viernes, 14 de octubre de 2016

Kajaki

Afganistán. Una pequeña unidad de soldados ingleses instalada en una colina con vistas a la presa Kajaki. Una patrulla de tres hombres se dispone a deshabilitar un control de carretera talibanes. Al caminar por el lecho seco del rio Kajaki uno de ellos pisa una mina anti-persona. Sus compañeros acuden rápidamente en su ayuda para posteriormente darse cuenta de que están atrapados en una zona altamente repleta de estas mortales minas. Cada movimiento que hagan a partir de ese instante les puede costar una pierna o incluso la vida.


Nunca se abandona a un compañero herido.

¡Qué tormento de película!, ¡en todos los sentidos!; un padecimiento continuo de desesperación e impotencia de un grupo de soldados, kilo two bravo, que acaba secuestrado por un terreno lleno de minas antipersona, mientras intentan ayudar a los heridos, que no caiga nadie más, protegerse de un ataque talibán, reconocer el terreno, solicitar ayuda, inventárselas tras haberse quedado sin medicamentos, servir de apoyo al moribundo y esperar eternamente a un rescate que parece nunca llega.
Evacuación de emergencia es la esperanza, mientras el sonido de explosiones se repite incesantemente y hay nuevos mutilados a los que atender; aislados y sin conocimiento del suelo que pisan es una pesadilla de gritos, sangre, dolor y cuerpos destrozados a los que no se puede llegar, pues no hay ruta segura abierta hasta ellos.
Extenuante visión de agonía y martirio, en una locura de espectáculo martirizante donde el aliento de quien está muriéndose, sin socorro, y el desconsuelo de quien no puede acceder a su auxilio, se unen a la demencia de un insoportable calvario físico, cuyo
espíritu está desfalleciendo, como el del resto de la tropa.
Prepara el estómago, aguanta la respiración, el sufrimiento y compañerismo son su bandera, confianza y valentía su fuerza, el humor y la coña sus armas contra la angustia y el pesimismo, la ironía como antídoto de desahogo de la aflicción, la mentira necesidad de supervivencia para mantener la moral y seguir adelante.
Y el tiempo pasa, y no llega la ayuda, y la ansiedad y zozobra hacen su aparición, como un escrito de horror y pesadumbre de Stephen King observas el proceso lento, horrible y desconsolador del apagado de la luz corporal y la llegada del silencio; como fichas de dominó, una tras otra pasan por el llanto, el ruego, la agonía y el delirio, mientras tus ojos presencian un suplicio visual y sonoro de la muerte adueñándose del seco y tórrido lugar.
6 de septiembre de 2006, la presa de Kajaki, soldados en rutina de inspección caen en un crucigrama de no moverse, por miedo a explotar una
mina de localización desconocida, mientras su compañero, a cinco metros, brama por morfina no al acceso; es desagradable, es doliente, es desfalleciente, es descorazonadora, Paul Katis ha sabido retratar, con realismo inquietante y abrasador, la situación límite que sufrieron estos soldados en el infierno en el que se vieron atrapados; basado en una historia real, es homenaje a todos ellos y a los hermanos caídos en Afganistán.
Espeluznante, devastadora, no hay tranquilidad que no se turbe ante estos hombres, al extremo de lo humanamente soportable; al margen del conflicto y opiniones favorables o contradictorias sobre la guerra, son personas intentando sobrevivir, en colaboración hermanada, a lo inimaginable, y eso que la cinta es muy clara y específica en lo que narra y cómo lo cuenta.
No apta para todas sensibilidades.

Lo mejor; su sentido realismo dramático.
Lo peor; no verla en versión original, dado el nefasto doblaje.
Nota 6,1


jueves, 13 de octubre de 2016

The last diamond

Simon, un atracador en libertad vigilada, aceptar dar el golpe más grande de su vida: el robo del "Florentino", un diamante mítico que va a ser subastado por sus propietarios. Para lograrlo tendrá que acercarse a Julia, una experta en diamantes para quien la subasta supone un importante reto profesional y personal.


Un ex-presidiario, un ladrón, un mentiroso..., un príncipe para ella

Es un clásico dentro de su género, apta en su distracción, aunque sin deslumbrar ni crear convulsión alguna.
Robo de una exquisita piedra, maldita según su leyenda, única en el mundo, que se complica por un amorío imprevisto y la traición de un desleal socio, que resulta ir más allá de los supuestos implicados; directa, rápida y concisa, busca entretener con agilidad, sin pararse en florituras de escenas, diálogos o enredos innecesarios, que rellenan pero no aportan nada al caso, y lo consigue dentro de su modestia argumentativa.
Puede que demasiado perfecto todo su elaborado montaje, puede que falte tensión palpable de inquietante presagio, puede que demasiado inconexa su pareja protagonista -ambos geniales actores-, puede que peque de elegante, pero poco creíble por tramos; todo ello no importa, se perdona, pues se ha de admitir que nunca pierde de vista su objetivo de búsqueda, esa laborioso plan, de técnica magistral dado su afanoso estudio previo, que debe servir para que el ruinoso, pero simpático ladronzuelo, metido a casanova de altos vuelos, atraiga, interese y llene el tiempo del vidente con habilidad y soltura.
Eric Barbier, en su cuarto trabajo, elabora un filme sólido, dinámico y estable, que sin asombrar ni añadir nada fuera de un convencionalismo previsto, gusta como pasatiempo de misterio moderado y enigma tenue; no tiene más que el contento sincero de una producción solvente, que rellena con eficacia sin engatusar ni engañar a nadie, cosa de agradecer dado el desfile pretencioso de películas que prometen y no cumplen, sólo pegan tiros por doquier y
exageran en la violencia, cuando aquí es todo lo contrario, sin avisar ni garantizar, pero con estilo y delicadeza, satisface.
Cine francés de suspense, que intenta jugar al cluendo con sus espectadores, para que ellos mismos se conviertan en analistas de este thriller y descubran sus pistas falsas y el engaño de los papeles otorgados; no llega a tanto, pues mucho es de avanzadilla obvia, y lo que no, podría solucionarse con cualquier otro culpable...
...pero no molesta, pero no incómoda, pues ni irrita ni enfada, es capaz y es lo que cuenta.
"Le dernier diamant", o "the last diamond" para venta publicitada, mítico último diamante en posesión de una hija huérfana, rica heredera, que se juega todo su prestigio y validez en la subasta venidera, centro de entusiasmo y devoción del
mañoso maleante, encargado de hacerse con la joya; pero, erra el cálculo, y cae en la encrucijada de elegir qué diamante es más bello y valioso, deseado y querido, la piedra o su dueña..., y mientras se espera el pago solícito, de factual respuesta, tiene muchos colaboradores que están en todas partes y entran, con facilidad pasmosa, en todos lugares.
Lo dicho, un clásico.

