domingo, 17 de abril de 2016

El secreto de una obsesión

Ray y Jess, dos investigadores del FBI, son relevados de su puesto junto con la supervisora del Fiscal del Distrito, cuando aparece brutalmente asesinada la hija adolescente de Jess. Trece años después de búsqueda incansable al asesino, Ray encuentra por fin una pista para resolver el caso. Remake de "El secreto de sus ojos".


Copia distorsionada, de un original perfecto.

La meca hollywoodiense tiene su propio estilo a la hora de acertar y meter la pata, de eso no cabe duda; innumerables los remakes realizados a lo largo de su historia, unos para gran disfrute y fervor de la audiencia, otros mejor dejémoslo en una papelera de reciclaje, que flaco favor le hicieron a la digna mandataria de la que procedían.
Aunque, luego están los que ni fu ni fa, ni ofrecen una versión más óptima ni estropean el respeto y recuerdo de la ya realizada -más que nada porque están a años luz de la misma-, donde surge la incuestionable pregunta: entonces ¿para qué?; ni buena ni mala, simplemente se queda varada en el estático medio, pues entonces ¡dejemos a la original!, ¿no?
Pero, si por algo se caracterizan estos atrevidos visionarios, en muchas ocasiones también irresponsables con el producto que tienen entre sus manos, es prever su fructífera distribución y el cálculo de la posible taquilla, dejando de lado la importante cuestión de si vale la pena mancillar lo sagrado pues, si una obra es suprema en su primera manifestación concebida, cualquier repetición, por mucho que se enmascare con revueltos cambios de papeles o caracteres, no dejará de ser un pegote que realzará el cariño y estima por la susodicha, al tiempo que pierde valor y rédito la presente por muy aceptable, lograda y bien hecha que ésta se ofrezca; como ese “Abre los ojos” que Tom Cruise quiso personalizar en una estrellada representación, por
mucho que le acompañaran la rubia Cámeron y la Penélope morena.
Aquí partimos de un espléndido, majestuoso y amado “El secreto de sus ojos” que cautivó, hipnotizó e hizo disfrutar, como pocas veces antes, de todas sus contenidas emociones, de su mirada enigmática y de su magia intimista y apesadumbrada a la concurrencia, para llegar, en la actualidad, a un volteado gazpacho, de mucha estrella de nombre pero sin profundidad en su formato interpretado, donde sigue vivo quien muere y se ejecuta a quien no lo fue en su momento, más otras lindezas igual de estériles para distraer al experto conocedor de su brillante antecesora.
El tráiler hace observar detalles, albergar algunas esperanzas de que no todo será igual, de que se han permitido cambiar ciertas cosas para ambientar con interés lo ya conocido, ahora ¿suficiente?
Lo que era blanco ahora negro -Chiwetel Ejiofor-, la que era morena ahora rubia -Nicole Kidman-, el que era hombre ahora mujer -Julia Roberts- más tiros, persecuciones y el dominador 11 de septiembre de sombra perpetua, olvidando que nada de eso necesitó Juan José Campanella -tampoco tanto presupuesto, para desplegar su bella fotografía de
cálida escenografía- para su magistral obra pero, aparte de tanto garrafal fallo, ¿dónde quedó la atracción apasionada, la chispa electrizante, el impacto ocular de sentimientos desbordantes de tan esquiva pareja, siempre presente/nunca realizada?, ¿dónde está la magnífica aura entonces reflejada?, ¿el cautiverio innato?, ¿la conmoción suprema de su revelación y desvelos?
“La placa perdió el interés para mi”, pero ¿qué más se perdió en el trasvase?, la mudanza de actores, recorrido y patria ¿otorgan carisma y talento a la misma?, o un sencillo anhelo por lo que fue, ahora convertido en ¡telenovela yanqui!
No me ha gustado, no me gustan los cambios, no me gusta cómo se retrata lo conservado, no me gusta este mareo y puzzle de personajes interpretados con nulo encanto y efecto, todo un batiburrillo ofertado que ¡si al menos no conocieras a su madre procreadora!, podría valer la pena; porque ¿para qué partir de aquella si se va a conformar tal popurri?, ¿mejor no extraer el guión de una idea nueva?
Porque, inevitablemente, te pasas todo el rato comparando la una con la otra, lo cual hace que ésta
no te absorba en lo que cuenta, que no te altere en su proceso, que no te embrujen sus diálogos, que no te seduzcan sus alternativos caminos, que no te apetezcan sus intérpretes, que no te entusiasme su estela, que te sepa a ínfimo su conglomerado..., que, en general, apenas te diga nada.
“La pasión siempre gana”, no en este caso pues, si alguien sabe dónde queda ésta ¡que me lo diga!; válida para desconocedores del fruto exquisito, que en su día protagonizó un soberbio Ricardo Darín/nefasta para quienes saben del manjar de aquella.
El secreto de una obsesión cuyos ojos permanecen inertes en ese vacío discurrir académico, sin secretos ni estímulos, de una estructura numerera de poca riqueza y alma; su valoración sería distinta, incluso más alta, si no procediera de una reina tan elegante, firme y duradera ya, hace seis años, visionada y por siempre amada; ni siquiera, como princesa de ella, logra dar la talla.
“Bienvenidos a la guerra” entre modesta producción argentina, como anfitriona, y chequera estadounidense como visitante secundaria donde, no hay color en la victoria.

Lo mejor, te hace recordar y enfatizar a su inspiradora.
Lo peor; un desbarajusta de argumento para intentar hacer olvidar a la otra.
Nota 5,6


sábado, 16 de abril de 2016

La novia

Adaptación de "Bodas de sangre", de Lorca. Desde pequeños, Leonardo, el novio y la novia han formado un triángulo inseparable, pero cuando se acerca la fecha de la boda las cosas se complican porque entre ella y Leonardo siempre ha habido algo más que amistad. La creciente tensión entre ambos es como un hilo invisible que no se puede explicar, pero tampoco romper.


Celebración de felicidad, sentencia de desdicha.

