miércoles, 22 de abril de 2015

Lost river

"Sólo Dios perdona" a este río perdido pues de él nace, en él se inspira y por su recuerdo fallece.
Un actor más -y la lista empieza a ser larga- que se pasa a dirigir la interpretación que, hasta entonces, era su arte y morada, que aburrido, y a la espera entre película y película, decide poner su creativa imaginación al servicio de la pluma dejando volar su fantasía hacia cuotas sin freno que buscan el colofón final del fotograma, lanzarse sin paracaídas protector a un terreno complicado de aterrizar, de hacer pie, de manejar y, aún más difícil, de hacerlo todo con esmero.
Ryan Gosling escribe, dirige, produce esta fábula de David contra Goliat, de ovejas contra lienas que merodean en busca de sangre y carnaza, que anhelan devorar a sus víctimas hasta el último aliento, sometimiento del más fuerte contra el ciudadano que sobrevivie a duras penas siendo lo que más luce, brilla y emociona la estética y fotografía, y lo que menos destaca y asombra, la dirección y su historia.
Le otorgas 45 minutos de tu interés y curiosidad para saber qué te quiere contar, descubrir dónde te quiere llevar porque la presentación artística es absorbente, atractiva y de gran encontronazo, deslumbrante colorido intermitente en un mar de miseria bestial de una ciudad abandonada a su suerte donde la pobreza, delincuencia y apatía hacen el agosto cada día, supervivencia dura y cruel de una madre con dos hijos sometida al caballo de Troya, caprichoso y desmedido, de quien tiene el dinero y el poder, 
choque seductor de imágenes de esperanza, compañía, amistad junto con la lucha mezquina de esos lobos al acecho que lo roban y destruyen todo, pausa melancólica de maratón lento, agónico y música acompasada para una mirada catatónica, abatida y sonámbula de huida constante por no ser atrapada por la desidia y el desespero de una Detroit dejada a su muerte, mucho surrealismo simbólico para expresar, con lánguidez y desaliento, las palabras que el guión olvida en una representación teatral y metafórica de lectura profunda y loable de la sociedad..., pero toda esta maravilla visual que captura y atrapa con estilo al ritmo de su feroz, singular y esquiva andadura sólo da para mantener tu atención los tres cuartos referidos anteriormente,  para fugaz exhibición poética de una realidad oscura sin mucha habilidad en las formas porque, para entonces, la falta de consistencia, de destino, de mensaje, de habla con sed que te mantenga despierto y sediento, al vuelo, apagan tu motivación y surgen la distancia y la desgana pues todo el circo y fanfarria no sirven de nada sin un relato con contenido e ideas claras de lo que se quiere narrar.
Este firme actor londinense, en su primer rodaje, se atreve a tirarse de cabeza a la piscina, sin prevención ni salvavidas, pero sólo ofrece agua a mansalva y chapoteo continuo que, al principio, entretienen pero, con el tiempo, resultan insuficiente, su criterio se desvanece y se pierde en su propio mareo, intenta ser experto en una técnica que no controla, tiene buenos referentes de modelo soñado pero, debido a su inmadurez en su nuevo trabajo, se dedica a floja copia, incluso un corte y pega, que decora el espectáculo pero anula el deseo de conocimiento ya que su estrafalario cuadro, cuidado con extremo detalle en cada punto, da para visita turística de observar por fisgar pero resulta en exceso pretencioso en su altivez pues absorbe de quienes admira sin lograr despuntar la originalidad de su propia cosecha; evidencia, no culpable, de ser primerizo que, con el tiempo y experiencia, madurará aunque, por ahora, es desmadre caótico que no va a ninguna parte. 
Buena esencia que no sabe encontrar desarrollo, coreografiía de números impactantes sin melodía acorde que suscite apetencia de acompañamiento, láminas divergentes que, simplemente, se exponen pero pierden eficacia en la travesía ya que la conducción es desatinada y nos satisface, habrá que esperar a nuevas ideas y empeños de este novato, voluntario artífice en el arte del ojo tras la cámara, lo visto sólo es imitación mix de diversos autores.
Prevención para visitantes ingenuos que busquen acople lógico, cuerdo y racional pues es discurso idealista para enamorados de lo estrambótico, lo enrevesado y lo discordante confeccionando un telar llamativo y particular que mecanografía sus señales en morse para ser reveladas e interpretadas por cada cual.
Aunque no acierte plenamente en el intento, se acepta el esfuerzo.



martes, 21 de abril de 2015

Giro inesperado (Stretch)

