domingo, 13 de diciembre de 2015

Southpaw

Pese a haber gozado de gloria y de premios en su pasado, un luchador ha caído en desgracia. Sin embargo, no se ha rendido y ha tomado la decisión de mejorar su imagen por el bien de su mujer y su hija.


Tenacidad cuyo carburante no explosiona, únicamente permite un usual rodaje.

Forest Whitaker no es Clint Eastwood -aunque su pupilo si está a la altura de Stallone o Jon Voight- pero el tema es el mismo, caída al infierno tras tocar la gloria y la ganada oportunidad de demostrar de nuevo tu talento y valía.
También está la otra versión, aquella donde nunca se tuvo opción y de repente se juega todo a una carta, esa jugada donde sólo estás tú y los que realmente te aman -que aquí surge ya entrados en asunto y avanzadilla-, donde observar a ese triturador de sueños desesperado y urgido de empeño y ganancia que será, de nuevo, ese campeón que su niña necesita; porque esa es otra versión, la del mítico padre que vuelve al ring por y para recuperar a su querido retoño por quien reformarse, dar la vida y adquirir nuevos hábitos, más inteligentes en el combate, y más sabios y saludables en la calle.
La mente domina al cuerpo, la ira se controla y se usa a favor, nunca en contra pues el adversario sabe donde duele, más anímicamente que físicamente, y dejamos rodar la consabida historia de adivinados pasos con esa tranquilidad de conocer la pelea, con esa comodidad de observar sabiendo cuando se llora y cuando se celebra, con esa relajada anticipación de saber como el ganador surgirá y rematará la faena.
Es correcta, sin elevar la tensión en demasía, pero te vale su intento de furor y adrenalina, Jake Gyllenhaal lo da todo, como habitualmente tiene bien acostumbrada a su audiencia, se entrega al máximo en el reflejo de ese viudo desolado y destrozado que arruina su vida y la de su hija para renacer cual ave Fénix de sus entrañas y, al contrario que ocurre con todo el proceso, su exhibición es portentosa, únicamente adecuada para quien le complementa; mientras él deslumbra con robustez, el resto baila
con exactitud la pieza, aprenden con claridad las notas de la partitura, cosa distinta es que sepan darle alma y vitalidad a la melodía.
Porque cantar cantamos todos, ávidos profesionales que ejerzan dicho arte con sublime talento se cuentan con las manos, y he que aquí todos realizan bien su trabajo, director, actores -el referido, magistralmente-, así como su montaje, guión, fotografía..., que tenga estilo y personalidad, marca de la casa, es incógnita que se sigue buscando pues ésta está más perdida y desaparecida que Wally en su mundo fantasioso.
Y es una pena esa media de nivel, esa reservada precisión que no supera lo discreto pues se cuenta con desbordante calidad para hacer una cinta de primera, vibrante en su parte atacante, sensible en su emotividad, profunda en su calado para la memoria; sin embargo, hay que conformarse con una pizca de ello, mezcolanza de mucha voluntad, esfuerzo y motivación, pero de resultado mesurado y comedido en sus efectos para el corazón y sus sentimientos.
Se digiere con ligereza que no solicita implicación angustiosa por el devenir de los personajes, se consume con esa suavidad protegida de mirar desde
la sala contigua, en lugar de estar en pleno show sintiendo la pelea como propia, todo su combate, de inicio triunfador, de turbio intermedio y posterior demostración de su rey interior, se presenta con esa impecable disciplina de respetar las normas y no saltarse una línea de lo establecido de antemano pero, sin lograr que el espectador se emocione, preocupe, arda de rabia y sufra junto al dolor del héroe.
Antoine Fuqua presenta una simbiosis del sentimental “Campeón”, del perpetuado “Rocky” y del fabuloso “Million Dolar Baby”, más restos de Frighter, Warrior y los que se quiera a la cola, cuya ensalada no excita ni encumbra el ánimo como debiera; la firmeza y contundencia del cuadrilátero se relaja y reduce al bajar del mismo, tal vez porque todo se sabe, todo está narrado en estas cintas de combate y desgracia familiar, que superan todos los baches por ese glorioso cinturón que supone respeto, honor e unión de la familia cuyo protagonista, un espléndido e impactante Gyllenhaal - a quien, en exclusiva, se debe dar las gracias de que la cinta tenga atractivo, decoro e interés, pues se desvive en su fabulosa interpretación de campeón redimido- luce un soberbio golpe directo, muy a la imagen y
semejanza del irrepetible y único Mohamed Ali, como también intentaron, en otras ocasiones, emular sus hermanas de raíz; el resto es paseo de domingo con tibia lectura de entretenimiento.
“Southpaw”, zurdazo, sin esencia singular ni identidad especial, renegó de su mano derecha por ella, le dio triunfos y la vuelta de un extraviado amor y cariño, se le concede válido recreo de visión pertinente, se le achaca más energética convicción, determinante coraje y vigorosa intensidad que eclipse e hipnotice al vidente aunque, no pasa nada, se perdona, está Jake Gyllenhaal, quien lo permite con su soberbia e impoluta presencia; ¡imagina si el resto hubiera acompañado!

Lo mejor, Jake Gyllenhaal y su absorbente y penetrante actuación.
Lo peor, cuento ya narrado que no sobresale en nada.
Nota 6,3


sábado, 12 de diciembre de 2015

Victoria

El film tiene como escenario el famoso barrio berlinés de Kreuzberg. La cámara es testigo de todo lo que le pasa a la joven Victoria, una joven española de Berlín, durante dos horas de su vida: desde las cuatro de la mañana hasta las seis: desde que conoce a cuatro jóvenes para los que la noche acaba de empezar, y cómo en ese breve periodo de tiempo le suceden cosas que darán un giro total a su vida.

Una estúpida noche, más que interesante.

