viernes, 19 de junio de 2015

No llores, vuela

Un accidente marca y distancia a una madre (Jennifer Connelly) y a un hijo (Cillian Murphy). Ella llega a ser una famosa artista; él, un peculiar cetrero que vive marcado por una doble ausencia. Una joven periodista (Mélanie Laurent) propicia un encuentro entre ambos, que los lleva a plantearse la posibilidad de entender el sentido de la vida y del arte a pesar de las incertidumbres.


Las buenas intenciones caen en saco roto si no hay suculencia en el plato y su contenido tiene estilo y porte pero poco que llevarse a la boca; después de degustar, ingerir y consumir no queda otra que admitir un sincero y evidente ¡me quedo con hambre!
¿Qué tenemos aquí? Una madre desesperada por salvar a su hijo, por proporcionarle la cura milagrosa que todos le niegan, un chaval inocente que paga las consecuencias de un hermano enfermo, que padece en sustancia y carne, en ilusión y desengaño las decisiones que se llevan a cabo pensando en el pequeño pero donde olvidan consuntarle, devastadora obsesión materna incomprensible para un inofensivo niño, sufrimiento para ambas partes más un inesperado descubrimiento personal que transformará la estructura, realidad y rumbo de toda la familia.
Combinación alterna de dos tiempos, pasado recordatorio de cómo fueron los hechos/presente de búsqueda sobre cómo están las cosas, pretérito doloroso no superado/actualidad esquiva llena de cuentas pendientes, cuidar de los demás mientras olvidas hacerlo de los tuyos, remordimientos de culpa manifiesta que marcarán de por vida y nunca permitirán descansar al corazón herido y su espíritu malogrado.
Creencias, dolor, desesperación y ruina anímica, vender tu alma por promesa incumplida congelada en el tiempo, verdad o fraude, oportunistas o auténticos, verosímil o falso, seguir viviendo con las decisiones tomadas y las nunca realizadas que la vida se encarga de decidir por ambos, película de sentimientos que no emociona, inquieta ni enternece en demasía, turismo por la vida y experiencia de esta madre e hijo que no turba ni conmociona como debería, metáfora del existir, perdonar y seguir adelante escasa y pobre, una grave insuficiencia que se alimenta de cognición pretenciosa que decora con escenas espaciosas, de precipicio aflictivo pero cuya lentitud y parsimonia crean desapego de mirada que está pendiente de su andadura pero donde, el resto de los sentidos, hace tiempo que se han inhibido y retraído, imperdonable avería que impide tristemente su disfrute.
Estamos ante el problema de siempre, contar y sentir no son lo mismo, narrar y palpitar no siempre van unidos, menos aún cogidos de la mano, alcanzar uno/perder al segundo es quedarse a medias, insatisfecho, poder describirla y apreciarla son cosas distintas que debería ir unidas si se busca la completitud de la película, su tenencia y apreciación plena pero no es así, la bienvenida íntegra y serena es sólo para la primera y, por mucha voluntad, empeño y esmero que aporten sus protagonistas en su trabajo -abismal la siempre bella Jennifer Connelly, Cillian Murphy sereno, ardiente e introspectivo quien cuenta con los únicos cinco minutos de atrape, explosión y gusto emotivo-, el abrazo es tenue, la acogida distante, el contacto frío y remoto, piezas que conforman un recorrido más muerto que vivo, con excesiva oscuridad que invita a la pérdida sensorial y desinterés del raciocinio y, poca luz que provoque o incite el despertar ávido de unas sensaciones poco motivadas, mínimamente integradas, escasamente cautivadas.
Pretensión poética de andadura artística sobre la reconciliación con el mundo y uno mismo, delirio afligido que halla sosiego y calma, que Claudia Llosa lleva a cabo con confusión y torpeza, nulidad efectiva pues si quieres que el público absorba en imágenes, lo que tiene tanto fondo y fuerza en escrito, debes nutrirlo de consistencia, carisma y potencia, no agua intuida que se diluye y evapora en un aire marchito que cubre toda la estancia, viaje poco estimulante que te deja a las puertas de vivir lo pretendido.
Con silencios que no se respiran ni absorben el alma, sólo permiten observar la delicadeza de un traje que se mueve con suavidad y delicadeza pero, que según tiempos, desfallece en su inoportuno hilvanado para sentenciar, un nunca deseado, ¡no apetece tanto!
 Cargante y dilatada etiqueta que no halla equilibrio con su público; percibir, experimentar, padecer..., habilidades que no han sabido desarrollarse.
"No llores, vuela", vuela a lo más alto porque tanto misticismo ¡me está matando!, y aunque el vuelo hermoso y fantástico del halcón hace lo que puede, ¡no da para tanto!