sábado, 16 de julio de 2016

La clase de esgrima

Huyendo de la policía secreta rusa, Endel, un joven campeón de esgrima, se ve obligado a regresar a su tierra natal, donde se convierte en profesor de educación física en una escuela local. Pero el pasado le pone frente a una difícil elección.


El precio de recuperar tu nombre.

En la historia no hay sorpresas, conocido clásico otras veces narrado donde alguien, con problemas en el pasado, necesita un lugar donde esconderse y pasar desapercibido durante un tiempo; sólo que no logra su propósito pues destaca, llama la atención de quien no debe, se enamora, se hace con el cariño y respeto de unos niños a su cargo y recupera el valor de afrontar las consecuencias que se deriven de ese corrosivo fisgón al que ha enojado, por llevarle la contraria y ganarse la confianza de un amortajado pueblo, que levemente se alza, y que hará que toda la chusma y injusticia estatal recaigan sobre su persona.
Una competición a la vista, la ilusión de sus pupilos y una inquietante vuelta a tierra peligrosa donde el tirador -the fencer- tiene todo que perder/mucho más que ganar, ese orgullo de volver a ser y estar donde se merece, sin temer las consecuencias, con valor de enfrentarse a ellas.
El esgrima es el deporte motivo de confrontación, la deserción el pecado capital de una juventud forzada a alistarse sin excepción, las obligaciones patriotas la excusa que anula esa ansia y necesidad de alcanzar una vida normal, feliz y sana; un tapete de elementos tradicionales que siguen su curso de
manera uniforme, sin sobresaltos, ni manipulación, ni imprevistos repentinos que alteren la resolución prevista de todo el cuadro pintado pero, con todo, su elegante realización, su austero ritmo, su sobriedad estética marcan la entrega de una atención gustosa cuyo interés, aún a sabiendas de cuales serán sus pasos, está contenta y satisfecha con lo entregado.
“Un sentido preciso de la distancia”, llevado con delicadeza y suavidad, sensibilidad direccional para una historia verdadera, con su dosis de calidez, frialdad, traición y apoyo incondicional, sobre la creación de un club de esgrima que ha logrado varios títulos para Estonia, a lo largo de los años, y que aún sigue funcionando.
Horribles vergüenzas, de un país amordazado, narradas con la tirantez de esas pocas palabras cuyos hechos ponen la piel de escarcha; sin ruido, ni
agresividad, expresa esa ida al matadero concentrado de una prisión, cuyo fantasma planea sobre la esencia de unos ciudadanos asustados, heridos, pero supervivientes, que no se atreven a respirar fuerte por si molesta a alguien y les toca a ellos.
Lucifer gubernamental inducido a través de la somnífera conducta pasiva de quien calla, traga y otorga ante el miedo de ser el siguiente; producción finlandesa, de corte moderado, para un patrón rígido, comprometido y sereno que reprime en sus ahogos y nervios pero, con discreción y dureza lo deja todo claro.
Humana, contrae sus emociones, al tiempo que las vive con el vigor, valor y atrevimiento de ser oportunas, merecidas y necesarias.
Es sencilla, parca y modesta en su narrativa, camina
con solidez sin exceder en espacio y fotogramas, se observa con tranquilidad, se acepta con agrado; reposo sensitivo consciente de las emociones en juego, sin directrices engañosas compite con honestidad..., su mejor baza: la solvencia de una pulcritud en lo que cuenta y en cómo lo hace.
Sin discurso político, sin lágrimas y sin despeinarse logra que oigas y sientas la historia y no te alejes de ella; muy válida.

Lo mejor; la austeridad de su entrega.
Lo peor; poca cizaña para la referida época.
Nota 6,1


viernes, 15 de julio de 2016

For those in peril

Aaron es un joven inadaptado que vive en una remota comunidad pesquera de Escocia. Él es el único superviviente de un extraño accidente marítimo en donde perdieron la vida 5 pescadores, incluido su hermano mayor. Repudiado por la superstición local, el pueblo culpa a Aaron de la tragedia, aislándolo de la vida de la comunidad.


Un hamlet sin locuacidad, pero de similar demencia emocional.

Bella, profunda y devastadora la radiografía que Paul Wright realiza del dolor, la pérdida y su locura, agónica poesía, de imágenes confusas, que divagan en la mente de un quijote que lucha contra sus propios molinos de viento mentales, para que todo vuelva a su requerido lugar de felicidad; exquisita melancolía turbadora de quien debe retornar a las peligrosas aguas, para matar a la bestia popular de una fábula, vuelta realidad hiriente e insondable para el aciago héroe.
Pero, aún con toda la inmensa oquedad, de reflejo cautivador en su desamparada destrucción anímica, te duermes, lamentablemente permaneces ausente; en ningún momento conectas con su martirio o te involucras de pleno en su paranoia...,
...,la observas, entiendes el mensaje, aceptas su hábil y hondo formato, valoras su recreación argumentativa, aniquilada sensibilidad dividida y rota de un espléndido George MacKay, recital ambiental de desprecio, culpa y recordatorio constante de una tragedia que no se puede olvidar, anónima culpa cuya malicia recae sobre quien osó sobrevivir, un mal repartido erróneamente que se tiende a ajusticiar...,
..., un montón de catastróficos condicionantes rodean a este inocente chaval que sólo quiere recuperar la alegría que tenía y a la persona que amaba, mientra soporta el juicio desgarrador y lamentable de sus propios vecinos pero, estás al margen aflictivo, te mantienes a una distancia emocional, sincera e inevitable, de quien no respira su ánima, simplemente la lee, clave de que reflexiones sobre ella, con deferencia del sobrio retrato conformado para narrar el derrumbe emocional tras superar un naufragio, como único superviviente de abordo pero, que admitas al tiempo que no te aflige, conmociona o absorbe su artístico baile sufridor hacia la vesania perpetua y sin retorno, hacia su desesperada inmolación como llamada de auxilio y deber, pues has estado todo el rato a lejanía emocional del puente comunicativo que debe trazarse entre
narrador y oyente, entre escritor en imágenes y su audiencia expectante.
Y es que, al igual que no todos captan la belleza de la poesía, el arte del flamenco, la pasión de la ópera, el encanto del jazz, el alma del soul etc, etc, etc, es claro que este guión tiene sus propios fervorosos defensores, que han vivido con plenitud conectiva la enajenada espiral que sufre el protagonista y, ¡enhorabuena!, pues soy la primera en admitir todas sus virtudes y logros de escena, dirección, percepción y trauma que lacerantemente -y con maravilloso arte visual, de lentitud expirante en su alteración cabal- expone y derrama pero..., pertenezco a ese otro grupo cuya visión ha sido un poco tediosa, cargante y aburrida, tanto que debía forzar a mi desganada razón, de nulidad sentimental por ella, a prestar la atención debida para acabarla, sin excesivo interés, sea dicho también.
Malograda desconexión que se lamenta y entristece, pues es un relato incisivo, de recónditas sensaciones, vividas con abatimiento y desolación en su amargo sufrimiento y cuyo desnudo esqueleto deja ver todas
sus heridas laminadas, asoladas y arrolladas por el transcurso del tiempo pero, lo que no se absorbe no se puede retener, y es mínimo lo aspirado y guardado tras su lectura y consumo.
Grandeza dramática, por aquellos que están en peligro -for those in peril- de la que quedas al margen de su huella.
El mar le devolvió a tierra, castigo -que no beneplácito- que no supo encajar su transtornada esencia.

