domingo, 15 de mayo de 2016

El hombre perfecto

A sus 25 años, Mathieu, sigue soñando con ser un escritor de prestigio, pero a pesar de todos sus esfuerzos, no consigue publicar nada. Mientras tanto, se gana la vida en la empresa de mudanzas de su tío. Su destino dará un vuelco el día en que, por casualidad, se tope con el manuscrito de un anciano solitario que acaba de morir.

Peligra el personaje, ante el acecho a la persona.

Que sepas lo que va a pasar y no haya sorpresas por su previsto camino ¿importa?, ¿o se ve con ganas a pesar de ello? Respuesta que determinará tu querencia por ella.
Y ya puestos, ¿no sería más fácil renunciar a la novia y su altiva vida, que toda la que lía?, pues su incidente, más solución y volvemos a la misma piedra ¡carece de creencia y éxtasis en su resolución!
Porque, a parte de la prisa que tiene y lo rápido que ejecuta para llegar, casi directo y sin escalas al engaño, las mentiras y el acorralamiento, no parece muy creíble ¡toda la que monta! y lleva a cabo sin preparación, de improviso y sin que nadie se de cuenta, un afortunado artista del ¡salvarme como pueda!, a quien todo, por milagro, le sale a la primera, ya sea robo, muertos, camuflaje o salir pitando para que no te vean.
Se supone vive de una tensión, agobio y misterio que provocan interés, incógnita, incertidumbre y deseos de seguir al pie del cañón, para capturar su inquietante letra, aunque ésta, como el libro protagonista arena negra, es falaz y usurpadora, pues pretende ocupar una posición de palabra que no es la suya en retribuida escena.
Sin arena movediza que te atrape, sin esa alma negra que te capture y seduzca, poco queda que no sea un mirar neutro y relajado, ausente de toda perspicacia o aliento por ella ya que, no es malo ser previsible siempre que seas correcto y adecuado -tarea que si realiza de buenas maneras y con servido gusto-, es que los hechos no estimulan ese emulado tormento que busca, esa tragedia moral que vierte hacia lo recóndito del ser humano, esa agobiada

supervivencia al límite donde cabe todo y surge un desconocido monstruo, ambicioso, dispuesto a mantener lo obtenido, al precio que sea.
Ese perder el norte, la dignidad y la cordura de una asfixia letal que te transforme, manipula y oferta unos ataques de pánico, con sus horribles consecuencias, no llena ni intimida como debe y es únicamente un sobrio, elegante y mandatario Pierre Niney quien mantiene el nivel justo para que sea un entretenimiento medio, de validez oportuna, que bebe de Hithcock y otros imitadores, no rematando con excelencia la faena.
“Ellos no son tu familia”, ¡y tú ya no sabes quién eres!, deambulas a golpes para mantener un trono ficticio que tiene un alto precio, suplantar una personalidad que acabará destruyendo la tuya; descubrir de lo que eres capaz para ganar, hallar lo que harías por abandonar y poder descansar y respirar de tan loca intrepidez, una incesante noria de mucha abrupta escena, inverosímil en su perseguida sugerencia, que no logra la aceleración deseada, sólo ese termino casual, clásico y
armonioso que une todas las piezas con encaje, pero sin excesiva intriga.
Curiosidad si/desvelo no, agraciada si/desazón suculento no, su reactivo escénico de tropiezos, dificultades y soluciones al momento no endulza, alarma o dispara con acierto al acicate de un espectador que ameniza su tiempo con unas ganancias equilibradas, que no permiten hablar de aburrimiento o desgana, pero tampoco de glucosa adictiva que sacia el requerimiento de apetito sabroso y “al dente” solicitado.
Su consumo y nutrición es razonable, que no impactante ni arrasador, por tanto “su violar la memoria de un muerto” son unas “falsas apariencias” donde el “escribir 2500 caracteres por día” de un admirado Stephen King de inicio, no aseguran la angustia y presión, amenaza y cerco de su verdugo protagonista.
Verdad es que su sorpresivo giro final le sube enteros pero, después de tanto desmadre ¿qué más queda?;
la inteligencia del inspirador maestro se puede emular, copiar, que no reproducir con efectividad, no al menos para este cumplidor intento de Yann Gozlan que circula/no arrasa.
Ilumina más su estilizada y bella fotografía, que la barbarie que tiene lugar dentro de ella; ansiedad en las páginas escritas, neutralidad en las escenas absorbidas.
Un hombre perfecto que no saca todo su provecho.


Lo mejor; su trasladada esencia a otra época y cine.
Lo peor; su actuar con corrección no conlleva exquisitez argumental ni reflexiva.
Nota 6


sábado, 14 de mayo de 2016

Corazón gigante

A sus 43 años Fusi es un inadaptado, con sobrepeso, que nunca tuvo una novia y cuyo único interés son las batallas de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), que reproduce en miniatura en el apartamento en el que vive con su madre. Un día recibe un cupón para acudir una escuela de baile, donde conoce a Sjöfn, una mujer solitaria, como él.


Empezar a vivir y no, simplemente, sobrevivir.