Teatral pase de modelos, sin alimento, para voltear a un protagonista que no sugestiona, sólo marea, pues no encontrando la medida exacta de su punto de cocción, desvaría inútilmente echando a perder todo el sustento nutritivo de la celebración.
Su centro es la extravagancia, su andadura la desfachatez, su color el despropósito, vorágine de tontería y estupidez que acelera su ritmo frenético para compensar el vacío de contenido, constante velocidad para recorrido asfixiante de no pensar, sólo reaccionar a contratiempos imprevistos, exagerados, sacados de madre que pierden toda su gracia y ánimo, justamente, por ese abuso del que se excede y donde pierde la perspectiva de lo que es la diversión, el humor y lo aceptable.
Un perdido de la vida, personaje desahuciado sentimentalmente, endeudado económicamente, asfixiado mentalmente, mísero ser hundido, tocado en todos los sentidos, con el trabajo propicio -chofer de limusina con clientes variopintos- para vapulearle constantemente, al ritmo que se quiera, sin límite y con mucha desproporción, voz en off de fondo que nos guía por su tormento experimentado y propósito de enmienda de que hoy empieza el primer día de su nueva vida, meritorio esfuerzo de Patrick Wilson de sacarle todo el rendimiento posible a su papel -lo único que vale la pena- y ¡pare usted de contar! pues, todas las intenciones de Joe Carnahan de desmadre explosivo, vicio alucinado y circo desternillante se quedan en nulidad de una explosión cuya excéntrica excursión deja mucho que desear/poco que contar/nada que tastar.
Porque, a su loco inicio ya le observas cierta torpeza, falta de estilo y habilidad para plasmar, con venta segura y apetecible, el clásico que quiere manejar -hombre ruinoso sometido a tortura, sin freno ni paliativos, que sobrevive a una noche loca, muchas otras veces visto-, pero le das vidilla y sigues adelante donde, tu inocente condescendencia se topa con dos cameos, David Hasselholf y Ray Liotta, que empiezan a confirmar tus sospecha de principio de que este relato no luce bien, que mucho ruido, bombo y platillos y toda una algarabía de percusión atronadora para tapar la ausencia de instrumentos decentes de acompañamiento, carencia de sonidos de refuerzo y base legítima que den sentido, coherencia y apetencia a una melodía que sólo vive de estallidos súbitos, desatinos torpes y una falta de afinamiento por valerse, únicamente, de un miembro, la batería estridente y desmadrada de sonido surrealista, que no oculta la pena de desperdicio sin salero, ingenio ni atrape que mata tu espíritu, aniquila tu alma y cualquier esperanza de sobrevivir contento a su progreso.
Un disfrute que se obstruye por no saber perder la razón con inteligencia, alimentarse de su sinsentido con firmeza, de la frivolidad, caos y sandez con sapiencia ya que no todo es colocar personajes grotescos en cháchara persistente y presión incesante -un chiste no captura tu risa espontánea por oír la narración de sus palabras y un guión deja de ser chistoso cuando erra en su equilibrio y se convierte en una simple exhibición de numeritos estrafalarios a cuál más insustancial y banal-, la extorsión observada no muta en entretenimiento, ni en estímulo, ni en risa, ni en nada, sólo aburrimiento de melodía cansina que estropea una posible velada deliciosa al no saber proyectar su música con ocurrencia, distinción y maña.
Sufres por una necedad que no escapa a su propio martirio y que martillea, sin piedad, la vista y el oído con una sucesión de esperpento sin brillo ni atractivo, sólo correlación de nimiedades a cuál más pues, "La vida no es más que tiempo", sí amigo, pero no todo el tiempo tiene la misma calidad, esmero y validez, ni su recuerdo deja la misma huella, sólo ofreces espectáculo decepcionante sin crédito ni sabor incapaz de transformar la demencia, frenesí y alboroto en algo digno de gusto, ni siquiera dispuesto a perder la compostura, digerir todo un absurdo y contemplar la memez más absoluta logra provocar una mínima sonrisa, únicamente improductivo descaro de una aventura sin chispa, agudeza o fuerza.
Siempre vi un océano insalvable entre Gila, Eugenio y Chiquito, los dos primeros genios, el otro se me atragantaba; sin oportuno delirio ni presente ganancia, este agónico superviviente del peor/mejor día de su existencia, circula por dicha calzada y sigue produciendo el mismo efecto, se te atraganta.
Giro inesperado, también desacertado.



Las últimas horas

Rudimentaria, poco inspiradora, un ir para volver y no regresar nunca jamás con poco que comprar o estimar pues empeña insuficiente en su no intrépida subasta ya que si, todo se acaba ¡difícilmente te puedes volver a equivocar!, sólo el paternal uso de la inocencia de una niña para crear conciencia y encontrar algo de audaz ritmo que no acaba de hallar baraja digna con la que jugar.
¿Qué harías si hoy se acabara el mundo?, ¿si sólo te quedaran unas horas de vida?, pregunta que todos nos hemos hechos en algún momento de nuestro tiempo, ya sea por aburrimiento, desgana, ocio o simple matar el tiempo muerto -nunca mejor referido-, rato amplio para dejar la fantasía volar y ser un pequeño Dios, sin normas de sociedad ni nadie que nos restringa, excepto nosotros mismos y nuestra interior naturaleza moral o amoral, según cada cual, tirar hacia el bien o saborear las mieles del mal, divino ángel o malvado demonio, decencia o locura, serenidad o caos, amor u odio, cariño o desprecio, ayuda o cada uno por su lado, horror o emoción..., y siguen y siguen las opciones de incógnita infinita ante cuestión sin respuesta acertada.
Unos encarada en plan broma, otros especulación inofensiva, los menos en formato serio, duda metafísica nunca resulta que se une al grupo de grandes cuestiones que nos atrapan ocasionalmente -mejor no dedicarle excesivo espacio a utopías nunca posibles en esta vida y suposiciones de alcance ilimitado-, ya sea como guasa, conversación insustancial o filosofía trascendental con la que intentamos definir o encontrar nuestra persona; opciones de respuesta varia, todo aquel que se atreve a inmiscuirse en dicha tarea no suele arriesgar, va a lo seguro y, Zak Hilditch, no lo es menos ofreciendo un batiburrillo de todo un poco; los que optan por dejar salir a su animal más salvaje y violento y se regodean en la brutalidad más sangrienta, quien elige ir rezando al encuentro con su señor honrado, el que toma las riendas y no espera al fatídico momento, los descubridores del verdadero sentido de todo, el ansioso por la llegada del prometido paraíso, los alucinados contentos, los histéricos aterrorizados, el socorrido desmadre de sexo y drogas para dejar este mundo ido de la cabeza/quemado de espíritu, la siempre esperada y asumible reunión con la familia y los seres queridos, reconciliación de buenaventura sin próxima esperanza...
Aquí, el héroe protagonista -un cumplidor Nathan Philips que involucra todo su arte- cumple la máxima de nada como perder algo para descubrir que lo deseas, nada como que se escape la existencia para saber qué hacer con ella, nada como quedarse sin minutos y necesitar horas pues ya ha hecho las paces consigo mismo, ha dejado de hacer el capullo y sabe lo que quiere, carrera frenética, abrazo profundo, disculpa urgente, eres el amor de mi vida y el intenso y devorador fuego que llega y lo devora todo, seductor rojo infierno que nos pone a todos al mismo nivel sin distinción al alcance que mitigue a nadie.
No destaca, ni sobresale, ni marca diferencia de lo ya expuesto en hermanas de planteamiento similar anterior, diálogos serriles que venden sentimientos profundos pero que no entusiasman ni motivan, sólo lo mínimo para verla por acabarla y darle una oportunidad a este terminator de dia y hora conocida pero compañía y lugar a elegir siempre que se pueda, una concesión de respiro que apenas compensa en gratitud para esta oveja negra de pantalla que encuentra su moral y alma gemela a última hora, llegando tarde a su desperdiciada vida pero, a tiempo para esa última confesión que le exima de todos sus pecados y le otorgue esa sonrisa y confort de quien parte en paz con los suyos y su persona.
Elige un tema peliagudo para su argumento y el guión sólo cumple a medias con la tarea, básico andar de ruta no improvisada que, a menos que te impresione la brutalidad y masoquismo cruel en grupo o por estallido individual, la parte humana no cubre necesidades de un cataclismo feroz como lo es la llegada del tan especulado armageddon ya que, sólo la canción de Aerosmith, "I don't wanna miss a thing" abruma, captura, hipnotiza y envuelve más que este elemental relato.
Recuerdas..., "I could stay awake just to hear your breathing, watch your smile while you are sleeping, while you are far away and dreaming..., I don't want to close my eyes, I don't want to fall sleep because I miss you baby and I don't wanna miss a thin..."; nada que ver con este elemental caminar, de momento único que nunca se repetirá donde, ¡si no puedes ser original! ¿cuándo lo serás? 