Lo mejor; su originalidad y alternancia para exponer la caída emotiva de un delicado ser.
Lo peor; su configuración te hace meditar sobre ella, que no sentir o padecer con el corazón en vilo.
Nota 6,3


jueves, 14 de julio de 2016

Dos buenos tipos

Ambientada en Los Ángeles durante los años 70. El detective Holland March y el matón a sueldo Jackson Healy se ven obligados a colaborar para resolver varios casos: la desaparición de una joven, la muerte de una estrella porno y una conspiración criminal que llega hasta las altas esferas.


Partida de pinball, de mareada palabrería.

La historia del caso y su trama investigada como que importan poco, aunque reconozco que ésta es amena y divertida/también floja y poco convincente -excesiva verborrea mordaz y salera, que se pierde al segundo de oírse-, porque tú quieres verlos a ellos, a la pareja protagonista, es a lo que acudes y su mayor reclamo de venta, ojear y tantear su carisma, armonía y juego de palabras y actos en conjunto..., del cual no salen mal parados.
Dueto chistoso, picarón y risueño donde Ryan Gosling es el incompetente más beneficiado de la pareja; humor irónico, de desastre andante, para sentencias dicharacheras de perspicaz labia, por tiempos, y gestos torpes y malabares que resuenan y amenizan el rato.
Un chapucero matrimonio cómico que se aviene a trastazos y sobresaltos inoportunos, donde uno lleva la serenidad lógica/el otro la intuida iniciativa, para acabar interpretando una carrera fresca, ágil y caricaturesca que sirve plenamente a su finalidad de entretenimiento con gracia, desparpajo, agudeza y predispuesta mueca de risa, según pasos destartalados, que en su caótico accidente, llevan a la resolución equilibrista y fanfarrona del caso.
El guión pretende gracia, su intriga es barata, su andar precipitado, su aceleración fortuita, dentro de ese respetado razonamiento deductivo, que en su
serenidad ocurrente llega a un puerto acorde; estética deliciosa para un listo diablillo de detective privado, contratado por otro al uso, pues ambos persiguen a la misma chica así que, mejor avanzar en compañía, que complicársela en un enfrentamiento mutuo de recesos y lamentos que es pérdida de tiempo..., más una angelical niña, de incorporación avispada y moral, para aportar ese toque dulce, inocente y justo de quien mira con ojos aún no contaminados, por la podredumbre de una gente que no merece tan estimada consideración.
Y el desfile de golpes, carreras y tiros adorna, y el derroche de sentimientos ocultos expuestos en fraternidad espontánea camela, y la distracción se disfruta, y te empapas de su ambiente y la sonrisa es una mueca estándar que se mantiene a lo largo de toda ella.
Y buscan a Amelia, que no a Wally, aunque su investigación se está complicando tanto como la del susodicho, viven de casos cutres que no interesan a la mayoría, sobreviven a duras penas sin llegar a matarse, la sociedad va a peor/apenas tiene remedio, tan poca como estos aventajados colegas que dan una de cuatro de carambola pero, cuando aciertan lo hacen de pleno y a lo grande.
Sano pasatiempo, de distensión media y entusiasmo latente, donde su adrenalina nunca deja de estar en
movimiento, unas veces más álgida/las menos conforme a esa parada necesaria para respirar y cavilar sobre lo llevado entre manos y que vuelva a rodar el frenético acicate, de payasada y burla con decencia ética.
Un emparejamiento de buenos tíos, un tanto descontrolados, bastante atontados, que hacen una delicia agradable de performance para una atención relajada que, debe reír si le apetece, o simplemente oír sus espontáneas burradas, de diálogos cruzados en acertijo revuelto, para saborear unos gratos minutos de excepcional compañía.
Frivolidad de tiempo nostálgico, en las manos de dos excelentes actores que explotan su posible vis cómica, acción del presente con decoración de los 70 e ingeniosidad para compartir entre las escenas.
El género del humor es difícil de acertar y aunar en opiniones, mientras unos se parten la caja a carcajadas/el del lado mira incrédulo sin encontrar su puñetera gracia, difícil agruparlas todas cuando el humor reside en la cháchara incesante, de captación frágil y dudosa..., pero sin duda la ambientación, su
ritmo, su cachondeo y cariño por las atolondradas marionetas hacen que entres en un estado cómodo de aprobación, tolerancia y gusto, que perdona los retraimientos/celebra sus máximos y, en general, acepta con cariño y simpatía lo consumido pues, llevan buenas intenciones, y por una vez no exiges más, te caen bien, lo tomas.
Intimidad floreciente, para un circo rumboso donde “a veces, sólo a veces, simplemente se gana”..., para después volver a la realidad desconsolada.
Carne de cañón, para un acompasado gordo y flaco que rozaron el dorado.

Lo mejor; su estética y dueto rocambolesco.
Lo peor; la historia no tiene intriga ni fuerza.
Nota 6,1


lunes, 11 de julio de 2016

Antes de ti

Louisa “Lou”, una chica inestable y creativa, reside en un pequeño pueblo de la campiña inglesa. Vive sin rumbo y va de un trabajo a otro para ayudar a su familia a llegar a fin de mes. Sin embargo, un nuevo trabajo pondrá a prueba su habitual alegría. En el castillo local, se ocupa de cuidar y acompañar a Will Traynor, un joven y rico banquero que se quedó paralítico tras un accidente.


Insuficiente con la hermosa sonrisa de la chica.

