.
Tal vez ya estamos saturados y pasados de rosca de esta repetitiva monserga, pues hay escasez de motivación y empuje en la exposición, evolución y resolución abierta para la siguiente entrega, los personajes, sus posiciones y andanzas son comida ya probada de digestión consabida. Por tanto...,
..., no se hasta que punto molestarme en manifestar que es más de lo mismo, que si vas a beber refresco de cola, mejor elige Coca-cola, sin juego ni duda de hambre, antes que cualquier otra imitación; que hay paladares varios y a muchos gusta la segunda, sin
duda alguna, mi mayor respeto para ellos ahora, que me argumenten en qué supera en sabor, testura y gozo a la referida y, a partir de ahí hablamos.
Porque la mente, cuando la visionas, no deja de traer a colación referentes que le dan mil vueltas a la susodicha, lo cual significa que, sin menospreciar el buen trabajo y veloz rodaje al centro de acción que la mueve y se espera, su por qué, su tormento previo y futuro miedo a lo que vendrá no suponen ningún susto, ninguna tensión, ni nada que no desaparezaca al minuto de dejar de verla.
Poca inspiración en esta supervivencia post apocalíptica; ¿correcta?, si ¿eficiente?, lo mínimo para pasar el rato, ¿eficiente?, ¡no quieras que te conteste!, pues este saqueo de los malvados adultos, que codician la esencia vital de los jóvenes y mancebos, vive de ritmo rápido y ¡poco más!; el recuerdo del inicial cuadernillo visionado era más atractivo, carismático y sugerente.
“¡Estoy harto de huir!”, declara por fin el adalid atleta, señal de que llega el culminante pastel final y la fiesta de disfraces ya se acaba; quitamos caretas, descubrimos quién es quién y que salga el número ganador del interior del bombo.
“Nada los detendrá, asi que ¡yo los detendré! Voy a matar a Ava Paige”, y a esperar, que esta segunda aportación no da para más y la otra aún está por venir y, es de suponer, tardará en llegar.
Acabemos lo empezado y no pensemos más, porque “ir pa’na es tontería”.

Lo mejor, cuento conocido; corre, corre y corre que sino, el lobo vendrá y te atrapará.
Lo peor, no despierta apetito.
Nota 5



domingo, 8 de noviembre de 2015

Truman

Julián y Tomás, dos amigos de la infancia que han llegado a la madurez, se reúnen después de muchos años y pasan juntos unos días inolvidables, sobre todo porque éste será su último encuentro, su despedida.