La primera imagen abre directamente tu interés, apetito y entusiasmo por ella y, a partir de ahí, todas ellas son poderosas y robustas, encantadoras de serpiente que eclipsan y paralizan a una razón atenta y conmocionada, a quien se une esa hermosa música, hipnotizadora y turbadora que ameniza el brillante conjunto escénico con maestría de solera bien aderezada.
Poesía suprema filmada con sabiduría de impacto transmitida, seduce, encandila, atrapa, enmudece en su arte de danzar sin necesidad de palabras que empañen un baile encumbrado a espléndida degustación para la mirada, donde el expectante oído tampoco se queda al margen.
Magnífica Inma Cuesta, magnífica la ambientación, magnífica su representación, magnífica la versión de las maravillosas bodas de sangre, magnífico espectáculo que enriquece el alma al tiempo que mima y seduce a un oído encantado de prosa tan bella y certera, mientras se saborea, sin descanso necesario, este apasionado vals por unos ojos fascinados ante el compás, la lentitud y exhibición de un amor grandilocuente a tres bandas, donde se masca la tragedia por un no poder ser que arrastra, ciega y enloquece, por un realizado ser que traiciona, enfurece y planta la semilla para ese malicioso desenlace de orgullo, traición, odio y matanza por todo lo acumulado.
“No te cases si no lo amas”, pero se casó y no lo amaba, no con el deseo, locura y pasión de quienes son amantes de cuerpo y alma, lujuriosa aventura inevitable que, como fuego que sube por la cabeza, arde, quiebra y aniquila al tiempo que da la felicidad entera.
Portentoso lamento que se queja de voz mientras se busca desesperadamente con ese contacto de unas manos que abrazan, acarician, sienten y unidas son fuerte cadena de frenesí y arrebato, por poseer a la persona amada.
La noche se está muriendo y vienen las venenosas consecuencias de un tortuoso día, dolor de mujer honrada maltrecha, un paso para poseer el codicioso cielo mientras el infierno espera; letal, espléndida,
suntuosa, desgarrador sufrimiento que paga la osadía de querer probar el placer de la dicha, todo con ceremonial procesión lírica, de proverbial vesania, por una adorada mancha que nunca fue eliminada, nunca fue olvidada, nunca será perdonada.
“Óyelo bien, yo no quería” pero, como horrible presente, de radiantes furtivas horas, tomó forma para no volver nunca de donde vino pues, no se puede contener su hambre, despierta todos los sentidos, al igual que la brizna no puede evitar respirar ese aire que te sigue a todas partes.
Elegante dama que viste, camina y habla con valentía e inteligencia de un autor tan importante como Lorca; luna, muerte y esos matizados rotos cristales que Paula Ortiz expone con habilidad artística, para un trabajo exquisito donde todos sus componentes están a la altura del escritor al que representan; escenografía con mayúsculas que se complementa con una letra contundente, unos enfoques estudiados
y una centralización en esa expresión facial cuyo rostro capitanea con estilo, vigor y carisma una enérgica protagonista, opulenta en sus registros interpretativos.
Interesante, magnética, imparable, unidad de recuerdo inolvidable que llega, arrasa y devora por dentro; para público exclusivo que disfruta con esa calmada e inquietante coreografía que precede al estallido de la perversión por perder lo que se posee por ley, que no por corazón; no todos caerán embelesados ni extasiados, dependerá de su capacidad sugestiva de intimar con la cinta pero todos, sin excepción alguna, estarán de acuerdo: excelente y admirable plasmación del sangriento casamiento de un García Lorca satisfecho, si éste pudiera dar su opinión.
Sentimiento a flor de piel, espíritu y mente, emociones contenidas que estallan y destrozan, vapuleadas sensaciones divididas entre el deber y la pasión que se transmiten con firme entereza a través de esos esquivos versos; déjate de Romeo y Julieta, esta tierra no miente ni engaña, tampoco calla ante
un ferviente amor que llama a las puertas, aunque su llanto y desconsuelo sean eternos.
Fatalidad de ser, o no ser, correspondido por la novia, quien yace, en su noche de boda, con su eterno amor, que no devoto marido; cuando una obra es tan completa, sencillamente observa, escucha y respira su talentoso aroma, envuélvete de su aura y goza.

Lo mejor; su música, fotografía, realización, montaje, escenografía, guión, dirección e Inma Cuesta.
Lo peor; dura hora y media.
Nota 7


viernes, 15 de abril de 2016

Mi gran boda griega 2

Secuela de la exitosa comedia romántica 'Mi gran boda griega' (2002). La celebración de otra espectacular boda griega sirve para desvelar el secreto de la familia Portokalos.


Y ¡eso es todo amigos!, siguen siendo ellos mismos.

La primera fue genial, divertida, encantadora, ¡todo un hallazgo!; ésta tiende a repetir el recuerdo de aquella, a volver a crear el espontáneo lazo que se dio por las buenas sinceras de aquel entonces y es que, instintivamente piensas “segundas partes no son buenas”, como dice el sentenciador refranero con su premonición fatídica aunque, en esta ocasión, su malévola destreza no se cumple con aventurero acierto pues, por suerte disfrutada, tiene parte de la fresca y querida sensación de su hermana previa.
“Dime con quien andas y te diré quién eres”; andas con los mismos, incluso se ha ampliado la familia y para asombro, están todos, nadie falta pero, ya no eres la que eras..., o ¿si y conservas bien la estela?Irónica, graciosa y con diestro talento para crear un humor espontáneo, cálido, confortable y de certera puntería en esa sonrisa amplia que se forma en los rostros de los que miran.
Has crecido, la audiencia ya sabe de antemano lo que quiere, e incluso, exige su comparecencia; no disgustas ni desalientas y posees acordes ideas para mantener el nivel recreado hace ya catorce años aunque, supongo que aquella contaba con la ventaja y novedad de su descubrimiento, de ese ingenuo primer contacto; contigo ya sabemos de antemano a que se juega y somos más exigentes en la demanda.
Y es que, a veces no hay donde cogerse y hay que recurrir a éxitos ya cosechados para volver al candelero y, aunque el tiempo no perdona, te ha tratado bien visto con distancia y mesura; con todos los pros y contras de volver a un triunfo del pasado, éste ha sido acertado, ha sido grata y sabrosa la propuesta de ampliación del ya consumado trabajo.
Tampoco es que el trailer ayude, que no aventure ese temor por una posible decepción a la vista, dada
la ausencia rica de ocurrencias y de perspicacia de la primera; entonces ¿por qué verla? ¿por qué el intento de posible tiempo perdido?, por un sentido optimismo de opcional equivocación que no cesa de insistir en que, si no se abre el paquete no se conoce su contenido, que si no se visiona la cinta, te quedarás con la duda..., y eso ¡si que no!, pues aunque la curiosidad, como al gato, mate, mejor errar, estrellarse y volver al camino ¿y?..., sinceramente vale, con satisfecha solvencia, la pena el convite a la misma.
El gancho sigue siendo un guión de válidas artes para lidiar con el avance de tan numerosa y estridente familia, el oxígeno creativo no es soberbio ni asombroso pero cumple, que es lo importante; en lugar de volver a hipnotizar, con frescura novedosa, opta más por afianzar unas habilidades que buscan continuar con el estilo de su linaje ya que, las ganas de diversión y su pretensión de gustar siguen presentes, siguen siendo las mismas, ese ofertar menudencias tildadas de grata cordialidad que decoran el ambiente y amenizan con simpatía la velada.
“Recuerda que fuiste novia antes que madre”, recuerda que la comicidad provenía de ese choque cultural de un clan griego en medio de la helada Chicago, recuerda cuáles eran tus puntos fuertes y
qué hacía reír a la gente, recuerda ese propósito de querencia, beatitud y sintonía chistosa para un desmadre de juerga que siempre era el colofón de toda la fiesta.
La continuación de la saga, descendiente del mismísimo Carlo Magno, sigue en forma, su rédito ya no posee el énfasis, nerviosismo e intrepidez de la primera cita pero, su visión de progreso y planteamiento es sobria, apetecible y entonada, sigue habiendo una boda, siguen los problemas de entendimiento, los roces, las disputas, el agobio y el ensordecedor ruido de unos parientes metomentodos que no conocen el silencio, mucho menos la palabra privacidad pues, por lo visto, es la única que no procede del saturado vocabulario griego.
Amable, festiva, dicharachera, gustosa, para todos los públicos, ofrece lo que esperas; ya no es una recién nacida de la mente de Nia Vardalos, está en plena adolescencia y seguro, que la susodicha escritora y actriz, llevaba todos estos años pensando en ella, en cómo hacerla avanzar para dar paso a esa tercera generación que sigue aprisionada por la
primera de los abuelos y la segunda paterna, ¡a cuál peor!, eso sin contar tíos, primos, amigos alucinados y vecindario escandalizado.
Distrae, ameniza, contenta y cubre animadamente el
tiempo acorde a su moderada duración; comedia dulzona y esponjosa que se mira a si misma y no inventa, sin sorpresas, con lo bueno y malo que ello significa.
Cercioro que, a pesar de la prevención pesimista que sopesaba la razón, sabiendo que no hay nada nuevo, haz caso al positivo riesgo de ver qué tal y disfruta de ella, de su acompasado ritmo, de su bonachona magia y de su jolgorio atropellado, tanto si eres nostálgico o novato en la entrega.