De antemano sabes que vas a ver una copia de “Intocable”, sólo esperas esté a la altura, pues superar el fantástico descubrimiento de aquella se vislumbra harto difícil; sabes que no es comedia, que tira a lo romántico, a un probable cuento de hadas dulce, inverosímil y fantasioso, lo cual se intuye ¡malooo!, o puede que no, puede que aporte entereza y validez de contenido grato..., como siempre una única forma de resolverlo, pues cada película es una encrucijada de sensaciones y opiniones donde la de los demás puede coincidir, o todo lo contrario.
Qué genial cuando tu sugestión encuentra adeptos de refuerzo con quien compartir impresiones/que incomprendida heroína cuando tienes que defender tus rechazadas sensaciones, un juego en solitario que se practica entre el vidente y la pantalla; para esta ocasión, anticipo soledad de ideas y postura.
Una princesa dulce, encantadora y angelical, rebosante de inocencia y simpatía toda ella, que conoce a su príncipe azul aún irritante, antipático y cabreado según días, y que no pondrá las cosas fáciles a la doncella.
Parlanchina, empiezan mal las cosas -como es de esperar en toda tierna y entrañable fábula-, con un desfile sonoro y tonto de sus extravagantes modelitos, para descubrir una especial personalidad
que, desde el primer minuto, te suena boba, exagerada y aburrida pero..., avancemos en el teatro simplón, de dolor profundo y esperanza perdida a lo Michael Sparks, pero en más cutre.
Siempre hay un momento donde ella se hace respetar y el caballero, no-andante esta vez, deja de ser un capullo y permite hablen, rían y se conozcan para que la magia fluya inesperadamente...,bueno, se la veía venir, pues es un clásico dentro de su académico andar pero, prosigamos con el tostón pues..., por fin surge el buen samaritano, que está sufriendo desesperadamente por una injusticia accidental, y que la candorosa rosa recién llegada al castillo le hará olvidar, volviendo a sacar al válido hombre perdido tras ese cuerpo inmóvil, que aún recuerda quién fue y a quién le duele lo que es en el presente.
Y ella descubre nuevas inquietudes, y él cede en su necesitada ayuda, una situación difícil se plantea, que
la valiente dama sabrá resolver para ganarse la confianza y respeto de su complicado jefe al cargo, y todo discurre con armonía bella de narración necia y simplona.
Y el colofón de la enamorada aventura; el amargado paciente sonríe, dialoga, interactúa y ¡ya tenemos la estructura de la vomitiva leyenda!
No se que es más burlón, las escenas memas e ingenuas o los diálogos torpes e inútiles en la creación de ese bonachón, agradable e hipnótico ambiente, que no convence a nadie en su patraña.
Una pretty woman que, ni como cotilleo o curioseo convencería a una audiencia estupefacta de tanta candidez estúpida y planteamiento superficial y ofensivo que busca la bella fotografía, de pose graciosa, romántica y amable pero no aporta nada, excepto una mirada ridícula a tanta desfachatez de propuesta, que únicamente sugiere ¡esto es el cuento
de la lechera!, pero sin gracia, interés o atractivo que narrar.
Anulada motivación que avanza a falsedad descarada, donde sólo cabe respirar hondo para acabarla con paciencia de no desespero pues, incluso sacando el espíritu infantil y aniñado de cada uno, se acepta tal frivolidad hueca, estéril e inútil en atrapar al oyente, despertar tu cariño y que abrace su novelesca quimera.
Los dos guapos, en una dirección fácil y accesible para cualquier director con algo de experiencia televisiva, que parece guiada para celebrar el mensaje de la vida, el valor de su opcional acatamiento y la necesidad de amor en nuestra existencia para ser plenos y dichosos, todo desde una razón aburrida y desganada de tan insustancial relato.
Lela, panoli, bobalicona, insultante, anodina, idiota, se rodea de una atractiva banda sonora para paliar la flojedad y carencias de un guión pueril, débil y
enclenque que escenifica una payasada de tragedia y una burla de romance.
Y al final un poco de lágrima dramática, que siempre va bien en la decoración ñoña... y París, ciudad del amor, lo arregla todo.
Insulsa baratija.

Lo mejor; su banda sonora.
Lo peor; su material tan exiguo y soso.
Nota 4,1


domingo, 10 de julio de 2016

El experimento de la prisión Stanford

Esta película está basada en una historia real que tuvo lugar en 1971, cuando el profesor de Stanford Dr. Philip Zimbardo creó lo que se convirtió en uno de los experimentos sociales más impactantes y famosos de todos los tiempos: en unos días fue capaz de convertir a un grupo de ciudadanos de clase media en gente sádica por un lado y víctimas sumisas por otro.


Espectador participante.

Lo llaman experimento pero ¿hasta qué punto realmente lo es?, pues nada más empezar, el primer día, ya se salta ¡su estructura y propias normas!
Lo principal es esa implicación personal y emotiva de unos observadores, que debían ser objetivos y neutros en su juicio y dictamen, y que ellos mismos se ven sorprendidos de su errónea participación y excesivo entusiasmo, amén de esa variación de las condiciones de inicio, que alteran todo el previo trabajo desviándolo hacia un-haber-lo-que-sale, más esa ausencia de variable independiente que de autoridad externa a lo extraído y veracidad a los resultados obtenidos.
Conforme rueda pasas de ese legítimo estudio psicológico sobre el comportamiento humano, cuando éste se encuentra sometido a una institución que le priva de libertad e individualidad, en caso de prisionero, o le permite acceso a otro ser humano con poder imaginativo sin receso, en caso de guardia, a un juego de rivalidad y enfrentamiento, docilidad y superioridad donde ya mandan las humillaciones y averiguar la capacidad de resistencia de cada cual, de disfrute infringiendo dolor y de aguante soportándolo.
Ya no tiene sentido, es un mediocre espectáculo del que no se pueden extraer conclusiones válidas pues ¿qué halla?, que un individuo, con autoridad absoluta sin vigilancia sobre otro, abusa por diversión y se convierte en un ser irreconocible y que otro, sometido a la voluntad caprichosa de su carcelero, se somete y anula por pura necesitada supervivencia; ausente ecuanimidad, de seis días, que ya quiebra
sus posibilidades desde ese minuto en que se modifican las variables de investigación previstas.
“A nadie le caen bien los guardias”, de ahí que todos opten por ser delincuentes con pena, hasta que descubren que “¡eres el jefe!, deben obedecerte” y la tensión se dispara, la comodidad de partida de lugar a un juego mental, donde se trata de someter al dominio propio a ese número de enfrente, ya no persona, mando que no tiene límites en su inventiva de degradación y desprecio.
Sin duda alguna atrapa tu interés y mantiene tu atención en vilo en todo momento, pero tus sensaciones se mueven más por ese inexplicable entender al cabeza pensante de todo ello, su inesperada alteración y enredo, que por los descontrolados chavales; se comprende y descifra el desarrollo de sus marionetas contratadas, pero se escapa esa exigencia ansiosa, imperiosa y preponderante del diseñador de continuar sin medida, en esta ficticia prisión, cuando sus propias demandas habían sido violadas; esa incesante prerrogativa subjetiva que solicita saber más, averiguar el límite, descubrir el siguiente paso
cuando ha dejado de ser un experimento investigado y se ha convertido en mero simulacro curioso.
Una cárcel simulada, 24 voluntarios estudiantes y dos semanas por delante bajo la supervisión de un psicólogo doctorado interesado en el cambio de rol, según el papel otorgado; versión fiel a los hechos, con esa fría y austera escenografía donde los personajes se convierten en una etiqueta numérica sin rostro, de mirada vacía e identidad perdida ante el sadismo de sus carceleros, que no son más que estudiantes compañeros que han extraviado toda humanidad y empatía con quien está delante.
A ratos cautivadora, a espacios monótona, ellos van perdiendo fuelle a cambio de fijar tu seducción y cuestionamiento en el capataz de todo el rodeo; actuaciones naturales y convincentes que reflejan al detalle la agresión y remisión de cada uno; despierta fisgoneo y espionaje por su planteamiento, pero pronto pierde el centro de su idea y desvía el foco al
investigador de la misma, atrayendo más su ego que lo manifestado a través de su cámara, confusión e incomprensión por un sujeto convertido en dios intimidador de sus criaturas.
“¡Tú hubieras hecho lo mismo!”; no se sabe, pues es adivinar lo que no se practica ni padece, emociona, sensibiliza y abre preguntas, de respuesta evidente algunas/otras quedan en el aire, cuyos actos son parte de esa insondable y sorprendente naturaleza humana, para lo bueno y para lo malo.
Seis días y el teatro se corrompió de su propia osadía, hazaña de imprevisto cálculo en su desarrollo y efecto que se indaga con ameno entretenimiento, sin ser el alarmante proceso figurado; acabas más centrada en las motivaciones e indagaciones del doctor que en sus pacientes, insisto y reitero, como la cinta.
En algunos sentidos escasa/en otras llamativa; desconcierta, más que impacta.