“Porque, a las cinco de la mañana, cuando estás realmente jodido y necesitas ayuda ¿a quién llamas? No llamas a los padres, ni a los colegas ni a conocidos, llamas a un verdadero amigo, y los nombres que te vienen a la memoria ¡no son muchos!..., de eso va la película”, Javier Cámara; “ ¡ahí le has dao!”, Ricardo Darín. Sinceridad a raudales.
¡Qué bueno que viniste!, qué bueno salir del cine pudiendo confirmar ¡es lo que esperaba!, ¡expectativas cumplidas!, rotunda afirmación cuyo previo temía y dudaba no poder expresar dicha sentencia con eficiencia sentida; pero se ratificó lo que se intuía y anhelaba, para complacencia de la persona que tenga la inteligencia de no dejar pasar la oportunidad de tastar tan exquisito manjar.
Imparcial no soy, adoro a ambos protagonistas, su talento y facilidad para la interpretación, para la transformación y evocación de sus personajes es asombrosa, magistral para deleite y gozo del espectador; fan o no, imposible no reconocer el respeto que se han ganado dentro de suprofesión.
Y si se añade un guión cálido y humano, que da la oportunidad de explayar tan deliciosas y buscadas habilidades, más un director que tuvo el ojo, o la fortuna, de reunir tanto ingenio y agudeza en un mismo filme ¡qué quieres que te diga!, el resultado no puede ser otro que esta ¡subliminal pieza!
Película de sentimientos encontrados, dureza de silencios que hablan a través de aquello que no se comunica pero todos entienden presente, fragancia de espíritu que debe acompañar en esa preparación de difícil viaje venidero donde sólo se requiere estar, observar y amparar; no importa tu opinión, no se solicita tu intervención, unicamente el respeto de una decisión, entendible o no, que ya ha sido tomada pues eres leal amigo que “no pedís nada, no pasáis factura, sois generoso”. Y hay que ser paciente y generoso para digerir y absorber una amistad de
tantos años, profunda confianza que no necesita expresar lo que está dicho con su sola comparecencia y mutismo.
“Los inseparables”, que llenan la pantalla con su sólida presencia y penetrante mirada, que te cogen de la marno para volcar una inmensidad de sensaciones sin que puedas digerirlas con emoción distante, que con música de respiración lenta y esencia intimista, ofrecen la partitura final de esa alma cansada y agotada, querida y añorada a quien cobija un cautivador solitario de guitarra como preparación melancólica de esa forma entrañable, dura y espinosa de recepción elegida; no es fácil el tema, arde el asunto a tratar entre las manos, aquieta la aspiración y aliento, anula las ideas pues ¿cómo despedirse por siempre de un íntimo amigo?, ¿qué decir en ese último encuentro?, ¿hay algo no
expresado que no se sepa e intuya?; de ahí que este hondo, abismal y categórico guión viva de prolongación y rutinarias pausas para cuatro días únicos e inolvidables, nada que añadir a la especial situación enfrascada que no sea la cotidiana andadura de quien se conoce sin abrir boca; tensión lagrimal, anímica angustia, inquietud colosal y lo único para aliviarla es callarse, caminar junto al protagonista y respetar aquello que comparte.
Cesc Gay realiza un hermoso trabajo, de arduo calado y enorme pesadez espiritual, con la sabiduría de olvidarse de la cámara como personaje y dejar,
que esta potente pareja, actúe y deslumbre cada fotograma con sólo recitar sus memorizadas palabras, o simplemente sin pronunciar nada, robustez de dos figuras que sufren su dolor sin parlotear, que nutren su necesidad con su existencia mutua y que te permiten arroparles en sus fatigosos y definitivos encuentros.
Punto y aparte es la conclusión que se saque de esta preciosidad emocional, pues depende en toda medida de la afinidad que logres con las afecciones vertidas, simbiosis imprescindible para apreciar cada tesoro sensitivo, cada afecto personal e interno que ofrece con derroche y altruismo este esplendor de argumento; si te involucras, tu hipnosis dejará paso a esa blanda impresión emotiva de quien está sintiendo cada uno de los momentos con veracidad humana; en caso contrario, la asimilación puede ser de lentitud, vacío y distancia por la poca consistencia sentida para tanta transquilidad y letargo.
“No has venido para convercerme de nada ¿no?” No, pero salgo absolutamente convencida y rendida, por el placer y honor de ser la extensión de ese callado amigo que sólo debe aparecer, escoltar, servir de apoyo y facilitar la elección tomada pues, aunque no siempre “cada uno se muere como puede”, en esta ocasión es solemne tránsito de trago amargo, pero
gustoso de presenciar, para quien sirve de testigo, de tan temblorosa firmeza, de quien lo tiene todo dispuesto y claro.
Truman, mi segundo hijo, totalmente dependiente, se solicita tutor que se haga cargo, hombre a ser posible, amante de los perros a poder ser, amigo del alma/de toda la vida sería inmejorable, gusta de magdalenas y baños de vez en cuando, tratar con cuidado y cariño pues me desprendo de una parte de mi irrecuperable, cuyo amor es irreemplazable, como todo el amor desprendido a mansalva en cada fotograma, pues si algo hay en la pantalla es amor, amor y más inmenso amor, único constante e indispensable amor que no todos tienen la fortuna de respirar y apreciar con la soberbia que se solicita.

Lo mejor, la pareja protagonista, la emotividad del guión, el ensimismamiento de su observación.
Lo peor, la visita sólo dura 4 días.
Nota 7,5




sábado, 7 de noviembre de 2015

Little boy

Años 40. En un pequeño pueblo de EEUU vive un niño de 7 años que padece problemas de desarrollo. Cuando su padre, casi su único amigo, se marcha al frente a combatir en la Segunda Guerra Mundial, el chico tendrá que enfrentarse no sólo a la crueldad de sus compañeros de clase, sino también a la de sus vecinos.



