martes, 20 de octubre de 2015

Hitman: agente 47

"Agente 47" narra la historia de un asesino de élite que ha sido genéticamente alterado para convertirse en una perfecta máquina de matar. Su objetivo es acabar con una gran corporación que planea desvelar los secretos de su organización secreta. Para ello, forma equipo con una joven.


¿Dónde están las llaves?, matarile, rile, rile, ¿dónde están las llaves?, matarile, rile, ro, chimpón; aquí sería ¿dónde está mi padre?, matarile, rile, rile, ¿dónde está mi padre?, matarile, rile ¡por favor!, y una vez encontrado, ¿para esto tanto jaleo?
“El mundo es un lugar peligroso”, incluso para gente tan lista, inmune, de capacidades innatas y diestra sabiduría para salir del paso pues son agentes programados que, a simple vistazo de pájaro, hacen coordinada lectura de la situación; calculan riesgo, habilidad de acción, rapidez de ejecución y porcentaje de éxito, si le tocas su mano ¡ya ni te cuento!, añadimos sus super recuerdos de toda una vida y ya es, en concreto ella -deseoso objetivo de todo el que participa en la cinta-, ¡la mejor entre las mejores!
“Tus centros empáticos han sido suprimidos”, ¡no me digas! “¿Crees que puedes elegir?”, no estoy segura pues ¡estoy viendo esto! “No puedes escapar de lo que eres”, es por eso que eres ¡tan insustancial y malo!” Te equivocas”, ¡ah!, entonces simplemente es que tu argumento es de pena ¿no? “Determinamos quienes somos a través de lo que hacemos”, lo cual, visto lo visto, confirma lo penoso del trabajo realizado; ejemplos, en tono irónico, de la bazofia de enseñanza que se suelta y se quiere colar mientras se corre, dispara, corre de nuevo y usan los puños en lugar de las armas, para variar, aunque, lo que no cambia es una sintonía muy repetitiva y conocida, que no mejora ni sobresale, en nada, lo visto anteriormente.
Porque no te dice nada, es un desfile de figurines que ni te altera, entusiasta o amedrenta, pelea fofa, sin contenido interesante, entre rivales que no poseen chicha ni salsa y, no me vengan con que ¡es cine de acción!, que sólo hay que correr, dar, saltar y ¡esquivar las balas!, porque todo ello lo hacía Bourne -y muchos otros, pero pongo el ejemplo de uno de los más diestros- con más arte, pundonor, esmero y gratificación para el complacido espectador.
..., y extiendo los brazos y mato a todo quisqui, y no siento dolor, ni tristeza o emoción que le acompañe, mi fortaleza se refuerza a través de la debilidad de los otros, saber leerla, adelantarme y aprovecharla, es mi misión, meta y empeño pues ¡siempre cumplo con el contrato firmado!..., y todo suena a numerito fantasmagórico sin gracia, con excesivo banalismo y ¡muy poco acierto!
Aunque la verdadera incógnita es ¿por qué el agente 47 no tiene pelo?, ¿se olvidaron de hacerle el injerto?, pues los demás lucen ¡estupenda cabellera!, aunque lo que redondea su personalidad es su escogida forma de dormir, automático descanso exclusivo que desconecta y activa su hermetismo según necesidad del momento y, por supuesto, siempre impecable de traje y corbata que, a la que te descuidas, hay que conducir un lujoso y espectacular ¡audi!Y ya puestos, ¿no habría que contar la historia de los restantes 46, a ver si resulta más interesante?, cosa nada difícil, por cierto.
El videojuego en que se basa la película debe estar ¡que trina!, debe estar que se tira de los pelos ¡que no tiene su agente!, pues es tan barata, cutre, anodina y deficiente su último representante para el celuloide que ¡más valdría lo hubieran dejado en paz y tranquilo en su consola!, en vez de marearle con tanto ajetreo -de buena ambientación visual, todo 
sea dicho- que no lleva a ninguna parte excepto a agotar a una audiencia, poco satisfecha, que se aburre con una historia sin contenido ni propósito, excepto pasar el rato imitando torpemente lo que ya se ha realizado, en tantas ocasiones, con mucho más estilo y grata apetencia.
Hitman, agente 47, equipo con buenas intenciones -entiendo-, buscando taquilla descaradamente, pero de conjunto y logro indignante; sinceramente, no vayas al cine, espera al dvd y, aún así, resérvala para ese momento tonto donde cualquier cosa vale y quieres  ver sin pensar; consejo de elección para evitar lamentaciones posteriores.
Golpea, lanza la bola pero falla, estrepitosamente, en la jugada; partido perdido..., y paso de concluir anulado y que se pueda ¡llegar a repetir el mismo! Esa posibilidad si que hay que ¡descartarla!, ¡definitivamente!



lunes, 19 de octubre de 2015

Marte

Durante una misión tripulada a Marte, el astronauta Mark Watney es dado por muerto tras una terrible tormenta y abandonado por la tripulación, que pone rumbo de vuelta a la Tierra. Pero Watney ha sobrevivido y se encuentra atrapado y solo en el hostil planeta rojo. Con suministros escasos, deberá recurrir a su ingenio y a su instinto de supervivencia para encontrar la manera de comunicar a la Tierra que sigue vivo.