Empezamos por una calma que aventura la tormenta y desgracia que se cierne sobre la protagonista para, superada la tensión de ese encuentro imprevisto y atrevido en el que osa adentrarse, relajar a la audiencia con una exhibición de ligoteo juvenil, entre extranjera ávida de compañía y local deseoso de sacar tajada a la ocasión presentada, un “Antes del amanecer” poco instructivo y algo torpe, parte de la ingenuidad de quienes se mueven por instinto no manifiesto, pero obvio en sus intenciones.
Y este perpetuo plano, ininterrumpido e incesante que se mantendrá fijo y firme durante todos sus 140 minutos, da un giro radical para presentar el desmadre de ir en busca de la juerga perdida, de ser traviesa furtiva en desesperada demanda de experiencias al límite, aunque ello incluya drogas, una pistola, muertos, el pago de una deuda ajena y la locura de decir desvariadamente que si a todo sin pestañear, vacilar ni dudar.
Realidad nocturna de jóvenes alocados, imprevisibles e idos, junto a solitaria muchacha que busca contacto humano y relación de cualquier tipo, veracidad ambiental para quien se sumerge en un submundo peligroso y desconocido, cuando sólo pretendía un beso y la programada cita para un próximo día, asumida fotografía que se palpa con la consistencia de ser fiel y honesta al transnochador contexto por donde circula, arropada por un guión que parece jugar a la adivinanza con el vidente para que acierte qué es lo que éste ofrece, pues le lleva de la mano, con apresada atención e interrogación incesante de qué diablos hace esta inocente muchacha, pueril en exceso, y con esa turbia amenaza de ser una
jugadora novata a inexperta que quiere degustar y probar todos los platos que la noche le aporte, pues hasta ahora su posición era de observadora no participante.
El argumento provoca curiosidad, te cautiva a penetrar e indagar en su recorrido, a seguir su caótico destino de tres horas cuyos giros van de lado a lado inconexo y perplejo, como lanzadas bolas de billar que, según el taco golpee, cambian radicalmente su posición para bailar nuevo tango y buscar diferente propósito.
Del candor e inconsciencia de una simpática noche, a la inseguridad y aventura de un devenir que se mueve por golpes de frustrada comunicación y mentiras disfrazadas de endulzadas medio verdades, naturalidad para una contingencia que se escapa de las manos, que interesa, motiva aunque tampoco absorbe completamente tu consciente, es más espionaje y fisgoneo de qué dispone Sebastian Schipper, en su azaroso caminar, que verdadero acicate y estímulo pleno de haber dado en el clavo para hipnotizar la mente y espíritu del que observa aunque, cierto es que, el susodicho sigue sin desviar la mirada.
El gusto por lo anónimo, por lo oculto, aún no descifrado, te mantiene pendiente de sus pasos y vuelo, esa enajenación de conformado cuadro que, en todo momento parece vaya a explosionar y romperse hiriendo a su componente más virginal y
recatada, que tiene imponente prisa y ardor por cubrir su falta de experiencia, con exacerbada y espontánea decisión imprudente que nada bueno pueden traer al cuerpo y el alma.
No es estrés ni inquietud lo que se aspira y absorbe, es merodeo de conocer el resultado de un insensato conjunto de acontecimientos que, por lógica, deben salirse de madre y, es por ese desorden y desquicio que estás al pie de la calle y al filo de la noticia, para no perder resquicio de como devendrán estos malavenidos sucesos, cuya odisea va a mayor despropósito.
Dejemoslo en frenesí de una generación sin rumbo, que da tumbos hasta encontrar su ahorcado destino; el tan alabado formato de realización se aprecia y estima, al igual que su principal actriz, pues ambos ensalzan un guión no muy elaborado, más bien modesto y flojo.
Victoria, decepcionada de su vida, viene de una amarga personal derrota, pero por fin alguien le habla, hace caso e invita a pasar una fantástica velada, no importa quién, dónde ni cómo sea, está activa, sonriendo, viviendo la noche, libre y autónoma, para por nunca más poder olvidar esos atropellados 180 minutos que se cruzaron en su aburrido camino.

Lo mejor, la elección de rodaje y presentación.
Lo peor, su argumento no está a la altura de su confección y verificación
Nota 6


viernes, 11 de diciembre de 2015

La gran caída de Igby

Igby es un joven y rebelde adolescente que crece en una familia desastrosa, compuesta por un padre esquizofrénico, una madre egoísta y distante y un hermano mayor de extremas ideas políticas. La convivencia amenaza con venirse abajo mientras Igby crece convencido de que debe existir un mundo mejor ahí fuera.


Difícil sobrevivir a la familia y hallar tu propio sitio en la vida.

Una escogida música, una ambiental fotografía, excelentes interpretaciones -impresionante la exhibición de Kieran Culkin- para un guión sarcástico, lleno de agudeza, chispa e ironía sobre la descomposición de una maltrecha familia cuyo benjamín trata de superar y no morir en el intento.
Madre neurótica, depresivo padre ausente, obsesivo republicano hermano, colegios indeseables, natural rebeldía, osadía de carácter propio, de indisciplina, enfrentamiento y escape y de buscar un inexistente camino, que es mejor que las presentes opciones que se le ofrecen.
Pérdida de una edad complicada, de madurez acelerada sin remedio dada la envoltura que le acecha, adornada por una exagerada y desbordante suma de ingredientes a cual más esperpéntico y atroz, que conforman un desequilibrado mural, lleno de matices inconexos, de puntillas traperas, de incomprensión voluntaria y de una agonizante asfixia que oprime, cabrea, golpea y no permite avanzar.
Porque no se pretende ir a ningún sitio, sólo detener la agobiante marcha y respirar, mirar alrededor y disfrutar de poder afirmar que es uno quien decide estar y ser o no ser, según decida; porque la sonrisa sincera de quien está a gusto, relajado y en paz cuesta de lograr, porque el miedo, desdén, incoherencia y sufrimiento continuo carcome por dentro y es bomba a explosionar en cualquier momento, porque del odio al amor hay menos de un paso pero ¡qué obstinación de mantenerse en el
primer bando! sin atravesar, hasta tiempo pasado, el diminuto espacio que lleva a su opuesto complementario.
Porque no hay muestra de cariño a pesar de la necesidad del mismo a raudales, porque se impone la hipocresía, porque las maneras son lo importante no importa el vacío que las sostenga, porque estamos ante un inteligente argumento de sabia dialéctica en cada réplica, todo un placer para un oído nutrido con apetecible constancia, de incesante e interesante locución que refleja ese destroce familiar que envuelve a un joven devastado, que sólo sabe que no sabe nada, pues lo visto y enseñado en la calidez del hogar es frío y mezquino mensaje que mejor olvidar.
Cinta independiente que pasó sin pena ni gloria para el gran público, a pesar de las buenas críticas vertidas hacia ella y del merecido reconocimiento que sin duda sobradamente se gana, oscuro cinismo, humor malicioso, sadismo punzante y perpleja valentía escénica para retratar la tirante, peligrosa y ardiente relación que se establece en el seno de sus participantes, una estridente relación a tres bandas donde el cuarto ausente será la clave y cobijo de tanto espanto, dolor y añoranza de lo nunca poseído, pero por otros tenido.
Desde el minuto uno sus conversaciones atrapan, su enrevesada burla sorprende, su ardor sensitivo
seduce y escuece, gélidas y altivas presencias para un espectador enganchado a sus turbulencias, su desorden, su desmadre y a esa mal entendida supervivencia, que no es lo mismo que la buscada vivencia, frustrada felicidad que no halla querencia, únicamente golpes, decepciones y un falso caparazón donde esconder la ruina que se tiene delante.
Burr Steers escribe y rueda una película sabrosa, de delirante consumo que se degusta como las buenas catas de vino, te sientas, observas la exposición preparada, pruebas cada fotograma servido, degustas el tueste de cada combinación, la fascinación del recorrido, la extrañeza de su combinación y te dejas halagar por un conjunto de personalidad propia, voluntad decidida, claridad de lo expresado y firme propósito de intenciones y destino.
Hazle un hueco y no la pases por alto, es urbano pueril quijote luchando contra feroces molinos que le aprisionan, engañan y enfurecen, y ni siquiera cuenta con una Sancho Panza como fiel escudero de fatigas, pues todos le traicionan y defraudan.
La gran caída de Igby, Igby a la deriva, ¿cuándo logrará Igby parar y encontrar su lugar? Únicamente tú lo sabes, si has tenido el placer de haber elegido su compañía.

Lo mejor, un trabajado guión recitado soberbiamente por su principal personaje.
Lo peor, que te la puedas perder por la poca notoriedad recibida.
Nota 6,5


 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Menú degustación

Hace un año, inmediatamente antes de su ruptura, Marc y Rachel consiguen reservar mesa en uno de los mejores restaurantes del mundo. En ese paradisíaco rincón de la Costa Brava se encontrarán con sibaritas de todo el mundo. Juntos comparten una de las mejores experiencias sensoriales de su vida. Será una velada inolvidable.