lunes, 20 de abril de 2015

Una noche para sobrevivir

Ni embelesa, ni seduce, ni atrapa con enorme eficacia pero ¡qué más da!, se les tiene cariño y ¡se les quiere igual!
Una frase, tres tiempos y ¡qué empiece el juego!..., "Donde quiera que vayamos al cruzar la línea, iremos juntos, tu y yo", primera persona del plural de futuro simple de indicativo, presentación del contexto, personajes y relación que les une, hermandad entrañable de quien comparte batallas, penurias y remordimientos; "Donde quiera que vayamos al cruzar esa línea, ¿iremos juntos tu y yo, no?", misma categoría gramatical en interrogativo, cuerpo de la historia donde todavía se está debatiendo hacia qué lado discurrirá la pelota, si habrá lanzamiento o si todavía se está a tiempo de detener la partida; "Entonces haremos lo que siempre has dicho, cruzaremos la línea juntos, ahora", futuro al que se le añade adverbio de tiempo que le otorga tono de presente inmediato, sentencia resolutiva que marca destino defintivo sin posibilidad de marcha atrás, todo ello decorado bajo un lema paterno "Hazme caso una noche" de orden y súplica de quien ha perdido su patriarcal asiento, preparamos la mesa, se dispone el tapete y a lanzar los dados pues el resto es un simple rellenar con acción rápida e incesante, miradas penetrantes de furia y rabia contenida, intercalada con diálogos breves pero profundos de añoranza de tiempos mejores, de amistad eterna y de venganza que ya no conoce hermano amigo ni enemigo conocido, más la típica persecución con tiros, velocidad y golpes oportunos, todo previsto-todo esperado-todo a su 
hora y tiempo señalado, un clásico en manos de dos veteranos, Liam Neeson, muy currado en dicho papel, experto que cumple y se sigue manejando a sus anchas a pesar de los años y la edad/Ed Harris, menos afortunado pues siempre le ha ido más ser el bueno, el decente, el que ayuda y cumple con la ley, un mano a mano no muy espléndido que se salva por el carisma del primero, la buena sintonía de la partida y el deseado gato-atrapa-ratón pero ¡respeto! pues ambos son profesionales de caza mayor, lobos asesinos de crueldad manifiesta en el pasado y honor puesto a prueba en esta carrera de supervivencia.
Sabes quién va a morir, sabes quién va a sobrevivir, sabes quién matará a quién y, más o menos, sabes cuando lo hará, pocas sorpresas/ningún misterio en un argumento que evoca los mismos aires que su padre espiritual, un espléndido "Camino a la perdición" pero cuyo héroe vive de la fuerza y energía de "Sin escala", "Sin identidad", de colaboración fructífera para el dueto director-protagonista, más una "Venganza" que, aunque cambia el capitán, se mantiene en el mismo rol, rápidez de cámara, cambios de escenario, angustia, temor y lo que sea necesario para la salvación y protección de la familia y, sicario de complemento para hacer más formal la ejecución.
Nada nuevo/cada pieza en su sitio y ningún invitado inesperado, retrotraída tradición de momentos felices ya vividos con hermanas de género y guión que, en el señalado trabajo, cumple con su estela a pies juntillas, más el perpetuo goce de este apreciado actor irlandés que, aunque no ofrezca novedad, 
siempre es un placer verle desfilar, innegable y querida estrella que luce en noche oscura o clara, de luna llena o nueva.
Noche de tensión moderada y entretenimiento comedido, donde no existe desvelo ni enorme fascinación ya que conoces por anticipado los pasos y el camino pero, a quien otorgamos validez general por el esfuerzo y relación bonita de tiempo compartido delante de la pantalla..., así que, seamos condescendientes y esquivemos, temporalmente, a nuestra inoportuna memoria que estropea, con su fácil y agudo recuerdo de parientes previos, el transcurrir de una velada en la cual todo está servido, visto y ya comido, con mismos o diferentes comensales.
Cita nocturna a la cual no acuden ni la audacia, ni la astucia ni la inteligencia ni la perspicacia de salirse de la norma, ya no de su zapato, sino de cualquier calzado, la sinceridad impecable admite su nivel medio, justo para pasatiempo ligero, temporal y mesurado, un "Cualquier tiempo pasado fue mejor" donde existe cierta evocación nostálgica por lo que se ha perdido, por lo que ya no se puede disfrutar pero ¡qué más da!, les perdonamos, ¡que nos caen bien y le ponen empeño! 