Marte, el planeta rojo, color que te vas a cansar de observar, en unos bellos y maravillosos paisajes y planos que estimulan la cercanía, comprensión y querencia del personaje.
Primeros 10 minutos, con la emoción y tirantez justa pues ya sabes lo que pasa, el afán de venta, publicidad, la sinopsis y su tráiler evitan la sorpresa exquisita de descubrirlo “in situ”.
A partir de ahí, alternancia de fases; la melancólica, de bajón previsto, dura poco, rápidamente coge fuerza, se pone las pilas y a idear, darle al cerebro y a contar soles.
“Sol 21. No voy a morir aquí”, clara declaración de intenciones y de guerra contra un hermoso planeta que se convierte en su horrible pesadilla, difícil y ardua encerrona a la cual sobrevivir o escapar.
Y, sorprendentemente, su rutina de supervivencia se lleva con ánimo, ganas y énfasis de seguir, con placer, acompañándolo en su camino, de observarlo con meticulosidad en su día a día gracias a su toque de humor, ingenio, música pegadiza y optimismo a raudales que inunda toda la atmósfera, a pesar de lo extrema y viciada que está ésta.
“Así que ¡he colonizado Marte!”, parte de la ironía, gracia y vacilaciones de quien está solo hablando con la cámara de una pantalla -Tom Hanks lo hacía con una pelota y Will Smith con su perro, ¡vamos mejorando!- mientras sigues impresionado por la tecnología exhibida,  la veracidad de lo mostrado y la parte científica y biológica, donde te pierdes sin remedio, pero que complace de escuchar, asimilar y ver. 
Y siguiendo con la guasonería, desenfado burlón de este McGiver martiano, -un profundo, empático y sentido Mat Damon, el espíritu y alma que mantiene todo el estilo y atractivo de la cinta, simpático, seductor y con delicioso gancho para conocerlo, 
apreciarlo y no perder un ápice de interés por sus movimientos, acapara tu atención y sentimientos por igual-, la pregunta que ronda en el aire y que nadie contesta es ¿de cuánta cinta aislante se dispone en el planeta Marte?, pues ésta parece inagotable y ¡siempre disponible cuando se la necesita y requiere!
Y, puestos en avance, entre los solitarios cómicos  de un “Mark Watney, el pirata espacial”, que le da mucho al coco y pensamiento para dilucidar que “haga lo que haga, soy el primero en hacerlo”, y la tensión y desesperación de los de aquí, la segura Tierra, por llegar hasta allí, la lejana Marte -lección de Barrio Sésamo, con complicaciones de astrofísica que, en lenguaje mundano se entiende, pero difícil si tienes que volver a explicarlo con tus propias palabras-, tenemos la llegada del “sol 561”, misión de rescate y ¡a por todas!, a tirar los dados y esperar que la jugada salga bien; y ahí llega el nerviosismo, sufrimiento e incomodidad pues, a pesar de lo llevadera que resulta para su larga duración, ya llevas dos horas y pico sentado y no dejas de cambiar de posición, lo cual va de perlas con el ansia, temor, incógnita y tirantez del resultado, por venir, de toda la empresa.
Y sales contento, impresionado y satisfecho de las sensaciones vertidas, el dúo Damon/Ridley Scott funciona magníficamente, saben aportar esa alegría, positivismo e inteligencia de reflexión óptima a una situación futurible muy veraz y creíble donde evitar caer, hondamente, en la ruina y desolación anímica; la menciona y saborea, pero no incide en ella.Una deliciosa aventura en el espacio, de espectacular fotografía, divertida, entretenida y agraciadamente amena, solvente y disfrutada de principio a fin; en profundidad no sobrecoge, aunque te atrapa y no te suelta.
Ciencia ficción comercial de conjunto impresionante, ambas partes cumplen sobradamente con su cometido, sobria y sólida la explicación técnica, eufórica y atrayente la humana, no abusa de ningún lado y logra un equilibrio armónico de delicioso placer.
Con datos numéricos que te se escapan, sólo sabes que ahí está, el ser humano que se supera en los momentos de crisis, que no desfallece ni abandona, por duro que sea el contexto y la situación, y que sabe utilizar su inteligencia y conocimientos para resolver problemas.
Te va a gustar, sin más; es animada, cordial, resuelta y próxima, a pesar de los hostiles millones de kilómetros que dista de ti.
La soledad de quien nunca estuvo solo, pues se tenía a si mismo y a su ilusión, coraje y esperanza, a su fuerza de voluntad y resistencia mental. 
Y, por fin, el color verde, fruto de aquello que se cultiva, crece y recoge...,
..., y la animada melodía de fondo como genial despedida. desde Donna Summer a Abba, pasando por los Stones y la potente “I will survive”, toda una firme proclamación de pretensiones.
¡Los 70 y 80’s en Marte!, ¡para que sepan cómo se las gastan los humanos! 
La magia del cine sigue funcionando.






domingo, 18 de octubre de 2015

Slow west

Jay es un joven aristócrata escocés que, en pleno siglo XIX, llega al viejo Oeste americano para emprender un viaje que le permita reunirse con la mujer que ama. En el camino se cruza con un misterioso y tramposo forajido, que se ofrece a acompañarle en su aventura. 


“¿Qué noticias hay del este?, de violencia y sufrimiento. ¿Y del oeste?, de sueños y de fatigas”, y acaba convirtiéndose en pesadilla de tormento cuyo destino es imposible evitar, por mucho que te escondas, por lejos que vayas te encuentra, atrapa y sentencia, juez involuntario que precipita las cosas colocando a cada uno en su lugar, merecido, injusto o sin determinar, todos señalados, todos en el saco.
“Hay mucho más en la vida que la supervivencia”, lección aprendida de un ángel caído, de espíritu verdadero y corazón cálido, a un demonio al alza que perdió su esencia y endureció todo lo que pudo su interior, que se encuentran, para utilidad mutua, en una ruta peligrosa de constante acecho para las cazadoras hienas que no descansan en su voracidad de sangre y ansiedad por carne humana, poco diálogo, violencia latente, humor esquivo, conjunto irregular, según momentos, que junto a su hermosa fotografía viviente conforman un cuadro arriesgado, salvaje y muy negro para una compañía áspera, de seca comunicación que habla sin expresar y transmite escondiendo sus más rudas, ácidas y poderosas emociones.
No es fácil de querer ni sencilla de digerir y estimar, como el mejor Eastwood o los especialistas Coen, necesita abierta aptitud de tu parte, detalle de considerar sus bellos logros en esta mezcla feroz e inquietante, reposada y soñadora, de sentimientos correctos dirigidos hacia la persona inapropiada, carambola de un azar caprichoso que une de extraña forma, y remata de otra aún más confusa y curiosa.
Latente oscuridad para claros amaneceres a quienes siguen espléndidas puestas universales, su aprecio es para público escogido, no para todos vale, su degustación será exquisita para unos, un muermo para otros, divergencia de opinión difícil de cuadrar pues es lo que tiene este específico género de sello 
tan marcado, encanta a quien ya gustaba pues conoce de antemano la característica de sus pasos, cansa a quien la elige a ver qué halla y no sabe acompasar su respiración, ni disfrutar de su deleitoso ritmo.
Peculiar western para un novato de la dirección, John Maclean, experto músico, que aparca dicha labor para adentrarse de lleno y con estupenda nota en el mundo del cine, lenta, desabrida, se suda su desierto, fatiga su camino, se afianza la amistad masculina en su búsqueda de meta común por razones equivocadas, un atributo a chico bueno que salva al descarriado de su errónea elección para acomodarle en la recompensa de quien tribuna con buena fe y se esfuerza en ello, personalidad no siempre sentida con el mismo entusiasmo pues puedes ir de un entretenimiento acorde, a un sopor que no se alarga gracias a su corta duración. 
Sobrio rodaje para personajes que dejan en el aire gran parte de su consistencia, tenue en el contenido se esmera más en el encuadre escénico que en el interior del relato, presentación suprema para un corto relato, justo en su alcance, que sirve como anécdota anticipada de lo que se puede esperar de este nuevo candidato a escribir y manejar la cámara.
“Llevar un vestido no te convierte en dama”, y una película, de gran logro técnico e ilustre presencia, te reseña como posible excelente guionista y perfeccionista de la dirección aún por llegar pues, aquí ofrece únicamente una menudencia de lo que, más adelante, se espera realizará ya que, sinceridad por delante, tampoco hay porque negar que la presente obra es breve, floja y con necesidad de misma fuerza y carácter en las formas y portada, que en el interior de lo que se cuenta, donde claramente cojea.
Solidez, no sólo en su presentación y panorama, tambien en la intimidad de lo narrado.
Slow west, oeste lento, puede que en exceso pues necesita dotar a sus intérpretes de mayor carisma y carácter, interés e intensidad por saber de ellos, y lo que tienen que contar, si quiere ralentizar tanto el espacio y que no surja, en mayor o menor volumen, la desgana.
Tiempo a las ideas que llegará, pues por buen camino va.