“En la cocina y en el amor, el éxito está en no seguir las normas”; la próxima vez sigue tu consejo y ¡anima un poco la fiesta!



¿De qué sirve tanta degustación culinaria si hace que no sientas nada?, mucha solemnidad, elegancia, estilo y porte en la puesta en escena, simpatía y cordialidad en las formas, acogedor recibimiento para esa grata velada por tanto tiempo soñada pero, y si después de toda la preparación, mimo y espera impaciente y curiosa, te sientas a la mesa y tan anhelados platos ¡no saben a nada!, no despiertan interés, ni apetencia ¡ni gusto por su dispendio y consumo!
Pues algo parecido le ocurre al espectador al sentarse y dedicarle su tiempo a esta película de Roger Gual, sin más.
No crea expectación ni ilusión, ninguno de sus comensales atrae lo mínimo para querer averiguar su pose y obvia respuesta, la conversación que tiene lugar entre medias de plato a bebida es plana, estéril, superficial e inapetente, gusta más el servicio y maitre encargado de coordinar la cena que los invitados a ella.
La apertura del guión te recuerda a noticia oída en la prensa, de tiempo pasado con glorioso Michelín de la alta cocina cuyo restaurante, con exclusiva lista de espera, también pasaba a su clausura pero, bueno, excelente toque e intuición del director y sus colaboradores para sacar provecho filmográfico de ello pero..., lo que redondeaba, a un apreciado y estimado restaurante, es la genialidad contenta, amable y abierta de sus componentes más las particulares historias que en su tiempo y espacio tienen lugar, aquí ese atractivo se pierde, perdón rectifico, nunca llega a existir y lo único que queda es

conformarse con llenar la vista del colorido y preparación de tan suculentos platos, bueno, supongo porque ¡el paladar y olfato no se enteran durante su visionado!, aunque todo llegará, como dijo Julio Vernes “lo que una persona pueda imaginar, ¡otra lo hará realidad!”.
Perdón, me he ido de fuelle y camino, pero es la confirmación de que la noche no ha sido apetecible ni memorable, excelente la combinación de idioma, nacionalidades e invitados dispares pero ¿a nadie se le ocurrió nada mejor que hacer con sus historias?, echarle condimento, aroma picante, extra de sal, saturación de azúcar o ¡lo que fuera! para, por lo menos, no perder la atención y apego de la audiencia que mira ensimismado el lugar, la clase, sus habilidades y oferta y recibe ¡garrafón del pub de la esquina!
Y la colaboración de Mario Vaquerizo y sus Nancy’s es para preguntarse que responsable del presente trabajo le debía un favor para dejarle participar y arruinar, lo que hasta el momento era estilo y glamour como etiqueta de presentación.
Una escritora, un editor, un pediatra, una condesa, un supuesto crítico, dos japoneses y una parlanchina
traductora que no traduce pues desconoce el idioma y ¡no hay apartamento para tres!, ni ¡las chicas de oro!, ni ¡los chicos también lloran!, ni ¡freinds! ni ¡la que se avecina!..., nada sugerente que realizar con estos personajes, sentados a una mesa, que de aburrimiento mutuo y compartido con la concurrencia, se convierten en ¡Robinson Crusoe al rescate! para traer de vuelta un postre, que no valía la pena.
Firma catalana para un menú degustación sin personalidad, carisma o encanto, nocivo resultado que sacia la mirada y olvida nutrir a una razón desganada y ausente, las emociones ni se molestan en surgir o aparecer, ¿para qué molestarse?; mucho deleite estético y decorativo insuficiente para complacer esa elegida compañía en tan lustrosa cita veraniega.
“Comer bien es un placer, comer de todo un poco con la ración medida, la cultura gourmet requiere iniciación y entrenamiento, destacar el acento de lo cercano, iluminar lo libre de superficialidad y artificios...” ¡déjate de rollos! y asegúrate de tener
palomitas mientras ves la película, ayudan a su entretenimiento y distracción, y nos dejamos de tonterías ¿vale?


Lo mejor, la observación de la comida y la maravilla de localización.
Lo peor, la imagen atractiva del cartel le da mil vueltas al guión.
Nota 4




martes, 8 de diciembre de 2015

Sinsajo -Parte 2

La última entrega de 'Los juegos del hambre' nos muestra a una nación en guerra, en la que Katniss se enfrenta con uñas y dientes al presidente Snow. Con la ayuda de algunos amigos, entre ellos Gale, Finnick y Peeta, arriesgará la vida para salir del Distrito 13 y eliminar al presidente Snow.


Si no se remata con magnificencia la faena, el fantástico trabajo previo queda difuminado y desaborido.

Es como ¡un sálvame de luxe de la guerra!, un artificial montaje para vender falsa realidad y reavivar el espectáculo; ¡atención!, ¡noticias de última hora! se anuncia a bombo y platillo que los rebeldes avanzan, que Sinsajo muere unas cuantas veces, que revive tantas otras, donde el líder vende su versión, la contra-atacante réplica el sermón, se lanza nuevo discurso, las masas afloran, propaganda de ambos lados para exhibir ese anclaje circense de quien se quiere mostrar ganador, y de quien prefiere el disfraz de falso perdedor.
El juego es el pilla-pilla, haber quién es más listo, corre y sabe ocultarse mejor, destreza y habilidad de táctica para llegar a palacio y conseguir el trono, esa idílica libertad que permita elecciones libres y la pérdida de ese dictador que establece las normas; sólo que ¡cuidado!, porque no siempre lo nuevo es opción más válida que lo habido ya que, la veteranía y astucia corren por ambos lados, y realmente ¡tampoco se diferencian tanto!
La verdadera acción, emoción y adrenalina llega durante la última hora, mientras asistimos a una partida de ajedrez de cálculos, avances, retrocesos, previsiones, esperanzas y resultados comedidos que, uno tras otro, van sumando rehenes, derribando alfiles, tumbando caballos hasta llegar al supremo rey, objetivo inicial de toda la disputa, acto que se espera con celeridad, tentación suprema de uno contra uno, ahora..., ¿será tan grandioso como la imaginación prevé?; sigamos observando...,
...,salto temporal y todo aclarado, la paz hecha
realidad, ya presente pero ¿cuál es la trampa?, ¿quién la prepara?, ¿cuándo se envía?, respuesta: “no se puede proteger a nadie en la arena”; vencemos a un dictador para colocar estrenado patriota aunque ¿se mejora?, ¿valió la pena?, el equilibrio es injusto, sed de venganza se coloca de nuevo en primera línea, vuelven los juegos del hambre con protagonistas cambiados, misma porquería/diferentes y similares actores, el espectáculo regresa a la gran pantalla de la tortura para saciar a los vencedores/castigar a los vencidos.
Revolución para acabar con una tiranía y establecer nueva ordenanza, pura flecha que cambia lo cambiado pero ¿nunca variado?, ¿o si? Katniss nunca decepciona, nunca lo pone fácil, se intentará no repetir los horrores, evitar la tendencia a la destrucción y violencia, volver a casa y tener una vida pero ¿dónde queda la verdadera líder?, ¿esa espectadora que consume la cuarta y definitiva entrega?
Con sinceridad indeseada la saga a ido de más a menos, la explosión visual de fuerza, intensidad y
velocidad memorial se ha ido ralentizando, hacia un final poco grato para la enriquecida mirada de su principio; puede que su evolución tenga la aprobación de la lógica en letra impresa, y de una cabal razón que se guía por la coherencia del autor que la crea pero, para el resto, para esos sentidos de la audiencia que la acompañan en su acogida, éstos quedan a la espera de un mayor nutriente nunca obtenido.
Desde el desconocimiento de la obra, y por tanto ingenua receptora de lo presentado, se siente una desaceleración poco apetecible, que hace minar la estupenda opinión que se tenía de la misma.
“¿Has visto lo que puedo hacer?” “Si, lo he visto”, por ello es una pena esta sensación poco satisfactoria que protesta por lo bajito del ralentizado acto final, esa ingrata queja de esperar más y salir con mucho menos de lo deseado; es la conclusión, cada pieza en su sitio y a recibir cada uno lo suyo, “cada uno tiene una razón para matar al otro”, por ello es ardiente la apetencia de hallar el mismo; una ferviente entrada a la sala que no coincide con el humor resolutivo de salida, la gustosa opinión decrece y tu recuerdo vuela
hacia esa ferocidad de primer hallazgo, que ahora es calma de solución hallada.
El festín no se cierra a lo grande, es más un acople reprimido que los supuestos fuegos artificiales que se buscaban; los juegos concluyen con hambre, fue tal la comilona del primer banquete, tal la gula que en su momento abrió apetito, que ya sólo quedan restos para rematar una cena cuya excelencia fue la llegada, y donde los postres no superan dicha marca.
“Sinsajo”, ¿real o falso?, real pues es sin, sin cafeína, sin pasión, sin azúcar, sin poderío, sin tensión, sin nervio, sin..., sin un montón de elementos con los que se contaba.
No salgo convencida ni contenta.