Lo mejor; entretiene, con lo justo y con solvencia.
Lo peor; algunos detallados movimientos son fantasía incrédula.
Nota 5,6



miércoles, 12 de octubre de 2016

El rey tuerto

Dos amigas, que llevan mucho tiempo sin verse, deciden organizar una cena de parejas para así conocer a sus respectivos novios: David, un policía antidisturbios, e Ignasi, un documentalista social que perdió un ojo por culpa de una bola de goma que le golpeó en una manifestación. Cuatro personajes que quedan para cenar, recordar viejos tiempos y ponerse al día, sin saber que...


La violencia pasiva y sus daños colaterales.

Tristemente cómica, cínicamente amarga, lacerante y chistosa; un teatro veraz, de grandes dosis de ironía, para un humor negro que expone una verdad sangrante, la de un antidisturbios, de vida ordenada, órdenes claras y todo en su encajado sitio, sin necesidad de complicaciones liosas, que ve toda su realidad alterada por la imprudencia de escuchar a ese desconocido antisistema, de cara muy familiar, que le enreda la cabeza con ese diálogo deductivo de quien piensa diferente, pero está tan impotente y rabioso, confundido y ofuscado como el susodicho.
Se buscan respuestas de quien lo observa todo, de quien mueve los hilos, de quien, garrulo y cabeza hueca, lo tiene todo bajo control, hasta que un tuerto se cruza en su camino y ejerce de maestro altruista de la enseñanza y proceder correcto de la vida; aunque no tanto, pues todos los participantes son egoístas en el fondo y buscan algo en concreto, lo cual lleva a situaciones ridículas, desagradables y esperpénticas, donde es el guión y los actores quienes mantienen constante la atención e interés del sorprendido y expectante vidente.
Chocantes escenas, de risa imprudente y gracia doliente, es sarcástica, es tirante, es descorazonadora; intensas interpretaciones para un agudo diálogo, que mantiene al alza su maleable diversión de lectura contemporánea; porque es una
bomba en explosión continua, que da vueltas cual noria vergonzosa y avergonzante, para pararse de estupefacción oída y volver a emprender la marcha de un argumento voraz y afilado, que aprovecha un verídico hecho para recrear una situación hipotética, pero de planteamiento muy serio y hábil.
Perverso y brillante en su idea e intención, propósito de logro peculiar en cuanto a drama/efectivo en cuanto a entusiasmo y sonrisa confusa y bribona; es una tragedia el personaje creado, es una desdicha el suceso narrado, un desastre mental, de exceso y coacción peligrosa, el centro de aterrizaje vertido y destrozado; una sentida actualidad, de descontento político/social/económico, retratado con contundencia firme y angustiosa, a través de esa mezcolanza de una verdad que tiene demasiadas patas a las que
cogerse, pues el relativismo del enfoque, la deducción hipotética o la creencia valorada mueven la pelota, hacia alternativa portería, según caos y conveniencia.
Populismo pensante que reflexiona sobre la identidad de la democracia, a través de ciudadanos de a pie, que soportan las consecuencias de la decisiones de los altos poderes; interiorismo espacial para una tensión en aumento según revelaciones, información y actos, crudeza de honestidad que no oculta el asfixio de ese descontento y desconcierto personal, reflejado con sabiduría dialogante, a partir de la obra de teatro “El rey borni”, en la cual se basa.
Obediencia titiritera, que abre sus ojos y empeora su ceguera, pues pierde el cuadrado proceder, de nulo pensamiento, y gana el razonamiento obtuso de quien no entiende nada, ni sabe ya quién es ni qué hace; lo bueno/lo malo, lo erróneo/lo acertado, lo
bien hecho/el mal provocado, el torturador y torturado se mezclan, la brutalidad física y oral adquieren tintes malvados y nada tiene sentido, excepto esa carcajada involuntaria y espontánea de un espectador prendado por la humildad inteligente de la partida, cautivado por la radiografía argumentativa de una sociedad, que ríe por no llorar, de todo su lamento y desgracias.
La felicidad de la ignorancia, de hacer tu trabajo, no pensar e irse a casa, que mañana hay que volver a la rutina mecánica, de desfogo de la acumulada violencia; ser oveja y dejarse guiar, y sobretodo no invitar a amigas de la mujer, y novio, a cenar, ¡por si acaso!
El tuerto es el rey en el país de los ciegos, reza un refrán, y ¡hay que ver cómo la lía!, en su breve mandato.

Lo mejor; el cuarteto de actores y los diálogos intercambiados.
Lo peor; su desapercibido paso para el público mayoritario.
Nota 5,8


martes, 11 de octubre de 2016

Capitán Kóblic

Durante la dictadura militar argentina (finales de los 70), el ex capitán de la Armada Tomás Kóblic participó en “los vuelos de la muerte”, denominados así porque se arrojaban vivos al mar a los detenidos-desaparecidos. Cuando abandona la Armada, Kóblic se refugia en Colonia Helena, donde impera la ley del comisario Velarde, un delincuente con uniforme policial, líder de una banda que se dedica al robo de ganado y que tiene oscuros vínculos con jerarcas militares.


La gota que colmó el vaso.