sábado, 17 de octubre de 2015

Requisitos para ser una persona normal

María de las Montañas es una chica de 30 años a quien la vida no le sonríe: no tiene trabajo, la han echado de su piso, no tiene pareja y vive distanciada de su familia. En una entrevista le preguntan qué tipo de persona es y, al darse cuenta de que no cumple ninguno de los requisitos para ser considerada "normal", se pone manos a la obra para convertirse en eso: una persona normal. 


“Y digame ¿qué tipo de persona se considera usted? Una persona normal..., aquella que tiene un trabajo, una casa, una pareja, aficiones, vida social, vida familiar y que es feliz”, alega una protagonista, Leticia Dolera, también directora y guionista, que sabe expresar con simpatía e ingenio, gracia y curiosidad esas cuestiones diarias, pensamientos taciturnos que nos atormentan y acechan a cada momento, según minutos y segundos del día.
Espléndido y esmerado trabajo, de resultado gratificante, para ser su primer intento pues con modestia, buen humor, ligereza y activo ritmo, que desciende en ocasiones para remontar vuelo y regresar a la senda de la sonrisa amable y cariño grato, se gana a la audiencia con su osadía, destreza y carácter de narrar lo normal siendo diferente y único.
“¿Por qué quieres ser normal?”, si no lo eres, si yo no quiero serlo, si esa mayoría que se incluye en dicho catálogo tampoco lo es, si sólo finge serlo..., estilo por alternancias escénicas, comicidad lograda por intervalos, bonanza como estructura media y encanto como estandarte de liderazgo, la susodicha cabecilla demuestra mucho arte, carácter y potencia en la presente muestra, con tendencia obvia de seguir haciendo buenas propuestas y sugerencias en el futuro.
Esta primeriza en la directiva y escritura, más 
veterana en la interpretación, presenta todo un convencionalismo romántico con originalidad de pasos y delicia de retratos, una fotografía humana de la sociedad y las personas que destila buen rollo, gusto y acierto de atrapar y deleitar a la audiencia sin presentar nada nuevo.
“¿No tienes nada que te disguste?, pues que suerte”, no te equivoques, no es azar, es inteligencia de saber hacer las cosas, cómo llevarlo a cabo y de rodearse de acertados secundarios que forman un conjunto ameno, cordial, con algún bache por el camino pero, en redondo, una satisfactoria andadura que merece todos los halagos y alabanzas vertidas hacia ella pues entretiene con facilidad, te hace pasar un rato agradable con sencillez, te alegra la velada sin apenas notarlo y tus labios están en constante tendencia a la moderada risa introvertida, junto a un estado corporal confortable y jovial y un espíritu contento gracias a un argumento agudo, que con perspicacia ofrece una lectura social gustosa y divertida, ocurrente y mañosa, que por momentos pierde fuelle, pero recupera su ave fénix para seguir danto alto y claro sus diestras notas.
Requisitos para ser una persona normal, “¿esta lista es fiable?, creo que no”, así que trabaja de galleta de perro, vive con tu madre y hermano, se la samurai, mira culebrones con la abuela de tu amigo y deja de engañarte y muestra quién eres, invéntate a cada paso pues no hay marcada ruta y elige según emociones y apetencias, pues éstas no se equivocan, y las listas son para mercadona ya que, cuando te miras al espejo, sola con tu reflejo estás, y de nada sirven la falsedad, aparentar o simular la dicha, pues de tanto perseguirla, no has sido capaz de apreciar que ha estado a tu lado todo el rato.
La felicidad, objetivo a alcanzar por todos, no necesita de tantas complicaciones pues, el acceso a ella es más simple de lo que creemos.
Excelente sorpresa que te deja con fantásticas sensaciones; cuando la materia es buena, se observa en el proceso y resultado.
Habrá que estar atento a la próxima idea, fresca y rítmica, de ¡esta chica!



viernes, 16 de octubre de 2015

Nightingale

David Oyelowo interpreta a un veterano de la guerra de Irak que invita a su casa a cenar a un antiguo compañero de combate, y cuyos problemas psicológicos se manifestarán en el transcurso de la velada.



