domingo, 21 de septiembre de 2014

El hombre más buscado

James Bond, Ethan Hunt -Misión imposible- jugando a ser espías es pura adrenalina, hablamos de estar en la calle, al pie del inmediato suceso, de persecuciones, golpes, tiros, vibrante energía y constante brío que no te permiten parpadear, rapidez de movimientos y vivacidad de contacto frente a frente, donde la fuerza corporal destaca por encima de la estrategia racional o de la explicación política.
Aquí, el juego de espías transcurre en los despachos, en las altas esferas, con traje y corbata, entre la suciedad de la traición gubernamental de países supuestos amigos/colaboradores que buscan el interés propio y que como en toda guerra fría sus negociaciones y acuerdos no tienen piedad ante el inocente, ante la crueldad que desenvuelven, ante la estela de odiosa injusticia que dejan ni en desprenderse de su hermana o vender a su abuela si hiciera falta.
Historia basada en un libro de John le Carré lo cual significa relato de personajes complicados de seguir, con arduos nombres de países diversos, trama de enlace que solicita de tu máxima atención y racionamiento continuo, un no parar de pensar para estar al pie del cañón y seguir la estela de los sucesos sin perderte, pesadez de rodaje y entusiasmo contenido en cubos de hielo tratados con arte y cuidado y cuyo desenlace supone toda su descongelada incógnita para unir con claridad y acierto todos los puntos y observar perfectamente la fina línea trazada y su mensaje oculto.
El relato transcurre en cortejo lento, a pasos pequeños de un proceder que se mueve en escenarios de despachos, de cámaras, escuchas y desesperación resolutiva con pasión ofrecida a cuentagotas por unos verdugos elegantes que no se ensucian las manos pero pudren el corazón del que observa y un suspense sentido con lejanía debido al proceder de permisos y acuerdos entre los mandamases que dirigen el cotarro que no son de tu agrado ni se ganan tu simpatía, con un atractivo personaje central cuyo actor -el por siempre venerado, recordado y añorado Philip Seymour Hoffman..., ¡para qué añadir más si sólo su nombre ya anticipa la calidad, seguridad y arte del trabajo ofrecido!- que se come la pantalla, mantiene tu espíritu sin desfallecer y es el causante y valedor de todo tu esfuerzo y cuyo súbito final compensa y enlaza magníficamente todo el pesado camino que ha conducido hasta él pues los secundarios están en una acompañamiento soso y tenue sin aportar mucho apoyo al espléndido pilar neoyorquino que hace todo el trabajo por ellos -especialmente un William Dafoe cuyo personaje parece estar perdido, de paso en la estación equivocada-.
Anton Corbijn pasa de sus magníficos trabajos en el mundo de la música a ocuparse de un filme de apariencia sencilla pero de complicaciones cognitivas arduas que realiza con buenas formas y completo resultado y cuya motivación mantiene al espectador en stand by, en esa parada neutra ni hacia delante ni hacia atrás, dudosa estancia que no abandona pero tampoco tiene muy claro por dónde va como esa clase en la que atiendes la explicación del profesor, escuchas sus palabras sin distracción pero que nadie te pregunte qué ocurre o qué está pasando porque no lo tienes muy claro y a pesar de estar interesado, no bajar la guardia no es hasta los últimos minutos donde se despejan todas las dudas y se permite ver el claro paisaje dejado.
Este compulsivo fumador, bebedor paciente de incansable alma no tiene el carisma publicitario de Jack Ryan -Harrison Ford- ni la venta de marketing que hipnotiza al público sentado en sus butacas pero tiene un encanto silencioso, callado de esforzado refuerzo por su incansable trabajo, por su creencia en sí mismo que seduce con espacio distante, que gusta en su cocción digestiva, en la frustración de su recta final, como esa partida de poker expectante y tensa por lo que maneja y pone en marcha pero de visión descafeinada y aburrida para el que mira la mesa y no sabe descifrar la importancia de las cartas y la pasión de la engañosa jugada pero exquisita, seductora y atractiva para quien se mete de lleno en el juego y no pierde un ápice de todos los sutiles movimientos y de la inteligencia de las manos de sus dirigentes aunque, ¡nadie desespere!, al término todos, en mayor o menor grado, entienden quién es el malo, quién es la víctima, quién sufre y quién gana..., de ahí el triunfo en masa del fútbol pues es claro y facilón, sólo hay que mirar a veintidós jugadores correr y gritar ¡gol! cuando la pelota entre en la portería.
Que conste que me gusta el deporte del balompié pero..., no está mal, de vez en cuando, una oferta cinematográfica que te pida concentración, esfuerzo reflexivo y mirada atenta más allá de la estética externa y apariencia decorativa pues puede resultar angosta, pesada y poco grata por su ambientación, fotografía y recorrido poco deslumbrante a los ojos de quien está acostumbrado a las luces de neón, al ruido atronador y al movimiento incesante pero ese apagado transcurrir se ilumina con la paciencia y espera de esa repuesta conclusiva de desenlace aclaratorio que lo muestra todo y airea el enredo.
Si eres de los que desde el principio coge la senda del placer intuitivo y el enigma apetitoso, ¡enhorabuena!, no hay nada que añadir.
Nadie duda de la magnificencia, sublime excelencia de la quinta sinfonía de Beethoven aunque no todos sepan apreciar su grandeza, saborear su hermosa armonía o disfrutar de su potencia artística; que no sea tu elección diaria para endulzar tus oídos..., aceptable..., que ocasionalmente disfrutes de su sintonía, que de vez en cuando aprecies, incluso estimes, su potente emisión sonora..., cierto sin duda alguna.



2 comentarios:

Teresa Ballester dijo...

Peli de espías modernos, post 11-S.
Al ver los créditos del final descubro, sin sorpresa, por cierto, que está basada en un libro de John le Carré, y así me cuadra la aspereza de trama y personajes.
Philip Seymour Hoffman borda su papel de "sigo creyendo en lo que hago, aunque ahogo mi conciencia en whisky para no oír los lamentos que dejan los daños colaterales". Hace creíble a este manido y sin-vida-privada semi-anti-héroe americano(O alemán... para que sea más contemporáneo). Todo un placer degustarlo.
A mi manera de ver hay un buen hacer general, pero... aunque sin dudarlo, es una más de las buenas... no sorprende, esperas que al final se fastidie todo, como de hecho lo hace y deja regustillo amargo cuando al fin suspiras al dejar de esforzarte por seguir la clásica trama complicada, hecha-adrede-pa-que-no-te-enteres-hasta-el-final.
Incluso diría que me gustaban más los malos que venían de la estepa siberiana y de detrás del telón de acero, pero esto debe de ser porque mi retina infantil se llenó de espías que venían del frío y de Sean Connery-James Bond a todo color y en pantalla grande, para después caer en la cruda realidad de Smiley y antes de rodar un poco cuesta abajo en el típico-tópico de los Bournes y de las misiones imposibles.
Una buena de espías, che.... al más puro estilo años 70-80.

Lourdes Lulu Lou dijo...

Buen comentario. Gracias