Lo mejor, se cierra la saga.
Lo peor, fue mucho más reluciente su apertura.
Nota 6




lunes, 7 de diciembre de 2015

Accidental love

Historia de una camarera sin seguro que inicia una cruzada contra Washington tras recibir el impacto de un clavo en la cabeza. Allí, se convierte en la cara visible de los afectados por “extraños accidentes” e intentará conseguir los favores de un congresista de pocos escrúpulos.

Cuerpo sin cerebro cuyos pies tropiezan con su propia limitación, un “poc trellat”, que dirían en mi tierra.

Juntemonos para hacer el tonto, desmadrarnos lo que nos de la gana y pasar un buen rato sin límite de títere estrafalario.
Porque ¿quién se lo ha pasado mejor?, ¿ellos actuando en esta destartalada película, o tú viendo el desquicio extravagante y disparatado que se servía a la mesa?
Es clara la diversión, placer y gusto de los actores, este elenco de intérpretes de calidad que deciden mofarse y burlarse de todo, empezando por ellos mismos, rienda suelta a la exageración, la desvergüenza, la pedorreta y el cachondeo de actuar en un garrafal guión de escasas sentencias dignas, muchas otras un completo desastre, que utiliza la fanfarria, sandez, ironía y burla en mayúscula como motor de arranque y cuya conducción se aguanta por la simpatía de los implicados, por su arte para el ridículo desbordante y porque, si ellos pueden reírse de todo y encontrarle la gracia a tanta tontería y estupidez ¡por qué no intentarlo tú también!
Una mezcla irreverente de “Su distinguida señoría” y “Yo, yo mismo e Irene” que expone las estafas, maniobras y vergüenzas de los políticos y la incoherente ruina de un senado que no invierte un sólo dólar en sanidad pública para todo el que la necesite, grotescas situaciones, absurdas escenas, necedad con mucha menudencia para una bagatela de centro cuyo interior es el talón de Aquiles de la
sociedad norteamericana, sin ellos ser conscientes siquiera.
Se presenta un trabajo cuya salida a la luz de la audiencia fue difícil y peliaguda, un director que abandona, un cambio de productora, un parón de 6 años y un montaje que tampoco es cosa del supuesto último responsable, un caos de estructura para intérpretes de talla que se disfrazan alegremente de esa impunidad que ofrece un argumento ligero, escacharrado y atronador, en su sin sentido de pasos y diálogos, que aprovecha la ocasión del pitorreo y la coña para decir verdades dolientes y retratar una política que duele por su parecido sarcástico con la realidad, distensión atropellada, memez absoluta, locura de circo cuyo frenesí de pasar un estupendo encuentro, de velada acelerada, funciona más de cara a los payasos que al vidente que observa.
Porque ciertos momentos de jarana hacia la encumbrada simplería, dicha fugazmente, que manifiesta una sinceridad a raudales no es suficiente para encumbrar su comicidad como efectiva, porque actores de cara y nombre reconocido haciendo la
gansada de papel de su vida, chistosas imágenes y paleto intercambio de frases no es amplio valor para poder establecer su eficiencia a la hora del jolgorio y la jarana, porque provoca alguna carcajada, amplia mirada lela de la desfachatez de lo ofertado, ese osado y cínico marco teatral de bufonado descaro donde cabe hablar y decir de todo, noria incesante que gira al son que ella desea para marear y provocar ese delirio de quien está subido de pleno en ella; pero he aquí que la audiencia no llega a acceder a ella, ni siquiera se decide por comprar el ticket, es exclusiva pantomima de los involucrados y a ellos va dirigida, tu escuchas, vez, asimilas y consumes con una meritoria paciencia de saber que esta farándula, de abierto anfiteatro, no es tan explosiva como podría haber sido y se conforma con bobaliconas exposiciones no tan cuidadas, mucho menos elegidas con diestra sabiduría.
Toda ella es un accidente, no sólo la parte amorosa,
sino todo el revoltijo de caracteres a cual más estrambótico y exagerado, caricatura que no gana muchos puntos a pesar del intento y esfuerzo, su humor no se contagia, su alegría se evapora, se aspira su barbarie, insolencia y frescura pero sin grandes efectos, todo su extremo y surrealista numerito, de provocada risa y banal entretenimiento no llega lejos, únicamente espectáculo sin pompa ni estallido jocoso, ocurrencia de buena planta sobre el papel que en puesta en escena adolece de hilaridad.
Broma comediante de excelente figuración y pobre resultado, su guasa y picaresca no hallan acomodo en la mesa, y sigues sentada por los comensales, no por el menú y los platos.
Para velada insustancial, de relax sin uso del pensamiento, quiere que disfrutes de su trivialidad con gotas fútiles de osadía, realmente lo pretende, pero no cuenta con gran material, genialidad en sus participantes, ¡poco más!
Diviértete y pásalo bien si puedes, en caso contrario la escogiste para perder el tiempo y justamente, eso es lo que has hecho.
Pan para quien si tiene dientes pero se queda con hambre, sus anzuelos no da para que piques con ganas.

Lo mejor, sus integrantes y mira del objetivo.
Lo peor, no sabe qué hacer con ellos.
Nota 4



domingo, 6 de diciembre de 2015

52 martes

Billie es una chica de 16 años cuya madre va a someterse a una operación de cambio de sexo. Durante el tiempo que dure el proceso, su madre le pide que sólo se vean los martes por la tarde.


¿Dónde está mi madre?, pues, lo quiera o no, la necesito.