Lo mejor; la plasmación veraz del experimento.
Lo peor; su cierre abrupto.
Nota 5,7


sábado, 9 de julio de 2016

La camarera Lynn

Lynn Zapatek es una camarera obsesionada por la limpieza; se dedica en cuerpo y alma a las tareas domésticas que tiene a su cargo en el hotel Eden. Por aburrimiento, mantiene una relación con el gerente, pero lo que realmente le interesa es conocer los secretos de los clientes, así que husmea en todas sus pertenencias. Además,se esconde debajo de las camas para escuchar lo que sucede a su alrededor. Un día descubre que Chiara es una dominatrix que somete a sus clientes a prácticas sadomasoquistas. Ese descubrimiento cambiará su vida.


Desembarco en el mundo del sentimiento y sus sensaciones.

Personaje curioso, hermético, frágil e interesante de descubrir por lo que hace, por lo que evita, por lo que no cuenta, por lo que no solicita, por lo que se atreve a desear, por lo que afronta, por lo que tiene que encarar en su infértil felicidad.
Una mujer solitaria, cumplidora fiel de su trabajo -el cual la mantiene ocupada con su robotizada rutina-, con un estático proceder, de duda insistente, y una relación problemática y gélida con su madre, cuya apática y tirante relación es evitable a toda costa.
Mala participante del juego de la vida y sus complicadas relaciones, se le da mejor observar e imitar -que tomar creativa iniciativa- en busca de esas experiencias que una existencia inerte y repetitiva le insisten en privar.
Se mantiene cuerda, aunque no recibe compensación ni beneficio de su esfuerzo, gusta de espiar a los clientes e inmiscuirse en sus vidas, para descubrir y saber lo que en primera persona nunca saborea; a escondidas mira y escucha, sin permiso se adentra en sus historias y flirtea con la información recibida, un conocimiento sabroso y exiguo a la par, aunque suficiente para cambiar su estatus actual y osar ir a por más.
Porque el mundo no se detiene ni el deseo se sacia nunca, siempre pide/nunca se conforma y ahora
pretende experimentar para ser jugadora, ya no más una desapercibida vouyer; y siente, averigua, coge firmeza, confianza y decisión de querer y presenciar en carne y alma, ya no un simple curiosear, estar en el campo, en activo..., y por fin sonríe, y por fin sueña en positivo y deja de lado esas pesadillas de las que uno se alegraba de despertar, al contrario de ese hermoso soñar que, aunque no tiene grandes posibilidades de hacerse realidad, fascina, conmueve y alienta la mermada existencia.
Ya no es la misma, ha evolucionado, sus emociones están dispuestas, en pie, su placer satisfecho, sus sentidos alertas a esa oportunidad de poseer lo que nunca supo que quería, pero ha encontrado por accidente casual rebuscado.
¿Qué busca?, ¿qué aprecia?, ¿qué le aflige?, ¿qué le lleva a silenciar su andadura?, ¿qué le llena?, ¿qué le gusta?..., un relato radiográfico de una esencia impasible, adormecida e indiferente -que no insensible- al día a día de los demás, que como bella durmiente despierta de su somnolencia anímica y empieza a ver el presente en azul cielo, sin ese estéril gris que no aportaba ni expresada nada.
Ingo Haeb realiza una medida y escrupulosa
construcción de su personaje, contando con la sugerente y comunicativa interpretación de Vicky Krieps, un trabajo absorbente de veracidad y claridad magníficas, que te lleva a acompañarla en su aventura incierta con el fisgoneo que se tiene por quien es diferente, extraña, opaca e impenetrable a los ojos de una audiencia que no alcanza a conocerla.
La vida es una gran mentira..., ¿emocional?, no lo sabe pero está insatisfecha con lo recibido, toma cartas en el asunto y colabora para acceder a otro terreno, ese desde el cual hay material que narrar, observable desde fuera.
Pero..., ¿quién va a querer observarte a ti?; la respuesta requiere consumir una historia cuyo cautivador ojeo se mantiene indemne por saber de
ella, de su progreso, de su resultado por ese ser, estar y proceder inconexo.
“Madre, ya no soy la misma”, ¿estás segura?; no a todos motiva una aciaga intimidad que tenuemente inicia el vuelo, que desconcierta, atrae y crea aliciente con esa sencillez de provocar una primera sonrisa, que fantasea con la esperanza de muchas más, dada la delicia y apetencia que ha aportado a su sensible corazón, de moribunda psique, en este nuevo tiempo de amanecer soleado.
“Mamá, ¿sabes cuál es la mejor parte de limpiar?, que siempre se vuelve a ensuciar” y nunca dejas de estar atareada, para evitar volver a pensar en ilusiones dolorosas.
“La camarera Lynn”, quien sabe limpiar, que no disfrutar ensuciando.

Lo mejor; el personaje y la actriz que lo representa.
Lo peor; se echa en falta más información de su traumática persona.
Nota 6,3


viernes, 8 de julio de 2016

Speed walking

En 1976, en un pequeño pueblo, Martin de 14 años se prepara para la comunión. Pero la súbita muerte de su madre cambiará su vida para siempre.


Crecer, a marcha forzada.