Si Moisés abrió las aguas del mar Rojo por mandato del Señor, ¡quién dice que este chaval no consiga todo lo que se proponga!; “depende de ti creer en lo imposible” y a intentos, motivación y querencia nadie la gana.
La guerra desde el punto de vista de un pequeño chico, que lo único que desea es que su padre vuelva a casa para volver a ser su colega del alma e incondicional compañero de aventuras.
“¿Crees poder hacer esto?”, palabras mágicas, instauradas en la mente de un confiado hijo y hermano, que todo lo pueden, que mantienen incandescente la fe y esperanza de un crío que necesita creer en lo imposible, en la fuerza de su voluntad para conseguir lo que nadie espera, lo que parece inalcanzable, esa inocencia de edad y espíritu que permiten al corazón seguir latiendo con el vigor y resistencia necesarios de estar haciendo todo lo que se puede por cumplir su sueño.
Porque eso es esta película, una fábula encantadora sobre un hecho espantoso vista desde un plano distinto, un acto bélico personalizado en el dolor de un muchacho que necesita pensar, que afirma con rotundidad que todo depende de él, que su ensoñación maravillosa es posible hacerla realidad con su constancia, sacrificio y el cumplimiento fiel de una lista que bien podría ser la misiva de los reyes magos, que prometen traerle su regalo de navidad por adelantado si cumple escrupulosamente lo pactado; porque esto es una asociación de dos, el amigo imaginario y el chaval terrenal donde, si uno cumple lo estipulado, sólo hay que esperar, sin desesperar -bueno, sólo un poco para recrear mínima tensión-, a que el primero haga su nunca-prometida parte.
Porque es cine, es entrañable invención, fantasía creada para agradar y enternecer, volver a la infancia y rememorar cuando se creía que podías volar como Supermán, que tu padre era poderoso pues lo sabía todo, que tu hermana había cogido las paperas con tú sólo desearlo y que podías conseguir engañar a tu madre si te lo proponías.
Porque son muchos los directores que han utilizado acontecimientos históricos, donde reina la muerte como abanderado de su recuerdo, para reflejar una personal historia encubierta que nos tralade a revivir tan catastrófico momento, con la ayuda de los sentimientos individuales de sus protagonistas; su felicidad, su desgracia, su pérdida, su encuentro, un trágico drama con la delicadeza ingenua de la mirada de un pequeño jovenzuelo, grande de coraje, que hace lo que únicamente tiene sentido para él, aunque sea el hazmerreír del resto del pueblo.
James Cameron y su legendaria historia de amor del Titánic, Roberto Benigni y su ternura para encarar la estancia en su despiadado campo de concentración nazi, Amenabar y su tsunami, Pearl Harbor, conquistar el Everest y demás catástrofes graves o combates mundiales a lo largo de nuestro pasado; en esta ocasión, Alejandro Monteverde escoge la 
Segunda Guerra Mundial y la deleznable bomba de Hiroshima para recrear un idílico pueblo, de candorosa fotografía -que ninguna tarjeta postal podría superar-, con su creyente comunidad siempre férrea y patriótica y un destacado miembro, corto en altura/inmensurable en ilusión que se tiene que enfrentar al bulling de sus compañeros y a la partida de su único y verdadero soporte y amigo, su padre.Y se añade música sutil que aderece con rectitud, y se acople con oportunidad conmovedora a las escenas según convenga sonreír, llorar, añorar, conformarse o luchar, diversas fases que toda correcta invención debe poseer para cautivar, según momentos, al espectador.
Y esta sencilla, aunque excesiva en su duración, narración logra cumplir los requisitos, te conmueve, ablanda, relaja y acomoda en esa modélica estancia de emotivas interpretaciones, sentidas con calculada perfección, y su benévolo colorido que habla con amabilidad serena, que expone con ingenua belleza y muestra una leve maldad que ofendería al propio satanás por su miseria de exposición sin consistencia, para relatar esa parábola que dice que los sueños posibles son, que creer es poder, que la voluntad mueve montañas y que el valor no tiene freno ni 
medida cuando habita en la esencia de un inesperado héroe, cuyo diminuto tamaño no le quita de ser el más grande y valiente de todos los presentes.
Relato moralista que transmite valores humanos, siempre puros y religiosos, que busca el cariño, simpatía y adhesión de la audiencia, adrezo bonachón y cordial, de estampa glorificada, para la formación de esa afectiva lágrima que tanto se busca provocar; con los más sensibles la tarea resultará fácil y hecha, el resto observará las peripecias de esta David, que no cuenta con nadie para combatir a su Goliat, con calidez de sentimiento afín pero sin vivirlo intensamente pues se fuerza en imponer, en demasía, la pena, lloro y lamento que siempre le acompañan.
Little boy, pequeño chico, tu esfuerzo se considera y agradece, cosa aparte es que surgan las sensaciones debidas que se estimulan con descaro y manipuleo, sensiblería en abundancia hace que su recepción pierda la emotividad que tanto mana, que no participes de su increíble posible, que no te integres en su creencia, que se reduzca a querida y cálida historia aunque limitada en su nutrición.

Lo mejor, su incombustible bondadosa aúrea.
Lo peor, nunca llegas a sentir o creer que puedas mover montañas.
Nota 5




viernes, 6 de noviembre de 2015

Mi gran noche


A José lo envía la ETT, en pleno agosto, a un pabellón industrial de las afueras de Madrid para trabajar en la grabación de una gala especial de Nochevieja. Cientos de figurantes como él llevan semana y media encerrados y desesperados mientras fingen celebrar con alegría la falsa venida del Año Nuevo. Alphonso, la estrella musical, es capaz de todo para asegurarse que su actuación tendrá la máxima audiencia. Adanne, su antagonista, joven cantante latino, es acosado por las fans que quieren chantajearle. Los presentadores del programa se odian y compiten entre sí para ganarse la confianza del productor. Pero lo que nadie sabe es que la vida de Alphonso corre peligro.