¿Cuánto se puede soportar sin estallar?, ¿cuánto se puede dar sin esperar nada a cambio?, ¿cuánto cuesta obtener una porción de vida?
La soledad como coraza para alejarse de relacionarse con nadie, humillaciones y bromas pesadas soportadas, con resignación y silencio, por ser ese raro aparte que no encaja en la rutina costumbrista elegida por la mayoría; dolor y ausencia que se compensan con una comida que aplaca y enmudece a los posibles sentimientos, sufrimiento y decepción, desgana y conformismo como norma de vida cuya amargura, vacío y tristeza apenas se sienten, pues se ha convertido en la piel de uno.
Un personaje único, roto, paralizado, inválido emocionalmente, rodeado de una robótica rutina que cubre las horas y deja pasar los días; se evita pensar, se huye de la esperanza, la ilusión ni asoma la cabeza pues es opaco, está apartado, vive escondido, intenta pasar desapercibido sin esperar nada, sin pedir nada, sin desear nada, únicamente con la petición de que le dejen en paz y le permitan ser infeliz, pues nunca pretendió otra cosa.
Sólo que, un estúpido e inesperado acto, de generosidad no solícita, abre las puertas de ese enclaustrado corazón que, sin esperarlo, vuelve a latir con ganas y apetencia; se cambia el lugar de la comida, se modifica la estancia, ya no importan los hobbies propios, nuevos pensamientos agolpan la razón, el alma idea formas de contentar a la otra persona, los gustos ceden por esa intervención que interrumpe lo cotidiano, y controlado, y altera ese aburrimiento en un no-se-sabe-qué que apetece, agrada, permite ensoñar, configura inesperados anhelos y juega peligrosamente con el espíritu de un
buen hombre que apenas ha vivido, sentido o disfrutado, únicamente sobrevive como puede.
Estupendo Gunnar Jónsson en esa encarnación del incomprendido maltratado, magnífico e ideal como receptor de atropellos consentidos/nunca contestados, que halla un trozo de alegría y ánimo en su quimera descubierta; Dagur Kári presenta una película lenta, desoladora e íntima, que se consume con esa exquisita paciencia de conocer a un solitario arrinconado, rechazado y marginado por ese mal mirar/peor juzgar de quienes nunca se molestan en preguntar, comprender o conocer a quien les rodea; entereza y aguante, desasosiego y malestar, un continuo desvelo de disgustos y desazón que, poco a poco, va virando hacia la animación y entusiasmo de cuidar y preocuparse de otra persona, y olvidarse de la inapetencia desaborida por todo lo nuevo o de fuera del círculo protector elaborado.
Fusi, un corazón gigante, de sensibilidad mayúscula, narrado con un cuidado, tacto, miramiento y aflicción que hacen las delicias e interés de ese peculiar espectador que goza con el encuentro de esa
anónima joya que se centra en los pequeños gestos, en los ínfimos detalles, que apenas necesita de diálogos o palabras de relleno para crear una historia de madurez demorada de quien es bueno, amable y desinteresado, que vive según sus elecciones, al margen de la sentencia de una sociedad injusta e implacable que le golpea y azota sin piedad, mientras resiste y logra hacerse hueco entre tanta incomprensión y ataque despiadado.
Ser diferente, exclusivo, ir a la tuya y no importar nada excepto uno, soportar los tsunamis emocionales, levantarse tras ser arrasado..., cinta no
apta para todos los públicos; a muchos parecerá aburrida, a tantos otros desnutrida, sin embargo, a un particular grupo, un placer la compañía de este enorme, de cuerpo y esencia, que camina con tolerancia y benevolencia y que, sin darse cuenta, obtiene, no lo imaginado, pero si lo suficiente para emprender marcha y hacer viaje pues, se hace camino al andar, y este caminante, sin pretender camino, iniciando su primer paso está.
Observar, sentir, absorber y digerir, dejarla reposar y reflexionar, requisitos que demanda Fusi, un corazón gigante, grande en todos los sentidos.

Lo mejor; su protagonista y la intimidad, calma y andadura de un guión diestro.
Lo peor; sensación anodina si no se logra envolver de su pausado aroma.
Nota 6,5


viernes, 13 de mayo de 2016

Mejor..., solteras

Hay muchas formas de ser soltero, pero la de Alice, Robin, Lucy, Meg, Tom y David es especial. Nueva York es una ciudad llena de corazones solitarios que buscan a su media naranja.


¿Avergonzarse de ser soltera?..., ¡visto lo visto!

La soltería está de moda, incluso se promueve; interesa al comercio por su economía inversora, apetece su libertad de opción gamberra, sea la que sea, gusta su individualismo de decidir cómo, dónde y cuándo hacer las cosas, tanto como si es lo contrario y se opta por vaguedad voluntaria de no hacer nada y desperdiciar el tiempo; amplio abanico donde estirar al máximo el síndrome de Peter Pan o, ignorarlo y hacer del uno una forma apetecible de vida, que tienta y gusta últimamente mucho al cine.
Se patrocina como diversión plena de juerga continua, colegial existencia de perpetua amistad y apoyo entre sus miembros, amplitud variada de elección y satisfacción de marcar el paso al son de la personalidad propia, independencia que no necesita el cuento de Cenicienta ni a ese príncipe decepcionante que la salve a una, pues la capacidad de carácter, esfuerzo, voluntad y energía posibilitan el camino orgulloso de quien se conoce y sabe lo que no desea.
Hollywood ha encontrado nueva gallina para poner huevos dorados de taquilla, pues ya sea en versión femenina o masculina tiene público dispuesto a este entretenimiento distendido que vende humor, coña, situaciones absurdas e hilaridad intercalada cuya
alegría, debe ser muy torpe el guión para que no surja.
Nos situamos en Nueva York, cuna de Jessica Parker y su exitoso sexo a cuatro miradas de amigas eternas, ninguna casualidad dado el planteamiento del manuscrito aunque, no adelantemos ya que, con el añadido de la sombra de Bridget Jones y su posterior visión, la cosa cambia.
Porque es vacío, cansino y lelo todo ese discurso filosófico sobre la soltería, toda esa iluminada sabiduría emprendida para llegar a conocerse capitaneada por una sosa Dakota Johnson de moda, rodeada de una Rebel Wilson como molona estrafalaria y escandalosa que no hace gracia, por una Alison Brie de revuelta andadura que sale al paso y, una Leslie Mann más apagada que nunca y casi olvidada por una dirección que no explota, con sugerencia y acierto, su pretendida comedia.
Porque ese es el punto central; a tan barata doctrina sobre una misma y sobre hallar tu camino en la vida, se le añade el interrogante ¿tiene chispa?, ¿interesa
o estimula?, ¿completa, aunque sea medianamente, su propósito de diversión ocasional y distendida, con lección metafísica entre medias?
“Un único momento de independencia absoluta”, afirma con claridad rotunda ¡y se queda tan ancha y lista!, a cuya réplica se le unen los reproches de que ni los discursos emprendedores valen la pena, de que ni la crisis existencial levanta atención digna, de que ni los momentos de ligoteo y lujuria seducen o embriagan, de que ni las conversaciones motivan o encantan..., de que todo el tinglado va perdiendo fuerza y carisma conforme avanza y descubres que su escrito se desinfla, que su desparpajo se anula, que su inteligencia nunca surge y que su resolución ya no importa demasiado, pues prestas más atención a tus palomitas que a esa concentración de adultos perdidos tratando de hallar respuesta a sus dudas.
Música festiva y jovial como envoltura de cuatro
historias que pretenden e inician con posibilidad su andadura pero que no colman expectativas; tender a la frivolidad no produce carcajada, tender a la seriedad no logra fidelidad ni compañerismo y tender a la combinación de ambas, en una pretendida alegre comedia romántica, pone el punto culminante a una mirada que se distancia pues, la razón se aburre al no hallar alimento válido.
Christian Dittier filma una novela sobre las difíciles decisiones en un panorama social confuso, dinámico y muy cambiante, donde nada está claro y hay demasiado que no se dice o expresa con doble sentido, donde la honestidad es una virtud peligrosa por lo que entraña de herir o salir herida pero, tanta moralina, sermón, aptitud desenfrenada, anhelo de
compañía, insustanciales veladas, duetos ocasionales, proyectos confirmados, posibilidades abiertas bla, bla, bla, avergüenzan de ser soltera, dada la indiferencia y dejadez por lo que se dice o hace.
Llevamos tanto tiempo sin una buena comedia romántica que empiezo a temer que tan gustoso género halla perdido toda su previsión y tengamos, sin más remedio, que resignarnos a ofertas baratas y falaces sobre lo que es y debe ser la actualmente maltratada.
De tan modernos y originales lo único que se logra es estupidez de palabra, ordinariez de escena, intrascendencia de contenido y nulidad de avance, dado el desapego de quien mira por acabar, y oye por no llorar en público.
Se confirma..., cualquier tiempo pasado, en la comedia romántica, fue mejor.