¡No llega!, intenta ser un thriller negro, pasional, de cuentas pendientes e infierno a cuestas, pero ¡no llega!
Con sus pesadillas del pasado y su escondite del presente, Ricardo Darín hace bien su trabajo, como siempre es excelente costumbre en él, pero ¡poco más!; este ex militar, oficial de la armada de época oscura, que participó de lo que no debía, y que ahora encuentra una razón de valentía para seguir existiendo, no crea gran apego ni suspiro, sólo un conformado mirar, donde la tensión no sube por mucho que avance y se enrede la cosa.
Es serena, pulcra, trabajada, pero ni sospechosa, ni inquieta, ni encendida; papeles concretos en su convencional definición , de obviedad en su estratégica disposición, para un tablero de ajedrez cuya partida no es de jaque mate, tiene sus previstas y cómodas piezas, las cuales no se mueven con animosidad de peligro ni astucia pícara.
El dilema moral de la responsabilidad de los actos, de la carga de conciencia, del horror realizado, del deber ético no cumplido, del estómago revuelto, del recuerdo que no olvida..., todo es de ocurrencia equilibrada, que no satisfactoria, para elaborar ese tapete de malos contra peores, con justicia redentora e interventora del aguante de uno; porque “yo también tengo límites”, y siempre llega el momento de saturación y explosión de la ira vengativa, donde instintivamente se dice ¡basta!, hasta aquí hemos llegado, ahora entra en juego quien lleva tiempo oculto y callado.
Pobre de aspiración y contenido, la excusa es la dictadura argentina y sus atrocidades, pero no va de
política, más bien juega a esa rivalidad westerniana de quien se mete con otro y rivaliza a soberbia de pisar el terreno y ser el dueño del pueblo.
Fuerza al encadenar el romance, exagera en el cambio resolutivo del principal personaje, sutil y contenida, lánguida y melancólica, tenue y apagada, es la profundidad de las actuaciones las que mantienen su guión; elementos de aprecio son la elegancia de huir de la sangre y la violencia gratuita, optar por el desafío fino y distinguido de dos pistoleros enfrentados por la lealtad hacia el amigo, pero falta consistencia de identidad al suceso para hacerlo interesante y degustador de su desenlace.
Es la fecundidad nutritiva de los secundarios la que desfallece a la hora de rellenar y complementar a los principales, ahondando en una vacuidad atmosférica que no atrapa, ni seduce, ni respira con sustancialidad de presencia y materia; de “Un cuento chino” estupendo proviene Sebastián Borensztein,
también con Darín a la cabeza, allí maravilloso/aquí con las mismas garantías demostrativas de su habilidad para el Séptimo Arte, su sincera excelsa valía, pues sino fuera por su presencia, ¡otro gallo cantaría!
Porque es floja, porque no es lo que esperas, es menos, es inferior a lo deseado, y te vale, de momento, gracias a que siempre es un placer observar y disfrutar de este gran actor, en toda su espléndida veteranía..., pero en conjunto ¡no llega!
“Qué triste final ¿no?” “Sí, la verdad”, pero demostrado queda que Ricardo Darín continúa levantando guiones, que por si mismos no alzan el vuelo por su escasez de materia; él si que es ¡un clásico de los buenos!, ¡de los que nunca fallan! y valen, de todas, todas, ¡la pena!

Lo mejor; Ricardo Darín, ¡sin más!
Lo peor; su guión no logra cautivar.
Nota 5,8


lunes, 10 de octubre de 2016

Nahid

Nahid es una joven divorciada que vive sola con su hijo de diez años en una ciudad del norte de Irán junto al Mar Caspio. Conforme a las normas que rigen la sociedad iraní, la custodia de un hijo le corresponde al padre, aunque en este caso su exmarido se la ha cedido a condición de que no se vuelva a casar. La relación entre Nahid y otro hombre que la ama apasionadamente y desea casarse con ella complicará su situación como mujer y como madre.


La desesperación de una mujer, en un mundo de hombres.

Por un hijo lo que sea necesario, robar, mentir a todos y perder la identidad hasta ser irreconocible para una misma, con tal de sobrevivir y tenerle a su lado; y si ya de por si es complicado para una madre divorciada, con ex marido toxicómano, se le añade la cultura y costumbres arraigadas de una comunidad iraní que sigue perpetuando a la mujer, sin derechos y sometida, al lado de las decisiones de un marido privilegiado en dichas tierras.
El amor, el rencor, la violencia física y verbal, las tensas y enrevesadas relaciones familiares, el respeto tradicional, el agotamiento emocional, la parálisis ancestral de una sociedad que sentencia y lastra, por querer una vida digna con los que se ama por elección, no los impuestos por errónea decisión cuya condena dura ya una década.
Agónica, prudente, calculada, vive al día, con esa precipitación inquieta que le susurra, con temor y acoso, puede perderlo todo en un instante, pues nada depende ella, por mucho que se comporte como se es permitido, en exclusiva, a los hombres.
Una fotografía costumbrista, indagadora de una forma dura de existencia, es penetrar en dicha región y en sus arraigados hábitos de proceder lo que llama la atención e interesa, ese manejo precavido, distante y formal, escondido y enmarañado, de
legalidad absurda, de los sentimientos de una persona que tiene que luchar por la supervivencia, entre todo el convencionalismo de raíz profunda que le rodea.
Cultura musulmana, de fondo grisáceo e interior sangriento, para unas demoledoras emociones que degradan al género femenino hasta transformarlo en una visión antipática, embustera, brusca y ultrajante, por atreverse a combatir contra las normas y lo establecido; no se penetra en dicha denuncia, de hecho es difícil entender, apoyar y acompañar a esa madre coraje pues, según los momentos y circunstancias, se ve en la tesitura de acoplarse y hacer lo ni siquiera pensado para permanecer en pie, ocultar sus verdaderos sentimientos y dejar de ser ella, para poder seguir estado al lado de lo más amado, de su retoño.
Rigidez gélida, desagradable, vergonzosa e incomprensible para una desconocida superviviente que no muestra su verdadera cara, ya que por imposición de religión y país, debe cubrirse con
pañuelo y careta según quien esté enfrente, la libertad de acto y habla no se le permite.
Se cuestiona todo, empezando por la propia Nahid, en una argumento que encuentra el equilibrio entre el ahorro gestual y la expresión oral, para dar credibilidad a un vital interior que vive en conflicto eterno con sus fronteras externas, esas que no dan acceso a manifestación abierta y honesta de confianza plena con el otro, con el semejante.
El sufrimiento endurece, la impotencia espabila, la injusticia despierta la astucia, el desarraigo de quedarse sin nada propicia no se valore a nadie, excepto a ese fruto de su vientre, lo único bueno y decente en su azotada vida.
Drama expositivo de la sumisión femenina, de su aguante, dolor y resistencia, que sin excesos pero con gran tragedia, en su solidez narrativa, expone los
beneficios de las diferencias sociales; humilde, veraz, sensible, pertinente, sus firmes interpretaciones y belleza paisajística, rodeada de imposición y abuso, son sus armas; lenta pero contundente, no es redonda, no es incisiva, es una plausible crítica a la mujer iraní, en su atascado lugar de nacimiento.
"Nahid", nunca llegas a conocerla, sabe de los peligros y consecuencias de mostrarse y ser sincera.

Lo mejor; su fotografía y protagonista.
Lo peor; la denuncia, de propiedad de la mujer, queda corta y ambigua.
Nota 6,3


domingo, 9 de octubre de 2016

Tom á la ferme

Tom, un joven publicitario, asiste al funeral de su novio, que ha muerto en un accidente de tráfico. En una granja aislada se encuentra por primera vez con la madre de su amado. Ella no lo conoce ni sabe qué clase de relación mantuvo con su hijo.