Lo mejor; sigue siendo ella, la gran familia.
Lo peor; ya no asombra ni entusiasta como antes.
Nota 5,5


jueves, 14 de abril de 2016

Barcelona, noche de invierno

En Barcelona, durante la mágica Noche de Reyes, varios personajes viven historias de amor románticas, alocadas y en ocasiones, agridulces.


Por una sonrisa de complacencia en tu rostro.

Un “Love actually” catalán para la tarde de reyes, que empieza de forma muy simpática y risueña gracias a la frescura y agilidad de su guión y al gancho y avenencia de los personajes. Introducción de las breves historias con sencillez, encanto, vitalidad y una sabrosa brisa que anticipa buenos augurios, para el desarrollo tragicómico de unos romances que intentarán tocar la vena sensible del vidente.
Divertida presentación para un tipo de relato que gusta y apetece pues ya es un clásico, dentro de ese género esperanzador que cree en el triunfo del amor imposible, aunque sea contra viento y marea.
Porque siempre se parte de ahí, de la crisis, duda, miedo y pérdida de crédito de unos anulados sentimientos que llevan a proclamar “¡es posible que el amor no exista!” para que cupido guionista se ponga en marcha y nos haga creer todo lo contrario, que hay días especiales en que la magia existe y donde todo puede darse, todo es alcanzable y los más fugaces sueños hacerse realidad, si se cree y lucha por ello.
Generalmente se elige la noche de fin de año como hecatombe y éxtasis de este torrencial de rápidas y caóticas sensaciones, Dani de la Orden elige la festividad de reyes y su esperada cabalgata como punto de partida y encuentro del romántico defraudado que recobra la ilusión, del incrédulo consejero que cae en su propia trampa, del tirante matrimonio que encuentra de nuevo la armonía, de los colegas fardones que comparten más de lo previsto, de las octogenarias que salen del armario..., de ese engranaje aventurero que inicia su

andadura con chispa y salero, cuya vislumbrada continuación se reduce tenuemente para llegar a ese feliz arreglo donde todos se coordinan y comen perdices..., perdón ¡roscón de reyes!, que es más nuestro.
Picardía, gracia y locuaz intercambio de diálogos para una bienvenida curiosa y grata que despierta augurios de cordialidad y encanto, por un director y escritor que sabe explotar su ingenio y jovialidad con originalidad, que sabe ganarse a la audiencia con su descaro y desparpajo de sinceridad confesa que da lugar a ese humor espontáneo de personajes alocados, heridos y escépticos que, por otro lado, no deja de ser costumbrismo al uso pero que es alegre, contagioso y querido en su asimilación.
Un variado mosaico que trata de plasmar diferentes aspectos de un mismo punto común, el amor y todos sus aspectos, siendo la ambivalencia Madrid-Barcelona la excusa para hacerlo con soltura, coña y con ese agridulce melodrama que narra añoranzas,
disputas, tropiezos, reconciliaciones y esa juerga imprevista que abre las puertas a lo que se quiera, en una noche donde los reyes hacen realidad las ensoñaciones de los mayores, en caso de que se hayan portado bien; si es lo contrario también, ¿por qué no?, que el carbón anda escaso.
Felicidad desbordada de entrega tradicional y decoración optimista que busca la diferencia y el desmarque en su oferta introductoria pero que pronto vira hacia lo conocido y cotidiano, pues queremos el cuento de siempre, al príncipe con su princesa y esa dicha de bendición conclusiva que deja sonrisa en el rostro, bienestar en el alma y templado regocijo por haber disfrutado de la velada.
Locuras, carreras y atropellos, baches, ocurrencias y desenvoltura, todo a velocidad acelerada que corre el tiempo y son varias las parejas que deben acabar en beso; no entramos en grandes pormenores, lo básico para intuir la situación y querer participar en su arreglo, más un familiar reparto como comodín para hacerse fácilmente con la concurrencia, destreza de vocabulario cotidiano para envolver a la misma, donaire y chistosas situaciones, con ese punto de sal que la ternura y el cariño endulzan para un meritorio quehacer de conjunto hábil, coloquial y ameno que
permite gozar de la festividad luminosa de una cinta que proclama, a los cuatro vientos y tres reyes magos, ¡creo en el amor! y en su fuerza de unión y resistencia.
Como aconseja ella misma, a viva voz de solera entrada..., “¡venid y disfrutarla!”; lástima tener que esperar a dvd porque, la escasa distribución y mínima publicidad para con la misma no permitieron acudir a la sala del cine, como cabía y merecía.
“No se donde leí que..., tratar de olvidar a alguien era recordarlo para siempre”, y orgulloso y lleno de convicción expresa su creencia en tan poderoso afecto, mientras ella, dudosa..., ¿irá a buscarlo?; vale la pena averiguarlo.


Lo mejor, sus actores y la habilidad de presentar la tradición con apetencia gustosa.
Lo peor; pierde parte de su carisma conforme entre en materia.
Nota 5,8





miércoles, 13 de abril de 2016

Criminal activities

Cuatro amigos se reúnen en el funeral de un excompañero de clase. Entre una conversación y otra, uno de ellos informa a los demás sobre una buena inversión en la bolsa de valores, que les va a generar unas ganancias seguras convirtiéndoles en millonarios. Pero por desgracia todo sale mal y pierden el dinero invertido. Las cosas se pondrán peor cuando uno de ellos confiese haber tomado prestada su parte del dinero de un mafioso.


“Quien ríe el último, ríe mejor”