domingo, 19 de abril de 2015

Mortdecai

¡Tremenda bufonada! donde está claro el bufón, no tanto la gracia.
"Señora Mortdecai, soy un hombre de pocas palabras...", y se ha pasado toda la película sin parar de hablar, para no decir nada interesante que valga la pena escuchar, más allá de revivir el explotado espíritu, fanfarrón y bromista, de Jack Sparrow sin don, gusto ni encanto donde, al corte de pelo y tinte maltrecho, se le añade un cuestionado bigote que, menos a ellos, ¿a quién le importa?
Por el cartel, la sinopsis y el tráiler sabes que vas a ver una comedia estrafalaria, de exageración obvia y gesticulación desproporcionada, donde todo se encara desde el despropósito y la desfachatez pero, no esperas encontrar un esperpéntico mix de la esencia de "La pantera Rosa" con imitación ridícula de un pelele Jacques Clouseau sin chispa, logro ni empeño, constantemente de pataleta, y un más esmerado Portón, el único digno representante que se salva, a quien unimos un reflejo de la superagente 99, de rubia estilizada y elegantes vestiduras, y la andadura dinámica, estructural y estética de "El gran hotel de Budapest", le damos a la batidora -pues la simple coctelera no servirá dado el mejunje de la mezcla-, y zumo de potaje infumable con aspecto de queso apetitoso, aunque rancio, de mala digestión que se olvida de su principal función: divertir, hacer reír y crear un espacio/tiempo de entretenimiento placentero y grato.
Johnny Depp actúa para él, se conoce al dedillo la caricatura de sus últimos repetitivos personajes, de modo que ¡unos más al cajón y hagamos sitio!, que con la racha que lleva y sus insinuaciones manifiestas, no creo que para aquí su juerga personal de actuar con desmadre propio para el sólo y que los demás busquen distracción y pasatiempo ¡dónde puedan!, acompañada de una Gwyneth Paltrow especializada en el papel de esposa firme y cabal que debe velar por controlar las locuras y torpezas de su inútil marido y, Ewan McGregor de triste, bobalicón y mísero inspector a recoger las mijagas que no sean acaparadas y devoradas por el dueto y, de todos, quédate con Paul Bettany que no pretende ir de lo que no es, ni presumir de lo que carece, ni montar un circense teatro de payasos desafortunados y malabarismos sin fruto, beneficio ni gloria que llevarse al bolsillo.
Si te tienes que preguntar si tiene talento e ingenio lo que estás viendo, te aseguro que no lo tiene; si te auto cuestionas indagando si es perspicaz y divertido, entonces es claramente opaco; si te interrogas continuamente sobre dónde está la juerga, picardía y humor, no es que algo se te escapa, es que simplemente nunca existió porque, hacer llorar a un niño es fácil, emocionar a un adulto sencillo, hacer reír a ambos harto difícil y, en esta ocasión, ni una mueca leve parecida a sonrisa surge en tu rostro por mucho que te esfuerces, indagues, le pongas ganas e ilusión.
Los elementos por separado, un loable esmero pero barruntados en su conjunto, un completo desastre, no se si Kyril Bonfiglioli y Craig Brown pensaban en esta pantomina cuando les comunicaron la intención de llevar su historia a pantalla pero, la ficción mostrada por David Koepp no tiene aliciente ni picardía ni emoción porque, llegado el momento -y no tarda mucho en aparecer- te da igual quién tenga la pintura, qué pase con ella o si se afeita el bigote, 
que se dejen ya de tanta tontería porque para ver cómo la juerga es reservada para el círculo privado de director e intérpretes ¡mejor ni desembolso un euro ni malgasto mi tiempo!
Humor ausente en este festín de palabras incesantes y carcajadas cero, voz en off cansina que no mejora cuando adquiere estatus de presente de indicativo y, en general, fatídico traspiés de improductiva ejecución que no se arregla por muy apetecible que sea su estética, presentación y fotografía artística pues falla, de forma garrafal, en lo más importante, la base de un guión, diálogos y gags que deben causar risa cuando lo único que captan tus oídos es verborrea constante de bla, bla, bla que ni interesa, ni apetece, ni funciona como broma inteligente.
Fácil de rodar para ellos, difícil de disfrutar para el resto, lo que empieza como curiosidad se transforma en un mirar sin observar, oír sin escuchar, nulidad de fiesta donde, sencillamente, queda presenciar el desfile suntuoso y petulante de quien se mira el ombligo y se olvida de lo demás.
Ya imagino a Mortdecai, entre descanso y descanso de rodaje, sentado en su trono, bastón en mano, en furtivo jolgorio y cachondeo, preguntando, en su tono refinado, a su fiel escudero de cartas y juego ¿nos estamos divirtiendo Jock? Si señor..., tras lo cual se oye un irónico y estridente jajajajaja de todo el reparto, ¡lo único que queda claro!



sábado, 18 de abril de 2015

Mommy

"Maldita naturaleza humana" que, por mucho que la frenes, controles, domestiques siempre acaba ¡llamando a la puerta! y eso cuando avisa, porque otras, simplemente, arrasa ¡golpeando de un portazo!
Lo primero que sorprende y extraña es la presentación, formato de pantalla reducida de quien espía a sus nuevos vecinos a través de la ventana, después sobreviene la indagación sobre sus vidas cuya impresión te deja aún más cohibida, un devorador ni contigo ni sin ti/contigo o con nadie, de extremos peligrosos y locura desbordante, que inunda cada minuto de su compartida existencia, rabia e impotencia que esconden un amor profundo, desespero y angustia de enorme carencia afectiva, un desorden emocional, caos sentimental y descontrol físico que estallan en imprevistas burbujas de furor, enojo y odio ante tanta destrucción, fuera-vigor-resistencia-desmadre que, inesperadamente, viran hacia abrazo-caricia-beso para, volver a darse la vuelta, insinuando un sin vivir viviendo que se agita cual coctelera a pleno empleo en interminable fiebre del sábado noche, todo ello envuelto en una fascinante potencia visual y sonora, de coloridas imágenes que cautivan la mirada del gustoso cotilla, y sonido impactante y estridente de palabras atronadoras e hirientes que horrorizan y atraen al tiempo, amén de música seductora que amansa después del estallido de la gran tormenta, ni un segundo de calma, respiro o pausa habita en esta descubierta relación madre-hijo que no permitirá que dejes de fisgonear, ni un segundo, por la susodicho ventana.
Conforme avanza el tiempo, continúas más interesada por ellos, entras en mayor contacto y amplias el conocimiento por la inexplicable pareja, viuda ella, sin educación ni estudios, usa todo tipo de artimañas para conseguir trabajo, dinero o lo que se tercie, él con ADHD, déficit de atención recién salido de una institución del estado y jugando, continuamente, con su entrada en la siguiente del escalafón previsto por el gobierno para chavales problemáticos más una inesperada maestra, de baja por estrés traumático, que se incorpora a la fiesta del despropósito, la sinrazón y la supervivencia con explosión de fuegos artificiales y tracas, al unísono, en el momento que menos te lo esperas, agobio incesante que hipnotiza y martillea sin respeto ni piedad..., ¡ya estás atrapada!, has hecho tuya la ventana.
Y durante un breve instante de tiempo, la ventana se abrió y todo fue perfecto, una nueva ilusión, una nueva creencia, una nueva vida a la vista pero..., ¡es tan minúscula, diminuta, escasa esa gota de confianza!, ¡tan ínfima esa promesa!, ¡tan huidiza esa felicidad al alcance de la mano!
Interpretaciones espléndidas, emotivas, hechizantes para un guión inquisidor y espeluznante sobre la naturaleza humana y su esperanza, la posibilidad de cambio y la practicidad real de dicho esfuerzo, veracidad o autoengaño, simulación o factible existencia, un retrato atroz e inmenso de hondo, absorbente y hermoso calado que supura miedo, duda y pavor incluso en sus momentos más afortunados y dichosos, desequilibrio siempre al acecho del acoso y la ruptura que Xavier Dolan 
maneja, arbitra y conduce con audaz estilo, arte maravilloso, sensibilidad exquisita y sabiduría a cada paso marcado, ardiente triángulo de camino imperfecto que erra más que acierta y que sigue cuestionando esa incesante pregunta por la eterna, necesaria y urgente esperanza que te mantiene tensa y expectante de ese siniestro hilo que revele si aprendemos algo o fallamos, estrepitosamente, una y otra vez; ¿es válida la opción de ambas a la vez?
"Today is going to be the day that they're are going (but they'll never) throw back you to, buy now you should've somehow realized what you (you're not) gotta do, I don't believe that anybody feels the way that I do about you now..., because maybe you're gonna be the one that saves me, and after all, you're my wonder wall...", Oasis, perfecta elección Eduardo Noya.