La idea es relax y diversión, y a poder, si Alex de la Iglesia atina con su humor y desparpajo, sonoras carcajadas de sonrisa amplia y abierta. ¿Lo conseguirá tan extremo, ocurrente y avispado director?, ¿presentará toda su osadía y superrealismo?, ¿seguirá desvergüenza, descaro y siendo fiel a si mismo? Veamos que tal...
“Escándalo, es un escándalo...”, de ingenio, locura y desmadre, tan absurda y disparatada que puede pasar lo que le de la gana a su comandante, caos y despropósito como estandarte y bandera de un guión acelerado y marchoso, chispeante y locuaz, avidez maestra de combinar una variedad rica de personajes, a cual más tronchante y pandereta, cuya rapidez labial y movimiento escénico dificulta captar toda la sagacidad y tontería verbal que expresan sin descanso, más una música atronadora y electrizante decorada con un estallido de color y un escaparate de baile que enriquecen lo que, ya de por si, es desternillante y sabroso.
Porque sí, funciona, cumple y es lo que esperas, su tráiler no engaña, las perspectivas se confirman y disfrutas de un circo loco cuya noria acelera el paso conforme pasan los minutos, cuya estratagema es no dejar pasar un segundo sin marear, alegrar y aturdir a la audiencia.Nunca volverás a ver igual el especial de noche vieja, dicho aburrido programa que se repite año tras año, sin variación en su desganada oferta, cobra un nuevo matiz, perspectiva gustosa de alguien inteligente que supo ver en dicho clásico la oportunidad espléndida para recrear un argumento voraz y tremendo, revuelto nutritivo de toda clase de ingredientes donde sobresale la estrella principal, ese soberbio e imponente Rafael que luce como sólo él sabe hacer, apoyado magníficamente por una riqueza de secundarios imposible de nombrar por la calidad, ajuste y perfección de cada uno de ellos en su papel y lugar.
Siéntate y prepárate a pasar una velada genial, sin sentido, esperpéntica y desbordante en su expresión teatral, intercambio de diálogos punzantes cuyas sentencias liberan guasonas verdades sin salvavidas de santiguada educación social; es divertida, simpática y ratifica la risa y desahogo que buscas y necesitas, atropellada criatura que nada tiene que envidiar a familiares predecesores, pues como conjura finrmemente el inolvidable Rafael “quieres ser como enrique Iglesias, trepar y trepar hasta acabar con tu padre”, y si no lo consigue, le hace enorme sombra.
Este director bilbaíno desbarata su imaginación y deja salir toda su inventiva catastrófica para juntar elementos varios que se van perfilando por piezas buscando irremediablemente, como marca exclusiva de la casa, ese chiste coral, esos falsos figurantes, esa sonora recreación final de bomba atómica que todo lo barre y arrasa; gusta del exceso y no se
priva, ama la barbarie y no se corta, sin límites ni freno abre la caja de pandora para escribir y rodar una cinta que elimina el aburrimiento, anima el cotarro y encanta a un alma entregada que aplaude y se enamora de tanto cachondeo, disparate, memez y desvarío que inunda a tropel la pantalla.Repite formato, estilo y resultado, actores y delirio coloquial, perspicacia de malabarismo cuyo patrón pierde con intención su equilibrio para remate de vorágina conclusiva, nada como el sabor de casa para gozar de la velada.
Silencio que el espectáculo va a empezar, estate atento para no perder ninguna burrada cómica de esta aturdida parodia que cuida con minuciosidad cada centrímetro de su celuloide, estima de orgullo por lo realizado que el espectador absorbe al instante para esplendor grato de su distracción, regocijo y pasatiempo.
Su magia y brujería siguen en alto, sabe lo que gusta y lo ofrece con sonoro acierto; o le adoras o aburres, no hay término medio.


Lo mejor, el contagio de su espíritu contento, dicharachero y borracho.
Lo peor, le falta solidez y consistencia al recuerdo de tan gran noche.
Nota general 6,5


jueves, 5 de noviembre de 2015

Educación siberiana

Basada en un libro de Nicolai Lilin, narra su adolescencia y formación dentro de la comunidad de los Urka, irreductibles criminales siberianos, que fueron deportados a Transnitria (entre Moldavia y Ucrania) por Stalin en los años 30. La historia se desarrolla poco antes de la caída de la Unión Soviética.