El lío mental de un chaval tras perder a su madre, esa estupefacción repentina de sentirse sólo sin nadie que le cuide, mientras batalla con una adolescencia complicada de experimentar todo por primera vez; perdido ante un confuso comportamiento adulto, sin saber qué hacer o a quién recurrir, un padre desmoronado e inútil en la asunción de su deber, un hermano hundido y violento que no afronta lo que está por venir y él como único adulto, de una casa que no encuentra el camino para solucionar el caos y arreglar su desmadre.
Excelente música de acompañamiento para un Villads Boye hipnótico, cautivador, inocente y abiertamente emocional en su reflejo de las diversas y contradictorias emociones recibidas; la vida con sus alegrías y penas, tristezas y maravillas que surgen cuando menos te lo esperas en ese sentir, pensar, observar, averiguar y comprobar qué es la existencia, con todos sus lloros, lamentos, esperanzas y risas.
Humana, accesible, conmovedora y hábilmente narrada desde la picardía y curiosidad de la mirada atenta e ingenua de un pequeño hombre en proyecto, que ya no tiene el soporte ni la seguridad de su progenitora, justo cuando más se necesita y echa en falta; absorbente naturalidad, para un guión convincente que sugestiona y envuelve, con esa facilidad de contar algo preciado y verdadero de manera intimista y cercana, para poder ser un preocupado miembro de esa destartalada familia, que parece se va a pique pero resiste la embestida.
La relación paternal, la amistad incrédula, la ofuscación hermanada, los comentarios externos, las punzadas verbales, la incomprensión envolvente, los erróneos actos, el afán de tocar, el deseo del gusto, el sabor de lo incorrecto..., hacerse mayor, a marcha
acelerada, ante la imprevisión de los hechos y la responsabilidad de decidir por uno mismo, sin ayuda externa.
“Ahora estás por tu cuenta, chico”, lo único que te queda de ayer es tu querida marcha atlética, ese liberador kapgang que permite concentrar tu rabia y energía en ella, mientras lo de alrededor sigue su rumbo sin que nadie pueda aventurar esas decisiones, a futuro incierto, desde un cohibido, frustrado y quebrado presente.
Película sutil, emotiva, interesante y equilibrada en mostrar los pedazos tras un golpe mortal del destino y su esquiva y complicada reconstrucción, sencilla en su planteamiento/intensa en sus sentimientos, un conmocionado desborde sensitivo, de pasos dolorosos, que van uniendo sus restos para conformar una salida aceptable a la bloqueada situación, donde poder volver a ser dignos miembros de una amada familia.
Cinta danesa que se sitúa en el ambiente rural de los 70, con un despertar sexual lleno de confusión y
anhelo por descubrir y probar, sensible, veraz y próxima despierta simpatía por su lucidez, por su ignorancia, por su destreza, por ese seguir caminando, sin correr pero sin detenerse, que tanto le gusta practicar como modalidad deportiva y que aplica fielmente en su día a día; firmeza adorable, de frágil emotividad y desconcierto continuo, ante ese debate nostálgico que no puede entretenerse pues el ahora continúa su andadura, estés preparado o no, con una absorbente estética, para ese guerrero infatigable que permanece en pie, pase lo que pase.
Impactante desmorone argumental, para una calidez interpretativa de intuidas actuaciones, que provee un ritmo personal y angustioso de auxilio, abrazo y aceptación; implica al vidente en su resquemor, sufrimiento, valor y sobriedad para confiar en su fortaleza de grupo y no ceder ante el anímico cataclismo.
Respira su dura verdad y disfruta de conocerlos, te acogen en su hogar con honestidad de exponer, sin reparos ni subterfugios, y en ningún momento te dejan al margen de su aflictiva y emocional historia, lo cual es muy de considerar y agradecer.

Lo mejor; su guión y asimiladas interpretaciones.
Lo peor; juega con un atrevimiento sexual que no profundiza.
Nota 6,4


jueves, 7 de julio de 2016

Tenemos que hablar

Nuria lo tiene todo para ser feliz: un buen trabajo, una casa maravillosa y un novio perfecto con que se va a casar. Sólo le falta una cosa: los papeles del divorcio. En cambio, su marido, Jorge, está en paro, su casa se cae a pedazos y no tiene novia. Como no quiere hundir más a Jorge, Nuria lo anima haciéndole creer que tambíén ella está mal. Se trata de esperar a verlo más fuerte para pedirle el divorcio.


Pareja que vive de rentas pasadas.

Muy floja, con muy poca materia interior que valga la pena, muy condescendiente en su esperanza y ánimo de gustar y colmar a la audiencia pues, no se puede vivir únicamente de que te caigan bien los protagonistas, de que sean simpáticos y abran el apetito de la concurrencia; hay que darles contenido, un guión sólido, de personajes definidos que calen y sean interesantes, por separado y en unión rebuscada, no simple marionetas, débiles, inconsistentes y sin apenas carisma cuyo tropiezo y enredo, motor de toda la contienda, ni siquiera da para motivación de enganche, risa de accidente, sonrisa de beneplácito o quebradero de cabeza por el lío montado, más bien descafeinada sensación de mirada bonachona -por la querencia hacia los actores, más que por el acierto e interés de sus papeles-, y oídos dormidos ante el escaso atractivo y mínima demanda que exige una comedia ligera, superficial y débil gracias a un argumento que no idea con eficiencia, ni crea con entusiasmo, simplemente confía en el nombre y carisma de los intérpretes, dejando de lado la concienzuda y necesaria labor de un escrito meritorio y digno.
Empieza con la artimaña de la crisis y sus escándalos más sonoros, para reflejar la desestructura de una avenida familia, ahora cada uno por su lado; la lástima y el cariño llevan a la mentira piadosa, de enredo continuo, pero Michelle Jenner y Hugo Silva ya no están en “Los hombres de Paco” y no basta con juntarlos, separarlos, crear malentendidos, cándidos y dulzones, para propiciar un nuevo encuentro de beso solicitado.
Es tal la bobada de planteamiento, la simpleza de andadura, la sosería de actos, la sandez de diálogos, la ñoñez de resolución que observas desganada, oyes
aburrida y sientes una desilusión enorme por esa oportunidad perdida, de válido entretenimiento, con humor, amor y embrollos entremedias, pues a cambio obtienes ese palique aciago que no halla la comicidad, por muy estudiada, ficticia y forzada que ésta se presente, y teje un romance tan insustancial y nimio que, cualquier episodio de la recordada serie le daría mil vueltas en cuanto a risa, emoción, tensión y suspense por esa pasión y encanto que son el alma y emblema de su portada.
“No te preocupes por nada cariño, que España va como un cohete”, y justo por ello, por no involucrarse, asegurarse, comprobar y certificar la solidez, empuje y energía de su libreto, David Serrano rueda una cinta mediocre, lela y anémica, cuyo resultado teórico en papel se pierde en su trasvase a la acción práctica, únicamente Verónica Forqué y Ernesto Sevilla hacen realidad una gracia y chispa que a los demás pasa desapercibida.
“..., literalmente no, pero lo ha dejado caer de
puntillas”, que no importa el dinero, ni la inestabilidad, ni los golpes del destino, que donde hubo fuego quedan cenizas y que queriendo no preocupar, complica a todos para alegrar a uno; “tenemos que hablar”, no siempre implica algo negativo -aunque no se sepa poner ni un ejemplo de ello-, no se cuida la dialéctica, los secundarios están de adorno maltrecho y ¿los principales?, seamos sinceros, Sara y Lucas atraparon a una generación /Nuria y Jorge dan pena.
“Contamos hasta tres y salimos corriendo” y con necedades de tal tipo se cree ya está todo elaborado y dicho para contentar al presente público; poco respeto y admiración por un género, la comedia
romántica, que se piensa únicamente necesita de dos guapos, una riña y un beso final para que guste y seduzca, cuando es justamente lo contrario, enamorar y hacer reír es de los trabajos que más cuesta pues no se puede forzar, no se puede fingir, sin química natural con la pareja todo al garete, se convierte en una anodina e insípida sesión de cine y ¿adivina?..., ¡exacto!, has dado en el clavo, anodina e insípida sesión de cine.
No convence, no satisface, sólo circular no es bastante.