Lo mejor; intenta caer simpática y que la quieran.
Lo peor; la avanzadilla del manuscrito.
Nota 5,7


jueves, 12 de mayo de 2016

Calle Cloverfield 10

Una joven sufre un accidente de coche. Cuando despierta se encuentra encerrada en una celda bajo tierra, secuestrada por un hombre extraño que dice haberla salvado del día del juicio final. El excéntrico captor asegura que el exterior es inhabitable por culpa de un terrible ataque químico.


Creas o no, hasta el final que te quedas.

No sabes si es lo que esperas, lo que querías y pretendías al elegirla, confusión atónita que no deja de indicar que has estado atenta a sus idas y venidas, a sus vueltas de noria donde, en todo momento la pregunta ¿le crees?, es algo que ronda tu cabeza, estímulo incesante que no acepta la explicación ofertada, para conformarse dados los indicios y retomar una postura inquietante y asombrosa, dado el descubrimiento y desenlace de los hechos.
La incredulidad del inicio, la angustia de la situación, el desquicio de lo habido, la devastación de lo conformado, la habitualidad de la rutina, la extrañeza de lo hallado, las sospechas de las mentiras, el estupefacto impacto, la barbarie de lo presenciado, la fuerza de la supervivencia, el coraje del intento y la lucha por buscar una salida, cantidad enorme de sensaciones que van cambiando según la situación y dinámica, volviendo loco a ese pensamiento que no cree, bueno, puede que si, ¡ves como era que no!, ¿entonces era que sí?, para un remate que succiona y destroza toda la perplejidad y sorpresa que has ido acumulando.
El despertar de la situación nueva no crea gran pánico, la asimilación de la información suena a incredulidad para unos oídos escépticos que desconfían, pruebas físicas certifican a los ojos la probabilidad de lo expuesto, aunque la razón sigue alarmada y recelosa, desazón anímico que se cerciora transformando la tranquilidad en tensas huidas a la desesperada, para ese colofón que ya destruye toda la anterior seguida.
Dan Trachtenberg presenta un escrito sencillo, al
tiempo que enrevesado, sobre la veracidad o falacia de lo narrado, con un John Goodman magnífico en su papel de ángel salvador al tiempo que demonio carcelario; sin sentir una gran pasión o inquietud permaneces atenta a la pantalla, sin lograr un gran suspense o misterio te interrogas por su atmósfera.
Te envuelve sin apenas darte cuenta, te sugestiona a pesar de la nimiedad que validas estar observando, un argumento de giros continuos que trata de enredar al espectador en su ignorancia y que, sin acabar de aplaudir o abrazar con sobresalto lo que expone o narra, llegas hasta el final afectada por cuál será la respuesta a tanto marear la perdiz, sin enorme nervio o turbación, pero queriendo comprobar qué trae el escrito en su página siguiente.
No sobresalta ni desasosiega en exceso pero la consumes entera, con ese rostro desconfiado de su avance donde, poco a poco, vas haciéndote con ella, una evolución a más que no culmina en agitación emocionada pero ¡ahí que estás inquisitiva mirando!
Una estupenda banda sonora como acompañamiento, claustrofóbico escenario de base y la suposición de lo que hay dentro y fuera, jugar a verdad o mentira,
bendición o castigo mientras se ofrecen datos que van liando la posible respuesta; un teatral mantel bien servido que no bulle efervescencia angustiosa, aunque posee el don de atrapar tu curioseo por saber hacia dónde vira y qué opción finalmente elige, termino en el cual ya se le va la mano y cambiamos completamente de ruta.
Entretiene con soltura, sobre la marcha cambias tu opinión sobre ella, lenta en sus claros y oscuros nunca se pierde la conexión, el interés permanece, explota la ambigüedad para tensar la cuerda del suspense, aunque su habilidad no es muy certera; verdad es que te intriga saber por dónde saldrá/falso
es que sea angustiosa y deslumbrante en su pánico, más bien son golpes estratégicos de preguntas sin respuesta, para llegar a esa sabiduría conclusiva que ¡ya es la repera!
Calla Cloverfield 10, habitáculo creado para sobrevivir a un ataque externo, que no a un cataclismo interno aunque, tan diminuta estancia tenía una bonita cortina de baño, ¡fíjate y observa!
No es revolucionaria, ni impactante, es un pasatiempo psicológico cuyo thriller abre cotilleo, ese natural espionaje por saber del mismo sin sentir gran escozor durante su trayecto; aunque, mirar, nunca dejas de hacerlo.

Lo mejor; un fantástico John Goodman que logra no le pierdas de vista.
Lo peor; el agujero en el que termina.
Nota 6,2



The preppie connection

Un estudiante en una escuela privada utiliza sus contactos para establecer una red de tráfico de drogas en su escuela.


Adaptarse, a lugar nuevo, nunca fue fácil..., ni gratis.

Todo circula como se espera, sin sobresaltos ni sorpresas, todo lineal/todo esperado, lo cual no es ni bueno ni malo, sólo muy previsto, aunque de una forma que no aumenta tu apetito por ella, simplemente te conformas con verla.
Basada en una historia real, la de un becario en colegio de alta cuna, que se convierte en la mula de sus ricos y aburridos compañeros para encajar y ser uno de ellos, donde tan acelerada travesura le hace pasar de ser un farsante fanfarrón a todo un especialista en el arte del contrabando de cocaína, para dejar de ser ese cobarde marica que no se atreve a probar la mercancía y alcanzar el trono de los que lucen y molan.
Los papeles están claros, los roles de cada uno bien distribuidos, no hay enigma, no hay suspense ni equivocación a la vista, voz en off del autor de los hechos para introducirte, guiarte y aclarar la lectura de las escenas descritas y dejar rodar la cinta, sin mayor percance.
Sin ser inapropiada, ni aburrida, deja la sensación de no obtener gran partido a esa diferencia entre el ellos-y-nosotros que tanto destaca y afronta, su huella no estimula ni impacta ni abre debate, se limita a una narración simple y correcta de lo sucedido a partir del testimonio de un chico de clase
trabajadora, impulsado a codearse con la jet set y que supo como ser el rey de la fiesta, hasta que le pudo la codicia y bajo de la cima del mundo a la soledad en que siempre había estado.
Para el revuelo que supuso la noticia en su momento, la película apenas supone un bombón curioso y apetecible; su guión se preocupa más en ser, apuntador narrativo, que en verter imágenes locas y escandalosas del verdadero bullicio que tenía lugar en las habitaciones del campus.
Mediana y superficial, de rebaja en su saldo, establece conexión ligera con un espectador que la observa sin esfuerzo y la olvida antes de acabarse, admitiendo que su consumo ha empleado un tiempo muerto, sin demasiado beneficio, pero tampoco de gran desperdicio.
Cine para televisión, válido dentro de esa oferta que no pretende más que ocupar hora y pico de su programación y que la audiencia no desaparezca; no hay riesgo, es plana y de dirección recta.
Sam Page trabaja bien su papel de pillo cazado por ir
de demasiado listo, su retumbante habla incesante, como comentarista explicativo, no martillea, se lleva con esa comodidad de seguir las instrucciones para llegar a montaje final; ni siquiera hay tensión sobre cuál será su desenlace pues, como noticia del telediario de su época, ya está todo sabido.
Lástima que no sean suculentos esos detalles personales del artífice de tan desquiciada cruzada, eran la salsa que hubiera transformado un plato común, de día rutinario, en un episodio interesante, de incidente gustoso.
“Te hace dejar de pensar”, y pasar ordinariamente el rato. Al pensar en mínimos, es exiguo lo obtenido, sin más.