Una navaja en lugar de caricias, la honra en lugar de ese olvidado abrazo.
Localización rusa/ dirección italiana/inglés como idioma, peculiar triángulo para una loable, vibrante y eficiente cinta de consideración honda.
Una región, dividida por territorios dominados por diferentes clanes, cada uno con sus normas y costumbres, modo de proceder y actuar según circunstancias y linaje; el de Kolima es el de los siberianos, cuyo patriarca, su abuelo, le enseñará todo lo que debe saber sobre el honor y respeto por su pueblo, el amor a una sangre y el incondicional deber hacia los suyos, lecciones duras, firmes y categóricas para un niño que ve reflejado en su maestro el aspirante símbolo en quien convertirse.
Educación teórica de palabra recta e incuestionable, sabiduría de quien posee el mandato y las intransigentes reglas/ educación práctica que convierte al muchacho en hombre, experiencia de quien encara su día a jornada con la aptitud de aprender a ser un líder y la fortaleza de resistir las duras pruebas que el destino ose poner delante; no drogas, no alcohol, sin lágrimas en el rostro de quien debe velar y defender a la familia, nunca dinero sucio en el hogar, se roba a quien tiene sin merecerlo, se mata a quien atenta contra los nuestros, se cuida de los desvalidos , no se juntan con la inmundicia, son la estirpe de Los Siberianos, sus cuerpos tatuados cuentan su historia, ese altivo camino de resistencia y coraje por no perder y transmitir a la siguiente generación la valentía y orgullo de ser uno de los nuestros.
Exquisita fotografía, del frío y amenazante sudoeste ex-soviético, y una potente música, de tierra tan hostil y helada, se unen en este ambicioso y vigoroso relato, de interpretación enérgica y inmensa áurea respirada con devoción interrogativa, a quien acompaña un constante sentimiento cohibido, pero de mirada penetrante, que amenaza sin necesidad de palabras y cuya presente y cotidiana violencia es equipaje de mano para utilizar en todo momento como muestra de poder y autoridad nunca puesto en duda, dictatorial mandato que se aprende en la niñez y debe ser absorbido y focalizado según se crece y se demuestra la valía y lugar de cada cual.
La hermosura del lugar e inocencia sensible que va pareja a todo crío coexisten con la vileza, rivalidad y dureza de los primeros enfrentamientos y sólidas decisiones, marcar rumbo de carácter, claridad de personalidad y bravura de espíritu con tenacidad, convicción y entereza.
John Malkovich, atractivo comercial para una película inquisitiva, imponente y glorificado en esta libre adaptación del libro de Nicolai Lillin, donde Grabriele Salvatores opta por desmarcarse de la feroz estructura piramidal de sangre, muerte y venganza y centrarse en la relación de admiración del nieto, en el compañerismo del amigo y en el imposible amor que surge sin quererlo, y como tanta presión, carga y herencia recibida, sin ser preguntado previamente, deviene en esa imperiosa necesidad de correr, huir y
comenzar a caminar solo, pasos elegidos por andadura propia que nadie juzga, dirige ni somete por más.El guión juega con saltos temporales, de incomprensible presente a añorado pasado, para proceder a la configuración lineal de todos los acontecimientos que llevan al infierno actual donde la mancillada traición de un ser querido obliga a llevar a cabo lo que no se desea, pero se debe hacer; es contundente sin olvidar su calidez, intensa en su humanidad, inmune en su ejecución, soberbia sin pestañear, sensible en su roce corporal sin vocablos que liberen su emoción contenida, donde se cumple que “un hombre no puede poseer más de lo que su corazón puede amar”, sólo que, sin
atreverse a tomar lo que más quería, todo le fue arrebatado.
A pesar de tratarse de historia verídica de la mafia rusa y la despiadada barbarie y atropello que de ello se deduce, estamos ante una narración de sentimientos agredidos, de confianza pérdida y lealtad rota y cómo encarar y reaccionar ante tal decepción; sublime simpleza y honestidad para observar un relato cuya abducción es franca y segura.
Si has leído la obra, su desvío de la misma puede restarle puntos a tu contento ánimo, los vírgenes de conocimiento saldrán gratos, sin que su interés decaiga.
“Quiero volver a casa. Sólo hay una manera”, la de Los Siberianos.



Lo mejor, su fortaleza visual y carácter expositivo.
Lo peor, su desmarque de la versión escrita para quien sepa de ella.
Nota 6,5




miércoles, 4 de noviembre de 2015

La vida en una canción

La película narra la historia de una mujer que, tras conocer que su hermano está gravemente herido, regresa a casa para comenzar por casualidad una relación con el músico favorito de su hermano.