La transexualidad a través de los ojos de una adolescente que adora y admira a su madre, con la que siempre a convivido desde la separación de sus padres, a la que ha contado sus secretos, con quien ha compartido intimidades, ahora en plena transformación física y emocional por estar sometiéndose al agresivo y duro proceso de cambio de género sexual y cuya relación, con su pequeña, se limitará a un breve tiempo todos los martes durante un año, duración del enrevesado trayecto.
Y es ese peculiar y novedoso formato el que elige Sophie Hyde para narrar su intimista y personal historia, esos exiguos y limitados espacios, 52 en concreto, a que se reduce todo lo que antes era magnitud enorme de cariño, comprensión y confianza sin límite de tiempo ni espacio; a través de esa nimiedad compartida, insuficiente para una chica en transición hacia el periodo adulto, se expone el cambio que irá sufriendo la joven según transcurren las semanas y observa el devenir de su querida madre, ahora futuro interrogante padre.
Una hija que desea la felicidad y dicha de la referida, al precio que sea, y por la cual acepta sus decisiones, sus cambios y alternancia de estados de ánimo complejos, estando a su lado, escuchando y observando, siendo testigo silenciosa en primera fila, sin perderse nada de una madre que olvida sus funciones como tal, pues está inmersa anímicamente en todo lo que tiene lugar en su cuerpo y mente, y que no es capaz de observar esa transformación que también está viviendo su retoña, paso del aprecio, roce e interés a la banalidad, distanciamiento y desapego de quien toma conciencia de su libertad de acción y desenvoltura, pues nadie hay que se preocupe, vigile o tome autoridad parental sobre ella, ese decisivo momento de toma de control, poder y fuerza sin estar preparada para ejercer dichas armas,
en el peliagudo desarrollo en el que está inmersa.
Sólo que durante todo el periodo, en esos excesivos martes -la cinta se alarga en demasía- interesa más la madre que la hija, quien dejará de ser mujer por sentirse hombre acapara el ojo de la pantalla pasando Billie, la hija que asume sin prever las consecuencias, momentáneamente a segundo plano, el caos hipnótico que desemboca en rebeldía de experimentar sin medida no atrae hasta bastante avanzado el relato, al compás que tu atención se mantiene y desvía al proceso doloroso que tiene lugar en la persona adulta; su novedosa y atrevida expresión narrativa -realmente se filmó, únicamente los segundos días de la semana, durante 12 meses- y la veracidad y naturalidad de las interpretaciones no dan para captar la motivación plena del espectador, no al menos hasta avanzada bastante la relación materno-filial.
Es difícil saborear el mareo y desdén sentimental de la hija, su ineptitud y limitaciones para hacer frente a todo lo que se le viene encima, esa dejadez y desaparición de una figura ensalzada nunca más presente, hallando vacío e ignorancia hacia su persona en ese difícil momento de maduración y crecimiento; tu visión se acopla los sucesos pero no le saca todo su jugo y potencia, un mínimo indeseable de nimiedad ante una exhibición que no
se saborea en plenitud, conciencia de su singular y exclusiva crónica, de su rareza plasmada pero no de su pleno disfrute y asimilado gozo.
Añoranza de haber sentido más emoción, reproche de una eventual desconexión sensitiva que no debería surgir, lamento de divergir de la espléndida propuesta, la motivación hacia la pareja en cuestión juega por etapas, no se perpetua serena y estable; espinosa su recepción y querencia, dificultosa percepción del dolor, rechazo, desprecio de la joven por esa evaporada madre, ya no real ni disponible en ese audaz, peligroso e incógnito probar lo que la vida le traiga.
La mentira como elección para desplegar todas sus ocurrencias, la tentación de coger y probar platos distintos sin ningún apetito, la huella que deja la crianza y su educación, tanto si es firme como si es ésta se ausenta, pero siento admitir que cierta desgana se apoderó de mi, al no poder abrazar y degustar con entereza la importancia y trascendencia de lo novelado.
El atrevimiento de ser original es digno de ser aplaudido, innovación siempre dispuesta a ser apoyada, el problema es cuando divaga, se pierde y no causa todos los efectos esperados; puede que sea justo por ello, por ser distinta y singular, pero siento que no mueve con acierto transmitido todas sus
fichas pues el resultado no cambia, es el mismo, cortes intermitentes en una escisión, cuya densidad permanece más que su añorada unión.
La inspiración y tendencia que de ella se desarrolla es meritoria y estimable, aunque no logra explosionar toda su bravura y fuerza, su vasto sentimiento se queda en medio de su camino sin ser completamente absorbido, cautivado o celebrado.

Lo mejor, el atractivo e interés de la propuesta.
Lo peor, no sacia ni colma como se tenía previsto.
Nota 6


sábado, 5 de diciembre de 2015

The assassin

China, siglo IX. Nie Yinniang regresa a casa de su familia tras años de exilio. Educada por una monja que la inicia en las artes marciales, es una auténtica justiciera cuyo objetivo es eliminar a los tiranos. Su maestro le encarga la misión de matar a su primo Tian Ji'an, gobernador disidente de la provincia militar de Weibo. Nie tendrá que elegir: sacrificar al hombre que ama o romper definitivamente con la "Secta de los Asesinos”.

Soberbio arte sin solidez en su remate.

El cine japonés demanda observación y paciencia, devoción meticulosa en la contemplación, espera paciente en su análisis; es por ello que la mirada está plena y satisfecha, los ojos sacian todo su requerimiento ante la belleza y perfección de la imagen, su cuidado estilismo, su elaborada pose, su milimétrico encuadre, un conjunto de exquisitas habilidades unidas para conformar la más bella pieza de fotografía hace tiempo vista; pero...,
..., ¿cómo lo lleva tu resignación y aguante?, ¿tu cognición inquieta?, ¿se alarma ante la tardanza en la degustación?, porque aquí las formas y las maneras lo son todo, comunicar sin decir, expresar sin roce de habla lo que se cuenta en un instante, utilizar la prosa para adornar la banalidad del lenguaje estándar o, lo que es más, donde las palabras se desplazan a segundo plano en eternas imágenes de silencio obligado donde sólo cabe esperar la vuelta del renunciado sonido, al tiempo que solicitar a tu conciencia que no se aburra, abandone y permanezca atenta a la suntuosidad de pasos lentos y detallados que poseen fascinante estética, sin embargo, un fondo no tan evidente ni interesante.
Su espíritu debe llenarte, sin más explicaciones, únicamente lo mínimo para dejar presentado el enfrentamiento de dos bandos y sus mutuas traiciones, y así dar paso a ese baile delirante que se mueve cual tango en solitario cuyo sosiego,
relajación y placidez son sus armas de fuego, encumbradas a la máxima expresión que se pueda admirar en un fotograma.
Una injusticia del pasado, venganza amenazante del presente, más extras de condimento artificial que dilatan la comida, todo en su momento y sitio, minuciosa perfección y excelencia que no pierden detalle, sin prisas, sin precipitarse, como buena ceremonia del te extensa en sus costumbres, solemnidad y pompas; puede que te desespere tanto rodeo, tanta recreación ritual pero es su sello personal, único de la casa, lenguaje de identidad propia que sólo los nipones saben realizar con tanto cariño y detenimiento, con elegante y concienzuda etiqueta.
Llegado un momento ya no sabes quién va contra qué ni por qué motivo, o por lo menos te pierdes parte de la presunta argucia; no obstante no importa, algo queda, lo suficiente para reconocer el mantel de base, ojear la disposición de las piezas y agudizar la preparación de esa defensa y ataque servidos pues se han cocido a fuego lento, dejando saborear todo su aroma conforme tomaba consistencia el alimento, motivo de disputa y lucha por poner las cosas en orden y eliminar, con pago mortal, la pendiente y maliciosa deuda de años anteriores.
Una reservada y silenciosa Kill no-Bill ha regresado,
de mente fría, domina la espada, se le resiste el corazón pero a duras penas, no hay sitio donde esconderse, ni lugar donde hallar cobijo, llega a todas partes, está en todos sitios, misión importante es la suya y aunque todos reconocen la culpa nadie toma el perdón de la palabra...,
..., y es una pena porque queda vacía y estéril tan espectacular exhibición visual, tan bella armonía de idílica postal oriental queda hueca en sustancia, deleita su placer estético, exaspera su ignorancia de contenido no tratado ni valorado por igual, el resultado es una innecesaria falta de consistencia en su argumento que debiera haberse nutrido tanto como su hermana de batalla; dejadez que se transmite al cómputo emocional y sensitivo de la cinta, valoras su cara/reprochas su cruz en una moneda atractiva y seductora a primer encuentro que va perdiendo enteros según entras en asunto y, tanto sublime encanto y lindeza no logran eclipsar todos tus sentidos, sólo motivar una debatida disputa entre los agradecidos ojos y una olvidada razón que protesta y se queja.
“The assassin”, la asesina, teatro magistral de inolvidable recuerdo, la memoria de su trama es perecedera al instante, traje de lujo sin alma, de
corazón débil debido a un cuerpo que desfallece al compás que anda; no pudo darse un completo, hay que conformarse con agradecer una parte, lamentar a su hermana de oficio.
Aún así, no todo el público lo logrará, ni sentirá conectar con parte de ella pues está dirigida a minorías, criticarla por no pensar en la mayoría es desdén innecesario; “tu mente es rehén de los sentimientos humanos”, aunque poco reparto afectivo o anímico se presenta en esta cinta que puede ser somnífera en el peor de los sentidos, o divina drogadicción en el mejor de los susodichos.
Yo aún me debato sobre quién de los dos va ganando.