Se ha abierto la caja de Pandora, tránsito hacia la rabia, ira y barbarie de quien no controla más sus emociones.
Un único personaje, las cuatro paredes de una casa y el delirio de su mente, inestabilidad que queda patente desde la primera toma y, a partir de ahí, la caja de Pandora entra en escena, libertad total a la locura mental, a la demencia enfermiza, al incesante monólogo de su cabeza consigo mismo, perturbada declaración de intenciones de quien vive bajo el yugo de su tormento y tiene una única obsesión, el encuentro y cena con su leal y eterno amigo, compañero de armas del ejército en quien siempre poder confiar.
Sólo que, cuando la ideal fantasía se derrumba, su ansiedad, devoción e inquietud van en aumento, una masacre mental de si para si mismo que acapara toda la pantalla, conviertiendo al espectador en esa cámara web a través de la cual se confiesa y narra su distorsionada aventura.
Excepcional David Oyelowo, cuyo enfoque constante de la cámara le juzga sin descanso ni escondite, envite del que sale con buena nota pues es su expresividad facial, su alternancia locutoria y su credibilidad del personaje lo que le encumbra al aplauso y reconocimiento de su magnífico trabajo realizado.
El guión es el verdadero artífice y protagonista, esa larga conversación con el público para dar a conocer la lógica desequilibrada de quien razona para su propósito y se desmorona al no cumplirse las ilusiones y esperanzas volcadas en el mismo, los efectos colaterales de participar en una guerra y estar en primera fila de combate expuestos con sencillez, picardía y con una claridad reflexiva e interpretativa donde es fácil y gustoso observar el vaivén psicológico de quien vive en su mundo para el solo.
Desnudez emocional visionada a través de la mirada, voz y movimiento corporal de James, hijo/hermano/vecino/amigo perdido en su conflicto pensativo, de instantáneo estallido emocional, que se debate entre la luz de su raciocinio y la sombra de su interioridad herida, complejidad patente que se absorbe completamente y que, los primeros 45 minutos, te mantienen al acecho e interés de esta víctima asesina, inocente y culpable por igual, que como hámster en la rueda de su jaula, da vueltas y vueltas esperando el gran momento de su cita, esa delicada preparación exhaustiva que da sentido a su existencia y a la que se coge como fuego ardiendo, por profundo y ascendente que sea el drama que gira a su alrededor.
A pesar de todas las alabanzas vertidas, llega un punto en que la novedad y atrape de su presentación y camino se transforma en reiteración que disminuye, levemente, la observación y curiosidad de este demente Quijote contra el mundo, y contra esas fuerzas que impiden su reencuentro con su añorado Sancho Panza; en cierto momento, el entusiasmo y énfasis de sus cavilaciones se reducen por monotonía de quien no avanza y está estancado en el mismo tema, esa seducción por su paranoia de objetivo a cumplir, en la más absoluta perfección detallista, atrae pero, llega a saturar y causar cierta recesión temporal 
donde ya no alienta tanto indagar en el estropicio cerebral de este Hamlet de la guerra de Irak para, posteriormente, dejarte en la oscuridad final sobre su último paso, para que seas tú quien invoque la conclusión resolutiva.
Apropiada duración para mantener la perspectiva el mayor tiempo posible, tener un mínimo descanso pasada más de su mitad y que remonte la apetencia en su último tramo, discreción para un rodaje sobrio y sereno, una interpretación penetrante y un argumento que sabe llevarte de la mano por donde quiere; drama psicológico, que con modestia y gran arte, se deja ver para contemplar los estragos y desvaríos de una persona sana tras su paso por un conflicto bélico.
Vivencia, de una excelente obra de teatro, a través de la pantalla; te gana, nutre y eclipsa.



jueves, 15 de octubre de 2015

Ciudades de papel

Quentin es un joven con mala suerte en el amor que, una noche, se topa con su legendaria, inalcanzable y enigmática vecina Margo Roth Spiegelman en la ventana de su cuarto. Por si no fuera suficiente, le convence para una difícil misión: vengarse de todos aquellos que le han hecho daño. Al día siguiente, con Margo desaparecida, Quentin se ve obligado a digerir lo sucedido y empieza a buscar pistas sobre ella.



Piedra, papel o tijera, la piedra vence la tijera rompiéndola, la tijera vence al papel cortándolo, el papel vence a la piedra envolviéndola; cerrado círculo, aquí roto, por la falta de aptitud y habilidad de esta ciudad de papel que ni atrapa ni involucra.
La he cogido con ilusión y ganas, bienvenida de querencia y grato abrigo de recordar y revivir ese cine de antaño, de esos maravillosos institutos de los 80 y 90 donde enamorarse, vivir aventuras y tus colegas eran lo más importante, ese despertar a la pubertad, perder la inocencia y arriesgarse a transgredir las reglas, básicamente a experimentar esa noche que intuyes será, por siempre, ¡la mejor cita de toda tu vida!
Sólo que tanto entusiasmo pronto se desinfla y queda en apenas nada, pues como afirma la propia protagonista, de un especial juvenil de ¿quién sabe dónde?, “las cosas de cerca son más feas”, y este argumento pierde fuerza y vitalidad conforme rueda y pasan los minutos, según esa ciudad de papel se convierte en fantasma objetivo al que te da igual llegar, en el cual, seguro, no deseas volver a indagar, no por mala visita, sino por aburrida y desganada.
Y duele el comentario porque expone un clima adolescente atractivo, gustoso en el cual penetrar y fisgonear, porque la propuesta apetece y se acepta con la gratitud de esa disposición a gritar ¡a quién le 
importa!, mientras ríes con los amigos, y mientras vives, a través de ellos, esa locura que nunca hiciste, esa valentía que nunca te planteaste, ese descubrimiento de madurez que tardó años en llegarte.
Porque es lo que promulgan y explotan estas cintas de vecino tímido y buen chico, enamorado desde la infancia de su rebelde vecina, la reina de la promoción, que, de repente, tras años de ignorancia, se acuerda de él para convertir, esa nocturnidad espontánea e inhóspita, en el paraíso de la vivencia, la cumbre de sus sentimientos y el súmmum de la enseñanza que ofertar, en esa narración que supone su voz en off de fondo. Y acudes con bonanza y placer a este recetario de jóvenes comprobando, “in situ”, el mundo y lo que este tiene dispuesto, para quien corra el riesgo de participar sólo que, no alcanza tu espíritu, su buena voluntad, risueña sintonía y cándido propósito no trascienden tu piel ni encandilan a tu corazón; es más, te vas apagando al son de su tenue y fofa evolución, reconociendo todos los convenientes ingredientes para una velada cordial y plácida que, de tanto excedirse en su parsimonia de mucha bonanza/escasa fuerza, pasa a transformar su buscada amenidad, en atención distraída e interés reducido a mínimos por parte de la concurrida audiencia.
“Es peligroso creer que una persona es más que eso”, subirla a los altares como trofeo a alcanzar hace que te pierdas los milagros próximos que tienen lugar cerca de ti, la obsesión en un punto fijo hace que no aprecies ni valores los demás, pero aquí su sermón filosófico al mundo se acepta en su teoría de sinopsis escrita aunque, por desgracia, pierde puntos, fuelle y carisma al tiempo que se pone en práctica y se va desenvolviendo; no brilla, no seduce, únicamente narra y, simplemente, esta acción no es suficiente para pretender y ansiar su compañía.
Ese primer amor, deseo luminoso que activa la vida, que estuvo más en mi cabeza que otra cosa, ensalzado hasta esa imposible perfección que lo hace inaccesible e intocable, belleza de mis ojos, destino diario de mis pasos, cómo alegraste esa época ¡sin tú saberlo!, enamorada según mi conocimiento ingenuo, feliz desfilaba con sólo coincidir con tu mirada, venerable afán que cobraba sentido en ese cruce calculado de pasillo, en esa lejanía del patio donde un ¡hola! tenía un precio muy estimado..., divina pubertad !que todo lo magnifica¡
“Adolescere”, que está activo, que está creciendo, sólo que, nuestro presente mancebo protagonista, no logra eclipsar con sus sueños ni fascinar con su investigación y peripecia emprendida, cálidas buenas intenciones que se observan sin efecto notorio pues su nostalgia narrativa no aporta emoción, ni magia, ni morriña.
Basado en un manuscrito del mismo autor que “Bajo la misma estrella”, del éxito de ésta se entiende se haya llevado la presente a la gran pantalla, cálculo de taquillazo que no asegura su triunfo, respeto y aprecio; hecho comprobado.