Lo mejor; narra correctamente.
Lo peor; su pretensión es escasa.
Nota 4,9



martes, 10 de mayo de 2016

Triple 9

"Triple Nine" es un código policial que significa ayuda inmediata. Un grupo de criminales y policías corruptos de Los Ángeles planean activar esta alerta para así desviar toda la atención de la policía hacia la otra punta de la ciudad del lugar en el que están perpetrando un gran robo.


Un puzzle al que le faltan muchas piezas.

“¡Vamos a cazar algunos malos detectives!”, sólo que el tráiler y la sinopsis impiden disfrutes de la sorpresa de descubrir los mismos, pues revela parte de ese necesario asombro que debía provocar espasmo e interés en tu persona.
Y de ahí en avance la cosa no mejora, pues aún estoy intentando descifrar el papel de ciertos personajes, su relación con otros y el por qué de su planteamiento, al tiempo que observas el desfile de muchos de ellos, puro cliché ya visto y mejorado en cintas hermanas anteriores, e intentas decidir si los revestidos malos dan el pego, si los rusos tienen poderío e impacto, si con los judíos hacemos algo, si todo el tinglado montado sirve para más que marear la perdiz, sin mucho sentido ni efecto, con tanto gazpacho de criminales, polis y los que combinan ambas facetas ¡vete tú a saber por qué!, pues nada queda claro en un guión que parece saber lo que quiere, para perderse a medio camino, confundir peras con manzanas y acabar prefiriendo al olmo, del que no ha salido ninguna de ellas.
Cuánto mareo de identidad, poco clara, para una visión anodina donde, aún admitiendo la fuerza de las imágenes, el registro de tan privilegiado reparto, el carácter de la acción y validez de las escenas, no puedes más que admitir que se trata de un escrito de personalidad esquizofrénica donde, a falta de decidirse por una identidad de marcado camino,
combina tantas opciones que se enreda, tropieza y acaba por ofrecer un desganado lío.
No hay nada peor que no saber qué elegir para fastidiarla en esa puesta en común, de todo lo imaginado y al alcance, para salir del atolladero de falta de ideas y así rematar y concluir lo que empieza, con buenas expectativas y deseosas ganas, pero no se sabe continuar; pronto, este corte de patrón de personajes ya conocidos -en manos de un excelente dueto Ethan Hawke/Denzel Washington- vira hacia el lugar de nunca jamás, pues no hay regreso de un batiburrillo que mezcla diversos hilos, sin pretensión de dibujo, excepto la de abarcar mucha tela y que salga un largo, no importa su contenido.
Decepción, desasosiego y aburrimiento que moderadamente se alivian con la intrepidez puntual de la explosión del momento y la idea general del conjunto, pero donde cada elemento por separado, aún después de su finalización, te hacen cavilar sobre su función y causa en tal intrincado, siendo consciente de que ni su autor lo tenía claro.
Buena dirección, planos cortos y un alma perturbada de corazón voluntarioso, relaciones difíciles de
entender junto a una explicación nimia, que no se molesta en expandir lo que para ella está claro -yo sigo en una nube de tormenta aclaratoria- donde ¿de qué sirven tantas persecuciones, tiros y muertes si se te escapa de qué va el asunto? Bueno, corrijo, en términos abstractos captas el follón y su desenlace/en acotación particular, mejor no preguntes muchos que el propio guionista perdió su idea central y rellenó con lo que pudo.
Qué es un triple 9..., queda claro; que hay un novato recién llegado, que pagará los platos rotos aún por venir..., sencillo de asumir; que hay una Ángela Chaning, rubia y joven, portavoz de la mafia..., se da por aceptado, aunque hay mucha confusión de enlace; que hay polis corruptos..., volvemos a la claridad perdida; otros que lo fueron, pero ya no se
sabe en qué andan..., volvemos a los nubarrones; que hay un niño usado de maleta chantaje..., puntilla clave que no se encuentra dónde colocarla; que hay una investigación por robo..., retomamos el hilo; la relación y filiación de su detective..., ya cansada admito que ¡abandono!
Ni si quiera puede decirse que entretenga dentro de su galimatías pues, justamente éste y la no resolución de su núcleo o adyacentes, impiden que disfrutes tranquila y distendidamente de su simple ejercicio de buenos contra malos, virtuosos contra manchados , rectos contra..., tal torcimiento de médula espinal que, vuelve y vuelve a cargar ese estropicio de continuación, anulando su favorable comienzo.
Triple 9, triple salto mortal, triple estratagema..., en
realidad todo un triángulo de las bermudas que ha engullido todo lo que falta por esclarecer, hilvanar y conectar en lo mostrado, dejando en superficie los destrozos de una ocurrencia, que nunca logró perfeccionar ni completar lo que fuera que tenía en mente.
Sin más acepta lo que entiendas y no preguntes, se olvida fácilmente al terminar la misma.

Lo mejor; su plantel actoral y vigor de algunas escenas.
Lo peor; un guión rebuscado, que acaba en su propio perforado agujero.
Nota 5,8


domingo, 8 de mayo de 2016

¡Ave César!

En el Hollywood de los años 50, uno de los grandes estudios pretende hacer una gran superproducción de romanos protagonizada por una gran estrella, pero el actor es secuestrado durante el rodaje.


Un César de carisma, pero contundencia leve.