No deja de ser extraño, te pasas toda la película pensando cuál es la motivación de Eddie, el capo mafioso, en todo esto, qué persigue realmente su personaje y, cuando por fin lo descubres y todas las piezas encajan..., resulta que gustaba más la ingenua versión creída hasta entonces.
Porque las cosas no son siempre lo que parecen, y a ese juego se dedica la narración con efectiva contundencia, a llevarte de la mano con placer chistoso, burla cómica y torpeza ridícula por un camino apasionado en su caótico desbarajuste para, cuando estás convencido del desmadre y su desastre proceder de pésimo resultado, descubrir ese as en la manga que lo altera todo y cambia las fichas de posición y espacio, dando lugar a nuevos ganadores y mismos perdedores pero, ahora con cara de incredulidad, cabreo y mucha rabia.
Y tú bailas al unínoso del guión fabricado para las ratas, eres un falso receptor más que, aunque duda de ciertos detalles, no niega que disfruta del rol asignado y del teatro guasón, quebradizo y ruinoso que estás observando, lo cual afianza el adecuado diseño de una factible trampa cuyo rédito se alimenta mayormente de la fanfarronería de sus pupilos, de su altivez grotesca, de su destartalado proceder y de esa simpatía de unión de unos privilegiados colegas, llamados los cuatro mosqueteros, que morderán el anzuelo de la avaricia y soberbia de quererlo todo y con nadie compartirlo.
Divertida, fresca, ágil, escacharrada, incompetente,
un grupo de listillos ineptos que entran, por error y negligencia, en la liga mayor de las deudas a una camorra que no perdona y busca su redención en trueque a cambio de un ridículo secuestro como pago, que se volverá toda una odisea de descubrimientos.
Acción cerril, de conversaciones patéticas, lideradas por un veterano John Travolta que sigue moviéndose con atractivo y encanto en este liderazgo de una panda de amigos que están por descubrir la firmeza y realidad de quien manda; ocurrencia irrisoria, para irónicos intercambios de información, como salsa decorativa de un absurdo que domina las escenas, hasta que la seriedad angustiosa toma forma y se ha de decidir qué hacer pues, ya sea la espada o la pared, ambas son elecciones dolorosas y negadas.
La sonrisa es segura, la estupidez jefe dominante de batalla, la chulería el talón de Aquiles que permite ser cazado, su jovialidad, ignorancia e inutilidad la cereza que decora un pastel de repentino convite hecho fiasco; su ánimo es consistente, su interés se
mantiene, su desvelo te seduce, su resolución cambia todas tus percepciones.
Jackie Earle Haley crea un revitalizante ambiente de memos anónimos envueltos en una actividad criminal que les desborda, supera, confunde y señala por siempre sus vidas, con un “donde las dan las toman” más un justiciero karma como paradigma de que, “quien siembra vientos recoge tempestades”, ya que la vida pone a cada uno en su sitio al romper fortuitamente ese gran saco de avaricia aunque, honestamente, das más entusiasmo, credibilidad y voto a la farsa expeditiva que a la verdad revelada, lo cual hace que te preguntes si valía la pena ese inesperado giro final y todo lo que conlleva.
Sin ser original ni ferviente en su trama, los actores logran un clima de apetencia gustosa que te motiva a acogerles con ganas; es llana, básica y tenue en su maldad, parece más bien una novatada dócil y traviesa que un locuaz thriller de intriga y suspense pero, distrae con rotundidad y entretiene con entrega, Travolta se lo pasa mejor que nadie y sus
discípulos realizan una devota actuación de quien es atrapado por su propia arrogancia.
“Lo que no te mata te hace fuerte”, tampoco tanto ¡no exageremos!; los grados de alcohol son razonables, no hay loca borrachera de tiros, muertes y cuentas pendientes y la tirantez y nervios es de mínimos que no roza el desasosiego ni la alarma; grata modestia para una desinflada hampa que agrada, se disfruta, contenta y cubre con eficiencia cumplida el tiempo que ocupa; superficial recuerdo a un cine de los 90 que danza con garbo, tino y gratitud de diversión ofrecida.
“El que parte y reparte se queda con la mejor parte” y, de paso, se cobra la mofa pendiente.

Lo mejor; el hábil gancho de sus actores.
Lo peor; no deslumbra su trama.
Nota 5,5


lunes, 11 de abril de 2016

Tristesse club

Se centra en dos hermanos: Léon y Bruno. Con motivo de la muerte de su detestable padre, Arthur, ambos se reúnen en su regreso a Valloires, donde crecieron y donde van a incinerar al padre. Sin embargo, en el lugar no hay rastro de ninguna ceremonia. Solo una chica, Chloé.


..., y nunca conoceremos al mencionado Arthur.

Gusta, es sencilla pero competente, su historia no pretende gran cosa pero acabas involucrado en ella, sus personajes son al uso pero lo suficiente para amenizar la velada, su progreso es comedido, no llega lejos pero lo necesario para descubrir las caras y sincerarse entre todos; el juego de verdad o truco, que se deja de travesuras y empieza a confesar aquello que yo nunca..., mientras que el resto, sin que ninguno se libre, está bebiendo de esa botella certificadora de sus pecados confesados; pues es lo que propone, tres antónimos caracteres que inician un camino para terminar en ruta desavenida, que no dista de la programada, de hecho se parece bastante al objetivo motivo de toda la discordia pero es desigual, diferente, más plena, satisfactoria y querida, con esa confianza y amistad de saberse con quien se está y con quien se trata.
La llamada al entierro de un padre motivo de traspiés y novedad curiosa, posterior descubrimiento razón de malestar, disputa y afianzamiento de un tuerto propósito que adquiere nueve rumbo; etiqueta de comedia para una excusa trágica que obvia el lamento y se decanta mayormente por la ridiculez escénica, por el honesto ataque verbal y por un salero ingenio llevado con modestia pero que ejerce
adecuadamente su función de curiosear, distraer y prestar una atención voluntaria, que sin esfuerzo a estado receptiva y con facilidad se ha visto complacida.
“Lo que queda y cuenta es la memoria”, y esta cinta de Vincent Mariette apenas ocupará espacio en ella una vez visionado el cartel de “the end” pero, será grato su recuerdo y alegre el vistazo realizado; cierto es que sus pasos primerizos denotan un humor, ironía y acidez que luego no explota ya que, atraviesa por un bache intermedio donde se atasca al no saber qué hacer con sus intérpretes, dónde llevarlos y en qué lío meterlos, cómo desarrollarlos para llegar a destino previsto, pero pronto recupera la forma y combina esa situación destartalada con sus dosis mínima de desavenencias que se perfilan y sanean; no es muy diestro ni ocurrente el guión para inventar las situaciones o el desarrollo ambiental donde producir éstas pero, tiene su gracia, simpatía, afecto y tierna mezcolanza de un trío dispar que acabará fundando el club de la tristeza.
No llora, ni ríe, ni emociona, ni inquieta en alto, es todo mesurado, a nivel reducido, superficial y ligero pero su tono amable y cordial es atractivo, es
asequible su sabor e interesa lo justo para cumplir con entereza de distracción y salir contento y agradecido por un encuentro acogedor, distendido, con sus escarceos y aciertos, vaivenes y logros para un conjunto de motivante bienvenida que pincha y se desinfla una vez en marcha pero, que conduce con seguridad y convicción de querer hacer pasar un buen rato, mientras se destapan las caretas de sus invitados y forman esa unión de colegas que comparten un muerto en común y los muchos sentimientos variados que del mismo se desprenden.
“No seas nunca un campeón”, tampoco lo busca pues, esta producción francesa tenue, sabrosa y tímida osa provocar risa mesurada envuelta en drama familiar prudente y ambas cosas las logra, no con pleno al quince pero, sin duda toca lo conveniente para una cordial armonía de sonrisa segura y rédito lo bastante extrovertido para ser el
acicate que permita mirar, escuchar y estar distraída, que era el objetivo previsto.
León y Bruno, una acorde fotografía, un guión eficaz, unos válidos actores, una ingenua trama, unas pequeñas rencillas, unos tropiezos inesperados y una tercera en discordia que ¡vete a saber si se llamará Cloe!
Para pasatiempo discreto y factible en ese ofrecimiento de un desahogo divertido.
¿Tienes 90 minutos para relax sin carga? Dáselos a ella, no corona pero tampoco se lamenta.