miércoles, 14 de octubre de 2015

Lejos de los hombres

Argelia, 1954. En medio del duro invierno, Daru, un profesor francés recluido, debe escoltar a Mohamed, un chico acusado de asesinato. Perseguidos por hombres que reclaman la ley de la sangre y por colonos revanchistas, los dos hombres se rebelan. Juntos lucharán para recuperar la libertad.



“Si te roban tus granos, mueres”, tan sencillo como eso, más si tienes toda tu familia a tu cargo, pero al tiempo complicado y sin escapatoria pues estás entre la espada y la pared, si te defiendes malo, sino mismo resultado, la única cuestión es si eres hombre de palabra y honor, de coraje incuestionable para poner fin a la cadena de vendetta de sangre que, sin remedio, se emprende y que ésta finalice en ti ya que, “no se puede escapar de la ley”, sentencia firme y categórica imposible de evitar, la única diferencia son las consecuencias que de ello se deriven según sea quién aplique la ley, la oficial de los franceses o la tradicional de la tierra argelina.
Dos únicos personajes, unidos a la fuerza, con un único objetivo a la vista, llegar a Tinguit y no padecer por el camino, ruta directa a la muerte elegida porque, se quiera o no, morir es lema claro y evidente -la libertad como posibilidad lejana que no acaba de consolidarse-, tiempo por delante para conocerse y ver a la persona, al digno y valiente hombre que se esconde tras su nombre, hazaña heroica que se toma su tiempo para ser y existir, para desarrollarse, historia de respeto y amistad, nacida de la nada, pero afianzada con la propia vida y la violencia de su supervivencia.
Fotografía exquisita, admirable toma de los paisajes desérticos, de las rocosas montañas, de esas deslumbrantes puestas de sol que hechizan y enamoran pues muestran su belleza más solemne en medio de tanta guerra, destrucción y enfrentamiento, rearfirmando la paz y serenidad de observar su presencia, como descanso y tiempo muerto entre tanto sin sentido y barbarie.
De vastos espacios y abrupta consistencia, su andar no resulta pesado, todo lo contrario, te adhieres a su emprendida caminata, de arriesgada aventura y propósito venerable, con facilidad pasmosa y ánimo firme de saber de ellos y acompañarles hasta el fin de su expedición tortuosa, magnífica complicidad de Viggo Mortensen y Reda Kateb, con la gratitud de sus sentidas interpretaciones, donde la modestia y expresividad de sus gestos y actos aporta sobriedad al perpetuo silencio, espléndida captura de primeros planos faciales, donde el endurecimiento del rostro y la sinceridad de la mirada lo dicen todo ante la ausencia de palabras, explicaciones las justas para apreciar, admirar y considerar hermano a quien, hasta hace poco, ni existía.
Contundente aspereza que se muestra delicada y atractiva en su respiración sólida, devastadora y escueta población que se rige por linajes de antaño y un costumbrismo arcaico que configura inamovibles injusticias, austera comunicación que se abre paso entre la degustada y leal integridad compartida, confianza de corazón puro que expresa su verdad y dolor sin tapujos, para un libre y limpio entendimiento a partir del conocimiento mutuo.
Con envoltura de clásico western, se observa un desolador pueblo lleno de riquezas humanas y territoriales que se distorsionan por la brutalidad del combate y la obligación de elegir bando, humilde, discreta, de marcado paso, te asimila para deshojar, uno a uno, sus secretos no confesados, esa primorosa intimidad que necesita de su pausa y tranquilidad para emerger y aspirarse con sutil grandeza.
Cálida dentro de tanta ruina y estrago, habla de sacrificios sinceros y castos que no esperan nada a cambio, lo mejor del ser humano, esa renuncia por generosidad innata, que ni solicita ni demanda entre tanta pelea y revancha que no permite vivir, ni crecer, ni madura como ser, como persona.
Robusta, conmovedora e interesante, todo en uno, que unido a su desesperación y tensión de andadura, conforman un producto de grato y complaciente consumo, sorpresa que implica y penetra, emociona más de lo que, en principio, esperas.
Las vergüenzas de la tradición rotas por el corazón del hombre, bravo y resistente escenario que batalla por alcanzar una vida digna.




martes, 13 de octubre de 2015

El coro

En una prestigiosa escuela de música de la Costa Este, un niño de once años choca con el exigente maestro del coro.