Cuando una película viene firmada por los hermanos Coen ya no te conformas con un aprobado, más si es de humor y todavía tienes en memoria el placer desternillante de mirar fijamente a sus cabras y anteriores parientes similares; de ahí que se les juzgue con exigencia y no se les permita, esa productividad cómica media, que complace si se refiere a otros autores.
Quieren hacer gracia, y en ciertos momentos lo logra con gran eficacia, el plantel de actores apetece y enamora, acudes con predisposición de pasar un buen rato, deseas que te guste y colme tus anticipadas expectativas..., puede que excesiva demanda sea la vertida en una cinta, que se vendió espléndidamente y ha resultado ser de absorción corriente, meritoria según aislados partes.
No pretende ir a parte ninguna, únicamente jugar con la fanfarronería, locura y extravagancia de Hollywood, de ese clásico de antaño que se movía con su propio estilo; unas cuantas pinceladas de sinsentido doctrinal, bobería escénica, elegante extravagancia, diversión textual, desmadre en conjunto y una sensación sincera de bonanza querida, colorido agradecido, bienestar receptivo que por momentos satisface/por otros decae bastante.
Se entretiene mucho con el espectáculo/poco con el contenido, combina diversas historias entrecruzadas que flojean en cuanto entran en materia; únicamente busca exponer/nunca matizar ni ahondar en ellas, con lo que el espectador se queda con esa sonrisa benevolente de gusto por la etiqueta, pero desabrida sensación por la recolecta completa.
Años 50, los estudios de cine, el comunismo, el capitalismo y la guerra fría, leves apuntes religiosos y de historia más mucha ironía argumental, en pletóricas sentencias, que lanzan dardos envenenados, de sarcasmo cómico, para relatar los
diversos relatos; homenaje a una época y modo de hacer por parte de malabares escritores que saben crear afición y devoción por su esperado trabajo pero...,
..., este ¡Ave César!, no se salva ni se hunde, permanece en ese estado catatónico de quien, en medio de una reunión curiosa y apetecible, oye bromas, escucha anécdotas, percibe el ambiente festivo, intenta participar de la marcha, unirse a su entusiasmo y diversión aunque debe admitir que, aún estando muy a gusto, cómoda y atenta, como que ¡no acaba de cogerle todo el gustillo al asunto!
Es obvio que la pareja de directores se lo han pasado en grande, igualmente los actores -George Clooney disfruta dentro del sarcasmo interpretativo-, que el elenco ofrece grata bienvenida, que es amable su invitación, complaciente su compañía, un frescor su andanza y entretenida su performance pero..., todo su encanto, simpatía, brisa y armonía no reducen la sensación de que ellos se lo pasan mejor haciéndola
que tú viéndola, lo cual no parece del todo justo pues, quedas relegada a una presencia alegre discontinua.
“¡Ave César!, los que van a morir te saludan”... no seamos salvajes que se trata de coña cariñosa, personajes torpes, irritante gente, sátira ideológica y una combinación superflua de enredos que no cuajan pues están inconexos; intercaladas risas y mutismo para unos originales creadores, a los que se admira por su ofensiva laboral aunque, sólo haya sido discreta la jocosidad recibida.
“Unas historias empiezan, otras terminan...”, con un anecdótico y perspicaz interior que no halla el vínculo pleno; ¡otra vez será!
Querida aunque poco penetrante; refleja con chispa y agudeza, se olvida de la unión y su remate.

Lo mejor; el alumbrado de los actores participantes.
Lo peor; ninguna historia desemboca en nada.
Nota 6,3



El tesoro

Costi es un joven padre de familia que vive en Bucarest. Un día, su vecino le comenta que está seguro de que hay un tesoro enterrado en el jardín de sus abuelos. Si Costi le ayuda alquilando un detector de metales y acompañándole, compartirá el tesoro con él.


A la espera de oír el sonido de la creencia.

La película no engaña, van a la búsqueda de un tesoro; pero no esperes hallar a los Goonies, con su acción y jaleo, ni a un Nicolas Cage de tiempos mejores.
Aquí todo es tranquilo y reposado, llevado con paciencia, constancia e intercalados silencios, como la buena pesca, no todos entienden su gusto y diversión, menos su entretenimiento pero, tiene un público fiel que la valora y estima; aunque, en esta ocasión, el absurdo manda en la propuesta, amén de esa desesperación, inquietud y extrema necesidad económica que lleva a jugárselo todo a una carta y lanzarse al vacío pues, perder es algo ya conocido.
A pesar de su sencillez, o puede que por ella, sigues atenta con curiosidad a sus patéticos pasos, de acontecer rocambolesco; es franca, sobria, serena y pulcra, a la vez que ridícula y atónita. Dos adultos jugando a encontrar monedas para salir del atolladero y salvar la dignidad y su cabeza, al tiempo que cavan hoyos, de profundidad física y de palabras venenosas, que encierran un rencor de años de convivencia.
Ironía perpleja por el vacío honesto con el que expone y narra, caprichosa ocurrencia de un destino que se ríe al tiempo que elabora, sueño dorado de todo mortal, que elige la simplicidad y humildad como rostro de andadura de un relato directo y
plano, que asumió unas infantiles ilusiones y se arriesgó a comprobar la validez de su certeza.
Corneliu Porumboiu parte del escepticismo, de una extravagante propuesta, para iniciar una irrisoria aventura que expone la realidad histórica y actual de una Rumanía, aún no en paz consigo misma y que tiene mucho que resolver todavía; diálogos picantes, abrasivos y feroces para escenas minimalistas y llanas que viven de la moderación, pero esconden pólvora entre sus rotos ingredientes, los cuales duelen y tensan un presente duro y áspero.
Y la maquinita pita que pita..., y el espectador atento a lo que encuentra, mientras se intercambian pausadas conversaciones hirientes de una superviviente sociedad que sigue maltratada por su presente y ácido recuerdo; locura y perspicacia para un argumento que retrata la tragedia humana con inteligente vis cómica, mediante esa moral que
planea todo el tiempo como bufón quijotesco, de decisión complicada.
Frialdad estática para unos personajes herméticos que no muestran emociones, como tampoco lo hace el avispado jugador de póker, pues la debilidad se esconde, cara neutra es la señalada para esos golpeados rostros que resisten, esquivan y continúan en el juego, puede que para ganar, si por una vez la fortuna les socorre y no se equivoca el maldito aparato.
Lenta y concisa no hay más distracción que observar su marcha, investigar en su devenir y ver a dónde te lleva, descifrar su rastreo y saborear lo que las amargas palabras y rígidas actitudes encierran; no acondiciona ni aumenta de volumen, ni aporta hierro extra al asunto, pero la acompañas con ese gusto de escuchar y ver qué pasa.
Aguda e introvertida, un tesoro no por todos bien apreciado.
La modestia de decir, entre medias, y que se entienda.

Lo mejor; el talento de un modesto guión para presentar la realidad.
Lo peor; no apreciarla por ser llana y austera.
Nota 6



sábado, 7 de mayo de 2016

Oda a mi padre

En diciembre de 1950, cuando comienza la guerra de Corea, un niño se despide de su padre, que va a la guerra, y le promete cuidar de la familia. A pesar del paso de los años, nunca olvidará su promesa.