Lo mejor; su agradable ilusión de gustar y complacer.
Lo peor; no dirige sabiamente las torpezas de sus creaciones.
Nota 5,7


domingo, 10 de abril de 2016

Knight of cups

"Había una vez un joven príncipe cuyo padre, el rey de Oriente, lo envia a Egipto para encontrar una perla. Pero cuando llega, el pueblo le sirve una taza. Al beberla, se olvida de que era el hijo de un rey, se olvida de la perla y cae en un profundo sueño." El padre de Rick (Christian Bale) solía leerle esta historia cuando era un niño. En la actualidad, siendo Rick ya adulto, el camino hacia Oriente se extiende ante él...


Oda a si mismo.

Narración en off de fondo y Christian Bale deambulando sin parar, con ese pretendido vanguardismo existencial que se nutre de un vitalismo escénico y unas estilizadas imágenes medidas en todos sus extremos, para configurar un cuadro de bailarines superfluos vagando por su vida, cual rey que disfruta de su privilegiada posición y escogido harén.
La realidad quebrada de quien está perdido en su camino, hacia esa búsqueda de la perla de las profundidades que sigue a la espera de su añorado encuentro; viaje que se tuerce en cada presente más intenso y malogrado pues, esa aceleración hacia el estropicio topa con un iceberg de precipicio cuya punta se supera o no hay regreso posible, uno se estanca en esa nube de turbio caminar y despistado hacer que ya no sacia, ya no inspira y sólo recuerda la ruina que se fue y el nuevo sitio desde donde se mira; porque cuando te dañas, o acabas del todo con firmeza, o esa vuelta a la sana razón, de equipaje sobrio y austero, es un largo trayecto de inicio difícil y confuso ya que, sigues en la miseria observando a los demás como te veías a ti mismo.
El hijo del rey, que busca petición de vuelta al hogar, puede ser un personaje interesante, carismático y rico en su contenido pero, su forma de darlo a conocer a la audiencia puede estropear todo el entusiasmo de principio; Terrence Malik, en su metafísico escrito sobre el dilema de la vida y su rumbo a seguir por ella, opta por figuras comodines que se mueven cual angelical pose, de composición
artificial y egocéntrica, que pretende ser el refuerzo a esas palabras esclarecedoras que sus portadores expresan en segundas, nunca desde su personal boca ya que, su cuerpo está ocupado en danzar cual títere en manos ajenas, en teatralizar todo el cargante mensaje apalabrado en un argumento jactancioso y vanidoso que ¡ni Ícaro en su testarudez de volar a lo más alto tenía tanto desvelo y miramiento por sus alas!
Porque el artífice de este guión y rodaje tiene muy altas miras, encumbra su objetivo a lo más alto del interior del ser humano, ese desembalaje de la intimidad más profunda, de sentimientos, dudas, recelos, miedos y aspiraciones que nunca se confiesan pero arden y tripulan el corporal navío, cual capitán endemoniado incapaz de detenerse o enderezar el rumbo; sólo que escribe para él, dicta pensando en sus necesidades, lo cual merece todo el respeto, un autor debe trabajar para sus urgencias expresivas, para la transmisión de aquello que quema en su esencia y vuelve loca a la razón pero..., ¡es que el espectador no le sigue!, no le capta, no le recibe, no lo disfruta, se convierte en un anónimo vidente cada vez más alejado del plano rodado que
quiere, que insiste con tenacidad voluntaria en recobrar ese hilo que no sabe cuándo fue arrebatado de sus manos hasta, que cesa en su insistencia al descubrir que nunca hubo tal enlace, que la conexión con el príncipe danzarín y su devaluado séquito nunca fue sincera ni estable.
Libertinaje, mala vida, desorden, provocación, materialismo, frivolidad, vacuidad emocional, sensaciones heridas, cuerpos esculturales de espíritu destrozado, desapego, mentiras, ausencias, culpas, dolor..., un incesante reguero de impresiones y afectos expuestos sin pasión, colaboración o atención por parte del vidente.
No percibes nada excepto una estrambótica sonata de señoritos y damiselas que decoran el escenario circense de un Christian Bale que ríe, llora, se divierte, se cae, mira, camina, bebe, abraza, besa, folla, se entristece, lamenta, deprime, alegra, se esperanza, añora, rememora, bla, bla, bla y, ha sido la tozudez de la que relata la que ha logrado acabar
el relato, mientras me susurraba mi propia voz en off ¡esto es un coñazo!, qué timo de cuento, qué fiasco de novela, qué idea más mal contada y torpemente traída al público, aunque para el susodicho mandatario sea el súmmum de originalidad expositiva, de expresionismo alternativo que se desmarca de lo regularmente ofrecido, inaudita confección de porte y maneras escénicas magníficas, lectura exquisita para minimalistas entendidos.
Desganada, desnutrida, desinteresada, agotadora, su comparsa de excelentes actores no evoca curiosidad alguna por sus movimientos e intenciones, elitista charanga autómata que para ella vive/para ella actúa/para ella existe; pretenciosa anomalía de efecto cero, que se desvanece cual justiciero aniquilador que no tiene perdón con la resistencia y aguante de un espectador que se va anulando y que desfallece ante una suprema suntuosidad, de vacío corporativo y agua en las venas pues, la sangre de su tragedia vuela tan alto que es imposible hacerse con ella.
Regia dramatización que se mira en exceso su propio ombligo, ensayo experimental que se alimenta de
bella imágenes, de una hermosa y ratificada puesta en escena pero, que no logra llegar más lejos de esa gustosa decoración de misticismo pedante donde, Terrence Malick y su escenografía poética siguen su estilo genérico de versos incompetentes que no aportan nutrición, sólo cháchara alternativa que la mente desprecia y el alma no soporta por no tener historia digna a la que cogerse, únicamente una sucesión de rimas de altivez grandilocuente que se estrellan contra su personal altanería.
Engreída inmensidad petulante devorada por una vanidad deshabitada y vacante de cualquier estímulo, que sólo cobra sentido en la cabeza de su fatuo creador, más allá se estrella estrepitosamente.
Comunicar no es hablar sin parar y sin sentido; es pretender decir algo y ser entendido.

Lo mejor; el original fanatismo por el hacer de Terrence Malick.
Lo peor; la desolada soberbia de quien no cuenta nada, sólo monta artificiosas láminas.
Nota 6


sábado, 9 de abril de 2016

Batman vs Supermán

Ante el temor de las acciones que pueda llevar a cabo Superman, el vigilante de Gotham City aparece para poner a raya al superhéroe de Metrópolis, mientras que la opinión pública debate cuál es realmente el héroe que necesitan. El hombre de acero y Batman se sumergen en una contienda territorial, pero las cosas se complican cuando una nueva y peligrosa amenaza surge rápidamente, poniendo en jaque la existencia de la humanidad.


“Lo que vuelve al bueno cruel”..., 153 minutos de monserga.