viernes, 17 de abril de 2015

Aguas tranquilas

¡Cómo me duele escribir esto!, soporífera, durmiente, mortecina en asfixiante y equilibrado cuentagotas, tranquila hasta desfallecer y provocar la muerte perceptiva, cognitiva y emocional y reconozco el aviso, en esta ocasión irónico, de su título y admito mi confesable culpa pues devota del cine japonés, de su exquisitez para las formas, pausa para la emocionante respiración, armonía para los gestos, delicadeza para las escogidas palabras etc. etc. etc., esperaba con placer y ansia el disfrute de estas supuestas, erróneamente por anticipación propia, aguas deliciosas de tranquilidad suprema y sabrosa, y sí, son tranquilas pero ¡es increíble como el mismo adjetivo puede expresar dos sentimientos tan antagónicos! pues, este apacible recorrido por la vida de dos jóvenes que están descubriendo la vida, la muerte, la amistad y cariño de la familia aburre, agota, enmudece tu espíritu por ausencia de todo/presencia de nada y detiene tu ritmo cardíaco por aburrido.
Quieres que te guste por su belleza estética, anhelas la provocación de un gusto que no hay manera de encontrar, deseas que sea suficiente el atractivo de su fotografía, exploras su serenidad de andadura intentando hallar la motivación que te se escapa, ese interés que no hay forma de mantener y retener pues quiere huir a tierra de distintas aguas que tengan 
algo más de contenido suculento e interior alentador y no sólo una cristalina, pero vacia presencia de un día a día, tradición, costumbres, creencia y metafísica barruntado con mérito tan nimio, de cautiverio cero, que sólo hallas desesperación por las inesperadas y anonadadas emociones que surgen sin control de tu ser más defraudado/menos satisfecho y que te mantienen en una desgana, distancia y pasotismo de juzgado de guardia.
Difícil que contente a nadie por mucha nota y peloteo que se escriba sobre ella ya que, si sólo alimentas la mirada y el resto de los sentidos están famélicos por la escasez de cualquier tipo de nutriente que les de oxígeno, vitalidad y energía para funcionar ¡dime tú qué hacemos!
Desilusión y decepción que pesan como una losa que golpea a traición pues, realmente, esperaba haber hallado una de esas pequeñas joyas niponas de minimalismo excelso y gratitud desbordante, sin embargo, aquí estoy desahogando una frustración que, sinceramente, ha hecho daño, 110 largos minutos de inagotable esperanza al pie del cañón que susurraba constantemente no-va-a-mejorar, no-insistas, no-hay-más-que-un-cargante-observar-sin-beneficio-al-final-del-camino; estos dos jóvenes 
actores son incapaces de transmitir nada, los diálogos son fofos e inapetentes, la historia incompetente en cuanto a encanto, seducción o enganche y, ese lento y pausado paso del tiempo, que debería ser fantástico y sabroso, se vuelve tortura esclava de un optimismo engañoso que me insiste, con alevosía viciosa, que-la-historia-siempre-puede-mejorar, que-hay-que-darle-una-oportunidad.
Patata cruda que se olvidaron de cocinar y condimentar, habla sin tono ni perspicacia que, Naomi Kawase, no sabe abanderar con arte diestro ya que cuida la cosmética y estética decorativa con delicadeza y precisión pero, deja en el olvido al resto de integrantes del guión siendo increíble que ¡un canto a la vida y el amor resulte ser de tal tostón!
Interminable melancolía que presume de sabiduría espiritual y una trascendencia que se podía ahorrar pues sus efectos son dañinos, contraproducentes ante una inspiración mermada/poco trabajada que molesta por su beatitud inepta y que hiere el alma al devastar tu ilusión más soñada.
Lo dicho, soporífera, ¡ya no me duele tanto escribirlo!