Un hijo secreto, que por la conveniencia de seguir siéndolo, tiene la oportunidad de vivir una experiencia única.
Y al final de la misma, sólo falta que diga “basada en hechos reales”, para que el cuento sea ¡perfecto!
Porque no deja de ser una fábula cálida y preciosa de lo que ya conocemos, suavidad y dulzura para esa hazaña heróica de quien supera los baches, desgracias y vicisitudes de la vida en favor de la enseñanza, el progreso, el bienestar de la rectitud y la gratitud de no despreciar ni malgastar su talento. Porque, aunque no se sienta con devoción plena, con fanatismo estimulante, aquí el objeto de deseo es el don de la voz primeriza, el sonido celestial de quien todavía es mancebo puro de cuerdas vocales, ese breve periodo, de paso prestado, que te permite alcanzar agudeza suprema pero que, a la que te descuides, habrá mudado por el paso de etapa a nivel mayor, temporalidad que tiene la suficiente grandeza de oído y sonido para componer este modesto relato que no alcanza grandes cuotas y se mantiene como un miembro más del coro, sin destacar ni sobresalir de la media.
Porque su nivel es estándar, menú corriente de conocida ruta, principio de rebeldía y amargura, domesticación de la fiera y los frutos a recoger por ser buen chico y seguir las notas; sólo que aquí, su tema principal, esa magnífica potencia de una soberbia dicción lírica, no levanta grandes pasiones ni excita en demasía, menos anima a unirse con fervor a la fiesta.
Este mismo relato de común planteamiento ha sido plasmado en baile, fútbol, gimnasia, atletismo, patinaje..., y muchos otros sectores que seguro se me olvidan, pero justamente la delicadeza, espiritualidad y finura de los vocablos, con acompasada melodía que se une al canto, como que no te levanta de la butaca ni logra que muevas tus pies al son de su banda sonora, perdón, logra encadilar tu sentido auditivo o gesticular tus labios repitiendo la letra de lo cantado, ¡si es que puedes!
Dustin Hoffman como padre adoptivo temporal, tutor a quien impresionar, de quien ganarse su respeto, mano férrea segura que sirve de guía, la Lidia de “Fama” pero sin bastón, sin tan alentador y emocionante sermón y con escasa fuerza y carácter en su personaje, más una encubierta joya, Garrett Wareing, cuyo rostro, incluso cuando va de malo ¡malote!, es más angelical que el mejor de los arcángeles, en una unión efectiva, de cómoda visión, que busca agradar con esa perspectiva dulzona, entrañable y tierna del cuento de cenicienta, de quien es recogido y rescatado de la mala fortuna, en versión nueva, tampoco tan original como se piensa.
El chico del coro, traducido como “El coro”, no vaya a ser que se confunda con “Los chicos del coro” y pensemos que François Girard ¡ha sacado su idea de allí!, buenachona, lineal, predecible y con mínimo temperamento; ¿lo bueno?, el susodicho actor estadounidense sigue vivo, laboralmente, y en aceptable forma conformen pasan los años -cosa nada sencilla en la meca de Hollywood- y no tienes que preocuparte en exceso por ir al baño y perderte algo, tu mente podrá rellenarlo fácilmente; ¿lo malo?, que no te importe distraerte y desviar tu atención y la vista, pues eres consciente de no extraviar ni echar en falta gran cosa.
“Sabes cantar ¿no?”, pues aprende esto de memoria..., “buscáis la fama, pero la fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagar, ¡con sudor!”, ¡vamos!, ¡no tanto!, que son chavales y críos aún en edad temprana, ¡no se busca tanto ímpetu y euforia!, sólo moderación para narrar la parábola de ese jovenzuelo, marginal y desafortunado, que gracias a la ventura, bien aprovechada, de una mano amiga, firme y severa pero afectiva, logra encauzar su vida y crearse un destino provechoso, hacia delante, en la vida.
¡Qué bonito que los buenos deseos se cumplan!, ¡que los planes salgan bien! y que coman ¡perdicen para siempre!, en esa querida sintonía de familia feliz. 
Un aplauso y en pie; no da para lágrimas, pero si para ternura, velada grata y un abrazo.




lunes, 12 de octubre de 2015

Yo, él y Raquel

Greg pasa el último año del instituto de la forma más anónima posible, evitando todo tipo de relaciones, mientras en secreto hace extrañas películas con su único amigo. Esta situación cambiará cuando su madre le obliga a hacerse amigo de una compañera de clase con leucemia.