Al alza el debate moral sobre el actuar de Supermán, válido dilema de interesante planteamiento, que se acepta cual pulpo como animal de compañía, ahora..., ¡Batman ejerciendo de John Anderton en “Minority Report”!, ¡como justiciero milenario que elimina al criminal, por si acaso, antes de realizar el crimen, sin tener en cuenta la posibilidad de no cometerlo!..., aburre, ni entretiene ni fascina, cansa, agota y anula ese deseo de que la cosa mejore de aquí en adelante.
El principio es confuso y descolocado, alocado y revuelto pero te dices paciencia, a ver por dónde sale y como monta, Zack Snyder, este puzzle de piezas conocidas pero hechas añicos dado el caos planteado ¿y?,..., tontería desnutrida de excesivo escaparate que únicamente abarca mínimos de entretenimiento complacido, ya que ni la música, fotografía, acción, dilema, surrealismo y análisis pormenorizado de lo narrado atrae un sentimiento mayor a ¡qué inapetencia de enfrentamiento más lastrado!, ¡qué pobreza y pérdida de unión!, es la inventada en este guión alucinógeno que desperdicia la lograda herencia de dos magníficos héroes en colaboración escénica, para elaborar un relato donde ninguno de ellos sale mejorado, mucho menos la audiencia ganando.
¿Deben perdonarse los dilatados minutos previos, porque los últimos 40 coge algo de consistencia, profundidad y validez curiosa?; aunque, sea dicho, es breve la subida de adrenalina pues, en su traca de
“cloenda” definitiva opta por dibujar un abanico de personajes que ¡ni el gazpacho andaluz ni la ensalada valenciana!, logran tanta inventiva de ingredientes mezclados.
Es un espectáculo tan poco estimulante, apetecible y cautivador que, cierto es que “la ignorancia no implica inocencia” pero, también lo es que el espectador acude con su intacta ilusión y virginal esperanza, aún no arruinada, al encuentro de un meritorio y sabroso blockbuster y descubre, en su lugar, un estrafalario circo de conjunción descafeinada, de charanga desalentadora, similar al fiasco de comparsa teatral que ya hubo con “Cowboys & Aliens”.
Y es que, algunas mezclas no tasan bien, la naturaleza demuestra que especies de distinto género no conviven en paz, sino que su armonía se decanta por el dominio e imposición de una de ellas, la más fuerte y poderosa y, puesto que “la más antigua mentira..., es creer que el poder puede ser inocente”, todo se desmorona ante un argumento cuyo creador, en su poderío de imaginación, se acerca demasiado al sol en su arrogancia de logro
magnífico que se vuelve número cómico de borrachera desproporcionada, loca y destartalada en su afán de toca y llegar al astro rey.
Y el desquicio en esta locura de fiesta no tiene límites ni parangón, que sea lo que les de la gana pues, a estas alturas, te tragas lo que tragas lo que ofrezcan de este fantasioso dueto discordante, en el cual colaboran todo tipo de secundarios extravagantes de épocas y lugares diversos; tiempo de bambalinas para ese desfile final de ópera catastrófica donde, a falta de una gorda para que cante en solitario, todos al unísono bailan, saltan, ironizan y sacan pecho y músculo en su embrollado, nublado y desmesurado acto final.
Será por falta de fuego, ruinas, capas, vuelos, miradas vacilonas, roca verde, rojo ocular, azul de pecho, negro de coraza, hormonas a mansalva y ¡fanfarronería de creerse el protector y salvador de este mundo!, y un poco de dramatismo y emoción coronaria al final que, aunque su corazón sea de
acero, el de Lois Lane es humano y debe mostrar su infinito amor por el espléndido pájaro, de deslumbrante vuelo.
“..., y lo que se desvanece, deja de ser”, y lo que ha sido no honra a nadie pues, los peores demonios se confirman al aniquilar una fantasía que deja helado, estupefacto y desganado a un vidente que ha visto como sus dioses, de sagrado cómic, han sido mancillados y vendidos por una taquilla que, si generosa y espléndida, será la única lectura positiva a sacar de todo este fiasco de desbarajuste dramático, cuyo tinglado explosiona para no seducir ni a una mirada harta de tanto show ocular sin razón, alma o énfasis que lo salve.
Batman versus Supermán, canas contra gomina, humano solitario contra extraterrestre enamorado, ambos con logotipo personal, ¿cuál mola más?, su avatar en la red lo diría; en este frenética y agitada película, de cuento agotador y parábola ni vista, diría que el de los cuernos en la cabeza sale peor parado que el de las mallas ajustadas, que si un dictamen se solicita..., se puede concluir que el gran perdedor de su legado es, sin duda alguna, el murciélago pues, su oscuridad y negror alcanzan tintes esquizofrénicos de paranoia idealista que, el del disfraz de gafas falsas lleva con más honor y entereza; pero, como en todo, es cuestión de perspectiva, la mía está hastiada de tanto desanimado y exagerado delirio.

Lo mejor; la posibilidad sabrosa de su conjunto.
Lo peor; la decepción engañosa de su éxito.
Nota 6


jueves, 7 de abril de 2016

Z for Zachariah

Historia post-apocalíptica sobre una chica que vive sola y que lleva una granja en la última sección respirable de la Tierra tras una guerra nuclear. Su mundo se verá roto cuando tropieza con dos extraños en el bosque.


...,y el dolor y la mentira se introdujeron en el paraíso.

...,e inesperadamente la soledad se rompe, la ilusión surge, la inseguridad renace, la curiosidad se despierta y las dudas se abren camino..., y la ayuda es querida y voluntaria, mientras el miedo incesante le acompaña en todo momento..., y vigilas y cuidas y rezas por tener compañía sin saber lo que te espera pues, cuando ésta se multiplica, las cosas dejan de ser sencillas, de estar claras y de ser bienintencionadas ya que el orden se ha perdido, el recelo cohabita y la disponible mezcolanza es una inquieta posibilidad de muy agraviante práctica.
Y surge un Adán científico y una Eva religiosa para una más que futura recreación a la vista, para ese nuevo génesis, de próspero inicio, en esa inédita y apetecible andadura de ansiedad por contacto humano donde, por supuesto, hay que seguir contando con la tentación, la envidia, los celos y la exclusión pues, dos son pareja/tres son multitud y la serpiente deambula sospechosa levantando la calma, incitando a la rebeldía e introduciendo su mala sangre.
Belleza natural y cándida armonía para esa zona de protección milagrosa entre tan contaminado y exterminado ambiente, para ese edén permisivo que
se concede bajo leyes no escritas de creencia, obediencia y gratitud por lo recibido, por lo inesperadamente encontrado, que se tambalea cual fuego que aviva las ideas y trae a colación próximos proyectos.
Porque un buen hombre puede ser horrible, puede portarse mal, puede ser el diablo durante breve espacio de tiempo y contagiar sus malas costumbres, y efectuar deleznables actos, y enseñar insospechados anhelos que romperán una ideal tranquilidad de bonanza, a cambio de ese debate eterno por la tentadora manzana.
Y el paraíso se contamina, se perturba y ensucia de lo peor del ser humano, de esa silenciosa competencia donde no se convive, sino que se sobrevive ferozmente en cautelosa rivalidad donde la inocencia desaparece en aras del dominio, del beneficio y del propio progreso de unos intereses y deseos que no van a peligrar, por ningún intermediario que ose cruzarse en su camino.
Referencial versión bíblica que expone tan conocido y discutido relato, con esa gracia adaptativa de acercarlo a los nuevos tiempos, una lectura curiosa
del primer libro de la biblia que no deja de argumentarse sobre la misma base de una mujer incitadora de todo el aventurado estropicio pues, la felicidad se estropea, la alegría se tercia y las sospechas inundan una convivencia agria, que no volverá a la gloria poseída, sino que tendrá que avanzar como pueda al ser expulsada del bendecido cielo.
Es reposada y sutil en su acompasado ritmo, calmada y simétrica en esa beatitud de un hogar de simbiosis perfecta en su quehacer idílico, donde casi abogas por la llegada de la tensión y nerviosismo, en esa ficticia generosidad de palabra cuya observación encendida transmite lo contrario; incluso, cuando ya está la mesa puesta y el menú servido, se toma su tiempo para el reparto de los platos y la disputa de los comensales por sentarse a la misma.
Es cohibida, suave y lenta, juega a no desequilibrar una rígida avenencia, arbitra con destino seguro pero no pretende alzar gran alboroto por la senda ya que,
es sabido que sólo se necesita un único acto de probar lo prohibido, de ofrecer lo vedado para que se quiebre lo construido, esa tenue caricia de obvio mensaje, gentil pero subversiva que prepara las armas y dispone el fatídico duelo, cuyo acto ceremonial tampoco libra una estruendosa batalla, opta por una enfrenta puntual pero contundente; es serena en su expuesta maldad al tiempo que mortífera en su ejecución categórica.
Intimidad dramática que no expone su temor y desconfianza, tirantez y agitación con extrovertidos gestos, se nutre de miradas penetrantes y lascivas que callan a su boca mientras evocan con lujuria al pensamiento, guiado por esos ojos que cercioran lo querido, por nadie más tenido.
Craig Zobel se rodea de tres magníficas actuaciones para esta narración apocalíptica de bella fotografía y angelical música, un mágico valle donde chocan la explicación racional y la fe de sus protagonistas, más ese tercero en discordia a cargo de traer el veneno alentador que de lugar a un thriller reservado pero concienzudo, desolador y enigmático que aporta esa imperturbable agonía sobre la pureza del último hombre sobre la tierra.
Paciencia, observación y deducción sugestiva para saciar una narración, que reserva la verdad y habla de la mentira con aceptación incómoda de enorme desconfianza.
Z por un Zacarías, cuya última letra del abecedario es el principio de una sobrecogedora incógnita.