jueves, 16 de abril de 2015

Rastros de sándalo

Básica, elemental, carente en excesivos puntos, un desfilar robótico de personajes inapetentes por las limitadas interpretaciones de sus actores y, momentos desganados en demasía por pereza de diálogos sosos, desaboridos, insulsos -que nunca rozan la mínima consistencia- de manual sobre cómo no interesar un ápice al espectador que no ayudan, en nada, a una motivación que desaparece a los pocos minutos de su rodaje por tratarse de un relato cliché, estandar, estereotipado, de pasos consabidos hasta por el más burdo y que caen, aún más, en la desidia conforme compruebas que sus exiguas ideas no dan para transmitir apenas algo.
Anna Soler-Pont se encarga del guión de su propia novela, a la cual también financia -y no dirige ¡por poco!-, proyecto personal de ver plasmada su obra escrita en imágenes de poco fruto y beneficio, camino que abre su andadura en la India, con la desolada sentencia "Es una niña, mala suerte", para resolver la incógnita de la búsqueda en una veloz media hora, sin contratiempos ni tensión, un visto y no visto que deja perplejo por la alelada facilidad, para trasladarse con urgencia a una Barcelona cosmopolita donde, aparte de las hermosas vistas de turismo gratis, sólo encontrarás un gélido y ineficaz como-portavoz-de-cualquier-tipo-de-esencia personaje, inútil emocionalmente, autista en cuanto a difundir sus sentimientos, cansina tartamudez afectiva que demora hasta aniquilar todo rástro de sándalo y esperanza de mejora.
Dudo si el relato en palabra escrita es tan pobre como en fotograma pero, si ya la película no te dice nada, dudo que lo haga su homóloga en papel de la cual nace, nada que resaltar/poco que contar que no sea conocido-ya rodado-ya narrado, pesadez generalizada envuelta de bonito colorido y babiecas sonrisas a quien ni tu más ingenua condescendencia puede aprobar o perdonar.
Torpeza argumental de nula originalidad, profundiza en una inocuidad que es su mayor sello distintivo, error de una naturalidad desganada que asfixia y que no encuentra su química porque nunca tuvo chispa ni ritmo inteligente que mostrar, indulgencia inexplicable en la nota otorgada que atrae tu atención, en un primer momento, para perderlo rápidamente y no recuperarlo jamás.
Ni con sal ni pimienta, ni como entrante ni postre, superficialidad dulce que no alivia las penas pues vive de una debilidad y flojera que gustará a quienes sólo se fijen en el lindo y estético mantel pero sin contenido sabroso que valga la pena en los platos de una cena, cuya memoria apenas se recuerda.
Sensación de cuento bello para almas piadosas que no exigen ni marean, fábula ideal para niños a los que amansar y dormir, sin encanto-sin vivacidad-ni empeño de llegar muy lejos más valdría haber escogido, como Aina Clotet, una película de Nandita Das de Bollywood pues hubiera entretenido con más gusto, energía, coraje y disfrute.
Si tu idea, ya de base, es corriente y no sobresales en las formas ni en las maneras, ¿qué queda?..., sensación molesta de fastidio por la falta de diversión o interés en algo, es decir, aburrimiento de toda la vida.
Cuando encuentras películas tan soporíferas y vacuas de sustancia, de esfuerzo y ánimo impeceptible por transmitir espíritu, o alma, o lo que se tercie que no sea nulidad de insalvable distancia, te preguntas por el placer de tu hobby pues la sesión de cine no ha sido fructuosa y la creatividad de la escritura está siendo arduo costosa.
Resumen..., tuviste, Maria Ripoll, el desafortunado acierto de quitarme, durante hora y media, las dos cosas que más quería; entonces, ¿qué queda?..., sensación molesta de fastidio por la falta de diversión e interés en algo, es decir, aburrimiento de toda la vida.



Hogar no tan dulce hogar

"La perfección es la clave, la perfección lo es todo", tienes razón, Anthony Burns, la teoría está clara pero fallas estrepitosamente en la práctica olvidando que por muy controlada, detallada, precisa y perfecta que sea una escena, ello no te garantiza el éxito de una risa soñada.
Todos los actores coinciden que es más fácil obtener una lágrima del espectador que una sonrisa espontánea, más difícil una carcajada natural que tristeza en el alma, más accesible el drama que la comedia y, no deben ir mal encaminados pues la eterna candidata a novia de América que, desde que dejó su trabajo de enfermera, por aspiraciones mayores, confunde cantidad con calidad, a pesar de su correcto trabajo, esfuerzo y cambio de registro, no consigue ese delirio esperado, esa mueca instantánea, esa diversión y jocosidad urgente como garantía de triunfo de un argumento que se apoya en el absurdo y la excentricidad como base de su andadura pero se excede en las posibilidades de sus pasos, erra en el ritmo y compás, confianza en una fuerza que no domina y que se le escapa, abusa de su inicial propósito de desmadre y locura para quedarse varada a medio camino y ser incapaz de lograr la tan ansiosa perfección de sus intenciones que se quedan en muestra gratuita, sin tentación de compra, pues no hay nada más melancólico que un vendedor que no vende ni nada más penoso que una comedia que se cree delirante y no provoca ni humor ni gracia.
Matrimonio bien conjugado que tiene que enfrentarse a crisis personal que resuelven por el camino rápido, obsesiva-manipuladora-dominante-ambiciosa-controladora-maniosa-sádica ella, una Katherine Keigl, aprobada sobre papel pero no degustada con tono y placer en el plano, como devota madre/amante esposa de un necio, bobo, lelo, débil y dominado Patrick Wilson que, al igual que su compañera y a pesar de la corrección, ahínco y fuerza de voluntad, -a ambos les falta chispa, ingenio y salero pues no todo es recitar el texto-, no logra sacar apenas nada de su personaje ya que, si "la paranoia no es más que estar alerta", aquí el guión y los diálogos, las escenas y planteamiento de las situaciones extravagantes y ridículas pecan de estar a las puertas de la gloria y no entrar, a metros de la cumbre y no coronar, acercarse al cielo y quedarse sin sabor, gusto ni paladar.
Maneja drama chistoso con tintes esperpénticos de gran desatino y no sabe encontrar la sustancia loca y revulsiva, de ilusión que enganche al público en la visión atractiva de lo repulsivo, pretende desenfreno que no causa daño, lujuria sin arrebato ni frenesí, atrevimiento sin emoción, éxtasis o ardor en su excursión y, donde sólo queda la resignación de verles actuar con ganas pero con ausencia de sentimiento y pasión, sin apetencia de acompañamiento ni disfrute del teatro montado, de la bufonada expuesta, su aventura narrativa no consigue salpicar ni una gota de adrenalina o furor, un mirar sin sentir, ni vivir, ni participar, ni perspectiva de que se presenten, ningún fruto ni beneficio que recoger de esta banalidad simple, vestida con traje de disparatado desbarío con poco acierto en su disparate, sin agudeza, fortuna ni talento para escapar a la simpleza de su partida, medio y final.
Su retorcido intento no logra aprobado, sólo la baja del vidente por equivocación de encauzar su torrente de energía y desatino limitándose a payasada de circo sin aplauso ni laurel.
"Te quiero más que a la luna y las estrellas", sólo que ¡ni las ves de lejos!, ni mucho menos, ¡logras alcanzarlas!; al menos Ícaro tuvo la voluntad y osadía de acercarse al son aunque ¡le costara la vida al derretirse sus alas!