La espectacular técnica deja el resto a medias.

La música y fotografía son calidad excelente siempre presente en estas cintas niponas, en esta ocasión de corea del sur; el cuidado de las formas, el impacto de los detalles, los extras que engrandecen la principal figura..., sólo que la parte emocional y humana te deja fría y ausente, incluso en ocasiones parece un mal chiste, una broma sin gracia entre tanta humillación y miseria.
Toda una vida de sacrificios, alegrías y penas relatada sin gloria ni entusiasmo respirado pues ver las correrías, aventuras y escenas dramáticas sin conexión, inquietud o ardor alguna, es simplemente desgana de absorción fallida; no hay fibra sensible que se implique, sensaciones que se alteren, sentimientos que se involucren, observas, escuchas, sigues atenta pero poco más que estar informada de su evolución y destino es lo que hallas.
“Surgirán dificultades pero funcionará”; no está claro que lo haga pues es demasiado sencillo evadirse, tentador distraer la mente con otra cosa a falta de esa esencia y consistencia que te hipnotice y te seduzca sin remedio.
Libre como un pájaro que no halla rama donde posarse por falta de apetencia, pasión o ánimo, tu mente reflexiona lo justo para no perder hilo pero
lejos de ese deseo innato de que tu aislado espíritu se sienta desgarrado.
No es la gran novela dramática, de recuerdo enérgico y sensibilidad espeluznante, que abarca varias generaciones; técnicamente es loable, esforzada y meritoria pero, de poco sirve cuando su comicidad amable y lágrima buscada no te transmiten nada excepto, respeto por la habilidad de su método y práctica aunque, carencia en cuanto a su conmoción o impresión recibida.
Youn JK coloca, sin darse cuenta, un filtro aislador de la sensibilidad de su público; en versión contraria al rotundo refrán “en casa del herrero, cuchillo de palo”, se triunfa con contundencia en casa, pero se pierde la batalla con la audiencia extranjera quien mira pero
no lamenta, ni se aflige, ni sufre; tampoco sonríe, se alegra o participa de esa experiencia de una difícil existencia que logra proseguir y completar su promesa.
La familia, quién sabe dónde y cuándo podrán reunirse, mientras tanto a resistir, esforzarse y no perder nunca la esperanza, al tiempo que se amplia con nuevos miembros solidarios y fieles que acompañan en el dolor y ayudan, cogiéndote la mano e intentando curar las heridas..., pero sigue presente la motivación esquiva.
“Esto no es un parque. No hemos venido a divertirnos. Cógete fuerte de mi mano”, y por fin lo logra, te toca ligeramente la piel en los últimos cinco minutos, con ese show televisivo, de espectáculo floreciente, en su labor de unión de desaparecidos
que la guerra separó por circunstancias horribles.
Toda la tragedia anterior no alcanza grandes cuotas de sobrecogimiento, aprecio o devastación, se queda más bien en lectura tierna, de buenas intenciones, aunque demasiado suave y templada en su afectuoso recogimiento.
Oda a un padre, cuya alabanza y ovación queda neutra.

Lo mejor; su fantástica parte visual y acústica.
Lo peor; su guión no afecta ni colapsa la circulación de un corazón neutro.
Nota 6,5


viernes, 6 de mayo de 2016

Rosewater

Un periodista es detenido en Irán por más de cien días y sufre un brutal interrogatorio en prisión durante 118 días. Maziar Bahari permaneció con los ojos vendados reconociendo únicamente el olor de agua de rosas de su captor.


Un descafeinado martirio.

Es extraña la sensación que deja, opaca la sentencia estimada pues, es un caso verídico de secuestro y tortura de un periodista, pero narrado de un modo tan peculiar y ligero, agradable y reposado que aparcas, ese esperado desagrado y malestar, por una visión atenta, dócil, acomodada y confusa ante el dictamen de lo observado.
Sin duda alguna la película se sostiene gracias a la sobria y penetrante interpretación de Gael García Bernal quien, en todo momento, capta el interés de la audiencia y retiene su curiosidad por ella, por lo que tiene que contar; acicate por esa correlación de unos hechos cuya primera parte, previo al encarcelamiento, sirve de introducción para saber quién es el protagonista y qué hace, hasta la llegada de esa oscuridad indomable de quien, vendado y estupefacto dentro de su ignorancia, no puede más que quebrarse de asombro al saber de su acusación para residir indefinidamente en lugar tan tenebroso.
Jon Stewart rechaza la dureza e impacto, conmoción y lágrima de las imágenes ya vistas y conocidas por la mayoría gracias a documentales y telediarios y opta, sin embargo, por una vejación, aniquilación y acorralamiento mental más sereno, pulcro y estiloso pero que, sin duda alguna, deja clara la opresión, desquicio, locura y suplicio que supone estar en manos de radicales cegados, que sólo ven lo que les conviene e interpretan, a su gusto, los inocentes gestos y cómicas palabras de un encuentro distendido como excusa combativa para retener, etiquetar y vender al pueblo la falaz idea pretendida.
Inquietud y desazón con un toque de suavidad que
reduce el impacto, recuerdos y añoranzas reflejados con encanto y mimo, congoja y temor que no alcanzan grandes decibelios, pero tienen el don de atrapar tu mirada y fisgoneo por ese evidente tormento que no altera ni sobresalta a un alma tranquila, que reposa su firmeza de convicción por la historia en esa mente que absorbe, consume y reflexiona con la sensación de aplauso, por la alternativa escogida para contar la crudeza y martirio de un aprisionamiento a ciegas y por la fuerza del sinsentido, pero con ese resquemor de flexibilidad y amoldamiento que evita surjan las emociones debidas y requeridas para tal caso.
Falta brío, escozor y pasión/hay entereza y solidez, voluntad de filmar lo ya presenciado de manera alternativa y original; no falla en su intento, se sale de la corriente dramatización de estos casos pero, tanta cortesía, quietud y consideración en las formas levantan un muro separador donde la aflicción, el
escalofrío, la pesadumbre y su dolor envolvente se simplifican, perdiendo gran parte de su necesario efecto, en pos de una lectura amable, simpatizante y benévola que puede llegar a ofender, por su trivial retrato de tanta agonía sufrida en tales circunstancias.
El escrito ablanda y colorea un camino atroz, negro y espeluznante que nada tiene de cortés y risueño; no hay rechazo, se abraza con gusto de saber y estímulo de mantener la observación en ella, pero la percepción no es plena, se acoge con esa sorpresa del planteamiento y con esa apuntalada nota de no haber presenciado una hiriente y marcada tragedia, sino la anécdota de un periodista que tardó 118 días en volver a casa.
Confección tenue e insustancial para un asunto profundo e intolerable; se acepta pulpo como perro de compañía pero..., como que es historia de campamento, no portada de primera página del periódico.
Rosewater, agua de rosas, embriagadora esencia que destiñe y desfigura, endulza y minimiza el agrio olor de lo putrefacto; antiinflamatoria y relajante, alivia la producción de heridas y su posterior cicatrización..., tal vez demasiado para lo que hay en juego.