Lo mejor; su fotografía, música e interpretación.
Lo peor; puede resultar llana y escasamente nutritiva.
Nota 6,5


miércoles, 6 de abril de 2016

Break point

Ante el deseo de la vuelta al tenis profesional se inicia el reencuentro con un hermano con el que se ha perdido el contacto; la ronda de eliminaciones sacará a colación rencillas del pasado.


“Se un mejor hermano”, haz equipo.

De ritmo estupendo, humor innato y con un drama bien impuesto, la sencillez de una gracia ocurrente y simpática hecha realidad presente a través de dos antagónicos hermanos unidos por ese cordón umbilical de cariño, refriegas, deudas y apoyo mutuo que nunca cesa entre parientes de sangre que se aman y desprecian, abrazan y pelean sin miramientos.
Divertida, audaz y competente, una armónica pareja simpática, alegre, feroz y animada que en su rocambolesco caminar juntos de nuevo se hacen acompañar por una mosca cojonera, de crío tocapelotas, “el Harry Potter del tenis” como se hace llamar, que resulta ser el mejor bufón de entretenimiento imprevisto para esos momentos, no solícitos, donde inesperadamente abre la boca con su entusiasmo de preguntón vocacional que quiere ser integrado en la destartalada, pero querida familia que acaba de encontrar.
Desesperación, baja autoestima, noción de perdedor y un acumulado cabreo tercian para que un abandonado tenista recurra a su dúo de antaño para solicitar ayuda, esperanza y la posibilidad de un mejor juego, todo ello envuelto en ese aroma insano,
de cuentas pendientes no resueltas, que explosionarán sin previo aviso al compás de la burla, memeces y lenguaje malsonante que desprende uno de sus portadores, mientras que el otro en lista endereza, aguanta y, sin poder soportar más, también estalla para encontrarse con el otro misil lanzado.
Fresca, guasona, extrovertida, acompasada, libre y chistosa, se mueve con soltura por la comedia/camina sigilosamente por la tragedia rencorosa pues, aunque se necesita la presencia de ese pequeño gran conflicto a resolver, como picante sabroso motivo de disputas y peleas, es el ingenio, salero y su ameno cachondeo los que lideran la contienda; escondido cariño demostrado con chispa atrevida, de vocablos subalternos, más un demandado respeto y un amarre de lealtad y sustento llevado todo con cordialidad, socarronería y un solvente gancho que gusta, entretiene y agudiza el ambiente.
Su guión no es nuevo, su composición suena, su objetivo se adelante sin problemas, pero tiene carácter propio y talante de sobra, personalidad
sabrosa que hace las delicias del momento; no fuerzas la risa, la sonrisa surge voluntaria en tu rostro, es social, grata y risueña, amén de ese tono picarón de solvencia conseguida de quien se suelta el pelo y desmadra ligeramente, para volver a la senda de lo entrañable y acorde.
“A veces las cosas son más tristes en retrospectiva”, y consciente de ello el argumento parte, de la necesidad de una idea loca, al sueño posible de realizarlo, atravesando por el túnel del agravio, resentimiento y desbarajuste de una mirada al pasado, previo a ese futuro que se está conformando; sencilla y habitual, modesta y facilona es chispeante y cómica, con encanto, soltura y afecto; entra bien, se digiere con gusto y su recuerdo es de mimado tiempo dedicado a esa relajada sugestión, complacida por un esparcimiento jovial y
dicharachero, que deja sensaciones de placer consumido con apetencia y conformidad.
Break point, punto de ruptura, que lleva su angosto equipaje antes de ese último servicio de un partido decisivo para que el amor florezca, la conexión vuelva, la camaradería se fortalezca y todos logren ese pleno de sets a favor pues hay estima, hay apego, hay consideración y unas ganas locas de transmitir su amistad con desparpajo y destreza.
Gamberrismo bienintencionado cuya rapiña no hace efectivo el pillaje, sólo insinúa su seducción para decantarse por ser acogedor y dócil, un buenazo disfrazado de rebeldía; te será fácil irte de juerga con ellos y no será fingido el buen rato pasado.

Lo mejor; su estilo jovial y lozano ritmo.
Lo peor; no deja de ser correcta en su desarrollo y final.
Nota 5,3



martes, 5 de abril de 2016

The girl in the book

Alice Harvey es una joven escritoria atormentada por el dolor de su pasado y demasiado traumatizada para poder amar. Cuando su pasado invade su presente y la obliga a afrontar sus dolorosos recuerdos, ella se siente destrozada. Ayudada por un amigo y por un hombre que está enamorado de ella, empieza a redescubrir su voz creativa y su capacidad de amar.


Escribir, o leer lo escrito por otros.