Lo de siempre, madurar con dolor a través de la ausencia y pérdida, aunque con intento de toque distintivo que le aporte un característico sabor.La película tiene su propia personalidad, identidad exclusiva complicado de clasificar, lo cual significa paciencia, tiempo y atención pues lleva su tiempo conocerla y hacerse con ella.
Chico tímido, invisible, “cool” en su versión autodañina, que trata de sobrevivir a su pubertad a pesar de no encontrar ninguna facultad propia degustativa que sobresaltar, nada que motive esa apetencia por si mismo más que ese gusto por despreciarse y desvalorar todo lo que hace, con amigo peculiar igual de inconexo que él en el mundo que le rodea, con padre estrafalario que va de comprensivo e innovador y madre pesada que no respeta su privacidad, un instituto dividido por sectas a las que renuncia pertenecer pero con las que tiene que tratar, con simulación de apego y conocimiento por ellas, y un único profesor válido, drogata, que sirve de apoyo y refugio de tanta selva neurótica y andadura sin interés que le rodea; a ello se le suma la repentina vecina con leucemia, con la que nunca ha hablado, y a la que es forzado a visitar por compasión mísera de unos progenitores que tratan de dirigir su vida.
Y en esta voltereta de noria que lleva su propia marcha, accedemos al mundo sugestivo de quien nos narra su loca experiencia de los últimos seis meses, que le cambiaron por siempre y marcaron su camino hacia destino, sin vuelta atrás.
Y el espectador sigue sus pasos según va relatando, un poco expectante al principio, mínimamente motivado conforme avanza, más interesado según acelera y nos permite acceder a su interior y, ya totalmente integrado y emocionado cuando deja de interpretar ese papel ficticio con el que se cubre y muestra al joven sensible, inspirador, gran amigo y excelente compañero de diversión, aún más excelso cuando se está en los malos momentos de bajón y grave dolor.
Por tanto, vas a finalizar entusiasmada de su compañía, sintiendo enorme aprecio y estima por el mozuelo protagonista, por su fanfarronería, delicadeza, preocupación y fascinación por alegrar los días de su inesperada amiga, no sin antes atravesar por los baches de poca gratitud, menor encaje y escaso disfrute, desbarajuste que se elimina al llegar el amor, la devoción y su ternura, desorden y confusión como parte de esa micro-sociedad en la que vive y crece este chaval que reclama autonomía de acción, respeto por sus ideas y derecho a pasar de todo y cagarla...,
..., pues “supongo que soy un ratón modesto” y como tal, aparezco y me escondo por trazos, corro y me detengo según peligros y trato de pasar, inúltimente, inadvertido hasta comprender que has sido lo más importante y bello para una persona en los últimos meses de su vida, aunque sea descubierto tras su muerte, ya que hasta después de fallecido se pueden aprender cosas nuevas de quien se ha amado.Conmovedoras y complacientes interpretaciones para un trío reflexivo, agridulce y intimista según escenas, divertido y cínico según otras, la secundaria y sus problemas reflejado con ingenio e inteligencia por Alfonso Gómez-Rejón, que sabe hacer una lectura locuaz, fresca y activa, ácida y suave a la vez, que huye de prototipos y de sueños de princesa para el baile.
Fantástico guión, de diálogos pensativos, que ofrecen la maduración y crecimiento de quien sale al mundo, toma riesgos, aprende de ellos y se involucra en la querencia de su propia existencia, fase de despunte y realización llevada con suficiente originalidad y encanto que lleva su tiempo procesar y digerir pues, al final sólo sabes que te ha gustado y emocionado a pesar de que, durante la misma, has pasado por sensaciones varias de aprehensión, de barullo, de simpatía, de distancia y de posterior cálida cercanía.
Proceso enriquecedor que exhibe la fuerza, calidad y sabiduría de un argumento que va, toma a toma, de menos a más hasta formar esa genialidad de puzzle, esa sensacional inventiva en forma de película personal que te dice, sin guarecerse ni silenciar nada, quién es esta nueva ardilla, inquieta e ilusionada, que va de rama en árbol con mucho que andar y relatar.
Personajes extravagantes para una ambientación colorida, de comicidad sutil y tragedia serena, película indie que busca singularidad e innovación de planteamiento para sorprender y cautivar a su audiencia, cuyo relato en el fondo no cuenta nada nuevo, únicamente esa evolución de ratón modesto a decidida ardilla gracias, de nuevo, a la presencia de una enfermedad horrible que se cruza de por medio, chillón escaparate que intenta recrear alternancias alrededor de este insignificante adolescente, que acaba significando la vivacidad resuelta de quien reemprende, a buen ritmo, su despistada marcha.
Con todo, lo importante es que, al final y en conjunto gusta, complace y agrada, aunque no sepas muy bien definir por qué; supongo que por eso es atractiva e interesante, ¿no?



domingo, 11 de octubre de 2015

La fiesta de despedida

En una residencia de ancianos de Jerusalén, un grupo de amigos construye una máquina para practicar la eutanasia con el fin de ayudar a un amigo enfermo terminal. Pero cuando se extienden los rumores sobre la máquina, otros ancianos les pedirán ayuda, lo que les plantea un dilema emocional y los implica en una aventura disparatada.


La vejez y sus achaques, ¡hay quién tuviera una varita mágica o a su hada madrina!
Un tema difícil y peliagudo, más cuando tanta tristeza y desolación se intentan llevar con leves toques de ironía y acidez, cuyo humor negro resultante llega a crear un verdadero clima sádico, complicado de manejar y disfrutar pues, la sonrisa que emerge, está rodeada por excesivo dolor y sufrimiento que nadie, en una sociedad digna, debería llegar a padecer en sus carnes.
La frontera donde situar el límite de la soportable vida y de una merecida muerte que otorge sereno descanso final, esa bienvenida al paraíso decidido de voz propia, un botón y ¡adiós! al padecimiento de un moribundo cuerpo que se consume sin remedio, respiro para un alma que por fin puede partir, donde quiere que vaya -incluso si es a ninguna parte-, y olvidarse de la tortura de una agónica existencia, ya sin sentido.
No creo que abra debate sobre la eutanasia pues la pena, condena y aflicción observadas son suficientes para relegar dicha cuestión al cajón de los asuntos a resolver más tarde, a cambio de una humanidad compasiva que se intenta exponer con esa ocurrencia y gracia, que alivia los momentos más amargos, donde el abatimiento y la desesperanza se adueñan de la situación completa, ese sagaz contraste entre lo dicho y lo visto, entre lo sucedido y la situación ridícula que le precede, o aquella esperpéntica que le sucede, todo para un relax incómodo y tirante donde se expresa, con fascinación y agudeza, “el Señor no puede ponerse porque está en el baño”.
“¡Ayúdame a terminar con esto!”, desfalleciente grito 
de súplica que encabeza esta peculiar historia israelí, atrevida y valiente, que vende en tono de comedia y sarcasmo, la gran tragedia que tiene lugar cada día cerca de nosotros, provocación inteligente y osadía incisiva para plantear lo que nadie desea, tenues risas que no se atreven a ser descaradas por la solemnidad e inconveniencia del acto, un argumento que valora, hablar y exponer con veracidad, la complicada situación que viven y atraviesan sus personajes sin olvidarse de que, en los espacios más serios y dramáticos es donde la carcajada natural surge con mayor reclamo y vehemencia.
“Por dentro son como niños, sólo el cuerpo a envejecido” y esa es la gran desdicha que se sufre con la longevidad, una mente joven y sana, con ganas de proseguir, aplastada por una materia corporal que se devalúa y extingue a cada día, a cada paso, cada vez más insoportable de llevar, con esa 
infructuosa resistencia férrea que ya no posee ánimo ni futuro; dos puntos de vista, el del enfermo, sin poder llevar a cabo su no-escuchada voluntad, y el del exasperado familiar que convierte, en posibilidad presente, ese deseo y ansia manifiesta por terminar con el tormento, más esos secundarios que transitan por vidas, tan derrumbadas y al límite, como paseantes ignorantes que prefieren no saber pero, en cambio, juzgan con facilidad pasmosa e inapropiada dureza.
Sensible y emotiva en los sentimientos que genera, resistente y sólida en el contenido que trata, perspicacia para plasmar ambos lados con sabio abrazo, firme resolución y una destreza de planteamiento que envuelve y no te suelta; vas a estar pendiente de estos cabales abuelos, de sus actos y maniobras, de su ansiedad y comprensión, de su astucia y maquinación para conseguir, por cuenta propia, esa urgente ayuda que nadie se quiere 
molestar en conceder, pues parece que todos tengan más derecho que ellos a decidir sobre su propia muerte; ternura para con los amigos, cobijo para con los desconocidos, amparo mutuo en situación de necesidad extrema que, a pesar del aspecto cómico y divertido con el que se disfraza, duele en el alma por su caminar fúnebre y siniestro.
Según tu sensibilidad y afecto del momento, de ese delicado tiempo de su consumo y digestión, la cogerás con más fervor o menos, reconociendo, siempre y por todas, que es un relato audaz y arriesgado que expone, sin tapujos ni vergüenza, una realidad cercana y consabida, muy presente en la memoria.
Buenas sensaciones y un merecido aplauso para Tal Granit y Sharon Maymom.