Lo mejor; Gael García Bernal.
Lo peor;: el escrito se perfume en exceso de agua de rosas.
Nota 5,5


jueves, 5 de mayo de 2016

El francotirador

Cuando el inspector Mattei está a punto de detener a una célebre banda de atracadores de bancos, un tirador de élite apostado en un tejado diezma a un ejército de policías, facilitando así la huida de sus cómplices. Sin embargo, uno de ellos resulta gravemente herido, lo que compromete el plan de los ladrones.


“Francotirador, ¡cúbranse!”

Todo un clásico, eficaz, conciso, productivo e influyente; no pierde el tiempo con adornos innecesarios ni aclaraciones pertinentes -y necesarias-, sencillamente sitúa los personajes justos para dibujar y crear la trama, relaciones viscerales para que todo quede unido y el misterio de quién traiciona, la verdad de quién es culpable más, esa dolorosa honestidad de afrontar las consecuencias que dejan unas huellas, sin inocencia, que asumen ese esperado momento de confrontación directa, para saber de qué se está hecho y si se es capaz de asumirlo, sea cual sea la respuesta.
Una pertinaz caza al malvado, que no siempre es el buscado pues, diferentes clases de maldad dan lugar a asesinos de variado grado, incluso a aquel difuso que de forma retorcida se respeta ya que, funciona según honorables reglas de obedecer a su conciencia.
Es sencilla en su ejecución, rápida en sus movimientos, con un planteamiento holgado que abre cuestiones que ella misma olvida o, simplemente pasa por ellas con una mera mención y una minoritaria explicación válida.
Se busca a un coleccionista de muertos y en ello se embarca la policía para capturar al susodicho, cuando surge un competidor en acumular cadáveres, de método mucho más personal y sádico, y se asoma el dilema moral de quién tiene preferencia en caso de que haya que elegir a cuál se persigue y atrapa.
Duda y debate que no llegan lejos, al igual que muchos otros preceptos morales que se dejan caer pero en los que no se profundiza, pues es mayor su afán y obsesión por correr y derribar piezas que en pararse, regodearse, presentar a éstas como cabe y comunicar la acción con esa contundencia de contenido que la ensalza y magnífica; en su lugar, coloca tibiamente los participantes y les confiere ese
mínimo para que cumplan con su papel otorgado, sin pretender llegar más lejos que cumplir con el objetivo marcado.
Y ello lo hace, su misión es realizada con éxito, con satisfacción de entretenimiento adecuado, donde se intuye su minoría de edad al no querer crecer en su libreto y provocar esa rica sugestión de atrape hipnótico.
Aunque no hay desprecio ni nada que echar en cara, es pasatiempo eficaz para las pretensiones que marca, concisa en su objetivo de ir derribando peonzas hasta encarar la decisiva, productiva en su distracción media de tiempo ligero e, influyente en su recuerdo de cintas similares que discurrieron por mismo camino, pero con más arte en sus ingredientes; un menú diario con lo necesario para alimentar el estómago y seguir trabajando.
Siempre es un placer encontrarse en la pantalla con Daniel Auteuil, aquí bajo la dirección de un italiano, Michele Placido, en una producción de triple colaboración entre Francia, Italia y Bélgica; puede que por ello se aborden demasiados puntos sin disparar al blanco en ninguno de ellos pero, aún con
su tenue intención de compás en su manuscrito aprueba, se disfruta y complace lo que dura.
Liviana y versátil, de cuerpo justiciero y fondo ético, por los que transita con presura y diligencia que ¡inmediatamente viene otro muerto! y hay que hacer sitio en la cinta; visión rauda, de expeditivo efecto y ¡a otra cosa!
“Como un lobo voy detrás de ti, paso a paso, tu huella (de poco impacto e intensidad) he de seguir”

Lo mejor; su intención de andadura.
Lo peor; insinúa pero no confirma.
Nota 5,2


miércoles, 4 de mayo de 2016

Listen up Philip

A punto de publicar su segunda novela, Philip, un escritor de éxito, tiene que lidiar con la deteriorada relación con su novia fotógrafa y su propia desgana en promocionar sus libros. Cuando su ídolo, Ike Zimmerman, le ofrece su casa de campo como refugio, Philip consigue el tiempo necesario para centrarse en su tema favorito: él mismo.


Un codiciado lenguaje, del que permaneces ausente.