Hay quien el dolor lo alivia con la comida, hay quien lo ignora, hay quien prefiere acostarse con desconocidos para sentirse más horrible y humillada de lo que estaba en principio pues, al menos este sufrimiento es provocado, inducido y controlado, no como el causado por esas personas que te rodean y que te defraudan y hieren sin incesante remedio.
El deseo como arma poderosa para dominar, el anhelo de complacer, las horribles consecuencias de los malos actos, el padecimiento infringido, el ahogo sufrido, línea de defensa sentimental que grita ¡ámame!, mientras utiliza el cuerpo como impedimento para ello; quince años viviendo bajo un personaje amado por todos/odiado por si misma, hasta que cae el yugo y se rompe el hechizo y, por fin, empieza a unirse consigo misma y a gustarse.
Su trauma es introvertido, su coraza retraída, perpetuos recuerdos de una primera experiencia que asfixian y ahogan, de esa dañina entrada en el mundo sexual de quien nunca se sintió vista ni escuchada por los demás.
Es querida y gustosa, social y reservada, su personaje apetece y motiva su incursión intimista en su vida, sólo que todo es muy ausente y leve, ligero y escasamente matizado; no entra de lleno, con voluntad determinada, en ese interior de escritura emocional, de creación de caracteres, de estancamiento creativo, de dominio parental, de abuso emotivo, de estimulante inicio y aterrador continuación en que se convierte esa ingenua
respuesta a tan depravada pregunta “entonces...,¿cuéntame sobre tu día?” pues es el toque de introducción a esa perdida inocencia que empezará a lesionarse, como divertido comodín que aflige y desconsuela en su breve contacto, de largo calvario.
“¡No dejaré que me vuelvas tan loco como tú lo estás!”, y no lo hace pues, se percibe su delirio y agonía aunque, es discreto su roce, comedido su alimento, tenue su tacto; expone fragmentos sutiles de información que permiten confeccionar el telar, explayar la imagen y hacerse una idea del retrato fotografiado pero, en los detalles está el sabor y en las concreciones se devora con ardor a la creación; aquí, la paralizada dama surge y se la aprecia, se la va conociendo, que no con pasión estimando, pues no permite un mayor acceso a su apetecible interior, al quedarse en los simples márgenes.
“¿Por qué siempre sales corriendo hacia donde no quieres ir?”, porque no se quedarme quieta donde gusto. Es seductora su mártir navegante, atractivos los secundarios que la rodean, conjunto interesante
que posee esa invitación a una mirada cálida y entrañable de quien escucha a su mejor amiga, al tiempo que la va queriendo más al saber de ella pero, el espectador siente débil ese diálogo y husmeo, su inmersión en tan lacerante existencia sabe a un válido bien, cuya explosión nunca llega, aunque se desee e intuya todo el tiempo.
“Eres la chica del libro ¿verdad?” “Ya no”, soy la mujer de mi propia novela, cuya base es una confianza liberadora que se percibe como gloria. Intimidad veraz, credibilidad escénica, sencillez fantástica, transmitida armonía de una ahogada vida que expone los icebergs que le provocaron su hundimiento y que crea un ambiente incitante, de lectura sugestiva y visión complaciente que, con pesar se queda en conformado relax, no en ardiente conmoción de quien arregla lo que está destrozado.
No padeces aunque la observas lesionarse, no agravian sus tormentos aunque percibes su impotencia para manifestarlos, no exalta su acto de enmienda aunque eres consciente del sentido esfuerzo, no agasaja su merecido triunfo aunque la
felicites por ello; todo es de sensibilidad ligera, sin profunda percepción sensitiva; la razón consume y analiza, el corazón permanece sereno y tranquilo, un sentimental y delicado relato que ni turba ni agita, narra simplemente, que no es lo mismo.

Lo mejor; la sincera actuación de Emily VanCamp y la habilidad de Marya Cohn con la cámara.
Lo peor; poco rastreo en el destrozo anímico de ella.
Nota 6,2


lunes, 4 de abril de 2016

Paro cuando quiero

Siete cerebros brillantes, licenciados de las carreras más complejas, pero sin trabajo, tienen una idea genial y, sobre todo, eficaz para combatir la crisis: producir y distribuir drogas sintéticas "legales".


Prieto’s seven, forzados a parar.

Los siete de Prieto que se conocieron, esparcieron y juntaron para sacar provecho a unos estudios de universidad de los que llevan años renegando, para poder acceder a trabajos de demanda física con poco cerebro pues, este y sus galimatías sabiondo interceden molestamente con su sobrada inteligencia y demandas a la zaga.
“Para tener una vida decente, subimos un poco el nivel y ..., ¡paro cuando quiero!”, por ti, por nuestro amor, por lo que merecemos pero, he que como en toda buena parábola, no hay límite para la avaricia y el exceso, y por lógica esperada, el desmadre y caos se apoderan de esta banda de colegas que prueban a ser narcotraficantes, con la invención y producción de una droga legal que sólo puede ser reclamada por sanidad, al no haber pasado los reclamados requisitos documentados de unos conejitos de india que sirvieran de test previo.
Saltados los cánones rutinarios se pasa, de esta travesura de camaradas de clase, a mafiosos que se pelean por el territorio, con ese padrino rival que no pondrá fáciles las cosas, y con ese toque cómico estándar que sigue las pautas establecidas para narrar la aparición de la idea, su genial efectividad, su glorioso triunfo, su alumbrado descontrol y ese devenido desastre donde las piezas, una a pares y a conglomerado acelerados se complican, estropean, rompen y llegan a extremos dañinos, donde peligra la
presencia física de queridos compañeros y amada esposa.
Un clásico cuyo tono humorístico sobrevive con buen ritmo y decentes momentos de hilaridad, entremezclados con otros de calidad media, un compendio de grata mezcolanza donde destaca el punto de partida de los personajes y su fina y perspicaz labia, para llenar las conversaciones de ironía y verdad agraviada en tono alegre, juerguista y simpático.
Escenas atropelladas, de bufonería implícita, y un intercambio rápido y audaz de sentencias, tonterías y ocurrencias para salir del atolladero y solucionar el desquicio provocado; de textura fresca y jovial representación, sus líos y contratiempos son divertidos, agraciados y chistosos.
Sin exceder su tradicional rodaje no deja de ser un carnaval folklórico, festival circense donde los listos se dejan atrapar por errores precipitados y avaricia
desmedida, para caer en los barrios más fondos y entender, dentro de su ilustrada razón mal usada, que se desviaron del camino correcto y ello se paga; una oportunidad para escabullirse de sus estropeadas vidas y elaborar una viciada red tramposa donde quedan atrapados, hasta que el ingenio espabilado y las pocas salidas dictaminan qué hacer y a dónde dirigirse.
Liviana, rítmica y válida, graciosa y gustosa, su velocidad cubre los débiles flancos de su composición, su encanto y cordialidad hacen el resto y, como excusa, se parte del peligro de una sabiduría utilizada para fines catastróficos, donde queda expuesta esa falacia idealista de que uno puede hacerse rico de la mañana a la noche, de forma hábil y rápida, y no padecer las consecuencias de su precipitada vorágine.
Con gancho y sencilla sintonía te lleva por sus
consabidos pasos, sin arrepentimiento de cruzar por ellos, a pesar de la familiaridad y de no aportar nada original en su encuentro; para relajamiento distendido de fugaz pase, poco esfuerzo, desahogo complaciente y distracción media que no suspende, pues tienen un apañado toque, una decente coña, caen bien y se esfuerzan en su trabajo, aunque tampoco superan ese modesto bien o aprobado porque, sinceramente, los de Oceans eran once, en principio, y hay enorme diferencia entre, robar a gran escala o ¡pasar anfetas en el cuarto de baño de la discoteca!, amén de que el traje le quedaba que ni pintado a George Clooney, tú, Edoardo Leo, llevas ¡pantalones de cuero ajustados!
Diversión amena avalada por la nominación a los premios David di Donatello de 2014

Lo mejor; sus ganas de hacerte reír con audaz proposición.
Lo peor; sus tonterías y memeces tampoco superan la media de otras producciones.
Nota 5,4