Relaciones nocivas de deseos inconfesos.

Ya nada más empezar hay una clara distorsión entre música e imagen, desconexión irresistible que sirve de base para después conformar un cuadro extraño, alentador y divergente según se van añadiendo los personajes.
Un novio al funeral de su amante, una desconsolada madre que busca respuestas y un violento hermano, cuya frustración es cárcel que le oprime y asfixia; todos participan del juego de la verdad no dicha, a través de mentiras edulcoradas que ensucian e incumplen con el propósito de la calma y las apariencias.
Inventar para ocultar la necesidad de deseo interno, agredir como manifestación de unos sentimientos que no se controlan y devoran por dentro, incomprensión por un trato tirante, abrupto y dañino que seduce e hipnotiza, por el amor encubierto que hay detrás de cada golpe.
El perdón del maltrato por la estima y cariño que encierra, quien no sabe expresarse de otra manera que hiriendo, el dolor como enganche, la brutalidad como expresión, la lástima como entendimiento, la petición de ayuda como reclamo, la esperanza de felicidad como excusa; atrapado entre el deseo de huir y la tendencia de permanecer, de olvidar y alejarse, de ser fiel y aguantar; las emociones se confunden y colapsan alrededor del recuerdo de un

muerto, que también vivía a través de las mentiras, enseñanza familiar de supervivencia con la que tropieza un enamorado doloso, con aspiración a sentir de nuevo, ante esa bofetada imprevista de misterio, rabia, engaño y lujuria que despierta en él su inesperado compañero de cuarto.
Invitado en peculiar hogar aprende a conocer a sus miembros, al tiempo que se integra y participa de su insana y degenerada existencia, con ese malabarismo de extremos que se tocan, para unas sensaciones caóticas e interesantes en su perjuicio para la salud, que abren la puerta a tu atención por ellos.
Xavier Dolan, responsable absoluto de este amorío tenso, malsano y perjudicial, que cautiva a su víctima por lo que no da por impotencia, por lo que ofrece por represión, por lo que aportaría en caso de libertad emocional; sexualidad enfrascada en ese atoramiento de negar quien se es y explotar ante quien se pretende ser, enigma paisajístico de soledad y aislamiento encantador y mareante, turbulento y
fascinador, que viene a envolver esa doble cara de abrazo y rechazo, de amor y odio que envuelve a un maltratador y a su necesitada víctima peón.
Es alocada, revuelta, trastocada y enamoradiza, no aburre/tampoco alienta, ni gusta del todo ni disgusta completamente, anonadada vas a tropezados pasos, pues al igual que el protagonista, intentas descubrir el tapete, el juego, enlazar las piezas y entender las reglas de cada ficha participante, mientras éstas se mueven sin compás, sin lógica, sin entendimiento, al batiburrillo de impulsos, cabreos, pasiones y revelaciones afectivas, que se reparten según momento, situación y estado anímico del figurante.
En nombre del amor, palos, moratones y lo que sea necesario, destruye queriendo crear, resquebraja buscando unir, un pulso triangular de tensiones cortantes en inquietante granja, donde la sequedad
del aire vicia y trastorna la mente; thriller dramático, de psicología homosexual, que alterna entre el subconsciente y la realidad de los demonios y fantasmas no admitidos por cada uno.
Relaciones turbias, de secretismo inicial, que no enlaza con supremacía su desarrollo -dado sus previos trabajos, más completos- al esquivar la intensidad sustancial de lo que les carcome, famélicos instintos cuyo hambriento suceder bombea la temática de la cinta, la cual mantiene el sello personal de este joven director/escritor/actor, que en su cuarto trabajo va confirmando lo ya comprobado anteriormente, ese pulso narrativo, de acorralado ambiente, para personajes perniciosos que hablan con el cuerpo y la mirada, mientras silencian esa expresión hablada que finge y mutila.
Perplejidad observativa, de deducción enrevesada,
para los miedos y terrores de personas dañadas; asombro que por secuencias aumenta o disminuye su vigor y fuerza; no es rotunda, no es contundente, es aturdida y esquiva, logra mayor uniformidad y solidez en la primera parte, luego se aprecia y valora por tramos, pero en conjunto estás atenta, pendiente y disponible a consumir, desmenuzar y evaluar el interior corrosivo de estos confinados granjeros.
“Tom à la ferme”, pesadilla de granja, cuya vuelta es un martirio de tortuoso escape.


Lo mejor; la incógnita de su apertura.
Lo peor; la pérdida de robustez en su avance.
Nota 6,3



sábado, 8 de octubre de 2016

Sing street

Connor, un chico de 15 años que vive en el Dublín de los años 80, se propone huir de su conflictivo hogar. Crea una banda musical y compone canciones que son una una forma de lucha.


La tristeza feliz, instrumento de libertad musical.

El arte como expresión máxima de los sentimientos, ya sean de dolor, alegría, tristeza o felicidad suprema, todo aquello que en palabras cotidianas se guarna y no resuena en oralidad manifiesta, por ser difícil de expresar y comunicar, y que con la música adquiere una dimensión más importante y elevada, pues es fácil volcar tu enamoramiento, perplejidad, agonía o frustración a través de la letra de una sonora canción, que sirve de refugio y manifestación de quién eres en ese preciso momento de su composición y que, una vez creada y dada a tu público, pertenece a cada uno de los oyentes para degustarla y hacerla suya, para sentir lo que su corazón y piel le demanden en ese efusivo instante.
Y todos hemos sido quinceañeros prendidos por esa maravillosa persona, que nos trastocaba y volvía locos con su sola presencia, y cuya mirada ponía en tensión nerviosa cada célula del cuerpo enamorado; alma soñadora, cuya realidad apesta, pero a quien le queda esa resistente esencia, de vocación instintiva, que es feliz en su tristeza, al hallar el acomodo
sensitivo de unos sentimientos utilizados para crear, no para destruir y golpear.
Inspiración inocente y caótica que, como capullo recién despertado, no puede dejar de crecer y avanzar, imposible parar su fuerza y entusiasmo, su vitalidad y energía de querencia por uno y por lo que se quiere y lucha.
Es simpática, es motivadora, es cálida, es amigable, la adolescencia de un líder de su vida, que toma posesión y se arriesga; todo ello secundado por una respirada banda sonora, de instantánea vitalidad expresiva en sus letras, en su entonación y en el conjunto de esa musicalidad visual, que representan las aspiraciones de un joven creativo con talento, que no sabe manejar, pero aprende rápido ante la necesidad.
Y a ello se le suman ambientación encantadora, caracterización melancólica, fotografía colorista,
guión atractivo y rebelde, interpretación fresca y lozana, natural y sarcástica..., y se obtiene una gustosa película, angelical y dañina, donde la distorsionada y corrosiva referencia familiar y educativa son parte del azote para maquillarse, darle a tope a la música y ponerse a tocar; locura sin plan, excepto rendir tributo a esa interior herida, que toma forma en estupenda canción de perpetuo vídeo grabado.
Jovial, amarga y esperanzadora, sólido reflejo de una edad y una época; John Carney rueda un particular woodstock irlandés, personalizado en ese descuidado hijo/maltratado estudiante, que monta una banda de música para ligarse a una chica.
"Sing street", la calle canta, la cultura como estandarte de renacimiento de ese Dublín de clase media-baja que arrincona y selecciona a sus habitantes; la violencia verbal, en senos variados, abrazados por ese irónico catolicismo de hacer lo que digno, no lo que hago.
Es sencilla, es fugaz, es asumible, analiza cruelmente
la establecida sociedad de nacimiento que nos toca soportar, como lastre de una realidad que no quiere que despuntes, que quiere a todos integrados en su destino de asunción y sumisión.
Como buena canción, entona el momento con seducción enfática y contenta, para que tras su optimismo continúes la marcha sin ella, libre y más risueño; ahora, las sensaciones de ese vibrante espacio/tiempo consumido, son para siempre tuyas.
El desencanto y la embrujada fascinación, alianza de estímulos para la creación de música, tan simple como complicado, tan grande como humilde, tan mágico como inexplicable.