Y no supe amarte, para lamento mío no pude hallar la manera de quererte y apreciarte, sólo desinterés y tedio crecían en mi; los expertos alegan que fue fallo propio, que realmente valías la pena; de poco consuelo sirve dicho análisis pues aquí estoy, sentada, pensando en ti y sin sentir nada.
¡Qué desilusión!, ¡qué desencanto!, quería enamorarme con ella y he acabado ¡aburrida de ella!
Una oportunidad magnífica para Anne Hathaway de lucir sus mejores artes y habilidades como actriz protagonista -también la produce-, ocasión con la que cumple con creces y a lo grande, expandiendo toda su sensibilidad interpretativa y belleza física en una combinación espléndida pero, ¡que decepción de acogida!, ¡qué bajón de bienvenida!, ¡qué fracaso de recepción, consumo, y posterior disgestión!
Una cinta sobre música que no seduce, que no posee carisma, un filme romántico que no encanta, que no fascina, y una unión de ambos que fatiga, cansa por su nula aportación de sentimiento alguno válido, desgana e indiferencia, distancia emocional y pasotismo melódico es ¡lo que vas a sentir por ella!, la pésima nota que obtiene este, nuevo intento, de recrear el espíritu, armonía, magia y hechizo -por no hablar de su inteligente guión y sabia calidad del contenido-, de una “Once” que, como irónicamente su propio nombre indica, sólo ocurre una vez, es única, y todas estas malogradas recreaciones de lo que allí fue tan sencillo y magistral, acaban dando pena por su fiasco sensitivo y su vacío rítmico.
“Cuando escribo una canción, trato de retener esos sentimientos que la motivaron para no perderlos jamás, para revivirlos cada vez que la canto”, ¡estupendo!, ¡genial!, frase que pasará a los anales del recuerdo, pero tu personaje transmite poco, insuficiente en conjunto a pesar de la buena voluntad intimista que se pone en ello y de la expresión delicada que se vierte en sus pasos, movimientos que entretienen y afligen tan mínimamente como las canciones que suenan, desfile de autores y estilos musicales que no inspiran ni atrapan ni conmueven, por no hablar de la desfalleciente hermana que trata de descubrir y conocer a su hermano en coma a través de sus privados escritos y de sus creaciones más recientes, que deambula por sus lugares favoritos, por su comida deleitosa, por su escogida forma de vida como penitencia por una falta de comunicación cuando áun ésta era posible, todo ello envuelto en selectivo ambiente de pubs y locales de música alterna y emotividad en las formas y el contacto humano que no te alcanza, que no da beneficio ni fruto.
Es lenta, pausada hasta la ignorancia pues debería crear respiración reflexiva, anímica subjetividad para con la desdicha y sufrimiento, alegría y gozo de la protagonista y, en su lugar, hay ausencia, lejanía, ojos que no se involucran, oídos que no vibran, corazón que no siente, alma que ni se perturba, sólo elegancia y suavidad en la puesta en escena, finura en la querencia, tenacidad en los detalles y clara intención de calidez simpática y exquisitez en el estilo pero, tan suntuosa recreación se queda únicamente en eso, en soberbio escaparate cuya esencia no te atrapa, cuyo espíritu no aporta calor y se devalúa conforme rueda y avanza, al comprobar que no tiende puente de diálogo y correspondencia grata y gustosa para con la audiencia.
Con la sorna de no pretenderlo pero conseguirlo, al igual que el referido que todo lo pone en marcha, permaneces en coma todo el relato, y toda la tentativa y empeño de Anne por despertarte y motivarte, caen en pérdida de interés y esfuerzo en vano; sin atracción no hay disfrute ni juego apasionado entre ambos, sólo atónita mirada de quien ni siente ni padece, que únicamente deja pasar los minutos con la tristeza de no participar de la contienda, resignación como estandarte, y no me digas ¡que era eso lo que se buscaba!
Pretensión..., toda; resultado..., nulo; su sutil circulación no compensa, no satisface, sencillamente ¡fría es como te quedas!Sin capacidad de reducir tus pulsaciones y hacerte vivir su experiencia.


Lo mejor, su intento de calidez, humanidad y necesario contacto emocional como refugio del dolor sentido.
Lo peor, lo mismo al presentarlo con sopor y cansancio.
Nota 5




martes, 3 de noviembre de 2015

La boda de Jenny

Jenny Farrell ha llevado una vida abiertamente gay con todo su entorno excepto con su tradicional familia. La vida de todos se tambaleará después de que Jenny decida dar el paso y casarse con la mujer que, hasta el momento, los miembros de su familia pensaban que solo era su compañera de piso.