Lo mejor, su inmensa maravilla de fotografía
Lo peor, el descuido de un guión, cuya amnesia se produce incluso durante su visión
Nota 5,8


viernes, 4 de diciembre de 2015

Coche policial

Dos chavales de diez años encuentran un coche de policía aparentemente abandonado y deciden montarse para dar una vuelta. Comienza así un tortuoso y desesperado juego del gato y el ratón en el que la única salida será darle al acelerador y conducir lo más rápido posible.

Mi coche ¡ni tocarlo!

Casi todos los actores suelen coincidir en que hacer de malo es mucho más sugerente y gratificante, poder explayarse en esa violencia y maldad, promocionar la ira, dejarse llevar por la sed destructiva sin límite ni freno es apetecible y ameno, aunque el precursor de todo ello sean dos traviesos muchachos que hacen una inofensiva gamberrada.
Excusa cualquiera es válida si estás predispuesto al cabreo, si la rabia te come y buscas adrenalina que permita arrasar con lo que se ponga por delante; he que aquí, un veterano Kevin Bacon está desesperado, dos mocosos le han robado el coche patrulla y no puede informar, pues como sheriff local sería una vergüenza, amén de lo que esconde en la parte de atrás pues el referido no es un hombre honesto, ni buena persona, oculta muchos secretos de una doble vida, ahora a punto de irse al garete por la estupidez inconsciente de dos críos jugando a ser los héroes de la carretera.
La soledad de una elegida fotografía, aislada, cautivadora y perenne, como testigo presencial del peligro que se cierne por sus rudos caminos, secos, abandonados e incomunicados, donde se juega al ratón y al gato, donde la hermosa puesta de sol presenciará el devenir de una apuesta, de imprevistos participantes y resultado doloroso.
La noche cae y la broma ya no tiene gracia, el miedo está presente en el rostro de la transgredida inocencia pero la audiencia lo observa sin demasiada ansia, sin excesiva devoción, simple fisgoneo de
mirar, y ya puestos, ver qué pasa; pocos personajes pero con previsión interesante, pues cuanto más reducido el grupo, mayor atención se presta a lo narrado y ocurrido, aunque para ello los audaces protagonistas deben socorrer con valentía, emoción y talento, el lobo debe querer atraparles con intensidad y audacia, los inconvenientes del trayecto deben ser astutos e inteligentes y la tensa inquietud debe reinar en el ambiente, únicamente de ese modo se logra un pleno al quince de motivación, satisfacción y gozo.
¿Se cumple a rajatabla? No con contundencia ni esmero, su atractiva ingenuidad, como premisa de apertura, se convierte en su propio lastre por no enfatizar los personajes, por dejar al aire interrogantes cuya necesaria respuesta daría solidez y consistencia al relato, solícita ayuda para envolver al espectador en ese furor y pánico que aquí se presenta sin apenas esencia ni alma.
Aceleración que no causa vértigo, adrenalina empaquetada y comedida, un thriller justo en sus ingredientes y acotado en su resultado; sin duda
aprueba, entretiene y sirve de curioso escarceo pero, como todo, depende de tus creadas expectativas pues, uno es alto o bajo según el modelo de comparación, el vaso está medio lleno o vacío según las emociones vertidas y esta cinta, escrita y dirigida por Jon Watts, vale como recreo de velocidad media, que cubre la ruta pero llega a destino sin plena recompensa grata, la tan nombrada sentencia “un alargado cortometraje/un largo que se queda corto” es condena que ronda su visión y recuerdo.
Remite a los clásicos y a su simpleza directa, sin adornos ni explicaciones que den oportunidad de habla, donde importa el hecho y los sucesos que desencadena, y donde el resto es complemento, aquí volatilizado por prescindible.
La consecuencia es que no siempre se cumple el reflejo acertado de ese clasicismo, en esta ocasión, se necesita redondear el centro con laterales que agraden la historia, la perfeccionen y oferten con más
sabor y tentación, e incluso los propios titulares del menú deben ser presentados con más fuerza, interior y remate de su propia historia; aquí se observa dejadez en ese sentido, dirigiendo toda la atención a la persecución del dueto corre-caminos sobre ruedas, lo cual es buena elección pero afecta a un consumo que se percibe y aspira como exiguo y escaso.
Cop car, coche policial que se respeta, en caso contrario su propietario se puede coger un buen enfado, y si tu rebeldía infantil te lleva a transgredir dicha norma, habrá consecuencias cuyo resultado será el salto agónico a la madurez, en ese carrera desesperada por sobrevivir y salvarse adornada con impactante belleza por las luces de neón de la noche; jugar con fuego puede hacer que te quemes, por eso hay que ser obediente y no confiar en nadie.
“Soy la única persona, ahora mismo, en la que puedes confiar” ¿Te lo vas a creer?, luego no me llores..., aunque si se otorga cierto reproche y lamento, por parte del espectador, por ese encuentro cuya alegría posee cierto grado de insuficiencia; se podía haber salido de su visión más complacido y contento.

Lo mejor, sus intérpretes, un sólido Kevin Bacon acompañado por pueriles convincentes.
Lo peor, su guión es básico en su confección, lo cual limita y deja “chico”, pobre su disfrute.
Nota 5,5


jueves, 3 de diciembre de 2015

Ride, al ritmo de las olas

Una madre atraviesa los Estados Unidos para ir a ver a su hijo en California después de que éste decida dejar los estudios para dedicarse al surf.