Lo mejor; su puesta en escena y todos los componentes reforzados que la engloban.
Lo peor; el tributo de su guión a los 80 mezcla, en ocasiones, sin sentido ni orden.
Nota 6,5


jueves, 6 de octubre de 2016

Ixcanul

María, joven maya cakchiquel, vive con sus padres en una finca cafetalera, en las faldas de un volcán activo de Guatemala. Le espera un matrimonio concertado, proyecto que no quiere aceptar, pero del que no puede huir. María intentará cambiar su destino a pesar de su condición de mujer indígena.


Un volcán, cuya lava acata su sumiso recorrido.

En ocasiones escribir se hace monótono y pesado, cerrado y cansino, pues son escasas las películas que logran transmitir esa inspiración creativa que ilusiona, motiva y es un deleite transformar en palabras, esas acuciantes ganas de escribir cuando se produce el afortunado encuentro entre tu hambriento interior y la aleccionada historia, fortuna difícil de hallar según épocas y momentos.
Y sorprende que, una semeja sensación por diferente, por cultural, por no comercial, por consumida satisfacción, cuyo escrito proyectado es de inventiva documental sin artificios, sencillo y ardiente en su naturalidad de acogida y en los consternados sentimientos que despierta, proceda de una cinta guatemalteca, candidata a los Oscar como película extranjera en el 2016; humilde pero aleccionadora en su plasmación, de visualización sangrante por su sabio dominio del áspero territorio, de la habitualidad regional, de las abrumadoras escenas, del aprovechado proceder, de la modestia y grandeza de una historia, narración intimista, desgarradora y lúcida en su iniciar y desarrollar.
Indudable la conexión establecida, absorbente visión que hiere, conmociona y asombra, eres fiel compañía sirviente de su protagonista, de su marcado destino y de sus querencias y lucha por evitar lo dispuesto; su bello paisaje es una trampa de dureza extrema, región que succiona la existencia hasta exprimirla y anularla en toda su ilusión y alegría, alma en vilo cuya ensoñación de escape es devorada por un castigo de nacimiento, pobreza y costumbres que aniquilan lentamente hasta secar y agriar la esencia.
Aliento de minúscula felicidad, que se acoge desesperada a esa agónica posibilidad de aspirar a lo

que se quiso ser, para no ser lo que por venir está negociado; cortada inocente adolescencia, que no se permite permanecer por una precipitada madurez impuesta que obliga y fuerza al cuerpo, que inquieta a una mente llena de culpa cuyo espíritu, aún superviviente, sigue persiguiendo sus deseos y estima.
Disciplina sin lujo de pensamiento alterno, que aún así surge por necesidad imperiosa, lo que cuenta en sus silencios es verdad acusadora, de mirad resignada y doliente; una familia y un porvenir en juego, honradez y decepción de alto precio, apestada ignorancia que cobra su precio, únicamente la fe queda, más el interés de un espectador que vive con
ella y con el descubrir regional de la tradición de una tierra.
Ixcanul, el día no brilla para ti, los vientos se olvidan de soplar a favor tuya, de piel curtida e interior joven, un volcán que ruge, se acalla y acepta su no ser, que será indeseado estar de inmediato.
Y a pesar de su lucha y esfuerzo, no se le permite ganar, sólo seguir aceptando los golpes.


Lo mejor; la plasmación natural, rasgada y contundente de su tierra.
Lo peor; puede aburrir esa apertura franca y humilde, no comercial, a la tierra.
Nota 6,5


miércoles, 5 de octubre de 2016

Bronce

En el 2004, Hope Ann Greggory se convirtió en una heroína de América tras ganar la medalla de bronce con el equipo de gimnasia femenino. Hoy, está viviendo en el sótano de su padre en su pueblo natal, varada, medio olvidada y amargada. Atascada en su gloria pasada, Hope es obligada a reconsiderar su vida cuando una joven promesa de la gimnasia quien la adula pone en peligro su estatus de celebridad. ¿Será la mentora de la adorable y esperanzadora protegida, la saboteará o ambas cosas?


Caprichosa niña adulta, sin perspectiva de madurar.