Lo mejor; Verónica y Ernesto.
Lo peor; su desganado guión.
Nota 4,3


Advantageous

En una ciudad de un futuro cercano, donde la opulencia eclipsa las dificultades económicas, Gwen y su hija, Jules, hacen todo lo posible para aferrarse a su alegría, a pesar de la inestabilidad de la superficie que hay su mundo.


Discurrida decisión errónea.

Una madre desesperada necesita encontrar urgente un trabajo por su hija, para proporcionarle la mejor educación y estabilidad que le garanticen un futuro prometedor, angustia y exasperación muy de nuestros días.
El agobio, la preocupación y las prisas, más ninguna alternativa a la vista son el acorralamiento ciego que le llevan a participar en un proyecto experimental, de cirugía innovadora, por el cual se aporta un cuerpo joven a una mente veterana, y experimentada, que le permita poder decidir sabiamente con los conocimientos inteligentes poseídos, propios de haber vivido, de su predecesora.
Porque las decisiones nos definen, éstas marcan quiénes somos y la fortuna que nos espera en la vida; hacen la diferencia, nos sitúan en social escala, ese concluyente poder de escoger con destreza, habilidad e ingenio y así llegar a lo más alto, para reconstruirnos y decidir quién deseamos ser, dejando atrás el equivoco pasado.
Enorme soledad escénica, de calma perpetua y vacío ambiental, como norma de andadura, asfixia de espacio férreo y exclusivo, habitado por unos pocos afortunados, con esa frialdad teatral, superficial y vanidosa de meditada reflexión, con catastróficas consecuencias, que se apoya en la calidez, magnificencia y solemnidad del sentimiento poseído hacia un hijo, ese santo y eterno sacrificio por el bien del fruto de tu vientre, cuya respuesta a tan inquisitiva pregunta ¿qué no haría una
madre por el bienestar y amor de su angelical retoño?, ya se sabe.
Planteamiento nada futurista, pues es una actualidad más vieja que la vida misma, prostituir el cuerpo a cambio de transacción económica con la que ayudar al ser querido; la ciencia ficción viene de la mano de esa innovación científica, de cambio corporal, que duplica la conciencia añeja para instalarla en el novedoso receptor invitado, duplicado que como todo tiene sus fallos y problemas, los que padecerá una niña que sigue esperando el regreso de su añorada madre.
“Toma lo que puedes tomar”, ten cuidado si vas más lejos y te haces con aquello fuera de tu alcance, pero momentáneamente al alcance pues, retornará a su sitio perdiendo por el camino, no sólo lo andado, sino también todo lo construido.
“Tú me haces feliz”, confirma una madre soltera a su única hija, lo más sobresaliente que nunca ha decidido tener, cuya ansia por darle todo lo que merece, acabará por dejar sola y desamparada a su más preciado tesoro; se decora con inventada práctica, de posible realidad, utilizada para darle ese toque de alcanzable quimera y ¡ya tienes una película de ciencia ficción!, muy presente en su temporalidad que explota, sin excesivo beneficio,
los silencios, la escenografía ilusionista, la gélida comunicación, la impersonalidad relacional, el elitismo exclusivo y la urgencia y necesidad de elegir adecuadamente, estar en el lugar propicio, entre la gente beneficiosa, para conducir la vida por donde conviene para el éxito y la opción de explotar todas las artes con ganancia y logro.
Plantea alternativas que no aclara ni profundiza, deja caer temas interesantes sin añadir información explícita que los enfoque como opción interesante, no como simple receso olvidado nada más ser nombrado; es más, justo cuando surge la apetecible cuestión de la convivencia y cariño con ese nuevo ser, totalmente extraño, no opta por los puntiagudos sentimientos ni por la paralizada e inquietante situación emocional, en el momento más crucial se paraliza y escoge salir por ruta cómoda y dulce, apropiada y familiar, dejando de lado el rédito de la tendencia elegida previamente.
Un tema muy de hoy con práctica del futuro que, cuando empieza a surtir apetecible hechizo en la audiencia, por las atractivas consecuencias de todo ello, pierde fuelle y
se conforma con una casa de la pradera, en sociedad del próximo siglo.
Advantageous, ventajoso, aunque no sepa explotar ni sacar máximo partido a su clonación cerebral, lo cual deja una apagada y triste sensación de pobreza argumentativa, al no hallar continuidad serena y estable a su vendida idea; minimalismo sin apenas brisa que abra estímulo o debate, desabrida percepción de lo que pudo haber sido y el mínimo aliento con el que se conforma.
No sostiene, no alimenta, transmite vacío de visión y ánimo, y no por no tener, sino por no saber manejar lo poseído. 

Lo mejor; los caminos que abre.
Lo peor; apertura que no llega a
ninguna parte.
Nota 5,3

miércoles, 6 de julio de 2016

Todos queremos algo

Jake llega a la Universidad de Texas en su deportivo, con las ventanillas bajadas y la música a todo volumen. Quedan sólo unos días para que arranque el curso, pero piensa aprovecharlos conociendo chicas, yendo a fiestas y haciendo amigos.


Parodia de simple contemplación.