Está de moda ser diferente, transgredir las normas, la rebeldía de pastorear fuera del rebaño, de salir del armario para marcar identidad propia, sólo que esta valentía de romper normas y mostrar quién eres realmente, envuelto en tanta suavidad, dulzura, monería y mezcolanza de integración en familia ideal, cuyo único objetivo a la vista es ¡la ansiada boda! que tanto aburre cuando se trata de heteros, como que pierde fuerza, garra y empuje, deseo grato y atracción complaciente pues, en el fondo, no deja de ser lo viejo, lo de costumbre, enmascarado de original y nuevo, es decir, chica soltera cumpliendo su sueño dorado de ¡casarse de blanco!
¡Ay, bendito matrimonio!, ¡para cuántas bonitas y lelas historias das!, aunque sea siempre la misma procesión, con cambiante disfraz, pero similar recorrido, ¡para qué variar!, misma mona, misma fábula, mismo final; sacarte una muela es más interesante, afecta más y deja mayor recuerdo que esta puesta en escena de niña, de buena cuna y pagada educación, a quien gustan las mujeres y osa escandalizar a su respetada familia, diciendo en público, “no es mi compañera, es mi pareja y ¡nos vamos a casar!”
¡Y dale con el dichoso casamiento!; por cierto, ¿cuántas veces se ha casado Katherine Heighl en la gran pantalla?, ¿no está un poco harta ya de ello?, ¡es para coger fobia al susodicho vestido y al nupcial acto!
“Gente feliz no tiene un césped muerto”, ellos respiran felicidad, al tiempo que tú desfalleces; y te aburres viendo a la hija ideal de papá/hermana envidiada, crecer y decir ¡la espeluznante y ofensiva verdad! que a todos altera menos al vidente que sigue sin disposición, sin aliciente, sin apego.
Con una conexión o intimidad nunca establecida con el relato y sus personajes, los observas rodar sin prestar atención, sin poner entusiasmo, sin ilusionar tu querencia, sin alentar tu apetencia, los ves montar todo este circo, de gran trauma fingido -pues es escasa su veracidad-, para no entretener, ni inquietar, ni divertir a la audiencia pues ningún sentimiento inspira, ninguna escena transciende, ningún diálogo llega más lejos de ser captado por el oído y pasar rápidamente al olvido.
El tedio comunicativo es tan sentido y profundo por la falta de creencia, estima y escasez de motivación o curiosidad alguna que cansa, cabrea, produce desgana, incita a la dejadez auditiva, mata lentamente y es tal el alivio de ver, por fin, ¡la estúpida boda!, con sus perfectas flores y con su música celestial que, ¡vivan las novias!, pues, finalmente acabó esta pantomima absurda sobre declaración sincera de quién se es y sus posteriores intenciones que no seduce, no levanta pasiones, no supone gran drama, no afecta ni emociona ni
perturba el alma, únicamente desfila cual encantador cuento de la bella y su pareja que ¡oh, Dios mío!, ¡es del mismo sexo! y altera brevemente la vida ideal de unos ¡tradicionales padres!
Y la música le da mil vueltas a este fofo argumento, sin perspicacia ni inteligencia para narrar algo decente con asumido crédito, escrito con el objetivo de gustar, de ir de atrevidos por juntar mujer con mujer, cuando no es más que salsa casera de toda la vida que finge ir de moderna y novedosa.
Ridícula payasada la ofertada por Mary Agnes Donoghue, gente de bien, decente y correcta, acudiendo a una ¡boda de lesbianas!, donde ¡se dan un beso y todo!, menos mal que han parado los pies ahí y no se han atrevido a ¡llegar más lejos!, ¡imaginas que desvergüenza!
“...una opina que aquello no está bien, la otra opina que qué se le va a hacer, y lo que opinen los demás está de más, quien detiene palomas al vuelo, volando a ras de suelo, mujer contra mujer; créeme, la letra de esta canción es mucho más sensible, tierna, preciosa e impactante que toda esta cursi historia.

¿Que se puede ver y pasas el rato?, si; ¿qué vale realmente la pena?, cuestionable; ¿qué aporta algo significante? No, sin cuestión ni duda.

Lo mejor, busca simpatía, cordialidad y consumo ligero
Lo peor, lo obtiene con dejadez de contar la misma historia clásica pero ahora chica/chica
Nota 4,5



domingo, 1 de noviembre de 2015

3 corazones

Marc pierde su tren para volver a París y conoce a Sylvie. Vagan hasta la noche, hablando de todo, excepto de ellos mismos, en completa armonía. Cuando Marc se va, acuerdan encontrarse unos días más tarde. Sylvie acude a la cita pero Marc no. Mientras, Marc conoce a otra mujer, Sophie, sin saber que es la hermana de Sylvie. Marc y Sylvie volverán a verse, recuperando su conexión, aunque será demasiado tarde.