Soberbia, insolente, recelosa, mentirosa, manipuladora, egoísta, frustrada..., todos los negativos adjetivos son rentables de adjudicar a este forzado personaje, encarecido en su negatividad, que intenta provocar risa de antipatía indolente, pero se queda en gracieta humorística de frase, que en la práctica no provoca carcajada alguna,únicamente medio sonrisa por la pretensión y el logrado resultado.
La estrella de un pequeño pueblo, que la honra y venera por el éxito logrado hace doce años, a pesar de todas las dificultosas circunstancias que sufrió en su momento; sacrificio de rédito abundante del cual ella se aprovecha, pues le saca todo el posible partido a ese tercer puesto de la competición de gimnasia nacional.
Vive del pasado, vive del recuerdo, vive enfrascada en su uniforme de competición de los Estados Unidos de América que ya está viejo, obsoleto y oxidado, pues no da para más, tiene tanto uso que hace tiempo que empezó a resquebrajarse y a caerse en trozos de vergüenza ajena, que la altiva mandataria ignora y elude pero que, pronto más que tarde, deberá afrontar.
El cuento de la alumna vuelta entrenadora, cuya superación por su discípula pondrá a prueba su honorabilidad y ética, contra el recelo y la pérdida de beneficios del otorgado premio; beneplácita evolución de la desdicha, a la felicidad de ser buena persona y actuar con moralidad y decencia, moraleja de recompensa para quien se comporta bien, en contra
de quien sólo piensa en una misma y traiciona a sus semejantes.
Cómica es la etiqueta que vende, aunque no lo logra del todo, se queda a las puertas de su pretendido oro, medalla de bronce -nunca mejor dicho-; sus ataques verbales, estridencias escénicas, ironía de sentencias, grosería de personalidad y cabreo de generalizada norma es chiste apalabrado, sin efecto sonoro por parte del público, ya que hincha y desorbita lo busca, no logrado naturalmente, esa complicidad espontánea que nunca llega; su excentricidad y patetismo no es alegría de risotada sentida, sólo comodidad complaciente por quien quiere hacerte pasar un buen rato y se queda a las puertas de la intención, en un virtuoso propósito, de escaparte malintencionado, pero en el fondo amable y bonachón.
Lástima que no se moleste en explotar esa rivalidad enfermiza y contraatacante entre mismos miembros de un equipo, filón que desusa a cambio de rellenar con tonterías de distracción de cliché típico, muy recursivas ante la falta de aspiración e ideas; es básica, momentos buenos con otros degradados, el absurdo como recurso alternativo, sentimientos al uso según catalogadas escenas, cariño,
compañerismo, venganza, superación de los sueños y encarado optimismo de avance es su entrega.
Se puede ver, sin duda alguna, es cinta para recreo insustancial, de mente relajada, que pasa el rato, pero deja esa sensación de no logro, de fallar en la prueba; no compite en finales, menos alcanza medalla, aspira a diversión/se conforma con moderado entretenimiento, no saca el partido debido a su elaborada figura estrellada, y podía haberlo hecho, pues había material oculto para ello.
Su maldad no es adictiva, su cinismo no es burlón, su deslenguada pose no es nutritiva, su neurosis irritante, solitaria y egocéntrica no succiona ni simpatiza, sus carencias emocionales únicamente despiertan amabilidad de cariño por ella; comedia independiente, fresca y coloquial, que se hunde por el uso excesivo de la estupidez artificial, en lugar de hurgar en la inteligencia emocional y los problemas afectivos de sus creaciones.

Lo mejor; su corrosiva entrada.
Lo peor; pierde fuerza al optar por la tontería banal.
nota 5,1



domingo, 2 de octubre de 2016

Cazafantasmas

Manhattan, Nueva York. Después de casi treinta años sin saber de ellos, los fantasmas y demonios se han vuelto a escapar de los infiernos para destruir la ciudad. Esta vez un nuevo equipo de Cazafantasmas, formado por un grupo de cuatro mujeres, está dispuesto a terminar con cualquier amenaza espectral.

Jubilados los chicos, las chicas al mando.

Para la recepción de este remake femenino caben diferentes posturas, según enfoque, pues no será lo mismo para quien parte de haber visto el original en su época de gloria, que quien lo descubrió mucho más tarde por reposiciones en la tele, peor aún si no se ha visto y se sabe de ella por comentarios y escenas esporádicas visionadas; después está el interés y morbo de averiguar cómo han conducido la misma y qué han transformado para cambiar el género de los personajes, si un simple corta y pega o algo suculento que descubrir; la que escribe disfrutó con la predecesora, del divertido hallazgo de esa mítica primera entrega, para esta ocasión no valdrá una variación de sexo ¡y Santas Pascuas!...
..., quien habla con presunción se equivoca, y yo no podía estarlo más, una cómoda mudanza a siglo XXI, donde cambian las inquilinas pero nada más, y aún así es graciosa, amena, estupenda y muy complaciente.
Melissa McCarthy, coronada en la actualidad reina del humor femenino, unas veces con mayor logro que otras, acompañada magníficamente por Kristen Wiig, quien le va a la zaga como representante de esa comicidad fresca, excéntrica y absorbente, torpe y melancólica con sus innumerables traumas, que maneja con gran sabiduría y arte, más Lesli Jones y Kate McKinnon, para un coordinado cuarteto cuya sintonía y entendimiento son la gran baza de un guión divertido y ocurrente, aunque clásico, entretenido y guasón, pero sin innovar en nada,

únicamente siguiendo la estela de su predecesora y
serle fiel en el homenaje copia realizado.
Lo cual no es malo, es volver a los ochenta, incluida fantástica banda sonora, pero con los avances modernos, lo cual incluye a las mujeres peleando por si mismas y demostrando su valía; no arriesga, utiliza repetido formato de similares pasos, pero dentro de su imitar y corresponder es cómica, aguda, adiestrada y eficiente; el avance de la tecnología y los efectos especiales ayudan y redondean lo que ya se vio en su momento, logrando una óptima y atractiva regresión al pasado, con las ventajas obvias del presente.
Es un observar tranquilo, de goce sin alteración alguna, pues ya sabes por dónde van los tiros y qué sucederá a renglón siguiente; sin duda peca de nula creatividad, de homenajear sin avanzar ni moverse del sitio pero ¿qué quieres que te diga?, gusta y te lo pasas bien, ríes con sus percances y tropiezos de andadura, simpatizas con su definida personalidad de anillo al dedo, te molan sus extravagancias singulares y, es una delicia formar parte de este peculiar y animoso cuarteto, desde esa cómoda
butaca que te insiste en que todo te es familiar, que te recuerda a una experiencia ya vista y vivida anteriormente, por tanto..., ¿será un dèjá vu? No, es Paul Feig con las nuevas reclutas féminas, quien opta por no cambiar el resto del juego, pues como atracción de genial pasatiempo, ya se demostró que funcionaba.
“Cazafantasmas”, la sensación de estar rodeados de fantasmas, en sentido peyorativo, a todos nos rodea tarde o temprano, algunos incluso repetimos con cansina insistencia de no mejoría; para estos fanfarrones no sirven las presentes damas, su caza se centra en esos incordio de espíritus paranormales, que se empeñan en fastidiar y complicar la humana existencia neoyorquina con su mucosidad verde; son locas, son ingeniosas, son dicharacheras, son atrevidas, son amigas, solas ante el peligro no abandonan, porque un equipo unido nunca cede ante
las dificultades, se crece hasta completar su misión y poder decir “me encanta que los planes salgan bien”, pero sin puro en la boca, que ya no se lleva fumar, corren otros tiempos.
Energía psicoquinética presentida y ¡empieza la guerra!..., y Chris Hemsworth, “el bombón volador”, paseándose de guapo tonto, sin martillo..., y la pegadiza y añorada música suena y...¡ya no hay marcha atrás!, te toca disfrutar.
Deja buenas sensaciones.