¿Qué no harías por tu hijo? Todo. Empieza por dejarle vivir su vida.

Madre no hay más que una, en ocasiones más que suficiente para llenar la cuota de lo que un hijo puede soportar de ella, ese desvivirse por su retoño, dar su vida por su bienestar, su dicha por la suya, ese agobio constante de quien no conoce límites de dónde empieza la intimidad de su criatura y ella debe retirarse.
Porque se quiere, necesita y urge su contacto, porque el trauma de la pérdida de un hermano recae sobre el superviviente que observa, aguanta y espera hasta que su impaciencia y desesperación toman puerta, por no tener identidad propia y personal espacio donde moverse, crecer y formarse.
Porque la presión de quien desea lo mejor para ti llega a ser enorme, porque el anhelo de dirigir la existencia de quien se ama es imparable, porque evitar los daños, aplanar el camino y guiar en la ruta correcta forma parte del materno instinto, ese furor, fuerza y resistencia por velar y cuidar de quien no se deja andar solo pues no se ve la invasión, no se percibe el daño, únicamente se sabe que está vivo, sano y conociendo sus habilidades que, por supuesto, con los consejos, guía y ayuda de la madre lograrán que se convierta en el mejor hombre; que ello le haga feliz es pregunta que ni se cuestiona.
Helen Hunt se pone a la dirección de un trabajo de su puño y letra, idea serena y madura llevada a la gran pantalla con gusto y acierto, sabe elegir las escenas y enfoques para informar de la peliaguda y tirante relación madre-hijo, de sus enfrentamientos,
cavilaciones y competencia dialéctica de quien motiva y de quien se siente asfixiado, todo ello sin desganar ni aburrir, dos enfoques contrarios para quienes hablan sin parar, pero nunca logran comunicarse.
La idea es grata, atractiva y está formulada con inclinación de ofrecer sin exceder, evita el sentimentalismo profundo aunque éste siempre esté presente en forma de constancia, fuerza de voluntad y añoranza por estar sin molestar, rechaza la lágrima por la entereza de quien sobrevive -que no supera, pues no es lo mismo-, los malos tragos de la vida y crea la solidez de un caparazón que por dentro se resquebraja y disuelve en pedazos, sensatez de ojo tras la cámara de quien demuestra juicio reflexivo con la pluma y las letras.
Es ágil aunque no corre, ligera sin prisas para exponer esa persecución de a quien se le escapa su retoño para acabar encontrando ese sitio donde parar, respirar y ser, porque Jackie quiere ser mamá para su hijo, y no el ejemplo adulto de lo que hay que evitar a toda costa.
Con toques de humor plácido, de relajación divertida, de romance superfluo, de tensión ardua, de conflicto
familiar que envuelve a testigos presenciales crea una historia comedida pero valerosa, de enteros personajes cuidados según su exigua aportación, para complementar ese químico dueto de quien es experta actriz y de quien sólo debe dejarse llevar por la conducción de ella.
Es cine de televisión de sobremesa, o sesión nocturna de máxima audiencia, carne de DVD para alquiler aunque ello no quita que se disfrute plenamente, aporta la sensibilidad de un trauma no reconocido ni expuesto, con esa pauta ascendente de quien deja sus fobias y termina por no necesitar nada pues, cuando se está en paz con uno mismo, se es capaz de dejar que el hijo dirija su propia crónica de tramos insospechados y final inesperado, ya que debe crearla mientras la vive, y la madre observarla al tiempo que saborea la suya.
Es simple en su esquema, de uniforme previsto patrón cosido a su recorrido, pero logra ser simpática, agradable, mantener su bonachón carisma y ese aire de comedia para todos los públicos que no asombra, pero tampoco decepciona.
La búsqueda del hijo desemboca en el encuentro de uno consigo mismo, de paso se sueltan amarras, se relaja y divierte; tú también si sabes aspirar el placer de lo sencillo de ese prototipo común de argumento que, siendo básico y de comodín en sus elementos y recorrido, te sabe a gustoso postre para una velada distendida pero gozada, que permite a la cognición descansar sin malgastar la noche.
No es novedosa, el relato es ejemplo dual de formas
distintas de entender la vida, reflejadas entre la ciudad de Los Ángeles y Nueva York, trata de hacer feliz a la audiencia, de entretenerla con afable inocencia; el guión expone celeridad vocal para, poco a poco, silenciarse y que la imagen tome el mando, dejar pasado para exprimir el presente, dejar de contestar al teléfono para mirarse a la cara sin necesidad de texto; la sonrisa surge, la comprensión aparece, el cariño se lo ganan y la resolución no deja de ser el punto sobre la i que marca que todo está correcto en su sitio, que no hay lamento por haberla escogido y que ha sido nutritiva su compañía para amenizar el espaciado tiempo.
“¿Qué te dijo tu padre?” “Se feliz” “Es la cosa más estúpida que he oído”, de ahí el aprendizaje de no vivir para trabajar, sino para deleitar cada segundo del día lo máximo que se pueda.

Lo mejor, volver a ver a esta sólida actriz, que acapara cada fotograma con su firme presencia.
Lo peor, su argumento no deja de alimentarse de convencionalismos.
Nota 5,5


miércoles, 2 de diciembre de 2015

Aprendiendo a conducir

Wendy es una escritora de Manhattan que decide sacarse el carné de conducir mientras su matrimonio se disuelve. Para ello toma clases con Darwan, un refugiado político hindú de la casta sij que se gana la vida como taxista e instructor en una autoescuela.


“Eres un buen hombre”, sin intentos de dejar de serlo.