miércoles, 15 de abril de 2015

Lo mejor de mí

"Confiaré en las estrellas", lo que viene a decir, en cubierto, que Michael Hoffman no ha tenido la habilidad de sacar lo mejor de él, de tí y de la narración, el don de obtener provecho y fruto sabroso del texto manejado y, ¡ni el cielo ni las estrellas pueden arreglarlo!
Película basada en un relato de Nicholas Sparks -también participa en la producción- quien tiene un estilo propio a la hora de diseñar sus historias, que se repite en todas ellas, pues es fórmula de éxito garantizado donde no se altera ni una coma de lo previsto y, con una legión de fans y seguidores de sus escritos asegurados; otra cosa es que el director osado que decide transformar sus románticas escenas, de cándidas palabras, en preciosas imágenes de fotografía soñada, tenga que ser fiel a todo el conjunto o pueda innovar, añadir o quitar a su gusto para que, en pantalla, ésta no resulte artificial, lela, pedante, soporífera, etérea sin pasión, energía ni motivación que pueda evitar un letargo de fotogramas que transcurren pero no te dicen nada, que se observan desde la frialdad y distancia de escuchar sus diálogos y confesiones de amor eterno y, ni fu ni fa, cómodamente neutro y arbitrario a verlas venir, a proseguir como se complica la vida en su devenir y desenlace.
Porque, no hace falta dar tantas vueltas, mareos y giros previstos, desde millas antes de su aparición, para relatar una historia de amor que guste y complazca al espectador ya que, de antemano y sobre aviso, gracias a la sinopsis y tráiler, sabes que discurrirá por la maravillosa estela de "El diario de Noa" que, por otra parte, es lo que quieres y por dónde empieza sólo que, llegado un momento, empieza a marear la perdiz y rallarse ella sola para saturar al vidente y que ya le de igual una resolución que ya ha perdido toda la magia, deseo y apetito de compañía en su aventura.
Más no siempre es sinónimo de mejor y, mayor duración, sólo es garantía de pesadez y fiasco cuando has abandonado toda posibilidad de conexión y empatía, de sentimiento o fervor ya hace tiempo, a medio camino, donde todavía existía alguna opción de enmienda y reparación que se desvanece conforme añade capas y capas estériles que aportan cansancio y desgana, más el añadido de una pareja adulta protagonista -más comestible la joven pareja-, cuya química entre ambos, brilla por su ausencia, a pesar de su esfuerzo por obtener algo de partido e interés a sus personajes -es desesperante ver a James Marsden en un papel tan insustancial, en principio, reservado para el desaparecido Paul Walker-, amén de la falta de credibilidad de sus emociones y la anulación de una confianza, pérdida por asfixia de no hallar acomodo factible que invite a soñar, por no mencionar el desfase y cambio de avituallamiento de cara, expresión y físico al variar de época y edad.
Forzada y rebuscada, ficticia e inútil en su muestra de un romanticismo buscado y querido, sólo cabe conformarse con una buena fotografía de cuento de hadas, aunque ésto, se parezca más a contar ovejas que otra cosa, para dormirse rápidamente.
La inocente condescendencia inicial para ver por dónde anda y cómo se maneja se irá evaporando, poco a poco, hasta anular todas tus ilusiones y esperanzas, desfallecimiento inevitable del que nadie te defiende pues tu paracaídas, a pesar de ser un salto programado, medido y seguro, no se ha abierto y te has pegado un soberano golpe de cuyo fiasco nadie te compensa, consideración desdeñable donde no queda más remedio que admitir ¡ya no puedo más!, ¡has agotado mi paciencia!, ¡has acabado con lo mejor de mí!
Idílico jardín, de bellos tulipanes y flores varias, que no da para digno romance de estancia memorable pues, hasta las abejas, cansadas, se han ido en busca de polen más nutritivo y acorde.  



martes, 14 de abril de 2015

La ignorancia de la sangre

"Me han obligado a pensar, ha sido humillante pero también estimulante"; el estímulo lo consumió todo el funambulista Robert Wilson -en cuya obra se basa el presente filme-, ideando su aturdido escrito, por tanto, al público receptor, usado de diana para tiro al blanco, sólo le queda la humillación de pensar y pensar y, volver a pensar y no sacar ni para migaja de manjar.
Porque, hay dos clases de películas en las que quedas meditando y discurriendo, una vez, su relato a finalizado, las que dejan huella profunda por su magnitud y coherencia y las mareantes e incomprensibles, que juegan a dar vueltas en la noria decidiendo, al paso por salida, quien baja y se incorpora cual mago que, ante agotamiento de recursos, saca ases de la manga que adorna con explicación estrafalaria para distraer al personal y que nadie percate el desmadre de argumento, el caos de guión, el corte cuadrado de diálogos ingenuos, la incredulidad escénica, la bobada de explicación y la bonachona resolución para contentar a los que todavía, a fuerza de voluntad y resistencia, siguen al pie del cañón esperando que este Indiana Jones detectivesco, en busca de niño perdido -no damos para arca-, ofrezca algo sabroso que degustar.
Y, cómo va a ser eso posible si, Juan Diego Botto, se encuentra asfixiado e impotente ante un personaje que está en todas partes para no importarle a nadie, ocupado en marear al espectador con lástima de quien se esfuerza, pone ganas y no obtiene nada, enamorado de una Paz Vega fría, distante y áspera, como nunca antes había visto -y mira que ¡su carrera está llena de fiascos donde elegir!-, de un Alberto San Juan que se conforma con cobrar pues ¡qué más puede hacer con lo dado!, de mafia rusa de señuelo que oculta a un español lelo usado de distracción, de reclutamiento islámico terrorista que aporta la incertidumbre de mi abuela jugando al parchís y, una tensión generalizada que está tan ausente, pérdida, anulada o nunca encontrada que..., o te da por reír ante tanto ahínco y empeño malgastado o te da por adivinar que se había fumado Manuel Gómez Pereira durante su filmación.
Porque, pocas veces puedes encontrar tan nula adherencia dramática, tanto cliché teatral vacío, tanta rigidez alámbrica sin emoción, una representación sin contenido apetecible que comienza por capítulo estandar, de serie de moda, para acabar buscando fingir lo que nunca existió pues su altanería de miras es tan infructuoso como su rapidez y velocidad de cambiar de mesa, mantel y comensal de acompañamiento aunque, ninguno de ellos, de para mucho.
Aparte está la función cómica y chistosa -no se entiende de otra manera tanta torpeza- de los fotogramas de acción, tiros, amenaza y temor, todo un escalofrío de despropósito mal elaborado y ridículo cual función de novatos de colegio con pocos recursos al alcance, sólo que con menos ostentación, presuntuosidad y confusión insostenible que..., ¿qué mas da?, que mueran todos y vamos al feliz plano final.
"Nuestra paciencia no es infinita", la de los demás tampoco y aquí, se pone a prueba a cada minuto transcurrido siendo, su gran tristeza, que con menos pretensiones y más coherencia, menos barrullo y más sencillez, más saber dónde vas, conocer tus límites y no tratar de ir más allá, el bofetón no hubiera sido tan descarado y algo se hubiera obtenido de ella pero, claro que si ¡hasta los responsables y participantes de esta película eran conscientes de la banalidad ofertada!
No sólo han ignorado la sangre, su trabajo y al espectador sino que han forzado, en exceso, una máquina sin sentimientos, adrenalina o vigor, a partir de ahí, ¡que viva el circo y el espectáculo continúe! aunque dudo, Freddy Mercury, pensara en esto cuando escribió su mítico "Show must go on".