Lo mejor; es retornar, con talento, a un querido pasado.
Lo peor; ese mismo retroceder puede resultar insuficiente.
Nota 6,3


sábado, 1 de octubre de 2016

Suburra

Una Roma repleta de políticos, malhechores, figuras de las instituciones, eclesiásticos y mafiosos que, en lugar de verse perjudicados por los escándalos de corrupción, aumentan su poder de manera exponencial.


El guerrero, al servicio de la idea.

Sexo y poder, más la mafia de complemento ejecutor, todo un clásico cliché, sin que falten las drogas por supuesto, y esa trama de corrupción política, de negocios sucios, de chantaje empresarial, de padrinos impuestos, de forzosos pagos, de deudas pendientes que rodean una guerra de intereses, estrategias y venganzas para un proyecto, mucho mayor que los recibos no cobrados entre prestamistas.
Italia y su mítica inmundicia en estado puro, jefes, peones, intermediarios que se compran y venden según necesidad, ocasión, urgencia y salvavidas del propio cuello; violencia física y vocal de buenas maneras y a la vieja usanza, todos tienen las manos manchadas, inocentes por culpables, pues alguien tiene que pagar y morir por cada caradura afortunado que se salva.
Amenazas, secuestros, prostitutas, planes fallidos, intentos de escape, estupideces de actos, asesinos de guante blanco, piltrafas de alto standing y baja gama, todo se confunde y precipita en esos previos días al apocalipsis por llegar y que dejará a todos estupefactos; es lo que esperas, un entramado inquietante de mentirosos al cargo de un país que,
según fuentes oficiales “no estamos al borde del abismo”, mismos que se están aprovechando del cargo, del desbarajuste y del desastre gubernamental.
Te lleva de lado y de cabeza mareante a través de cada personaje, a través de cada familia, a través de cada hecho deleznable, y éstos no se acaban; envueltos en música chill out, de relajación y sosiego, ves el actuar sentenciador de quien manda y tiene la última palabra, sin ases, trucos ni faroles, simplemente cuenta con la supuesta jugada ganadora.
Y los de traje y corbata dan vergüenza, los de puños y pistolas son más comunes, los inexpertos acorralados van a tropezones desesperados, y todos forman un patético circo de realidad mísera, que adorna y gobierna el país italiano sin pudor, sin honor, sin respeto y mirando siempre por uno.
Seria, coordinada, educativa, explícita, desbordante, indecente por lo que narra/atrevida por hacerlo, deshonrosa en todos los sentidos, su duración necesaria/su elaboración imprescindible, pues debe quedar testimonio filmográfico de tanta basura
obscena, cuya única diferencia es si se come en restaurante de cinco tenedores, o con pasta casera de la mama.
12 de noviembre de 2011, el primer ministro dimite -cuya evidencia de nombre no se menciona-, y después de tanto trabajo por encubrir, arreglar y rematar, hay que buscar otro político sustituto que siga manteniendo el descarado e insolente orden establecido pues, “más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer”; a nadie interesa arriesgar con alguien de fuera, ni nadie quiere un incorruptible justiciero que limpie y haga las cosas bien; y mientras se produce ese romántico ajuste de todas las cuentas, en impensado acto final de descompensado uno contra uno, Roma, la bella capital del arte y la hermosa arquitectura, lustrosa y expectante a verlas pasar, y ¡ya ha visto unas cuantas!
Rotundidad explosiva para gángsters y malechores que se ríen de sus votantes, mientras llenan las portadas de noticieros y prensa sensacionalista; eficacia de realización, para firmes interpretaciones de ritmo incesante y aroma bullicioso, sencillamente
un trabajo contundente.
Y ¡con la Iglesia hemos topado!; según dicho antiguo, “a cada cerdo le llega su san Martín”, aquí hay trabajo y reparto para rato, incluso personalizado según quién, por conexión directa con el santo Padre, toda una preferencia.
“Suburra”, delitos e inmoralidad, todo en uno.

Lo mejor; lo que cuenta y cómo lo cuenta.
Lo peor; es verdad sangrienta y desvergonzada para el ciudadano.
Nota 6,7


viernes, 30 de septiembre de 2016

El mar de árboles

Un estadounidense y un japonés se conocen en el tristemente famoso "bosque del suicidio", un lugar al que la gente va para quitarse la vida. Tras entablar conversación, abandonan sus proyectos de suicidio y juntos emprenden un viaje a través del bosque


De la muerte a la vida, un cambio de pensamiento.