Bienvenidos a los 80, esa añorada época en que Rob Lowe, John Cusack, Johnny Deep, Mathew Broderick etc, tomaban la atención de la pantalla, haciéndonos vibrar de ilusión y ganas con sus aventuras y gamberradas; ninguno de ellos fue a la universidad -bueno, alguno tenue y esporádicamente-, pero muy lejos de esas atrevidas y locas juergas de estudiante que tanto se han puesto de moda en la actualidad, en una vuelta de añoranza y melancolía a esos años delirantes donde todo estaba por saber y decidir, donde se vivía la fiesta con esa marcha chulesca de comerse el mundo y ser el más molón con sus pantalones prietos.
A ligar con chicas, a hacer inocentadas a los novatos, a beber como cosacos, a probar drogas..., todo con ese desmadre inocente y divertido de pasar un buen rato; la hermandad es el núcleo de reunión, allí están los más ¡guays! y todo el que vale la pena, dioses supremos que dictaminan lo que está de moda, son el liderazgo a imitar..., y el fútbol americano la gloria intocable, con sus jugadores como reyes de ese mundo; aunque, aquí eligen al béisbol como deidad
deportiva, que abre las puertas al paraíso del disfrute y la fanfarronada.
Pero este regreso al pasado no tiene alucinante chispa hipnotizadora y subversiva, su adrenalina no se mantiene entre disco, bar y discoteca siguiente, por mucho que muevan las caderas y se expresen con idioteces de aquella era; sus tonterías no animan ni seducen, más bien son esquivas con su propósito de revivir aquellos 80 con logro de razón y alma, abducidos por su inteligente narrativa.
El guión falla en interés y suspicacia de contar algo, de entonar a la audiencia en el nivel apropiado, nunca llegas a sintonizar con sus desmadrados jugadores estériles, en ese campus de su propiedad egocéntrica y bravucona.
Tres días por delante para el inicio de las clases, todo un fin de semana para saborear la libertad de la irresponsabilidad, el desorden y el exceso desmesurado todo lo que se pueda, pero el talento escénico y artístico no compensan ni cubren la carencia guionista de un argumento que pierde hora y pico en recrear convulsivamente lo mismo,
atascado en el tiempo sin nada que relatar, sin añadir aporte calórico que nutra el cotarro, sólo un atoramiento de ideas y actos que no llegan lejos, en su incrustada intención de adicción a si misma.
Aneurisma de bateo que lanza, golpea pero no logra ningún strike, únicamente entretenimiento medio que agota, distancia y desapega con el transcurso del tiempo por ser un anodino relato; filosofía de escaso material para ser completamente recibida, sólo esporádicamente aporta alguna ilustración ocurrente, amena y chistosa, pero seguimos con las mismas, su cachondeo estándar no sube enteros ni como jolgorio, ni como distracción al dente pues ni hierve, ni caldea, ni tonifica.
Teatro dicharachero, de espectáculo sonoro y visual, que olvida la importancia del contenido y su corazón; se queda en tercera base, sin llegar a primera, por una astrología que confía en exceso en la coreografía interpretativa, no en la sabiduría del fondo para enamorar con su aliciente y entrañas.
Conquista su cuerpo, no su cabeza, no hasta bien
entrados los minutos, cuando se concentra en algo con recorrido y sentido y deja de lado la circular noria repetitiva, enfrascada en su ombligo superficial sin demasiado que decir ni estimular; y, para entonces ¡adios, muy buenas!, la cinta se ha acabado.
“Piensen antes de hacer algo estúpido”; un poco tarde ya pues, has consumido sus burradas y sandeces y ¡na!, ni alegría, ni entusiasmo, ni recreo, ni jarana, únicamente una confianza de inicio que va perdiendo sus anhelos, para conformarse con vacuidad argumental de imagen y sonidos fantásticos.
Tropieza con los límites de su capacidad inventiva, generadora de un núcleo potente y sabroso que narrar; resquemor de aprobar una parte/suspender otra, donde el insuficiente penetra con fuerza en su recuerdo, ganando al beneplácito de su estética y movimiento..., ¡una pena!
“Todos queremos algo”, y no se cubre con geniales pinballs, adorables marcianitos o legendarios futbolines..., más efervescencia en los personajes ¡que son casi dos horas!

Lo mejor; la estética y coreografía.
Lo peor; su desalentador interior.
Nota 6,1



La corona partida

Comienzos del siglo XVI. Tras la muerte de Isabel la Católica en 1504 comienzan tiempos de incertidumbre en los que se viven luchas de poder entre Fernando el Católico y Felipe el Hermoso, cuya principal víctima fue Juana la Loca, hija de Isabel y legítima heredera al trono de Castilla.


Moderación generalizada que limita su gloria.

Viene de un triunfo arrollador de la serie materna, y del posterior encargo del nieto, lo cual a permitido el acceso a la gran pantalla de la transición entre ambas; ese decisivo tiempo que hubo entre tan consumidos hechos televisivos que, sin discusión alguna, han sido retratados con cuidado del vestuario, la fotografía y la escenografía, una solemnidad artística de gran detalle, elaborado con habilidad y esmero para conformar la gloriosa y tormentosa época elegida, más esas interpretaciones firmes y absorbentes de quienes saben la importancia del papel que representan, aunque no entren todos en tan explícito desempeño.
Poder, religión, sexo, amor, mentiras y traición, luchas, muertes, destierros y ansia de corona una vez caída la reina, ese arte de la guerra y su conjunta negociación que pregunta ¿hasta dónde se está dispuesto a llegar por salvaguardar el reino? ¡a lo que sea!, siempre contesta; promesas y lealtad al servicio personal por ambos frentes, de cara o a contraataque, argucias, disputas y acuerdos de conveniencia, todo en uno con excelente ritmo y acorde labia que instruye, narra y ofrece la
estratagema de esa partida de ajedrez, que se enfrenta por la tierra.
Hija, padre, yerno y una voluntad testamentaria que a nadie parece importar, pues hay mucho en juego; Aragón y Castilla/Castilla y Aragón, sacrificio e intereses para dos cortes separadas, que en su día fueron unidad fuerte y suprema.
Película que vive entre Isabel, su antecesora, y Carlos I, el heredero que recogerá lo sembrado por este combate a tres bandas que reconduce el más listo de ellos, ese que siempre acaba imponiendo su santa voluntad, una iglesia férrea que está con todos pero con nadie, excepto con ella misma, para imponer con dureza, negociar con artimaña y acercarse con esa docilidad de quien se deja manejar, manejando los hilos con sabiduría.
“Para ser un buen rey no es necesario ser un mal padre”, dictamina una Juana la Loca, más cuerda que nunca, en proceso eterno de dar sepultura a su querido Felipe el hermoso, mientras se despide de su audaz, inteligente y calculador progenitor alabado; una próspera y culta clase de historia cuya pedagogía es interesante, atractiva y cumplida.
Somos capaces de realzar y visionar, en múltiples
cintas repetitivas, dramas históricos de otros países; ya es hora de valorar, descubrir y apreciar el gran historial que esconde nuestro pasado, en magníficas personas y en hechos notorios.
Evidentes son los reparos, tropiezos y limitaciones de nuestro cine para las grandes producciones, pues siempre anda manejando presupuestos mínimos muy esquivos y controlados por las diferentes fuentes que colaboran; cierto es su falta de experiencia y logro absoluto -que no de trabajo y empeño en su buen hacer- pero, para el caso, Fernando el Católico (Rodolfo Sancho) y el cardenal Cisneros (Eusebio Poncela) acaparan plano y atención, se cuela entretanto el sentimentalismo y se describen los hechos con veracidad lineal y con corrección de visión y entendimiento.
Informa, alecciona y puede motivar que más de uno vaya a Google a saber más de tan manipulador triángulo; buena oportunidad para los que apoyan el cine español y su mérito .dados los medios con los que cuenta- saquen pecho y presuman, y para el resto, una buena excusa para escoger una película de
la casa, entre tanto invitado extranjero de más dinero, y poder salir contento de su elección.
Una decente vuelta al medievo que cuida los detalles y es fiel a la narración de la tenebrosidad del alma, en ese periodo de tres años que dirige un Jordi Frades que ya se involucró en algunos capítulos de la serie y que cuenta con 30 años de trabajo para la caja tonta; rigor con los textos clásicos, solemnidad en la exhibición del espectáculo y ganas de entretener y gustar a esos esperados fans, tan enganchados a los episodios de la tele; tretas y divagaciones para un gobierno que se resiste, que se araña pero impide el acceso y que, entremedias, resulta ameno.
La corona partida, nace con público seguro de taquilla efectiva, lo cual no quita la eficiencia y logro del producto adquirido; porque es nuestro recorrido, porque es bueno conocerlo, porque vale la pena
verlo, porque hay que saber de dónde se viene, porque es cautivadora la mirada añeja a los imperios del pasado, porque es nuestra importante y sacrificada historia..., porque hay que cuidar y estimar lo propio pues, no siempre el campo del vecino es más hermoso.