No parece Coixet, en todos los sentidos de la expresión, para bien de quien no sea fanática de la directora, para mal de quien espera su marca de la casa.
En esta ocasión las cosas son sencillas, evidentes y en línea recta, nada de complicaciones en los personajes ni de marear la perdiz para que encuentren su respuesta y camino, la carretera para aprender a conducir en la vida de esta escritora en plena crisis es diestra, llana y sin sobresaltos o accidentes, bueno, uno leve que altere un poco a este Gandhi, profesor de autoescuela que Ben Kingsley refleja con la calma, paciencia, control y la observación que se le pide a su personaje, poco más aparte de consejos sabios de filosofía casera.
Porque la estrella que deslumbra es Patricia Clarkson en su amargura y desconcierto, rabia y desamparo, en esa simple metáfora de ponerse en marcha y seguir hacia delante decorada con un sin número de símiles por parte de una guionista, Sarah Kernochan, que tiene la excesiva prevención de escribir como conduce la protagonista, con cautela, mimo, despacio, con ese miedo de acelerar, de arriesgar y tropezar, con esa seguridad de trasladarse a nuevo lugar sin osadía ni adversidad, con placidez, tiempo y paciencia.
Porque, este encargo que recibe para hacer suyo lo expresado por otra persona, Isabel Coixet lo logra hasta cierto punto de no retorno pues, obviamente no es ella ni el cine que la caracteriza, es una blanda historia de amor puro, sano y necesario para que dos adultos en plena transición de sus vidas aprendan y disfruten de su mutua compañía que, como las lecciones de conducir, tiene fecha de caducidad ya que, una vez en posesión de la licencia ya no es
necesario el profesor, amigo querido, que por siempre se recordará.
“Conducir es libertad, respeta la de los demás y aprecia la tuya”, base de andanza de una relación suave, de acompasada ternura y bienestar que se aprecia por la calidez de lo intérpretes, el intercambio pueril y simpático de diálogos y esa interacción mutua de enamorarse en silencio pero no expresarlo por inconveniente, porque aquí se rechaza todo lo que pueda propiciar baches interesantes que eleven la temperatura más allá de los moderados 36,5 grados, calor medio y estándar de la población.
“¿Qué pasa?” “Nos movemos, esa es la finalidad” “No me gusta”, de modo que planicie conductual para una narración linda, grata, de fácil absorción y de destino adivinado, no permite ni un giro imprevisto, ni apretar gas y salirse del trazado, ni bandazos, ni adelantamientos ni nada no previsto; “el rojo no debería ser de stop-peligro, el peligro es moverse” y por ello este argumento no pone en riesgo nada, apuesta cero para una comedida cinta que busca contar una anécdota, en forma de breve historia, y gustar a quien le de su tiempo y espacio para escucharla.
No hay “vida secreta de las palabras” porque éstas no adquieren consistente consideración, es “su vida
sin ella” porque al ser “elegida” para comandar este trabajo, nunca Isabel pareció tan “invisible” en “su otro yo”. “A los que aman” con respeto, con esas “cosas que nunca te dije” pues era innecesario, donde reina la bonanza, esperanza y delicadeza de la foto, no enturbiar este bonito, cordial y entrañable cuadro pintado a la luz del día de Nueva York -incluido Queens, pasado el puente, que también forma parte de ella-, de sus calles, gentes y contacto humano -pintado con fugaz escarceo que no estropee el resultado global de la obra- pues “nadie quiere la noche” no sea que inspire y de trama y carácter a lo que es amigable y acogedor.
Cautiva poco y con todo satisface, interesa a la baja pero, aún así, se sigue su recorrido con comodidad de satisfacción relajada, se priva de perforar con intensidad en sus creaciones, prefiere la ligereza de indagar con escasez, y con esa limitación la observas sin estímulo de gran demanda pues su oferta es exigua, apacible cuento de delicadas maneras.
Válida para ambientar la velada, contentar y pasar el rato con ese relax de acogida.
Si vas a divorciarte, si vas a casarte, si cambias de casa, si te falta coraje y atrevimiento para coger el coche y conducir por ti misma, ¡aprende a conducir!, literalmente es lo que se presenta aquí.

Lo mejor, su bonanza de querer arroparte con simpatía.
Lo peor, no pretende más
Nota 5


martes, 1 de diciembre de 2015

Love eternal

La vida de Ian ha estado marcada por la muerte. Siendo niño, vio morir a su padre y también halló el cuerpo de una compañera de clase que se había suicidado. Ya adulto, e incapaz de comprender el comportamiento humano, empezará a relacionarse con los cuerpos de personas ya fallecidas.


Buscar a alguien a quien amar, da igual su estado corporal o anímico.

Aún estoy un poco aturdida, mareada cavilando y reflexionando sobre el personaje en cuestión, un apasionado de la muerte y todos sus entresijos que desea observarla de cerca e intimar con ella a través de la experiencia de los otros, nunca la suya propia, como ir a restaurantes y sentarse a degustar el placer de los comensales comiendo, nunca pidiendo menú ni solicitando la carta.
Y lo intentó, tuvo planes escogidos de día y hora, momento clave de llevar a cabo su marcado plan “for mortem” pero, fue más la curiosidad de ojear los efectos en cuerpo ajeno, más esa protección de simpatizar y fraternizar con quien no puede protestar ni rechazarte pues su voluntad se dio a la fuga tras la decisión de ingerir las pastillas.
¿Por qué hacer nada, cuando nada te mueve a levantarte, vestirte y salir a la calle?, ¿qué queda?, ¿la opción de la muerte o una angustiosa vida de martirio incesante?, cuando llega el vacío, la nulidad por las cosas, inapetencia por las personas, desgana por la luz del sol, seducción por la impenetrable oscuridad sin retorno, ¿como se detiene?, ¿cómo se frena?, ¿cómo se evita la factible caída?
Robert de Hoog como solitario individuo que nada puede, que todo le vence, desabrido y sin motivación por su existencia, “un fallo dentro del género humano” hasta que encuentra su motor de arranque para moverse y seguir resistiendo, ese conocimiento y contacto con quien parte al más allá, facilidad y
placer -incluido la gota de sadismo- de acompañar en su último instante para poder establecer una pequeña, breve pero querida socialización con el sujeto en cuestión, bellas mujeres que por siempre le recordarán esa persona del pasado con quien sí tuvo contacto real.
Pero se escapó, como todo lo habido en su recorrido, se le escurre de las manos excepto aquellos cuerpos inmóviles e inertes que nunca más, por si mismos, podrán elegir o decidir, degeneración de quien es observador, en trance, nunca participante pues cuando se atrevió a jugar perdió de forma cruel, inexplicable y dolorosa.
Brendan Muldowney ofrece una lograda estética y cuidada versión del libro “In love with de dead” de Kei Oishi, que augura mirada inquisidora por averiguar los propósitos y andanzas de un ser insondable que provoca un conglomerado de por qués a los que será difícil hallar respuesta; lánguido, fúnebre, inconexo y enigmático oferta un progreso en su actitud desde su oclusivo encerramiento voluntario al arduo despertar, inquietante y agónico de quien tropieza de nuevo con un ser vivo con quien encajar
y querer estar, donde todos los nublados por qués, sin razón de existir más que el abandono, escondite y la huida adquieren fuerza y consistencia por volver a emerger y estar.
La cinta es melancólica y afligida, al tiempo que es un canto por la vida y la búsqueda de sonrisa y felicidad, macabra por minutos, desapacible por otros, indescifrable y llamativa crea expectación por su rareza de argumento que juega con el final de la vida con suavidad de roce, con cariño de presencia, con afecto de interacción, y con la continuación de la misma con esa indagadora visión de quien no entiende por qué resulta tan fácil para el resto y tan duro y sin sentido para él.
Personaje especial, que no sabía que lo era, y que se creía mediocre cuando eso era lo único que no era, desvinculada significación de quien une lazos esperpénticos y desquiciados hasta que llega la oportunidad de que éstos sean sanos, verdaderos y humanos, perturbación obserbada con sosiego, calma y lentitud pues no hay prisa, hay tiempo para escoger con calma a la siguiente víctima.
No es para público generalizado, conocedores de la obra estarán contentos por la simbiosis personal presentada con creatividad, respeto y acierto,
intimista en el desconcierto de quien es león de montaña y no puede vivir con los humanos, aún queriendo, hasta descubrir, en su progreso de renunciar a convivir con cadáveres, que sí puede, más aún queriéndolo.
Es diferente, en el buen sentido o en todo lo contrario, su percepción no te deja al margen, o cala o apesadumbra, o seduce o descompone, el inicio es de grata recepción por saber más de él, después, el camino que toma esta producción irlandesa, hace que te cuestiones si es de tu estilo o queda lejos de lograr mantener y eclipsar tu interés aunque, para ello, no queda otra que verlo en su desenvoltura.
¿Por qué hacerlo?, ¿por qué hacer nada?, yo ya tengo mi respuesta, busca tú la tuya.
“Love eternal”. amor eterno ¡cómo para no serlo!

Lo mejor, su clima intimista y su fabricado personaje.
Lo peor, el tema no abre cómodo apetito.
Nota 5,5