De antemano sabes que el paisaje hablará por si solo, que su laberinto de hermosos y majestuosos árboles será, una seductora trampa mezquina para quien quiera salir/un acogedor refugio para quien quiera morir; y en esas te embarcas en un relato que empieza con interés en su anónimo andar, que se acoge con curiosidad en sus temporales regresiones, que se aviva en su esfuerzo por el escape y la existencia, que levemente retrocede al buscar un encanto místico a su explicación combatiente.
Porque no todos los que acuden a él a finalizar su tiempo están seguros, hay quien procede/hay quien se arrepiente/hay a quien el espíritu de su ser querido le habla y ayuda para contestar a sus dudas, a quien se le tienden esas respuestas que permiten seguir adelante y desechar el parón definitivo, en un abrazo cálido y romántico de significación, de espiritualidad y de acogida estima por lo no conocido, pero intuido; punto último donde más se le achaca, a Gus Van Sant, la pérdida del congruente hilo trazado.
Matthew McConaughey, emotivo, accesible, expresivo, lidera la historia de un hombre extraviado que lamento lo que hizo, lo que no dijo y que no sabe como sobrellevar su carga, a quien la culpa le carcome y le lleva a un destino final, que será principio de uno nuevo; inesperado cambio de rumbo, cuando los planes se precipitan y ya no dependen de uno, sino de ese instinto por sobrevivir cuando la muerte acecha, aunque fuera inicialmente el propósito buscado.
Nada como estar a punto de fallecer para ver la
claridad de la vida, lucha, en ocasiones macabra, en enigmático territorio de curiosa vuelta, donde lo que cuenta es ese desespero por encontrar el sendero correcto, de regreso al camino, para volver a estar, pero más sereno.
Ninguno sale igual de la frondosa arboleda, y tanto Matthew como Ken Watenabe, su compañero de reparto, exponen su transformación con desnivelado carisma, de calibre desigual; tu atención no cede ante el relato, aunque si atraviesa diversos puntos según van cambiando los personajes y la situación, en ocasiones más a la endeble baja que otra cosa.
Narración vital, con sombras sentimentales intermitentes que la debilitan, que mantiene tembloroso su pulso a la querencia humana, a ese remordimiento y castigo impuesto que pesa como losa sufridora que invita al abandono, decisión terminal que cambia a última hora pues se dice que, hasta los que lo consiguen, se arrepintieron en el último momento.
Cinta sobre el suicidio que se convierte en afirmación de vida, al convertir el amargo dolor en apertura al optimismo, reflexiva historia de redención que no invita a pensar ni reflexionar sobre ella, pues su recta final suena a cándido cuento bonito, que transmite nulidad de reflexión o pensamiento; atrapa su
supervivencia, sus peripecias por no rendirse y hallar salida, es decir, la parte de acción que secunda el drama; la herencia personal narrada es floja, permisiva, tolerable, que no convincente, y su desvío anímico y esperanzador de un psique guiadora, gustará a quien entone su corazón por tal leyenda, para el resto es incoherente, innecesario, sobrepasado en su pretendido cierre.
Machacada por la crítica en Canes, también me parece excesivo, la película no aburre y cautiva dentro de sus límites; su drama es inconsistente e inseguro, no expone la depresión con la consideración oportuna y tiene sobrante palabrería que pretende una altivez emocional que nunca logra, pero sus actuaciones son intensas, la fotografía una delicia, el desconocimiento inicial una interrogante aventura, y su desenvoltura, tiene reproches y
quejas, pero tampoco permite que dejes de estar pendiente de lo siguiente.
Aokigahara, el bosque de los suicidios japonés, inmenso, desorientador, intimidante, endemoniado, tan fascinante lugar de leyenda histórica merecía su película; puede que con una narración más acorde, sólida y menos angelical, cuya sensibilidad fuera más perceptible y aspirable, no únicamente oída como relleno del periplo por escapar de la telaraña de raíces, troncos y espesas ramas, pero lo que es el bosque es una maravilla, y el agónico deseo de escapar de él, entretenido.

Lo mejor; el bosque y el esfuerzo interpretativo de McConaughey.
Lo peor; su drama no se recibe ni acoge, sólo se narra.
Nota, 6,1


domingo, 25 de septiembre de 2016

Florence Foster Jenkins

Narra la historia real de Florence Foster Jenkins, una mujer que, al heredar la fortuna de su padre, pudo cumplir su sueño de estudiar para ser soprano. El problema era que carecía de talento, pero la gente acudía a sus recitales para comprobar si de verdad era tan mala cantante como decían los críticos.


Generosidad, de aprovechamiento genérico.

El atractivo e interés de la película se halla en descubrir a la persona, en conocer la historia, en “gaudir” y deleitarse de su ambientación, vestuario y puesta en escena, en sucumbir ante las excentricidades de una encantadora dama, caprichosa, peculiar y querida, inolvidable al igual que insoportable, a la cual el ángel de la inspiración se acordó de ella para otorgarle buena voluntad de ayuda y disfrute hacia la música pero, olvidó por el camino el talento para endulzar los oídos y embellecer el alma de los asistentes con su voz, pues su innegable presencia es harto sonora; toda una osada y adelantada valquiria, que gustará más o menos, pero sin duda es única y memorable en su demostración de vida y amor por y para la música.
Fundadora del club Verdi y padrina de numerosas ayudas y donaciones a este maravilloso arte, se la respeta por estima y cariño, al tiempo que con honestidad sentida provoca risa incontrolable, por mucho que se intenten mantener las apariencias, fachada por la cual se desvive su fiel servidor y protector marido, un sereno y maduro, seguro y confiado Hugh Grant, excelente acompañante de réplica de una Meryl Streep de la que hay poco que decir, excepto que es un valor seguro que se crece como sabia y magnífica actriz en cada interpretación
nueva, todo un placer observar su transformación y asunción cómplice del personaje.
Florence, expande el diafragma, el paladar blando y en alto, encuentra tu respiración, marca el ritmo, focaliza la voz..., pero nada de ello sirve, de ahí que se recurra, con buena intención de adoración -económica- por ella, al montaje fingido de un peloteo en mayúsculas, que como toda mentira tropieza con su imprevisto momento de sinceridad, donde el amargo destape se hace realidad; inesperado golpe emocional, que la proclamada diva encara con su positividad y elegancia pues “pueden decir que no se cantar pero, nadie podrá decir nunca que no canté”, nada más ni menos que, lleno en el Carnegie Hall, tras una actuación de Sinatra la noche anterior.
“No hay nadie parecido a ti” y emisor y oyente lo entienden cada cual a su manera; dulce, animosa, bonita, entretenida, un humor frágil de escenas puntuales y beatitud generalizada, es cándida y bonachona, simpática y alegre, un retrato suave y
adorable de la última etapa de una mujer, que debió ser mucho más complicada.
Florence Foster Jenkins, generosa mecenas, la peor cantando/la mejor de corazón, sin malicia, sin verdaderos amigos, todos a su alrededor se mueven por interés propio, pero es conmovedora, es soñadora, es emprendedora, es una tragicomedia que Stephen Frears ofrece con solidez modesta, para un tierno relato de entonación emotiva; busca simpatía, busca querencia, al tiempo que muestra con ironía la hipocresía caradura de los beneficiados por esta inusual soprano.
Los momentos íntimos, cercanos y personales lucen con hipnosis atenta, en la generalización es la dirección artística la que deslumbra, en conjunto pretende gustar, complacer y enamorar; y lo consigue, pues el agrado bello de su historia ya es tuyo.
Y la pregunta clave es ¿qué lleva en el maletín mrs. Florence?, gracias a Simon Helberg, que abandona brevemente “The bing bang theory” para realizar un eficaz trabajo, de refuerzo al dúo protagonista, lo sabemos; ¿qué?, otra singular extravagancia de la curiosa señora.

Lo mejor; su pareja protagonista y su fotografía artística.
Lo peor; el relato, en sí, es pequeño y limitado en su enfoque, hay mucho más material que extraer.
Nota 6,6