Tres personajes que empiezan y terminan en Philip, un ser egoísta, egocéntrico y cruel, de impacable palabra sincera, incapaz de disfrutar de su felicidad y gustoso de impartir, su temeridad angustiosa y sádica desdicha, a todos aquellos que le rodean y por los que no tiene sentimientos alguno excepto esa honestidad vanidosa de comunicarles lo indeseables, inapetentes e inútiles que son para él en su vida.
Frustrante y agotadora cinta en su inagotable, punzante, agresiva y directa cháchara, sobre la exclusiva personalidad de los genios escritores en su complicado proceso creativo, que les hace estar por encima de cualquier norma social o sensibilidad hacia aquellos que les rodean.
Duros y marcados personajes, de triste patetismo y decepciones aniquiladoras, que les hace vivir en una idílica nube donde su soberbia y altivez les hace dibujar esa demencia necesaria para crear y enfocar toda su decepción, tristeza y humillación a través de la escritura inventiva.
Todo su dolor, divagación, agresividad, rencor y malestar con el mundo, toda su verborrea en off y en primera persona, todos los brutales diálogos, de colérico misil expuesto sin piedad, todo el desarrollo de los mismos, toda su pedantería, idiotez y bobería,
toda su soledad, brutalidad ofensiva, desvarío verbal, estancamiento creativo, permisiva estupidez personal, oscura comunicación pesimista etc, etc, etc..., no llama poderosamente la atención; aprecias el gran esfuerzo de un guión marcado por una devastadora franqueza, que no descansa ni un minuto, pero ¡es que Philip te da igual!
Y, ya no es que te caiga mal, que también, es que ni en su desagradable presencia, de agraviante estilo y carácter nocivo, te capta para querer saber de él y de su destartalado y doloroso caminar.
Un petulante y narcisista personaje atrae y suscita por su desparpajo y grosería, por su latente tenebrosidad, sin perdón ni excusa pero, todo el derrame narrativo de Alex Ross Perry por su adorada creación no aporta interés ni apetito, más allá de una pesadez para los oídos y una tortura para la aburrida mente.
Irritante en voz hablada, fatigosa en escena, su humor negro no resulta cómico, su cinismo compartido no osa ser estimulante, su descaro, dramático y sombrío, es absorbido en palabras honradas y espontáneas vertidas como bombas dañiñas y desbocadas que no importa a quién arrasen, pues no suponen acicate alegre ni motivante ya que ¡qué más da!, estás fuera de onda, hace rato que has desconectado y ninguna de las tonterías expresadas, con su destreza hiriente, de esa presuntuosa vanidad que no encuentra fin ni
acomodo para vivir con la perpetua desgracia que siempre lleva consigo, te preocupa, te alienta o revive para retornar a esa historia, de la que hace tiempo te has perdido.
Destrucción y auto sabotaje hacia uno mismo que vira encarnizadamente hacia los demás, aislado y desconfiado mueve sus fichas según su autómata fatuidad, conducida con ese único propósito de ser yo el primero y última de la lista y, aún apreciando el enorme esfuerzo, ganas e imaginación concebida para un argumento tan laborioso y rico en su mordaz contenido, sencillamente ¡no escuchas a Philip!, no sientes nada que no sea parsimonia, de una ausencia comunicativa instalada hace ya rato desde que se dio inicio.
Será inteligente en su destreza, osadía y voluntad de recrear una comicidad aguda, perspicaz y corrosiva, que altera y virulenta a los más sensibles/gusta, divierte y es el gusto sarcástico de los más combativos; provocadora, incitadora y cautivadora en su maldad honesta, bla, bla, bla..., tu mente toma vacaciones de una sabiduría que no va contigo pues cansa y agota, aún a costa de repetirme, pues ¡se supone era una sabrosa cinta de ingenio y sagacidad ocurrente!, ¿y?, permaneces fatigada y marchita de
tanto listillo arrogante, que no te provoca más que desidia y desdén.
Queda claro que no ha sido la compañía genial que esperaba, lo cual no quita sepa valorar sus atributos, tesón y ahínco; puede que tú tengas más suerte.
Esta clase de perspicaces inteligentes han negado mi entusiasmo, espero que tu disfrutes más de su avispada lengua.

Lo mejor; un guión que despierta el ánimo e interés por su personaje.
Lo peor; en su trayecto te abandona.
Nota 6,2


domingo, 1 de mayo de 2016

Trumbo, la lista negra de Hollywood

En los años 40, Dalton Trumbo, el guionista mejor pagado de Hollywood, disfruta de sus exitos. Pero entonces comienza la caza de brujas: la Comisión de Actividades Antiamericanas inicia una campaña anticomunista. Trumbo, uno de los llamados "10 de Hollywood", entra en la lista negra por sus ideas políticas. Biopic del famoso guionista Dalton Trumbo (“Espartaco” o “Vacaciones en Roma”) que tuvo que escribir bajo pseudónimo tras ser acusado de comunista.


"Responderé con mis propias palabras"

Es muy interesante y dinámica, mucho más de lo que en principio esperas; curiosa, hipnótica y penetrante dentro de esa conmoción, ridícula y patética, por la que se mueve toda la investigación comunista y sus atroces resultados.
Un juego endemoniado, de consecuencias horribles, para una inventada caza al traidor que trabaja, en cubierto, para entretener a la misma sociedad que le repudia.
Tan descorazonadora, triste y absurda como esa atenta mira que, incrédula, no pierde ojo -ni detalle el oído- en esa exposición sugestiva y estimulante de un genio rebelde, que nunca se calló sus firmes ideas, y cuyas inteligentes palabras iban a la par de sus cautivadores, llamativos y sabrosos guiones, que daban para todo tipo de clientela y de seudónimo escrito.
Necesaria e importante película para que se de a conocer, tan valioso guionista, a todo aquel desconocedor que ha disfrutado de sus películas y no tenía ni idea de lo arduo y enrevesado que fue confeccionar el libreto de las mismas pues..., imposible frenar el talento, por mucho que se ponga en una lista negra.
Inspiración sin fin para quien nunca cometió más crimen que pensar por si mismo, hablar en su nombre y demostrar una gran ocurrencia para sobrevivir a todo lo que se le venía encima ya que, con personalidad tan marcada y tozuda como la suya ¡cómo no ser original para seguir siendo existiendo!
Una gran tragedia revestida de toques de humor
ácido que adornan lo que, ya de por si es tentador y agradecido, una aguda vis cómica para abrazar ese escabroso drama que sufrió injustamente todo un galán seductor, de labia incesante, que te atrapa en sus inicios para llevarte, con gusto, por esa locura de noria castigadora que lanza culpables como panes, en aras de un patriotismo que, en celuloide, era representado por el mismo detenido y acusado.
Excelente Bryan Cranston a la hora de engatusar, alentar y retener la escucha y reflexión del oyente quien, estupefacto y asombrado, es informado de las nocivas represiones que tuvo que aguantar el famoso protagonista y toda la falsedad rabiosa que le envolvían, en una profesión que tiene tan espectaculares claros como deleznables nubarrones, de causa sombría.
Confortable fotografía, de retrato sentimental, para un guión firme, mordaz, bullicioso y emocionante que vierte la identidad de un creador de historias con respeto, audacia y textura para impresionar y arropar a su devota audiencia la cual, enamorada y abstraída, recorre concentrada todos sus pasos.
Una entregada lucha contra el sistema democrático marcada por las potentes interpretaciones de todos sus participantes, un serio argumento que deja
espacio para la diversión, haciendo que la amargura y su pena se suavicen y enmascaren.
Jay Roach y John McNamara buscan simpatizar y caer con gracia, dejando de lado la seriedad oficial y sus formas encorsetadas para otros filmes ya realizados sobre el susodicho; su recordatorio es ágil y llevadero, comediante y asequible para ser consumido por todo tipo de público, puede que corto e insustancial para expertos conocedores del referido pero, elige darle a conocer en una versión más animada y cordial que, con todo, deja claro esa necio episodio de la caza de brujas que hubo durante la época de Mccarthy.
“Hablas como un comunista, vives como un rico”, puede pero “todos tenemos derecho a equivocarnos”
aunque ¡qué dura puede ser la condena de los ignorantes!
Trumbo, sin reproches ni acusaciones, supera la prueba de un espectador contento de esa mirada menos ceremonial y opaca y sí más cercana, entusiasta y amena.
Y el oscar al mejor guión es para..., ¡Robert Rich! ...¿Quién es Robert Rich? ¿No será quien pensamos?
Devuelta dignidad a un incasable trabajador y hombre combativo.

Lo mejor; la genialidad de Bryan Cranston para resaltar y valorar a su personaje.
Lo peor; opta por una simpleza visual y comodidad consumista que endulza en exceso la malignidad de época tan dura.
Nota 6,3