Lo que debió ser y nunca fue, esa cita que no tuvo lugar, que quedó colgada en el tiempo y la memoria, ahogando y martirizando cada vez que el recuerdo traía su aroma de vuelta, tormento que se aplaca con la distancia/que revive con la cercanía, con esa posibilidad de contacto real que mitigue la ansiedad del deseo no cumplido conforme las manos tienen al alcance lo que esa mirada furtiva recrea; un roce, una caricia, un esquivo beso, el lote completo, la excitación de entrar en la intimidad de esa desconocida mujer soñada, que en su día desapareció, para regresar a la presencial vista con nombre y procedencia y volver loco a quien había logrado apaciguar a su agitado y nervioso corazón; una partida pasional a tres bandas donde uno de los jugadores permanecerá pasivo e ignorante, a la espera del inhóspito resultado mientras la jugada se lleva a cabo a través de esa pareja, desasegada y sin criterio, que dejó atrás su probabilidad de fortuna al no poder ignorar ni controlar las circunstancias.
Charlotte Gainsbourg, siempre cumplidora y expectante, cuya firmeza de su rostro es parte de su intimista interpretación, en esta ocasión como voluntaria culpable, provocadora de todo el caos y estropicio por venir y sentir, junto a Benoit Pelvoorde, fracasado ilusionista cuyo sueño se le escapa y acepta, que no elige, el que la vida le otorga en ese anecdótico y curioso encuentro, más Chiara Mastroianni que redondea ese triángulo espacioso, sutil y potente que con sus enérgicas y contundentes actuaciones consigue electrizar tu atención y activar, con pulso constante, tu interés nunca perdido.
Se mueve sin prisas, con narración desabrida pero de eficacia explosiva, una tragedia francesa que pervierte el tan nombrado amor para convertirlo en desesperación y angustia, secretismo a voces que impide respirar y nubla una razón que sólo descansa obteniendo su dosis de intercambio carnal, obsesión extrema que irrumpe para no volver a permitir la reposada felicidad hasta entonces sentida.
No trabaja con contundencia el argumento, esparce muchos huecos sin cubrir para que sea el propio espectador quien los rellene y resuelva, el mismo final, abierto con retroceso interrogante, es un canto a lo que se tuvo al alcance/ahora yace hecho añicos, esa esperanza impaciente, de reanudar el tiempo, para que las cosas sean como se esperaba y nada haya que lamentar
.
Una figurante Catherine Denueve que pasea, observa y apenas interviene y una implacable banda sonora como testigos silenciosos de la tensión surgidas y del devenir de los acontecimientos, no aclara, insinúa, no dialoga, pasa a la acción, como marea que barre y arrastra allá por donde pasa, el solapado y oculto tándem recrea un eléctrico thriller de atrevimiento y vergüenza, de locura invasiva que ni la serenidad ni la lógica logran frenar, ardor de poseer, sin contención ni remedio, aún conociendo las consecuencias.
El toque personal de Benoît Jacquot puede no ser suficiente aleccionador para todo el público, gusta de exponer la cotidiana rutina, tranquilidad desaborida, aburrida y exponente de la unidad creada mientras, al tiempo, se cierne y regodea en los silencios, en la penumbra y a escondidas, sin comunicación de palabras, con esa notoria obviedad de desazón e inquietud que la sala declarante, aunque no solicita, observa y atestigua, la enérgica y peligrosa tirantez y nerviosismo que renace y crece entre los encontrados y ardientes lujuriosos, mientras el resto es dichoso en su bendita ignorancia.
Desconocimiento que algunos pueden ver extrapolado al margen de cualquier emoción sentida, pues el referido director se apoya en la sensación efervescente que provoca acción inmediata y reacción en cadena imposible de intervenir o parar, desechando el intercambio de diálogo que expresa con vocablos que lo que deja claro con gestos, pasos y rocambolescos encuentros y tropiezos, los cuales remata con una voz en off y varias elipsis como marca abanderada de la casa y recreo de figuras que adquieren firmeza y seguridad, vagueo e inconsistencia según el momento o lugar.
Tres corazones, expuestos sin compasión ni aclaración narrativa, se cuenta únicamente con el vigor, nervio e ímpetu de la observación disimulada para obtener la claridad de lo que la mente máquina y anhela; ello puede hacer que desconectes o estés aún más pendiente.
Su presentación, lagunas temporales y lo mucho que no cuenta, que con buscado propósito se guarda y calla hacen de ella una película extraña, inconexa, sentimental de manera peculiar que al intelecto muda y deja perplejo; como el mejor “cluedo” tienes que investigar y resolver tú la papeleta, solicita tu incursión para enlazar y rellenar los preparados y oportunos vacíos donde sólo habla la imagen.
No a todos complace este tren que se salta solícitas paradas, que se olvida de los requerimientos explicativos lineales y acelera esperando seas capaz de darle alcance; repito, no a todos gusta o sacia.