lunes, 13 de abril de 2015

El capital humano

Fina línea de separación entre caballo ganador y perdedor, haz tu apuesta pero ¡ahórrate el lamento y las penas!
Capital humano, cálculo realizado por las aseguradoras sobre el valor de una vida humana fallecida taniendo en cuenta su edad, trabajo, posición económica y perspectivas de futuro, que hubiera experimentado, acorde al porcentaje de tiempo estimado de existencia por probabilidad estadística, según salud se tenía, fórmula estandar para convertir a euros la esperanza frustrada de un alma que se detiene bruscamente, sin posibilidad de continuar su marcha, experiencias físicas y anímicas que nunca se tendrán y que deben presentarse a los familiares, en dinero contante y sonante, para compensar la pérdida emocional de su ser querido, balanza capitalista que pone precio estimable a una vida humana, sencillo, práctico y ¡a continuar!, que el mercado económico no se detiene por la falta de un peón ¡sin más!
Una ley conocida/no escrita -o puede que sí, ¡vete tú a saber!- dice que si alguien llora/otro reirá, que si uno pierde/el de enfrente ganará, que si una mariposa bate sus alas en Australia, hay un tsunami en las islas Howland o terremoto en Nueva Zelanda ya que, desgraciadamente, una moneda tiene dos caras que nunca se tocarán pero, de por vida, se necesitarán; por tanto, ¿quién quiere ser la cruz pudiendo ser la cara?, ¿por qué no ser de los que se llenan el bolsillo?, ¿prefieres derramar lágrimas o lucir amplia sonrisa?, ¿hay lugar para la moral cuando hay que llenar el estómago, pagar la hipoteca y la obstentación preside la mesa?
Paolo Virzi traslada este relato de Connecticut, Estados Unidos, a la Italia milanesa -actualmente, cualquier país valdría- y expone el teátrico rompecabezas social en tres actos..., Dino, posición media que aspira a codearse con la clase alta y vende a quien haga falta..., Carla, mujer sin coraje de abandonar el sillón ejecutivo de su marido y muy ocupada ocultando su frustración, soledad y carencia afectiva de ficticia familia montada..., Serena, joven enamorada que encuentra su acomodo en una escala más baja y que no abandona ni traiciona a quien quiere y protege hasta donde haga falta, presentación fotográfica de una sociedad falsa y cínica donde unos se alimentan de la desgracia de otros y que gira en torno a la resolución de una intriga -atropello, de apertura de filme, de un ciclista en el cual, por desgracia, no se incide con mayor profundidad sobre la persona anónima afectada-, donde los tres personajes acaban chocando y estrellando su crisis, desesperación y amargura individual.
Reconoces todos los personajes, te son cercanos y familiares, cada uno expuesto sin pudor, con elegancia y bien perfilado en su escalafón correspondiente, claridad y pulcritud que permiten una lectura nítida y clara de cada uno y del contexto entero sin posibilidad de error o equivocación en su otorgado asiento, comodidad que permite una visión atractiva y entretenida sin involucración excesiva pues no hay mezcla de roles, contaminación de sentimientos ni perturbadas emociones que te hagan dudar de quién es quién o confundir el terreno por el que, la suerte natural repartida, le lleva a desfilar.
Todos sufren/todos engañan, todos padecen/todos mienten y, el que no sepa o aprenda, su sensibilidad e inocencia le pasarán la cuenta, falsedad e hipocresía para sobrevivir si quieres la mansión, el 
chofer y las vacaciones en la costa/si prefieres tranquilidad de mente, pureza de corazón y espíritu de conciencia a resignarse y superar dificultades, imposible nadar en las mismas aguas, unas cristalinas/otras casi secas, cine emocional hecho con gusto, clase y distancia que se acoge con simpatía, se consume con facilidad, se deja sentir, querer y apreciar en todo su estilo con buena nota y un sabroso recuerdo de gusto grato, estima sin complicaciones dado su inteligente formato sencillo y sin grandes remordimientos que atribuir al resultado.
No mezcla, sólo define, expone los jugadores e inicia una pequeña partida acorde a la posición de cada cual -cada uno a su lado y que aguante su palo-, si lo haces con astucia, coba y codicia a pasear traje, corbata y sonrisa falsa/si escoges la ética y honestidad, allá tú con tu integridad.
Sobrio retrato de la frialdad de una actualidad con su locura de purgatorio y paraíso deshonrado, gustosa lectura de intensidad media y abrazo decoroso donde, que se vea el plumero, no estropea el elegante y hermoso vestido llevado con la suciedad del polvo levantado.
No todos somos iguales, ni por dentro, ni por fuera ni a escala media, diversidad de identidades que puede que se rocen pero, nunca, nunca, se funden ni anexan.