Lo mejor; rememorar los hechos.
Lo peor; una rectitud narrativa que no deja respirar la grandeza de los mismos.
Nota 5,7


domingo, 3 de julio de 2016

Demolición

Davis Mitchell es un exitoso ejecutivo que lucha por entender su desconexión emocional tras la repentina y trágica muerte de su mujer Julia en un accidente de coche. A pesar de la presión de su suegro para recuperarse, Davis continuará desconcertado y lo refleja desmontando compulsivamente objetos de su alrededor hasta que conoce a Karen. Con la ayuda de ésta y su hijo Chris, comenzará un nuevo proceso.


Vacaciones de la sensatez y la compostura.

Hay actores que son un seguro interpretativo, una maravilla en el quehacer continuo de su labor, y Jake Gyllenhaal es uno de ellos, garantía absoluta de esfuerzo, empeño y resultado fructífero en una esmerada entrega, donde siempre da el cien por cien; se diluye con el personaje de forma tan completa, intimista y palpable que es un fantástico placer ver, sentir y experimentar todo lo que muestra, con esa gran habilidad y talento que expone en todos sus trabajos.
En esta ocasión, un reciente viudo que no sabe cómo lidiar con la inesperada situación planteada, desde ese bloqueo inicial, catatónico caminar sin expresar nada, excepto un narcótico cumplimiento de la rutina que le mantiene gélido y estático, pasando por esa segunda fase de percepción extraña, donde adquieren importancia subterfugios y pequeñas realidades sensitivas a las que antes no hacía caso; estado curioso y disparatado que le lleva al siguiente paso, ese deseo irrefrenable de destrucción y desencaje de todo lo habido y por haber, para armar y recomponer desde esa devastación elegida; todo con una lograda manifestación honesta encumbrada desde tan fatídico momento, que le llevan a conocer a dos personas afines a su nuevo porte de sinceridad brutal y elección de hechos y palabras libre, sin resquemor ni valoración de daños, para conformar un triángulo extraño, desequilibrado y reaccionario que encaja a la perfección con las necesidades de cada uno.
Sonrisa de acelerado desmadre, humor esporádico,
de desolado atropello, que halla la excentricidad y el aliento de su ira y cabreo en la violencia mobiliaria, esperpento de desarrollo y desahogo que gusta, encanta y embauca en su triste alma de socorro maltrecho; una demanda de auxilio no solicito, pero atención urgente, que encuentra una manera extravagante de procurarse remedio y salida.
El guión es una absorbente delicia de andadura lenta, torpe, estrafalaria y precipitada que exhibe, con sentimiento acreditado de atroz locura, la desproporción a la que se enfrenta un ser perdido, hasta que logra enderezar rumbo y respirar con calma; confusión de existencia, desbarajuste de ideas, asfixia de presente, escaparate de nulo brillo que busca abrir puertas y derrumbar paredes, para que la luz entre y vuelva la dignidad de mirarse y quererse de nuevo.
“Yo no amo a mi esposa”, pero su imagen le persigue y acosa en cualquier momento, es Gyllenhaal quien hace adorar su historia, quien logra disfrutes con sus
excesos, te emociones con su desmoronamiento, participes de su caos, rías con su paranoia; te inunda sin ser consciente, pues deja espacio para la divagación y la contemplación relajada, su observación es de implicación e interés manifiesto pero con esa distancia que permite ver, escuchar y abrazar conservando la sobriedad y entereza.
Genialidad musical para un “rey pescador” que busca su anclaje, divierte, alumbra, conquista y sugestiona sin el recurso de la melancolía, de la lágrima o del soporífero drama; una tragedia honda, cruel y catastrófica llevada con peculiar carácter de originalidad, versatilidad y gracia ruinosa, para construir un pictográfico teatro, de danza comediante, que crea su propio arco iris en un día nublado de temporada nefasta.
El encanto del absurdo, de lo exuberante, de lo irracional en un artificioso relato que exagera en sus máximos y no alimenta bien sus evidentes huecos, explosiones altruistas colocadas diestramente para
bombardear y que enamore la fantasía representada; y lo logra con efecto hechicero, pues la relación de Naomi Watts y Jake no necesita de química, la tiene con su adolescente segundo soporte, sólo se requiere la ilustrada y sensible representación del protagonista, para que te envuelva en su lucha interior por sobrevivir y reconstruirse.
Vivacidad y frescura para afrontar el dolor y la pena, insolente acierto, de aplaudida osadía, dada el deleite del rato pasado; interesante versión dramática que huye de clásicos y presenta un innovador panorama, donde “joder” todo lo que está al alcance es un uso apropiado de la palabra.
Tanto si es de tu devoción, como si no, vale la pena verla; aunque su cándido final enturbie la tan anómala y querida desfachatez de albergada etiqueta.

Lo mejor; Jake Gyllenhaal
Lo peor; su alternativa narrativa puede provocar desconexión.
Nota 6,7