sábado, 10 de octubre de 2015

Regresión

Minnesota, 1990. El detective Bruce Kenner investiga el caso de la joven Angela, que acusa a su padre, John Gray, de haber cometido un crimen inconfesable. Cuando John, de forma inesperada y sin recordar lo sucedido, admite su culpa, el reconocido psicólogo Dr. Raines se incorpora al caso para ayudarle a revivir sus recuerdos reprimidos. Lo que descubren desenmascara una siniestra conspiración.


Los miedos sugestionan, ciegan y confunden, comen y se alimentan de nuestra debilidad y duda; este juego de verdadero o falso no, con facilidad se olvida.
¡Hay Amenabar!, tan gran campaña publicitaria para una historia regular, pobre en esencia, ausente en complicidad y fusión para con el espectador.
¿Por qué?, porque está correctamente rodada, dirigida con esmero, meticulosidad de escenas, perfección de encuadre, mimo detallista de sobrado aprecio pero, ¡Alejandro!, no se siente el corazón de la historia, el diablo no perturba el alma, no hay intriga, ni inquietud ni curiosidad por su misterio, sólo una locura regresiva que invita a una peligrosa sugestión que no alcanza para gran incógnita o tormento, pausada lentitud de andadura, cuidada con gracia y progreso que no llega a los altares de la iglesia, se queda en nimio espectáculo que no abarca para envolver ni motivar al oyente.
“Eso es lo que da más miedo, que nos lo creímos”, tras cinco años de espera, tu recepción era ansiosa, anhelo por indagar y saborear tu esfuerzo y trabajo pero, ¡has vuelto a la audiencia agnóstica!, ¡ésta desea creer pero no puede!, querencia que se evapora conforme pasan los minutos y el avance no es tan fructífero ni instructivo como se esperaba, para una crónica de ilusionado inicio, acoplado final pero ¡desganado centro!
“El diablo hará todo lo que pueda para hacernos olvidar que existe”, sólo que aquí parece más bien un cuento infantil que otra cosa, nunca llegas a participar del teatro ni te subes a su noria obsesiva, relajada observas a un entregado Ethan Hawke, moverse con disciplina y talento, haciéndole un gran favor al director español al actuar en su cinta, pues otorga una consistencia y deseo de veracidad -que nunca se confirma, pues es artificiosa- que de otra manera, sin él, no tendría ni comienzo ni cuestionada interrogación.
Porque la dirección es magnífica, pero el guión queda lejos de tal altivo adjetivo, y no porque no esté desarrollada con acierto, delicadeza y creencia en sus embaucadores opciones, sino porque, aún con ese logro de escritura, análisis y presentación, ésta no cautiva, ni impresiona ni logra abrir apetito; “la mente es todo un universo” y es evidente que eclipsó e ilusionó al capitán de este navío, su entrega, investigación y minuciosidad son claras y obvias pero, de nada sirven para un cortejo que no seduce ni enamora.
“¡No soy uno de vosotros!” grita el protagonista, sumido en su pesadilla ensoñada o en su realidad tormentosa, evidencias que toman vida, lógicas hipótesis que cobran sentido, todo bien preparado/mejor ejecutado pero, sigues cómoda, poco integrada, apenas motivada por la búsqueda, por el supuesto mal y su víctima.
La fiesta terminó, ya no hay más circo, los integrantes se disolvieron cada uno a lo suyo, “..., la próxima vez que oiga la voz de Dios ¡no nos llame!”, me parece bien pues, esta llamada ¡ni siendo de Satanás! alcanza grandes decibelios; magistral en sus componentes resulta modosa, tenue y comedida en su efecto, suave decepción, que no llega a mayor profundidad por la simpatía y bonanza que se siente hacia el referido patrón chileno-español, pero que, con honestidad de quien oye su voz interna -sin sugestiones ni regresión-, tiene que admitir que la tensión se quedó en su mente, la inspiración en las hojas de su relato, la histeria colectiva en su imaginación; en nosotros, la audencia, poco quedó, y lo poco, sin excesivo sabor.
El espectador aprecia la labor de conjunto, su oscuridad ambiental y su envolvente clima pero ¡ahí quedas!, sin suspense ni estímulo ante la corrección de un filme insulso, que resulta sintético e indiferente, cuento de viejas para noche donde, repentinamente se va la luz, y quedas a la espera nerviosa de ese relato espeluznante que te haga gritar de miedo; sólo que, no hay nervio, no hay grito, no hay escalofrío ni susto ni preocupación, hay entretenimiento ligero, pasajero que no penetra, que no cala.
Evita, con pesar y disgusto, alterar tu tranquilidad o molestar tu descanso; respetada la realización, su consumo es deficiente.